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CAPITULO 8 :A SOLAS

Author: Alfa🥰🥰
last update publish date: 2026-09-30 13:57:11

La encerraron en una habitación de la casa grande. Cama, jarra de agua, una ventana con rejas finitas que nadie se molestó en explicar.

Ivara agarró la jarra y la tiró contra la pared.

Explotó en pedazos. El agua le salpicó las botas. No se sintió mejor, pero al menos el silencio ya no era tan insoportable. Pateó un pedazo grande hacia la puerta, como si sirviera de algo, y se sentó en el piso, espalda contra la cama, porque no quería estar cómoda. No se merecía estar cómoda.

Tocaron la puerta.

—Vete a la m****a —dijo sin pararse.

La puerta se abrió igual.

Dorian se quedó parado en el umbral, mirando los vidrios rotos, el agua en el piso, y después a ella. No dijo nada de eso. Cerró la puerta detrás.

—Es mi casa —dijo con cuidado.

—Y esto es una celda con cortinas bonitas. No me importa de quién sea.

—Necesito hablar contigo.

—No.

—Cinco minutos.

—¡Que no! —Se paró de un salto, tan rápido que se golpeó el codo con el marco de la cama, y ni lo sintió—. Ya hablaste. Hace cuatro años. Delante de toda tu manada. ¿Qué más te queda por decir?

—La verdad.

—Ya me la dijiste. "Una Alfa no puede ser débil." ¿Te acuerdas? Yo sí. Me la sé de memoria, palabra por palabra, porque la repetí en mi cabeza cada noche durante cuatro años.

—Eso no era verdad. Era lo que tenía que decir para que te dejaran ir viva.

—¡No me vengas con esa historia otra vez!

Agarró lo primero que encontró, un vaso de metal que había en la mesita, y se lo tiró. No a la cabeza, a la pared de al lado, pero él ni se movió. El vaso rebotó y rodó por el piso, y el ruido se quedó vibrando entre los dos.

—Recibí una amenaza —dijo Dorian sin alterar la voz, aunque le temblaban las manos—. Decía que si te aceptaba como mi Luna, te mataban antes de la próxima luna llena.

—¿Y creíste que la solución era romperme vos mismo, antes que lo hiciera otro?

No contestó. Y ese silencio le dolió a Ivara más que cualquier grito.

Dio un paso hacia ella. Ivara retrocedió y la marca del hombro le pegó un jalón tan fuerte que se le doblaron las rodillas. Se le fue el aire de golpe, como si le hubieran hundido un puño en las costillas. Cayó contra el borde de la cama, con la mano apretando el hombro por encima de la ropa, mordiéndose el labio tan duro que sintió sangre.

—¡Ivara! —Se agachó de golpe, manos extendidas, sin tocarla—. ¿Qué pasa? ¿Qué sientes?

—Nada —jadeó, aunque le costaba respirar, aunque cada palabra le salía cortada—. No es nada.

—No mientas.

—¡No te importa!

—¡Me importa más que mi propia vida!

Se quedaron así, ella con la rodilla en el piso y la mano en el hombro, él agachado a medio metro, con los puños cerrados de no poder tocarla. Sentía el corazón golpeándole en la garganta, el labio partido latiendo al mismo ritmo que la marca, y por un segundo, solo un segundo, tuvo tantas ganas de que él la agarrara que se odió por eso más de lo que lo odiaba a él.

—Cuando te fuiste empecé a sentirlo yo también —dijo Dorian con la voz rota—. No fue imaginación. Ardía cada luna llena. Hoy, cuando cruzaste la línea de piedras, me caí al piso delante de mi propio beta.

—Bien —dijo Ivara todavía sin aire—. Espero que te haya dolido tanto como a mí.

—Seguro que no.

Se paró como pudo, apoyándose en la cama, apartándose de él aunque el cuerpo le pesara como piedra. Se limpió el labio con el dorso de la mano y vio la sangre.

—¿Sabes qué es lo peor? —dijo mirándolo fijo—. Que una parte de mí, una parte muy chiquita y muy idiota, todavía quiere creerte. Y te odio por eso. Te odio más por eso que por lo que me hiciste esa noche.

No dijo nada. Tenía los ojos brillosos y por primera vez Ivara no supo si era por ella o por él mismo.

—La amenaza venía firmada —dijo por fin parándose despacio—. Con un símbolo que en ese momento no reconocí.

—¿Y ahora sí?

—Ahora sí.

—¿De quién era?

Caminó hacia la puerta. Se paró con la mano en el picaporte, sin voltearse, como si no pudiera decir esto mirándola a la cara.

—De alguien de esta manada.

Salió y cerró de un golpe tan fuerte que el marco tembló, y a Ivara, todavía con el labio sangrando y el hombro ardiendo, se le escapó un grito de rabia que rebotó en las paredes.

Fin del capítulo 8

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