LOGINEl calor del agua había apagado las llamas, pero el aire seguía pesando a ceniza y desesperación cuando el sol comenzó a filtrarse entre los esqueletos carbonizados de los puestos.
Melina abrió los ojos de golpe, sobresaltada por el dolor en los músculos y el frío de la madrugada. Miró a su alrededor. El espacio donde Kael había estado descansando horas antes estaba vacío. No había rastro del Alfa, ni de las mantas que había usado, ni de los canastos que los habían cubierto. Todo se había desvanecido como la niebla. Excepto por un detalle que la hizo contener el aliento: Kael se había llevado el amuleto. El trozo de cuero con las runas de su clan ya no estaba sobre el suelo; lo había arrancado o tomado al marcharse, llevándose consigo la única prueba física de que esa noche loca había ocurrido. Pero no se había ido sin dejar rastro. Sintiendo un peso extraño en el bolsillo de su delantal, Melina metió los dedos y extrajo un trozo de papel doblado con una caligrafía firme, de trazo elegante y autoritario. «Tú me salvaste, ahora yo te salvo», leyó en silencio, recorriendo las líneas escritas por el Alfa. «Di lo siguiente y te creerán: estabas terminando de guardar las telas cuando un grupo de hombres desalmados llegó prendiendo fuego a todo. Te arrastraron, quisieron hacerte daño para atraparte, pero lograste soltarte y te escondiste entre los escombros hasta que la lluvia ahogó el fuego. Ellos no te lastimarán si ven que el peligro vino de fuera. Tu secreto está a salvo conmigo, gitana.» Melina parpadeó, incrédula ante la audacia del hombre. No solo había huido antes del amanecer, sino que le había dejado una coartada perfecta, diseñada milimétricamente para calmar la furia y el miedo de su padre. Para que la historia fuera completamente irrefutable, Kael había hecho un último trabajo antes de desaparecer. Al examinar sus brazos y su ropa, Melina notó que tenía marcas estratégicas: un par de rasguños limpios en los antebrazos y un golpe sutil en el pómulo que simulaban el forcejeo con un atacante, pero sin causarle un daño real. El Alfa se había asegurado de protegerla de las represalias de su propio clan. —¡Melina! ¡Melina, por Dios bendito! —la voz desgarrada de su padre rompió el silencio entre las ruinas humeantes. Los cascos del caballo resonaron con fuerza contra el adoquín y, segundos después, el patriarca desmontó de un salto, con el rostro pálido y los ojos inyectados en terror. Al verla de pie entre los canastos calcinados, con la falda rota, la ceniza en el rostro y los rasguños en la piel, el hombre corrió hacia ella y la estrechó contra su pecho con una fuerza desesperada. —¡Hija mía, alabado sea el cielo! —exclamó su padre con la voz quebrada, apartándola un segundo para revisarle las manos y el rostro con manos temblorosas—. Encontré un trozo de tu vestido y fluido carmesí entre las cenizas; pensé lo peor, pensé que esos malditos te habían hecho daño o te habían llevado. ¿Qué pasó aquí? Melina tragó saliva, sintiendo aún el pulso acelerado. Las palabras de la nota de Kael resonaron en su mente, guiándola con precisión quirúrgica. —Padre... fue horrible —comenzó diciendo, con la voz temblorosa pero firme en el relato—. Estaba terminando de guardar los últimos rollos de tela cuando un grupo de hombres extraños, con antorchas y rostros cubiertos, empezaron a prender fuego a los puestos sin decir nada. Traté de huir, pero uno de ellos me alcanzó y me agarró del brazo. Intentó hacerme daño... forcejeamos, me defendí como pude y me raspé contra los canastos, pero logré soltarme en la confusión. Me arrastré y me escondí entre los escombros y las mantas quemadas, conteniendo la respiración hasta que empezó a llover y las llamas se apagaron. Ella lo miró a los ojos, con el pecho aún agitado, y necesitó entender cómo se había desatado esa pesadilla a sus espaldas: —Padre... los rumores de que quemaron el mercado llegaron al campamento anoche, ¿cómo supiste dónde buscarme? —preguntó con cautela. El patriarca suspiró profundamente, apretándole los hombros con firmeza. —Los avisos llegaron de madrugada. Todos salimos a buscarte de inmediato, aunque la situación estaba imposible; los lobos salvajes andaban cazando por la zona del río y el bosque, haciendo que cruzar los linderos fuera un peligro de muerte. Temí lo peor, hija. Melina asintió despacio, sintiendo un nudo en la garganta al recordar al Alfa herido en la oscuridad. —Gracias por venir, padre. Ya no llegaré tarde... —murmuró bajando la mirada. El patriarca la abrazó de nuevo, con furia y alivio latiéndole en las manos, mientras maldecía a los atacantes desconocidos que habían osado destruir el mercado y poner en peligro a su gente. Ninguno de los miembros del clan dudó de la historia; las pruebas estaban a la vista: el desastre del incendio, la carpa destruida y los rastros de violencia en el cuerpo de Melina encajaban a la perfección. Pero mientras su padre la rodeaba con los brazos protectores y prometía justicia, Melina se llevó una mano disimuladamente al bolsillo del delantal, apretando con fuerza el papel que Kael le había dejado. Sabía que el incendio no había sido una casualidad y que los hombres que buscaban a Kael volverían a aparecer. Y lo más peligroso de todo: sabía que el hombre al que le había salvado la vida no iba a olvidarla jamás. El amuleto ya no colgaba de su cuello, pero la marca invisible que el Alfa había dejado en su destino ya era imborrable. La madrugada exhalaba un frío denso cuando Kael cruzó los límites del bosque, arrastrando las últimas secuelas de una transformación que casi lo destruye. Aunque el aguacero había apagado el fuego del mercado, la fuerza de su naturaleza se recuperaba a pasos agigantados, impulsada por un ancla invisible. Sobre los hombros desnudos, cubriendo los jirones de su camisa y las heridas abiertas de la espalda, llevaba puesta una pesada manta de lana rústica que pertenecía a Melina. El tejido guardaba con obstinación el aroma a canela amarga, humo de leña y tierra húmeda de la muchacha. Cada vez que el dolor amenazaba con nublarle de nuevo los sentidos, aspiraba hondo el olor de la manta y la bestia en su interior se aquietaba, ronroneando sumisa bajo su piel. Llevaba apretado con fuerza contra el pecho el pequeño amuleto de cuero con runas que ella le había atado horas antes. Lo miró un instante antes de guardarlo con recelo en el bolsillo interior de su pantalón, como un tesoro sagrado que nadie más volvería a tocar. A pocos metros de la entrada de la propiedad de los Kael, oculto entre la neblina de los árboles, lo esperaba su mano derecha y alfa subordinado, Mateo, con los ojos brillando en la penumbra en su forma parcial de lobo. Al ver salir de la espesura a su Alfa herido, con la manta de una gitana sobre los hombros y las huellas claras de una batalla campal, el hombre dio un paso al frente con el rostro desencajado. —¡Alfa! ¿Dónde estaba? ¡Lo hemos buscado por todo el territorio! —exclamó Mateo, corriendo a su encuentro y sosteniéndolo del brazo al notar que todavía rengueaba levemente—. ¿Se encuentra bien? El clan de las Sombras del Norte cruzó la frontera anoche, incendiaron el mercado del pueblo y... Kael levantó una mano, deteniendo el reporte con un gesto seco. Su mandíbula estaba tensa, y en el fondo de sus pupilas ambarinas ya no quedaba rastro de la debilidad de la noche, sino el fuego frío y despiadado del depredador que ha vuelto a encontrar el rastro. —Sobreviví gracias a ella —le interrumpió Kael con la voz ronca, profunda y cargada de una autoridad absoluta—. La gitana me salvó la vida, Mateo. El subordinado lo miró, perplejo por la revelación, pero asintió de inmediato al ver la intensidad en el rostro de su Alfa. —Tranquilo, señor. Déjeme llevarlo a la mansión, los médicos de la manada lo atenderán de inmediato y... —No —lo cortó Kael con un gruñido bajo que hizo temblar el aire entre los árboles—. Nadie en la mansión sabrá una sola palabra de esto. Y a las Sombras... a esos malditos perros cobardes que se atrevieron a prender fuego al lugar donde ella estaba... los vamos a cazar a todos. Kael se ajustó la manta de Melina al cuello, sintiendo el calor de la mujer impregnar cada fibra de su ser, mientras una sonrisa peligrosa cruzaba sus labios. —Los cazaremos esta misma noche. HORAS DESPUÉS.. Kael no hizo ruido. No anunció su llegada. Surgió de la oscuridad como un fantasma y puso fin al campamento de las Sombras del Norte en veinte minutos. El primer centinela murió sin verlo. Le quebró el cuello y lo tiró a la hoguera. El segundo corrió gritando. No llegó lejos. Mateo lo derribó desde las sombras. El caos explotó. Los lobos salieron de las tiendas borrachos, transformándose a medias, tropezando con sus propias garras. Kael los recibió en el centro del campamento con los ojos ardientes y una sonrisa que no era humana. Cinco cayeron en los primeros tres minutos. Garras. Dientes. Crujidos. Sangre en el lodo. Mateo y sus guerreros cerraron los flancos. Los que intentaron correr los acorralaron entre los pinos. No salió nadie. Quedó Abel. Salió de la tienda principal con las garras fuera y los ojos inyectados. —Debí rematarte cuando pude —le gruñó. —Debiste —dijo Kael—. Pero eres cobarde. Como tu padre. Damián rugió y se lanzó. Kael recibió el zarpazo en el hombro. Sangre. No se movió. Le agarró el brazo y se lo dislocó. Un crujido. Un aullido. Lo tiró al suelo. Le pisó el pecho hasta que las costillas crujiieron. —Paraa... —jadeó Abel—. Para... —¿Tú paraste cuando le prendiste fuego al mercado? —Kael le agarró la cara—. Ella estaba ahí. La mujer que estaba en ese callejón. ¿Sabías que podía morir quemada? —No sabía que había gente... —No me importa lo que sabías. Se inclinó sobre él. Le clavó las garras a milímetros de la yugular. —Dile a tu jefe que el valle tiene dueño. Si alguien la vuelve a poner en peligro, no vengo a buscar a la manada. Vengo a borrar el territorio. Se levantó Abel se quedó tirado en el lodo, sangrando, con el terror grabado en la cara, luego se fue huyendo como pudo. Mateo se acercó. —Está hecho, Alfa. ¿Y ahora? Kael se ajustó la manta de Melina sobre los hombros. La olió. Canela y tierra mojada. —Ahora voy a buscarla. —¿Ahora? Son las 12 de la madrugada. Está en el campamento gitano. Con su clan. Con su padre armado. —No me importa. —Alfa... —Dije que voy a buscarla. Mateo no discutió. Conocía esa mirada de su Alfa y sin más remedio lo siguió para cuidarlo.La noche cubría los límites más oscuros y densos del bosque con un manto de niebla helada. Lucas caminaba a trompicones entre la maleza, con el pecho ardiéndole por la rabia y la frustración tras el enfrentamiento con el segundo al mando en el campamento. La amenaza de expulsión, la impotencia de ver a su padre postrado y, sobre todo, el profundo y venenoso rencor por el desprecio y el rechazo que Melina le había propinado, lo habían llevado a un punto de quiebre absoluto.Ya no le importaba su gente. Ya no le importaba la paz del campamento. Lo único que habitaba en su mente era la obsesión por destruir a quienes lo habían humillado.Guiado por ese impulso destructivo, en lugar de alejarse sigilosamente, el destino lo arrastró a la zona prohibida donde escuchó los crujidos entre los arbustos. Ocultándose tras el tronco grueso de un roble centenario, había espiado a tres hombres vestidos con ropa táctica oscura, pertenecientes a la célula de operaciones de Abel, que planeaban el asesi
## Fuego en la oscuridad: El refugio de la camionetaEl peso asfixiante de la alta sociedad y el peligro latente de la gala quedaron atrás en el momento exacto en que las pesadas puertas blindadas de la camioneta se cerraron con un golpe seco, sellando el exterior.En la parte delantera, **Mateo** puso el motor en marcha con una maniobra experta, mientras **Zulema** se acomodaba en el asiento del copiloto, exhalando un suspiro largo y liberador tras la tensión acumulada.En la amplia y lujosa parte trasera del vehículo, la atmósfera cambió de golpe. La oscuridad del habitáculo, apenas iluminada por las luces tenues de la calle que se filtraban a través de los cristales polarizados, creó una burbuja de absoluta intimidad.Kael se aflojó el nudo de la corbata negra con un movimiento brusco, dejando escapar una risa baja, profunda y genuinamente divertida. Se giró hacia Melina, que aún sostenía su carpeta ejecutiva con los dedos ligeramente crispados por los nervios de la noche.—¿Perra
En el despacho principal, la preparación era metódica. Kael y Mateo vestían trajes a la medida de un negro impecable, pero sus miradas no reflejaban ambiente de fiesta; reflejaban guerra.—No se quedan —decretó Kael con voz imperiosa mientras ajustaba sus gemelos de plata—. Si intentan atacarnos, la mansión podría ser un blanco fácil sin nosotros. Vendrán a la gala, pero nadie en esa fiesta puede sospechar quiénes son en realidad. Ante la élite y las manadas rivales, serán mi secretaria ejecutiva y mi asistente personal.Para garantizar que el secreto estuviera blindado, Tobías preparó un recipiente de bronce con un ungüento ancestral a base de raíz de roble, corteza sagrada y ceniza de pino.—Acérquense, mis niñas —dijo Tobías con voz suave pero grave.Con manos sabias y temblorosas por la emoción, Tobías aplicó la mezcla sobre la piel de los cuellos y muñecas de sus hijas. El tónico neutralizó al instante el embriagador aroma a Lunas de sangre pura, cubriéndolas con una sutil capa
El placer que envolvía a Melina amenazaba con arrastrarla por completo, pero la intensidad salvaje con la que Vorak comenzaba a dominar los movimientos de Kael cambió de golpe la energía en el aire. La fuerza del Alfa negro se volvió excesivamente demandante, ciega por el hambre de posesión y la urgencia de marcar a su luna.De pronto, la sensación de estar acorralada contra la pared de piedra, presionada por un cuerpo imponente y sin vía de escape, disparó una alarma oculta en lo más profundo de la memoria de Melina.Una sombra del pasado emergió como un zarpazo helado: la imagen borrosa y traumática de Lucas intentando abalanzarse sobre ella en el campamento, sus manos bruscas y la desesperación de sentirse indefensa.El calor del deseo se transformó en un frío paralizante. El cuerpo de Melina se tensó de golpe, la respiración se le cortó en un ahogo y el pánico puro inundó su rostro. Sus ojos se llenaron de lágrimas contenidas mientras un temblor violento sacudía sus hombros.Kael,
Mientras la noche envolvía la mansión y el silencio permitía que el cuerpo de las chicas descansara del agotador esfuerzo, en el interior de la mente de los Alfas la energía estallaba de una forma completamente distinta.Para Kael y Mateo, la conexión con sus bestias era un fuego constante que nunca se apagaba, y tras ver los primeros destellos de poder de sus compañeras, sus lobos interiores se habían vuelto sencillamente eufóricos.La furia y el deseo de VorakEn la mente de Kael, Vorak —el imponente lobo negro de pelaje oscuro como la noche— caminaba de un lado a otro con una agilidad felina y una excitación que rozaba la locura. Sus garras raspaban el terreno mental, y su respiración gutural retumbaba con la fuerza de un trueno.«¿Lo viste, Kael? ¿Sentiste esa chispa?» —rugía Vorak en la conciencia del Alfa, con los ojos amarillos brillando de pura adrenalina—. «Nuestra luna no es una loba común. ¡Es una Alfa de sangre pura! Lo que hizo con la piedra hoy es apenas un grano de aren
En la penumbra de la tienda principal del campamento gitano, el ambiente era espeso y cargado de angustia. Roberto yacía sobre un jergón improvisado, con el cuerpo ardiendo a causa de una fiebre galopante que lo hacía tiritar violentamente. Las vendas que cubrían su pecho y extremidades estaban teñidas de un rojo oscuro, testimonio mudo de la brutal agresión.—¡Agua... por favor, agua...! —balbuceaba Roberto entre sollozos y espasmos, con los ojos inyectados en sangre mientras miraba al techo con desesperación.Lucas se encontraba a su lado, apretándole la mano con desesperación mientras intentaba enfriar su frente con un paño húmedo. De pronto, el cuerpo de Roberto se encogió y, en medio de un ataque de delirio, comenzó a gritar con un terror visceral que heló la sangre de los presentes:—¡No... aléjense de mí! ¡Esos ojos... esos malditos ojos amarillos! ¡Colmillos enormes... lobos, hay lobos en el bosque, nos van a matar a todos...!Un murmullo de incomodidad recorrió a los pocos fa







