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EL ROBLE

Auteur: abiayuwaotaru
last update Date de publication: 2026-10-19 07:47:15

CAPÍTULO 3: 

POV: Hailey

El agotamiento por fin me venció y me quedé dormida, pero la paz seguía fuera de mi alcance. Me encontré de pie en un largo corredor, rodeada de pinturas extrañas y muros imponentes. No reconocía el lugar, pero algo en él me resultaba familiar.

Un grito rompió el silencio. Me giré justo cuando las llamas estallaron por una puerta. El humo llenó el corredor y el edificio tembló bajo mis pies. Intenté correr, pero las piernas me flaqueaban. Antes de que pudiera pedir ayuda, una mujer corrió hacia mí y me envolvió en sus brazos.

En el instante en que me abrazó, me sentí a salvo. Olía levemente a rosas. Sus manos temblaban mientras me sostenía la cabeza, protegiéndome del humo.

"Mi dulce luna", susurró.

Esas palabras removieron algo muy hondo dentro de mí. Alcé la vista, desesperada por ver su rostro, pero el humo desdibujaba sus rasgos. Solo alcancé a distinguir sus ojos llenos de lágrimas.

"¿Quién eres?", pregunté. Mi voz sonó pequeña y asustada.

La mujer se quedó helada. Por un momento me miró como si mi pregunta le hubiera roto algo por dentro. Sus labios se entreabrieron, pero no salió respuesta. En cambio, apoyó la mejilla contra mi cabello y me abrazó más fuerte.

"Por favor, dime quién eres", rogué.

Se apartó lo justo para mirarme. Sentí su desesperación, aunque no entendía su causa.

"Debes ser valiente, mi dulce luna", susurró. "Pase lo que pase".

Negué con la cabeza, asustada por los gritos y las llamas que se extendían a nuestro alrededor. Quería saber por qué ardía el palacio, pero más que nada quería que dejara de mirarme como si estuviera a punto de perderme.

Otra explosión sacudió el edificio. La mujer se estremeció y se volvió hacia el sonido. El terror cruzó su rostro tan rápido que me aferré a su ropa.

"¡¿Qué está pasando?!", grité.

Volvió a mirarme y, por un breve instante, pensé que me lo contaría todo. En cambio, me besó la frente, metió la mano bajo la tela de su vestido y sacó un colgante de plata.

El metal atrapó la luz de las llamas y brilló intensamente entre sus dedos temblorosos. Conocía ese colgante, o al menos una parte de mí parecía reconocerlo. Lo puso en mi palma y cerró mis dedos a su alrededor.

"Guárdalo bien", suplicó.

El metal se sentía frío contra mi piel. Contemplé su diseño desconocido, esforzándome por entender por qué sostenerlo hacía que mi corazón latiera tan rápido.

"¿Qué es esto?", pregunté.

La mujer cerró mis dedos sobre él.

"Algo precioso", respondió, con la voz quebrada.

Antes de que pudiera hacer otra pregunta, me estrechó contra su pecho. Su corazón retumbaba bajo mi oído y comprendí que estaba tan asustada como yo. Apreté los dedos alrededor del colgante.

"No lo perderé", prometí.

La mujer me acarició el cabello, susurrando palabras que no pude entender. Entonces otro estruendo sonó y ella levantó la cabeza hacia el corredor lleno de humo.

"Tenemos que irnos", dijo con urgencia.

Me cargó hacia una puerta, pero antes de que llegáramos, algo se derrumbó a nuestras espaldas. Tropezó y me apretó con más fuerza mientras el humo se espesaba.

Apenas podía verla ya. "Mamá", susurré.

La palabra se me escapó antes de entender lo que decía. La mujer se quedó inmóvil. Por un breve momento me abrazó con aún más fuerza y me besó la frente. Sus lágrimas cayeron sobre mi rostro.

"Mi dulce luna", susurró de nuevo.

Extendí la mano hacia sus mejillas, desesperada por verla con claridad, por recordar su rostro, pero se me escapaba.

"¡Mamá, no me dejes!", grité, con la voz quebrada por el miedo.

Intenté aferrarme, pero mis dedos se cerraron sobre la nada. El colgante de plata destelló en mi palma antes de que las llamas se abalanzaran sobre mí y lo devoraran todo en una luz cegadora.

Desperté con un jadeo agudo. Mi cuerpo se incorporó de golpe y me llevé la mano al pecho. El corazón me corría mientras luchaba por recuperar el aliento.

Durante varios segundos no pude moverme. Luego reconocí mi cuarto, la ventana de siempre y la manta enredada en mis piernas.

Había sido un sueño. Aun así, el miedo que me envolvía se sentía dolorosamente real. Me sequé las palmas húmedas contra la ropa de dormir e intenté calmarme, y la voz de la mujer seguía clara en mi mente.

"Mi dulce luna".

Cerré los ojos, pero en vez de alivio, un dolor profundo se instaló en mi pecho. No era la soledad conocida que sentía cuando los demás se burlaban de mí por no tener lobo. Este dolor era distinto, como si hubiera perdido a alguien que amaba sin saber quién era.

Intenté recordar el rostro de la mujer, pero solo recordaba sus manos temblorosas y sus ojos llenos de lágrimas. Entonces recordé el colgante.

Jamás lo había visto entre mis pertenencias, y sin embargo su imagen seguía vívida en mi mente. ¿Por qué me había resultado tan familiar? ¿Y por qué había llamado mamá a aquella mujer?

Me levanté de la cama y me acerqué a la ventana. Más allá de los terrenos de la manada se extendía el Bosque Creciente, el mismo bosque que había captado mi atención ese día.

Había sentido algo extraño al mirar esos árboles, algo que se había movido brevemente bajo mi piel.

Ahora, después de este sueño, no podía dejar de preguntarme si ambas experiencias estaban conectadas. Apreté los dedos contra el alféizar.

Durante años había aceptado que quizá nunca sabría de dónde venía, pero ¿y si la mujer de mi sueño pertenecía a mi pasado?

El pensamiento me cerró la garganta.

Recordé con cuánta desesperación me había abrazado, cuánto miedo tenía y cómo su voz me había llenado de una sensación de pertenencia que nunca había conocido.

¿Y si la había conocido alguna vez? ¿Y si había sido mi madre?

Sacudí la cabeza, incapaz de responder mis propias preguntas.

Quizá solo fue una pesadilla provocada por el cansancio. Esa explicación tenía sentido, pero no explicaba por qué el colgante me resultaba familiar ni por qué la palabra mamá me había salido con tanta naturalidad.

Volví a la cama, pero el sueño ya no parecía posible. Durante veinte años había creído que mi lobo ausente era el mayor misterio de mi vida.

Ahora me preguntaba si había algo más oculto bajo los años que no podía recordar. Me apreté la mano contra el pecho dolorido y miré fijamente la oscuridad.

No sabía quién había sido antes de que el Alfa Víctor me encontrara bajo aquel roble. No sabía por qué faltaban mis recuerdos ni qué significaba el colgante de plata.

Pero por primera vez deseaba desesperadamente respuestas. Y en algún lugar muy dentro de mí, temía que descubrir la verdad lo cambiara todo.

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