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Capítulo 5: Lo que despertó con la luna

Author: Alfa🥰🥰
last update publish date: 2026-09-30 13:41:51

Ivara se llevó a Bram para la bodega.

Era el único sitio donde nadie entraba de noche. Olía a barril viejo y a sal. Trancó la puerta con llave, puso una vela arriba de un tonel y se cruzó de brazos para que no le viera que le temblaban las manos.

—Habla.

Bram se quitó la capucha. Con la luz se le veían las ojeras y una cicatriz finita en el cuello.

—Dorian lleva cuatro años sin dormir bien. Se está apagando, Ivara. Cada luna llena está peor. El médico dice que es el vínculo roto, que un Alfa que rechaza a su Luna se pudre por dentro.

—Él me rechazó a mí.

—Lo sé.

—Entonces no me pidas que lo llore.

—No vine a que lo llores. —Dudó—. Soy el beta de Dorian y él me mandó a buscarte para que...

Se frenó.

Fue un segundo, pero Ivara lo vio. Parpadeó, apretó la mandíbula, desvió la mirada.

—Te mandó —repitió despacio.

—Sí.

—Hace un minuto en la mesa dijiste que me buscabas por tu cuenta.

—Es lo mismo.

—No lo es.

Bram cerró los ojos y respiró hondo.

—Está bien. No me mandó. Si sabe que estoy aquí me mete en un calabozo. Prohibió que alguien te buscara. A nadie. Nunca.

—¿Por qué?

—Porque cree que estás mejor lejos.

—Qué generoso.

—No lo digas así.

—¿Y cómo quieres que lo diga? —Se le quebró la voz y lo odió—. Me humilló delante de todos. Me dejó esto —se apretó el hombro— y ahora quieres que vuelva a curarlo.

Bram la miró largo. Con cara de quien guarda un secreto que pesa.

—Hay cosas que no te puedo decir todavía —dijo por fin—. No porque quiera mentirte. Porque si te las digo ahora, se arma un lío del carajo.

—¿Dos manadas? ¿Qué dijiste de dos manadas?

—Los Colmillos Negros llevan un año rondando nuestra frontera. No atacan. Esperan. Y no sé qué coño esperan.

Ivara lo miró con los ojos chiquitos. Era la misma sensación de la nota del cap 2, ese picor en la nuca de alguien que dice la mitad.

—No confío en ti, Bram.

—Haces bien —dijo él sin ofenderse—. Yo tampoco confiaría.

Abrió la puerta de la bodega y se paró en el umbral.

—Voy a estar en el pueblo tres días. Si quieres volver me encuentras en el muelle. Si no, entiendo.

Se fue.

Se quedó sola con la vela, el olor a sal y la marca quemándole debajo de la ropa.

Doña Renata la esperaba en la barra, brazos cruzados y la misma cara de siempre.

—¿Quién era ese?

—Nadie. Un viajero que preguntaba por alguien.

—Ya. —Arrastró un vaso por la madera—. Qué curioso. Hace unos días vino otra a preguntar por ti.

—¿Por mí?

—Por una chama de pelo corto, como de veinticuatro, que friega en una posada. No dio tu nombre. Yo dije que no conocía a nadie. —La miró—. Vestido rojo. Muy elegante. Sonreía demasiado.

Kaela.

—¿Se fue?

—Esa mañana. Dijo que volvería.

No contestó. Subió las escaleras sin sentir los pies. En su cuarto trancó la ventana, corrió la cortina y se sentó en la cama mirando la nada.

Bram dijo que vino solo. Y Kaela había estado preguntando por ella.

O son aliados. O son enemigos. O ninguno sabe del otro. Y ella no tenía forma de saber cuál de las tres.

A medianoche la luna llena se metió por la rendija de la cortina.

Ivara no dormía. Estaba acostada mirando el techo cuando la marca empezó a arder de verdad. No el calor suave de semanas atrás. Ardía como un hierro.

Se sentó jadeando.

—No... no, no...

Un jalón violento le atravesó el pecho. Algo por dentro se estiró, se rompió, se abrió a la fuerza. Se le doblaron las piernas. Cayó al piso y se mordió el brazo para no gritar. Le subía el dolor por la columna. Le sonaron los huesos. Sintió los dedos alargarse, el pelo salir, la piel cambiar.

Y dentro de su cabeza, después de veintitrés años de silencio, sonó una voz. Suave. Vieja.

Por fin.

Abrió los ojos, ahogada de dolor y asombro.

Frente al espejo, donde antes había una chama de pelo corto y manos duras, había una loba enorme, de pelo plateado, con los ojos azules que no parecían de este mundo. Y en el hombro derecho la marca brillaba tanto que iluminaba el cuarto entero.

No deberías existir, pensó Ivara mirándose.

Tú tampoco, le contestó la voz.

Afuera, en el puerto, un aullido lejos le contestó al de ella. Y alguien, en la oscuridad, lo oyó.

Fin del capítulo 5

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