LOGINLa caravana avanzaba por los caminos polvorientos del sur bajo un sol implacable.
El calor se levantaba del suelo en ondas que distorsionaban el horizonte. Los caballos sudaban. Las carromatas crujían. Los niños lloraban de calor dentro de las lonas. Y en el interior de la carreta de Tobías, el aire estaba viciado, pesado, como si respirar fuera un castigo. Melina iba sentada en el fondo, con las rodillas flexionadas contra el pecho y la frente apoyada en los brazos. No había hablado en horas. No había comido. No había bebido. Solo miraba la lona de la carreta moverse con el viento y pensaba en un callejón oscuro donde una vez tocó a una bestia y el fuego se apagó. La lona se abrió de golpe. Tobías entró con brusquedad. Portaba un cuenco de madera humeante en las manos. El olor acre y punzante de la ruda, el romero y las raíces secas invadió el espacio de inmediato. Tan denso que se podía masticar. Tan fuerte que Melina tosió y apartó el rostro con los ojos llorosos. —Basta, padre. Me ahogo con esto —protestó Melina, llevándose una mano a la nariz, con la voz rota. —Es necesario, hija —respondió Tobías con una seriedad férrea que no admitía réplica. Comenzó a untar el ungüento amargo en las esquinas de la carreta. En el dobladillo de las ropas de Melina. En el suelo. En las ruedas. En todas partes—. Un Alfa herido no se rinde por las buenas. Su olfato es una maldición que no podemos subestimar. Si no quiero que ese lobo te encuentre y destruya a nuestra gente, tu rastro tiene que desaparecer de la faz de la tierra. Melina apretó los dientes. Una punzada de dolor le atravesó el pecho de lado a lado. Sabía que su padre solo intentaba protegerla. Sabía que tenía razón. Sabía que era lo correcto. Pero al ver cómo las hierbas ahogaban el último vestigio de canela y tierra mojada que le quedaba en la piel, sintió que le borraban los brazos de Kael del cuerpo. Como si lo estuvieran matando. Como si lo estuvieran borrando del mundo. Como si cada capa de ungüento que su padre echaba fuera un cuchillo que le arrancaba un pedazo de él. —No es un monstruo, padre —murmuró Melina, con la voz temblorosa, sin levantar la mirada. —Es un lobo, Melina —la cortó Tobías, sin detenerse en su tarea—. Y los lobos poseen. Los lobos marcan. Los lobos destruyen todo lo que tocan. Tu madre... Se detuvo de golpe. Como si se hubiera mordido la lengua. Melina levantó la cabeza. Lo miró. Y vio algo en los ojos de su padre que nunca había visto antes. Miedo. No miedo de Kael, miedo de ella miedo de lo que Melina le recordaba. Miedo de algo que llevaba años enterrando. —¿Mi madre qué? —preguntó Melina, con el corazón acelerado. —Nada —Tobías desvió la mirada. Siguió untando hierbas con manos que ahora temblaban—. Olvídela esto es lo que importa ahora. Las hierbas, el rastro y tú seguridad. —Padre... —¡Basta, Melina! —el grito de Tobías llenó la carreta y los hizo callar a los dos. El padre cerró los ojos. Respiró. Bajó la voz—. Solo... confía en mí. Por favor y por nada del mundo te quites este amuleto. Melina no dijo más, se abrazó las rodillas y cuando la carreta siguió rodando por el camino del sur, cerró los ojos y buscó ese latido lejano que llevaba semanas sintiendo en el pecho. Seguía ahí, lejos muy lejos. Pero vivo. Te voy a encontrar, le decía siempre ese latido. Espera Melina apretó los ojos con fuerza. Y una lágrima le resbaló por la mejilla. Sin ruido, sin sollozo, solo la lágrima. Lo sé, pensó. Lo sé. A leguas de distancia, en los linderos donde el sendero del sur se abría entre los cañadones, Kael se detuvo en seco. Llevaba horas caminando a pie. Solo con la manta de Melina echada sobre los hombros y el amuleto latiendo contra su costilla como un segundo corazón. El sol le caía encima sin piedad. El sudor le corría por la espalda, las botas levantaban polvo. Pero no le importaba, nada le importaba excepto el rastro. Inhaló profundamente, ensanchó el tórax. Buscando con desesperación el hilo olfativo que lo había guiado hasta ahí. Canela, tierra mojada, humo de leña. El aroma de ella. Su ancla, su cordura. Lo único que mantenía a Vorak dentro de su jaula. El aire entró en sus pulmones y se estrelló contra un muro invisible. Nada, cero y vacío, como si Melina hubiera dejado de existir. Como si se la hubiera tragado la tierra. Como si la hubieran borrado del mundo. —No —murmuró Kael, con los ojos ámbar abiertos de par en par, negándose a aceptarlo. Volvió a inhalar. Con más fuerza. Hasta que le dolió el pecho. Hasta que le ardieron las fosas nasales. Pero solo encontró el rastro artificial de humo denso, ruda y raíces amargas —. No, no, no... ¡NO! Golpeó el aire con el puño, se agachó y hundió la nariz en la tierra del camino. Nada, se movió a la izquierda. Nada, a la derecha. Nada, corrió cincuenta metros hacia delante. Nada, volvió atráa y nada. El rastro de Melina había muerto en ese punto exacto del camino. Como si la hubieran envuelto en una burbuja que ni siquiera un Alfa podía penetrar. —¡Maldición! —rugió Kael al cielo—. ¡LO HAN BLOQUEADO! ¡NOS HAN CORTADO EL CAMINO! —Vorak rugió en su cabeza como un trueno, golpeando las paredes de su conciencia con una furía ciega que le sacudió los huesos. El lobo interior se levantó de golpe dentro de él, empujando, arañando, destrozando—. ¡Se están burlando de nosotros! ¡Esa basura de gitano nos robó el rastro! ¡Rómpeles el cuello! ¡Encuéntrala! ¡Muévete, muévete, MUÉVETE! —¡Cállate, Vorak! —siseó Kael entre dientes, apretando los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos y la piel se le agrietó. La sangre le brotó en las palmas. ¡No me callo! —Vorak era un huracán dentro de su cráneo—. ¡Se aleja! ¡Cada segundo que pierdes oliendo esta basura de hierbas, el rastro se muere más! ¡Búscala, carajo! ¡Ve y tráela de vuelta antes de que la perdamos para siempre! ¡ANTES DE QUE LA PIERDAS COMO PERDISTE A TU PADRE! Eso lo golpeó más fuerte que cualquier zarpazo. Kael se quedó paralizado. Con los ojos abiertos. Con la respiración cortada. Vorak sabía dónde dolía. Vorak siempre sabía dónde dolía. Y acababa de clavarle el cuchillo en la herida más vieja. —No la voy a perder —dijo Kael, con la voz rota, casi un susurro—. No como a él. ¡ENTONCES MUÉVETE! —¡DIJE QUE TE CALLES! —bramó Kael al aire, golpeando con el puño cerrado el tronco de un pino. Una vez. Dos veces. Tres veces. Hasta que la corteza saltó en astillas. Hasta que la sangre le cubrió los nudillos. Hasta que el árbol se quejó. Pero por más que la bestia le arañaba las costillas exigiendo sangre y persecución inmediata, el camino frente a ellos era un callejón sin salida olfativo. El truco de Tobías había funcionado a la perfección. Ruda en los cruces. Romero en los descansos. Salvia en los pasos. El rastro de Melina se había esfumado por completo. Y Kael se quedó de pie en medio del camino. Solo. Con la manta de ella sobre los hombros y la sangre de él goteando en la tierra. Y Vorak gruñendo en el fondo de su cráneo como un animal herido que no entiende por qué su presa desapareció. —La voy a encontrar —le dijo a Vorak. O se lo dijo a sí mismo. O se lo dijo al viento. O se lo dijo a ella, a kilómetros de distancia, dentro de una carreta que se alejaba por un camino de polvo—. Aunque me cueste la vida. La voy a encontrar. El amuleto le latió en el pecho. Caliente. Dorado. Como si ella lo hubiera oído.Cuatro días después de la huida, la caravana finalmente se detuvo en un valle apartado, flanqueado por colinas verdes y un río de aguas cristalizas. Los gitanos comenzaron a desenganchar los caballos, a estirar las lonas y a levantar las tiendas en tiempo récord, volviendo a armar su mundo portátil lejos de los bosques del norte.Melina cumplía con sus tareas en completo silencio. Caminaba con la mirada perdida, arrastrando los pies, sintiendo que cada estaca que clavaban en la tierra era un clavo más en su propio encierro.Al caer la tarde, cuando el campamento ya estaba montado, Tobías la interceptó a la entrada de la tienda principal. Con el rostro surcado de una severidad absoluta, la tomó del brazo sin brusquedad, pero con firmeza, y la arrastró hacia el interior de la gran carpa. Dejó caer la lona de la entrada para aislar el ruido exterior.—Basta, Melina —le dijo su padre, plantándose frente a ella con los brazos cruzados y los ojos llenos de una urgencia oscura—. Es hora de q
La caravana avanzaba por los caminos polvorientos del sur bajo un sol implacable.El calor se levantaba del suelo en ondas que distorsionaban el horizonte. Los caballos sudaban. Las carromatas crujían. Los niños lloraban de calor dentro de las lonas. Y en el interior de la carreta de Tobías, el aire estaba viciado, pesado, como si respirar fuera un castigo.Melina iba sentada en el fondo, con las rodillas flexionadas contra el pecho y la frente apoyada en los brazos. No había hablado en horas. No había comido. No había bebido. Solo miraba la lona de la carreta moverse con el viento y pensaba en un callejón oscuro donde una vez tocó a una bestia y el fuego se apagó.La lona se abrió de golpe.Tobías entró con brusquedad. Portaba un cuenco de madera humeante en las manos. El olor acre y punzante de la ruda, el romero y las raíces secas invadió el espacio de inmediato. Tan denso que se podía masticar. Tan fuerte que Melina tosió y apartó el rostro con los ojos llorosos.—Basta, padre. Me
EL ENCUENTRO..Melina salió de la carpa a doce de la madrugada. Bajó por el lado de las carromatas, descalza, con el chal sobre los hombros, esquivando al guardia que dormía junto a la fogata. Necesitaba aire. Necesitaba salir de ahí.Caminó hasta el linde del bosque. Se paró en la frontera entre el campamento y los árboles oscuros. El aire estaba frío. El bosque estaba callado. Demasiado callado.—No deberías estar aquí —dijo una voz detrás de ella.Melina se giró de golpe. El corazón le dio un vuelco que la dejó sin aire.Kael estaba ahí. De pie. A tres metros. Con la camisa rota y la manta de lana sobre los hombros. Sangre seca en las manos, en el cuello, en la camisa. Pero de pie. Entero. Los ojos ámbar ardiendo en la oscuridad.—Tú —susurró Melina.—Yo.—¿Qué te pasó? Estás sangrando...—No es mía.Melina lo miró. Miró la sangre. Miró los ojos. Miró la manta. Y entendió.—Mataste a los que incendiaron el mercado.—Sí.—A todos.—A casi todos. Dejé uno vivo para que cuente la hist
El calor del agua había apagado las llamas, pero el aire seguía pesando a ceniza y desesperación cuando el sol comenzó a filtrarse entre los esqueletos carbonizados de los puestos.Melina abrió los ojos de golpe, sobresaltada por el dolor en los músculos y el frío de la madrugada. Miró a su alrededor. El espacio donde Kael había estado descansando horas antes estaba vacío. No había rastro del Alfa, ni de las mantas que había usado, ni de los canastos que los habían cubierto. Todo se había desvanecido como la niebla. Excepto por un detalle que la hizo contener el aliento: Kael se había llevado el amuleto. El trozo de cuero con las runas de su clan ya no estaba sobre el suelo; lo había arrancado o tomado al marcharse, llevándose consigo la única prueba física de que esa noche loca había ocurrido.Pero no se había ido sin dejar rastro.Sintiendo un peso extraño en el bolsillo de su delantal, Melina metió los dedos y extrajo un trozo de papel doblado con una caligrafía firme, de trazo ele
La tarde en el mercado central se desvanecía entre telas, especias y el canto lejano de un violín. Melina ajustó el último bulto sobre sus hombros y caminó hacia el campamento. El sol caía tiñendo el cielo de cobrizo. Los gitanos viejos decían que los atardeceres rojos anunciaban noches pesadas. Noches donde algo se movía entre los árboles.A tres kilómetros de allí, la frontera del bosque crujió bajo la bota de la muerte.—Se acabó, Kael. —La voz de Abel, el lugarteniente de las Sombras del Norte, siseó entre los pinos con una mezcla de júbilo y veneno—. La luna te está rompiendo por dentro y nosotros vamos a terminar el trabajo. El territorio del valle será nuestro cuando arranquemos esa cabeza de Alfa de tus hombros.Kael no respondió con palabras. Su cuerpo ya no era enteramente humano; los huesos le estallaban bajo la piel en un reacomodo salvaje y prematuro que le quemaba las entrañas. Apretó los dientes hasta fracturarse los molares, tragándose un rugido que amenazaba con reven







