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CAPITULO 19: el que no debía morir

Author: Alfa🥰🥰
last update publish date: 2026-10-13 02:38:01

La lluvia ya caía fuerte cuando llegaron al límite norte.

No era llovizna. Era de esa que te pega en la cara y no te deja abrir los ojos. El barro se pegaba a las botas y las antorchas se apagaban cada tres pasos.

Dos guardias sostenían antorchas junto a un cuerpo tirado boca abajo, entre las piedras blancas que marcaban la frontera del territorio libre. No se movía. Desde lejos parecía una bolsa tirada.

Dorian se acercó primero. No esperó a nadie. Se agachó y lo dio vuelta con cuidado, agarrándolo del hombro.

Ivara se llevó la mano al pecho. Se le cortó el aire un segundo.

No era Kael.

Era Toren. El guardia que Ossian había asignado para acompañar a Bram al amanecer. El que esa misma tarde, en la mesa del consejo, había levantado la mano y había dicho "yo voy con él".

—Todavía está tibio —dijo Dorian, con la voz baja, con los dedos todavía en el cuello de Toren—. Esto pasó hace menos de una hora. Quizás menos de media.

Uno de los guardias que sostenía la antorcha tragó saliva. Estaba blanco.

—No tiene marcas de mordida, Alfa. Lo miramos. No tiene marcas de nada. Ni dientes, ni garras, ni cuchillo.

Dorian le revisó el cuello, despacio. Después los brazos. Después el pecho. Le abrió la camisa mojada. Nada. Ni un rasguño. Ni un moretón. La piel limpia, intacta. Como si se hubiera acostado ahí y simplemente se hubiera apagado.

—¿Veneno? —preguntó Ivara, pensando en Fenn, en cómo mataba sin dejar rastro cuando quería.

—No huele a nada —Dorian se inclinó, olió las manos de Toren, la boca—. A barro, a lluvia, a pino. Esto no es veneno. —Se paró, con la mandíbula tensa, y miró el bosque negro que tenían enfrente—. Esto no es un ataque. Es un mensaje. Lo dejaron acá a propósito para que lo encontremos nosotros.

—¿Un mensaje de qué? ¿De quién?

Dorian no contestó. Señaló algo en el suelo, cerca de la mano abierta de Toren, casi pegado a sus dedos. Un papel doblado en cuatro, mojado por la lluvia, marrón por el barro, casi ilegible.

Ivara se agachó y lo levantó con cuidado, con la punta de los dedos para no romperlo. La tinta azul se corría por todos lados, pero en el centro todavía se podía leer. Una sola línea, letra apurada, grande.

El próximo que mandes solo no vuelve entero

El silencio se rompió con un trueno largo que retumbó en todo el valle.

—Bram —dijo Ivara, en voz baja, porque se le vino todo a la cabeza de golpe—. Iba a salir con él al amanecer. Solo ellos dos. Iban a cruzar el límite.

—Ya no —Dorian arrugó el papel en el puño, sin mirarlo más—. Nadie sale solo. Nadie sale en pareja tampoco. A partir de ahora, grupos de cuatro, mínimo. Y con la orden de disparar primero.

Uno de los guardias se adelantó un paso. Era joven, no tendría más de veinte.

—Alfa, si esto es del Colmillo Negro, ¿cómo entraron sin que nadie los sintiera? Tenemos guardias cada cien metros, tenemos las alarmas de Ivara. Toren era rápido. Era de los más rápidos que teníamos. No se hubiera dejado agarrar así como así, sin pelear.

Dorian no contestó enseguida. Se quedó mirando el cuerpo, después el bosque, después a Ivara, con esa mirada que ponía cuando ya había entendido algo que los demás no.

—A menos que conociera a quien lo mató —dijo—. A menos que no corriera porque no pensó que tenía que correr. Porque era alguien en quien confiaba.

Ivara sintió que se le revolvía todo por dentro. Un frío que no era por la lluvia.

—¿Estás pensando en Kael? ¿Crees que Kael hizo esto?

—Estoy pensando en que alguien de acá adentro, o alguien que conocemos muy bien, tuvo que acercarse lo suficiente como para que Toren no corriera, no gritara, no peleara. Kael es una opción. Pero no es la única. Todos en esa sala del consejo sabían que Toren salía mañana con Bram.

Llevaron el cuerpo de vuelta a la casa envuelto en una manta que a los dos minutos ya pesaba el doble por el agua. Lo cargaban dos guardias. Ivara caminó al lado de Dorian todo el camino, sin decir nada, con el papel mojado todavía apretado en la mano, aunque ya no servía para nada. Lo apretaba porque si lo soltaba sentía que se iba a caer.

Cuando llegaron, Bram los esperaba en la puerta, bajo el techo del porche. No se había ido a dormir. Tenía la camisa a medio abotonar, el pelo revuelto.

Se quedó parado, mirando el bulto que cargaban dos guardias, y lo supo antes de que nadie hablara.

—No —dijo, antes de que nadie le explicara nada—. No, no, no. No me digan que es él.

—Bram —Dorian le puso una mano en el hombro, firme.

Bram se soltó, caminó hasta el cuerpo con pasos cortos, sacó la manta de la cara de Toren con las manos temblando tanto que casi no podía agarrar la tela. Cuando lo vio, se quedó de rodillas en el barro.

—Íbamos a salir juntos mañana —dijo, y la voz se le quebró por completo—. Yo lo elegí a él. Yo fui y le pregunté si quería venir y me dijo que sí, me dijo "tranquilo, yo te cubro". Y ahora...

—No es tu culpa —dijo Ivara, agachándose a su lado.

—¿No? —Bram se paró, con los ojos rojos, con rabia—. Alguien sabía que Toren iba a salir conmigo. Alguien que estuvo en esa sala del consejo hace dos horas, cuando lo decidimos. Alguien que nos escuchó y fue corriendo a contarles. ¿Quién más estaba ahí?

El silencio pesó distinto esta vez. Más cerca. Ya no era miedo al bosque de afuera. Era miedo a la casa. A las paredes.

Dorian miró a su alrededor, despacio, a todos. A los guardias que sostenían el cuerpo. A la puerta cerrada del consejo, donde todavía había luz encendida. A las ventanas de arriba, donde se asomaban caras que se escondieron rápido cuando él levantó la vista.

—Nadie sale de esta casa esta noche —dijo, y no lo gritó, lo dijo en voz baja para que todos lo escucharan mejor—. Nadie. Ni consejo, ni guardia, ni familia. Hasta que yo sepa quién más estaba escuchando cuando decidimos que Toren salía con Bram mañana. Nadie se mueve.

Ivara le extendió el papel mojado, que ya se deshacía entre los dedos.

—Léelo.

Dorian lo desdobló. Leyó la frase dos veces, despacio. Después lo dobló de nuevo, despacio, con mucho cuidado, como si fuera algo peligroso.

—Esto no es del Colmillo Negro moviéndose solo —dijo—. Esto es alguien de adentro avisándoles a ellos cada movimiento nuestro. Cada nombre. Cada hora. Tenemos un traidor durmiendo acá.

Bram se limpió la cara con el dorso de la mano, se paró derecho, aunque todavía le temblaban los hombros y tenía las rodillas llenas de barro.

—Entonces hay que encontrar a esa persona antes de que no quede uno solo de nosotros para contarlo.

Nadie dijo nada más. Afuera, la lluvia empezó a caer más fuerte todavía, tan fuerte que tapaba cualquier otro sonido que pudiera venir del bosque, y también cualquier paso que pudiera venir de adentro de la casa.

Fin del capítulo 19

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