LOGINLa tomó con fuerza y una posesividad salvaje, sujetándole las caderas para no dejarla escapar ni un centímetro, mientras le devoraba los pechos con la boca y las manos con fervor de Alfa. Melina arqueaba la espalda, las uñas clavadas en sus hombros anchos, completamente entregada a la sensación de ser tomada, de ser llenada, de ser suya en cuerpo y alma.En el fondo de su mente, el eco de Kamaria ronroneaba con un orgullo feroz, fundiendo su conciencia con la de su loba: «Sí... siente su calor, somos suyas, el Alfa nos ha reclamado...».La noche todavía tenía mucho que dar… y Kael no pensaba detenerse hasta que ella olvidara su propio nombre.Kael no le dio tiempo a recuperarse. La levantó entre sus brazos como si no pesara nada y la llevó hasta la gran ventana panorámica que daba al bosque oscuro. La giró de espaldas a él, le puso las manos engarzadas contra el cristal frío y le abrió las piernas con una rodilla firme.—Quédate así para mí —ordenó Kael con voz baja, ronca y peligros
El agua de la tina comenzó a enfriarse, pero el calor entre Kael y Melina no hacía más que intensificarse. Las palabras de Kael sobre la gran presentación de esa noche resonaban en la mente de Melina, disipando cualquier rastro de duda, pero el Alfa sabía que eso no bastaría. En el mundo de las manadas, la política y la supervivencia, una mujer sin marcar en un banquete de Alfas era vista como una pieza en disputa. Y Kael no iba a permitir que nadie posara los ojos en ella con malas intenciones.Kael se puso de pie en el borde de la tina, sacudiendo las gotas de agua de sus hombros anchos y marcados, con la mirada de un depredador absoluto fija en su mujer. Extendió la mano y ayudó a Melina a salir del agua, envolviéndola en una suave bata de algodón blanco antes de llevarla frente al gran espejo de cuerpo entero del baño privado.—Hay algo que debemos hacer antes de que baje la noche, mi luna —murmuró Kael con la voz ronca, apoyando su barbilla en el hombro de Melina y mirándola a tr
La tensión en el aire era pura electricidad mientras Kira y Dante volaban a toda velocidad entre los pinos centenarios del bosque.La loba negra avanzaba con una agilidad felina y una coordinación perfecta, exprimiendo cada gramo de su fuerza de sangre pura. Dante, con la testarudez de un Alfa que no concebía la derrota frente a su loba, pisaba los talones de Kira, estirando las zancadas en un esfuerzo desesperado por acortar la distancia.¡Ya casi te alcanzo, hermosa!—bramaba Dante en la mente de Mateo con la respiración agitada.¡Sigue soñando, lobito! —le devolvió Kira con un bufido mental cargado de pura diversión.Con un último impulso explosivo, Kira cruzó la línea imaginaria de la linde del río, derrapando ligeramente sobre la hierba húmeda y girándose con una elegancia imponente para mirar a Dante, que llegó apenas un segundo después, resoplando y sacudiendo la cabeza con incredulidad.En el cuerpo humano, Mateo frunció el ceño, sintiendo la frustración de su lobo y cruzándose
La noche había cubierto los extensos y seguros bosques privados de la mansión con un manto de estrellas y una brisa fría que presagiaba un cambio definitivo. Kael y Mateo guiaron a las hermanas hasta un claro secreto, rodeado de altos pinos centenarios y protegido de miradas indiscretas. Era el lugar perfecto para el rito de paso más importante de sus vidas.Ninguno de los cuatro habló durante el camino. Las botas crujían sobre las agujas de pino; el amuleto de Melina latía tibio contra su pecho, como si también supiera. Zulema se frotaba las palmas contra los muslos, una y otra vez.—Me tiemblan las piernas —murmuró.—A mí me tiembla todo el cuerpo —dijo Melina—. Pero no pienso decirlo en voz alta.Melina y Zulema se detuvieron en el centro del claro, sintiendo cómo el aire se cargaba de una energía magnética.—No tengan miedo de ceder el control —les indicó Kael con voz suave, dando un paso al frente para tomar las manos de Melina y mirarla fijamente a los ojos—. Dejen que sus insti
La tarde había caído sobre el campamento cuando los dos mercenarios que habían hablado con Lucas regresaron a buscarlo. Sin darle tiempo a explicaciones, lo sujetaron con fuerza bruta de los brazos y lo arrastraron a través de la espesura del bosque hasta una cabaña abandonada en los límites del territorio.Dentro del refugio, tenuemente iluminado por una bombilla parpadeante, los esperaba Abel. El hombre los observaba con una sonrisa fría y calculadora mientras daba los últimos retoques a sus guantes de cuero.Lucas respiraba con dificultad, intentando mantener la compostura a a pesar del miedo que comenzaba a apretarle el pecho.—Así que tú eres el gitano que dice tener la ubicación exacta de las hijas de Tobías —dijo Abel con voz suave, dando un paso al frente mientras evaluaba al joven con desprecio—. El muchacho que quiere a cambio a la mayor, Melina.—Sí... soy yo —respondió Lucas con la voz un poco temblorosa, intentando sonar firme—. Les di la foto, la torre de bienes raíces d
La noche cubría los límites más oscuros y densos del bosque con un manto de niebla helada. Lucas caminaba a trompicones entre la maleza, con el pecho ardiéndole por la rabia y la frustración tras el enfrentamiento con el segundo al mando en el campamento. La amenaza de expulsión, la impotencia de ver a su padre postrado y, sobre todo, el profundo y venenoso rencor por el desprecio y el rechazo que Melina le había propinado, lo habían llevado a un punto de quiebre absoluto.Ya no le importaba su gente. Ya no le importaba la paz del campamento. Lo único que habitaba en su mente era la obsesión por destruir a quienes lo habían humillado.Guiado por ese impulso destructivo, en lugar de alejarse sigilosamente, el destino lo arrastró a la zona prohibida donde escuchó los crujidos entre los arbustos. Ocultándose tras el tronco grueso de un roble centenario, había espiado a tres hombres vestidos con ropa táctica oscura, pertenecientes a la célula de operaciones de Abel, que planeaban el asesi




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