Beranda / Hombre lobo / LA LUNA QUE RECHAZÓ AL ALFA / CAPITULO 4: cuatro años después

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CAPITULO 4: cuatro años después

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last update Tanggal publikasi: 2026-09-30 13:36:17

En Puerto Bruma nadie sabía que Ari se llamaba Ivara.

Nadie sabía de dónde venía tampoco.

Llegó una mañana lloviendo, con una bolsa vieja y el cuchillo de su mamá, pidiendo trabajo en la única posada del pueblo.

La dueña, Doña Renata, una viuda de manos duras, la miró de arriba abajo y solo le dijo:

—¿Sabes fregar y callar?

—Sí.

—Empiezas hoy.

Cuatro años después Ivara seguía fregando, sirviendo y callando.

Pero ya no era la chama que cruzó las piedras blancas con la cara sucia de llanto.

Se había cortado el pelo a machetazos hasta los hombros. Tenía los antebrazos duros de cargar barriles y las manos llenas de cortecitos.

Por las mañanas entrenaba sola en el muelle, tirando la hoja contra un poste hasta que el hombro le ardía.

No era por deporte. Era porque una parte de ella se negaba a volver a sentirse indefensa.

Y aun así, las noches eran otra vaina.

Esa noche la posada estaba full.

Los pescadores tenían horas bebiendo y olía a cerveza regada y a leña. Ivara cruzaba entre las mesas con tres jarras en cada mano, esquivando codos y manos que se pasaban sin hacer show.

—¡Ari! —gritó un viejo del fondo—. ¡Otra ronda, preciosa!

—Ya voy.

Sonrió por costumbre. Una sonrisa chiquita, cerrada, que no le llegaba a los ojos.

Aprendió que con esa sonrisa nadie le preguntaba más nada.

Dejó las jarras en la mesa. Cuando se volteó sintió el pinchazo.

Suave. Un calor en el hombro derecho, justo debajo de la ropa.

Se frenó.

No otra vez.

La marca llevaba semanas rara.

Por años estuvo dormida, pálida, como una cicatriz vieja.

Pero últimamente se prendía sola: amaneciendo, entrenando, en la noche con la ventana abierta. Y cada vez brillaba más.

Se tocó el hombro por encima de la tela. Estaba caliente.

—¿Estás bien muchacha? —le dijo Doña Renata desde la barra sin parar de secar un vaso.

—Cansada nada más.

—Tienes cara de haber visto un fantasma.

—Tal vez.

Doña Renata la miró un segundo de más, con esos ojos de vieja que ven todo. Después hizo un ruido con la lengua.

—Anda, sirve la mesa del rincón y te vas a descansar.

La mesa del rincón tenía un hombre solo.

Ivara no lo vio entrar. Y eso era raro, porque ella se fijaba en todo el que entraba por esa puerta. Costumbre de cuatro años huyendo.

Estaba sentado pegado a la pared, con una capa oscura y la capucha puesta aunque adentro hacía calor. Las manos en la mesa, quietas, y una jarra llena sin tocar.

—¿Va a pedir algo? —le dijo ella con la voz neutra de siempre.

El hombre no levantó la cabeza.

—Ya pedí.

—No ha tocado nada.

—No vine a beber.

A Ivara se le pararon los pelos de la nuca. Había algo en esa voz. No la conocía, pero le sonaba a algo que quiso olvidar.

—Entonces ¿a qué vino?

Ahí él levantó la cara, despacio. Como de treinta años, barba corta y una cicatriz finita en el cuello. Ojos marrones, cansados, clavados en ella con una mezcla de alivio y miedo.

—A buscar a alguien —dijo—. Me costó mucho encontrarla.

—Aquí no hay nadie que usted busque.

—¿Estás segura?

Apretó la bandeja contra el pecho. Detrás, la marca se le prendió como una brasa. Tuvo que aguantar para no llevarse la mano al hombro.

—Creo que se equivocó de posada —dijo y se dio la vuelta.

—Ivara.

Se le paró el corazón.

Nadie le decía así en cuatro años. Nadie sabía ese nombre. Ni Doña Renata, ni los pescadores, ni el pueblo. Era un nombre enterrado, que a veces sentía que era de otra gente.

Se volteó despacio.

El hombre no se había movido. Pero ahora tenía algo en la mano. Lo puso en la mesa con cuidado.

Era un colmillo de plata, colgado de una cadena finita y oscura.

El símbolo del Colmillo de Plata.

Sintió que el piso se le movió. La marca del hombro se le prendió tan duro que el dolor le subió hasta el cuello, y por debajo de la camisa se le filtró una luz pálida entre los hilos.

El hombre lo vio.

Se le abrieron los ojos. Y por primera vez sonrió con los labios temblando.

—Es verdad —susurró—. Todavía la tienes.

—¿Quién eres? —pudo decir Ivara.

—Me llamo Bram —dijo—. Soy el beta de tu compañero. Y vine a decirte algo que no quiero decir aquí delante de gente.

La posada seguía llena de risas, jarras y humo. Nadie miraba el rincón. Pero Ivara sintió que el aire se puso finito.

—Yo no tengo compañero —dijo.

Bram bajó la voz hasta que casi no se oyó.

—Ivara, óyeme bien. Dorian se está muriendo.

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