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CAPÍTULO TRES — SU PRISIONERA, SU PROBLEMA

作者: Dunni
last update 公開日: 2026-10-20 02:20:39

POV: VEYRA

El carruaje se detuvo y decidí que ya había guardado silencio suficiente.

Me había pasado todo el trayecto mirando por la ventanilla, contando mis respiraciones e intentando no pensar en el hombre sentado frente a mí.

No había servido de nada. Seguía sintiéndolo. Su calor, el peso de su mirada sobre mi rostro y la forma en que mi marca palpitaba cada vez que él cambiaba de posición en su asiento.

Así que, cuando se abrió la puerta y él bajó sin ofrecerme la mano, descendí detrás de él y le solté lo que llevaba todo el viaje queriendo decirle.

—No puede retenerme aquí.

Rhazek ni siquiera se volvió.

—Ya lo has dicho.

—Seguiré repitiéndolo hasta que se haga realidad.

Me apresuré para mantenerme a su lado.

El palacio se alzaba sobre nosotros, con sus muros de piedra oscura y sus torres afiladas. Los guardias caminaron a ambos lados de mí, como si fuera algo que necesitaban mantener bajo control.

—Tengo pacientes en Ashfen, una cabaña con un techo que gotea y una vida propia, Majestad. No puede arrebatármela sin más.

—Has destruido mis barreras —dijo.

—No lo hice a propósito —supliqué.

—Has liberado criaturas que matarán a mi gente si no las detengo —añadió.

—Entonces déjeme ayudarlo a detenerlas y envíeme a casa —respondí.

Se detuvo.

Estuve a punto de chocar contra su espalda. Conseguí detenerme en el último instante y rodearlo. Entonces deseé no haberlo hecho, porque ahora me estaba mirando directamente, de verdad, y no había dónde esconderse de aquella mirada.

—Permanecerás bajo vigilancia —dijo— hasta que comprenda qué clase de magia posees y por qué ha destruido mis barreras.

—Eso no es una respuesta —murmuré.

—Es la única respuesta que obtendrás —gruñó.

Reanudó la marcha. Lo seguí por un corredor flanqueado de tapices que no me interesaban y pasamos junto a sirvientes que inclinaban la cabeza y evitaban mirarme a los ojos.

Le tenían miedo. Lo veía en la forma en que procuraban hacerse pequeños en su presencia. Me pregunté qué habría hecho para ganarse semejante temor, pero después decidí que prefería no saberlo.

Nos detuvimos frente a una pesada puerta de madera. La abrió y me indicó que entrara.

La habitación era más grande que mi cabaña. Tenía una cama con dosel, una chimenea encendida, estanterías llenas de libros y agua fresca en una palangana. Era hermosa, pero también era una jaula, y la odié desde el primer instante.

—No saldrás de esta habitación sin escolta —dijo Rhazek—. No hablarás con nadie sin mi permiso. Y no intentarás escapar.

Me volví para mirarlo de frente.

—Me está haciendo prisionera.

—Sí —confirmó.

—Me ha arrancado de mi hogar, de mis pacientes y de todo lo que he construido en mi vida, y ni siquiera piensa decirme por qué —repliqué con brusquedad.

—Ya te he dicho por qué —respondió.

—No me ha dicho absolutamente nada.

Crucé la habitación y me detuve justo delante de él. Lo bastante cerca para sentir el calor que emanaba de su cuerpo.

Lo bastante cerca como para que tuviera que bajar la mirada para encontrarse con mis ojos.

—Es el Rey de las Bestias. Podría haberme interrogado en Ashfen. Podría haberme convocado. En cambio, me puso las manos encima, me arrastró hasta su carruaje y me encerró en una habitación como si fuera una criminal.

Su mandíbula se tensó.

—Estás poniendo a prueba mi paciencia, sanadora.

—¿Ah, sí? —Incliné la cabeza—. Dígame una cosa, Majestad. ¿Siempre necesita encerrar a una mujer para conseguir su atención? ¿Así es como funciona con usted?

El ambiente cambió.

Lo vi suceder. Vi cómo sus ojos pasaban del rojo a un tono más oscuro, más ardiente, y supe que había cruzado una línea de la que no podría retroceder.

Su mano salió disparada y me sujetó la barbilla.

Me levantó el rostro hacia el suyo. Su agarre era lo bastante firme para mantenerme inmóvil, pero también lo bastante suave como para que pudiera apartarme si así lo deseaba.

No quería hacerlo.

Ese era el problema.

—Deberías tener cuidado —dijo, con una voz tan grave que la sentí en los huesos—. No tienes idea de lo que estás provocando.

Sostuve su mirada.

Mi corazón golpeaba con fuerza contra mi pecho y la marca ardía bajo el brazalete. Cada parte sensata de mí me gritaba que bajara la mirada, retrocediera y me disculpara.

No hice ninguna de esas cosas.

—No da tanto miedo como cree —dije.

Durante un largo instante, no se movió. Sus dedos permanecieron sobre mi barbilla mientras sus ojos buscaban en mi rostro algo que yo misma no comprendía.

Lo observé luchar contra sí mismo. Vi cómo quería intimidarme y, al mismo tiempo, acercarse más a mí. Y vi cómo perdía ambas batallas.

Entonces me soltó.

Retrocedió y dejó caer las manos a los costados. Algo parecido a la frustración cruzó su rostro.

—No sabes lo que eres —dijo.

—Usted tampoco lo sabe. —No me moví—. Pero yo no soy quien mantiene a otra persona prisionera.

Me sostuvo la mirada y yo hice lo mismo.

Finalmente, se volvió hacia los guardias que aguardaban en el pasillo.

—Cambiadla de habitación —ordenó.

Los guardias intercambiaron miradas.

—¿Majestad?

—He dicho que la cambiéis de habitación. No se quedará aquí. La instalaréis junto a mis aposentos privados, justo al lado. Quiero tenerla donde pueda oírla.

—Sí, Majestad.

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

—¿Qué? —exclamé.

Rhazek finalmente volvió a mirarme, pero su expresión era indescifrable.

—Si vas a provocarme, sanadora —dijo—, deberías saber que nunca pierdo de vista a mis enemigos.

Se marchó antes de que pudiera responder.

Sus pasos se desvanecieron por el corredor. Los guardias se acercaron a mí y yo permanecí en medio de una habitación que ya no me pertenecía, con la barbilla todavía cálida donde sus dedos me habían tocado.

Junto a sus aposentos.

Iba a trasladarme junto a sus aposentos.

Bajé la mirada hacia mi muñeca. La marca seguía brillando débilmente, palpitando bajo el cuero como si respondiera a algo que yo no podía oír.

—¿Qué eres? —susurré.

La marca no respondió.

Pero, en algún lugar de las profundidades del palacio, sentí que la bestia se removía.

Y supe, con una certeza que me hizo encogerse el estómago, que él también lo había sentido.

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