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CAPITULO 3 : la huida

Author: Alfa🥰🥰
last update publish date: 2026-09-30 13:33:14

Ivara se tiró por la ventana.

La puerta era muy peligroso.

Quien dejó la nota estaba cerca y no sabía si era amigo o trampa.

Se tiró la bolsa al hombro, cayó en la hierba mojada y se pegó a la pared de piedra hasta que el corazón dejó de sonarle en los oídos.

Nadie gritó. Nadie prendió antorcha.

Corrió.

Cruzó el patio agachada, pasó por el establo y se metió por el hueco de la cerca que conocía desde chiquita.

Atrás quedó todo lo que era su vida. Las paredes, las luces, el olor a humo y a pan.

Adelante el bosque negro del Colmillo de Plata.

No miró para atrás. Si miraba, no se iba.

Las primeras horas fue solo respirar y correr.

Las ramas le daban en la cara.

Cada rato se paraba a escuchar, y solo oía el viento y su propio corazón.

Vete esta noche. No confíes en nadie. Ni siquiera en él.

Repetía eso mientras corría, como rezando.

¿Quién lo escribió? La letra fea, apurada, como con miedo. No era de Kaela. Y si era Kaela, ¿para qué quiere que me vaya si ya ganó?

Y lo último... eso me jodió. Me quedó ahí, en el pecho, dándome

Ya me dijo que no. ¿Qué más me puede hacer?

La marca del hombro le latía debajo de la chaqueta.

—Cállate —le dijo a su propia piel.

Estaba cruzando el arroyo de las Rocas Negras cuando lo oyó.

Una rama partiéndose. Detrás, a la izquierda.

Se quedó fría con el agua helada hasta las rodillas. Miró pal bosque pero no se veía nada. Solo una neblina finita entre los palos.

Otra rama. Más cerca.

Salió del agua despacito, sin hacer bulla, y se pegó a un pino grande. Sacó el cuchillo. Le temblaba tanto la mano que casi se le cae.

No era un animal normal. Los animales no pisan así de tranquilos.

Algo la venía siguiendo.

Cuando lo vio se le fue el aire.

Entre dos matas, como a treinta pasos, un lobo negro grandísimo, con los ojos amarillos clavados en ella. No estaba gruñendo. No estaba corriendo. Solo mirando, quieto, como cuidando algo.

Ivara sintió miedo de verdad. Ella no tenía lobo. No podía correr más rápido. No se podía defender.

Dio un paso para atrás.

El lobo dio uno para adelante.

—No te me acerques —con el cuchillo arriba—. Te juro que...

Corrió.

Corrió como nunca. Saltó raíces, esquivó palos, las ramas dándole en los brazos y el aire quemándole.

Atrás oía las patas del lobo dándole a la tierra, tranquilo.

Me va a agarrar. Me va a agarrar.

Pero no la agarraba.

Y eso era lo raro. Un lobo así la agarra en tres saltos. Pero seguía ahí atrás, a la misma distancia. Como si no la quisiera cazar.

Como si la estuviera arreando para algún lado.

Llegó al borde del territorio cuando ya estaba amaneciendo.

Al frente había una zanja ancha, una línea de piedras blancas que separaba las tierras del Colmillo de Plata de todo lo demás. Del otro lado, un camino de tierra. Un mundo sin manada.

Se paró con las manos en las rodillas, sin aire, con la garganta seca

Atrás el lobo negro también se paró. Se quedó en la sombra de los palos, sin cruzar la línea de piedras, con la cabeza bajita.

Ivara lo miró. Con las manos vacías, el pelo enredado, la cara sucia de tierra y llanto. Ya ni miedo tenía. Solo un cansancio del diablo.

—Si me vas a matar —dijo ronca—, mátame ya.

El lobo no se movió.

Se quedaron mirándose. Y por un segundo Ivara sintió una vaina rara, que esos ojos amarillos no eran de un cazador. Eran ojos de alguien que estaba vigilando. Que le mandaron a hacer eso.

Entonces el lobo bajó la cabeza despacio, como haciendo una reverencia rara. Se dio la vuelta y se perdió en la neblina.

Se quedó sola.

Cruzó las piedras blancas con las piernas temblando. Cuando pisó del otro lado sintió que algo se le soltó por dentro, una cuerda que había tenido amarrada toda la vida.

No miró atrás.

Pero si hubiera mirado, habría visto algo más.

Arriba en el risco, entre los pinos, un hombre alto de hombros anchos miraba la figura chiquita alejándose por el camino.

Dorian no se movió.

No se movió cuando ella cruzó la línea. No se movió cuando el lobo negro volvió y se paró a su lado con la cabeza baja. No se movió cuando Bram, jadeando atrás, preguntó bajito:

—Alfa, ¿la dejamos ir?

Tenía las manos cerradas. La palma derecha, todavía abierta por las uñas de anoche, le estaba sangrando otra vez. Y las dos le temblaban.

—Que nadie la siga —dijo por fin. La voz rota, áspera—. Ni un lobo, ni un explorador. Nadie.

—Pero si le pasa algo...

—Si se queda le pasa algo seguro.

Bram lo miró sin entender. Dorian metió la mano temblando en el bolsillo del abrigo y sacó un papel arrugado, manchado de sangre seca. Lo leyó otra vez aunque ya se lo sabía.

Después lo apretó en el puño hasta hacerlo una bolita y lo tiró al fueguito que Bram había prendido.

El papel se quemó en un segundo. Solo se alcanzó a ver una frase antes de hacerse ceniza:

"Si la aceptas como tu Luna, morirá antes de la próxima luna llena."

Fin del capítulo 3

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