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CAPÍTULO 4: LA FUGA FALLIDA

Author: Nori
last update publish date: 2026-09-17 14:07:38

Para el octavo día de su cautiverio, Esmeralda comprendía una cosa con absoluta certeza. Ninguna prisión era imposible de escapar, solo requería suficiente paciencia. Había pasado cada hora despierta observando, escuchando y memorizando.

La fortaleza Santino funcionaba como una máquina. Cada soldado sabía exactamente dónde le correspondía estar, los guardias cambiaban de turno a la misma hora todos los días; las comidas llegaban dentro de los mismos minutos de siempre, mientras las patrullas cruzaban el corredor de la prisión en patrones idénticos.

Había cierta comodidad en ese tipo de orden. Pero también había debilidad. Las personas que dependían de la rutina, con el tiempo, dejaban de esperar sorpresas. Esmeralda se sentó en silencio al borde de su cama, fingiendo comer el desayuno mientras escuchaba los pasos afuera de su celda.

Un par pasó. Veinticinco segundos después, siguió otro par. Luego silencio. Veinticinco segundos más tarde, el primer par regresó. Había contado el patrón tantas veces que ya no necesitaba pensarlo.

Cerró los ojos.

Uno… dos… tres… veinticinco botas. Otras veinticinco, más botas, perfecto. La fortaleza respiraba con precisión calculada.

También notó algo más.

Cada noche, poco antes del último cambio de guardia, dos trabajadores de mantenimiento entraban al nivel de la prisión por un corredor frente a su celda. Desaparecían detrás de una pesada puerta de hierro marcada con pintura amarilla descolorida. Siempre reaparecían casi una hora después. Los guardias apenas los miraban. Tres noches atrás, uno de los trabajadores había olvidado cerrar por completo la puerta de hierro.

Desde donde Esmeralda estaba dentro de su celda, había visto escalones de piedra que descendían hacia el subsuelo de la fortaleza. El día anterior, mientras recogían las bandejas de la cena, había dejado caer deliberadamente su taza de metal.

El guardia más joven se había agachado para recogerla. Durante dos breves segundos, el guardia mayor se había apartado de la puerta para ayudar. A través de la abertura estrecha, Esmeralda había vuelto a ver el corredor de mantenimiento.

También había notado algo aún más valioso. Una brisa fría que subía, aire fresco. Si el aire fresco entraba desde abajo, entonces tenía que haber otra abertura en algún lugar fuera de la fortaleza. Una salida. Tal vez no grande, tal vez fuertemente vigilada, pero existía. Y eso era suficiente.

Esa noche, esperó. No era lo bastante imprudente como para moverse antes de estar lista. Escapar no se trataba de correr, se trataba de tiempo. La última comida llegó exactamente como se esperaba. El guardia mayor deslizó la bandeja hacia adentro.

“Apenas has tocado la comida de ayer,” observó.

Era la primera vez que le hablaba voluntariamente. Esmeralda levantó la vista. “No he tenido hambre.”

El guardia la estudió por un segundo antes de acercar más la bandeja. “Deberías comer,” dijo.

Ella le dio un pequeño gesto de cabeza. “Lo intentaré,” respondió Esmeralda.

Él cerró la trampilla y los seguros encajaron en su lugar. Ella escuchó con atención. Las botas se alejaron, se acercó otra patrulla. Luego hubo silencio.

Los minutos pasaron lentamente y, finalmente, el familiar raspar de la puerta de mantenimiento resonó por el corredor. Había voces; risas suaves y herramientas de metal chocando entre sí.

Esmeralda se puso de pie. Su pulso se aceleró, pero sus manos permanecieron firmes. Había pasado días preparándose para esto, no se iba porque creyera que la libertad la esperaba afuera. Se iba porque seguir siendo prisionera garantizaba que jamás volvería a controlar su propia vida.

Había vivido bajo el control de Camilo durante tres años; ahora se negaba a cambiar una prisión por otra. La suerte llegó en forma de error humano; uno de los guardias más jóvenes se apresuró hacia el corredor cargando un mensaje.

“El capitán quiere a todos arriba,” anunció.

El guardia mayor frunció el ceño. “¿Qué pasó?”

“No lo sé,” respondió el guardia. “Un accidente de entrenamiento, tal vez.”

El guardia mayor suspiró. “Vigila esta sección.”

“Me dijeron que reportara de inmediato,” dijo el mensajero con voz firme.

Los dos hombres intercambiaron miradas de incertidumbre. Finalmente, el guardia mayor masculló entre dientes. “Maldición.”

Miró hacia la celda de Esmeralda antes de correr tras el mensajero. Por primera vez desde su llegada, nadie permanecía directamente frente a su puerta. Esmeralda se movió de inmediato.

Días antes había notado que los tornillos que sostenían la rejilla de ventilación cerca del suelo se habían oxidado gravemente. Usando el borde de su bandeja de comida durante varias noches, los había ido aflojando poco a poco. Ahora tiró de la rejilla y la soltó. Detrás de ella había un estrecho espacio de mantenimiento, apenas lo bastante ancho para sus hombros. Tomó un respiro lento, luego se arrastró hacia adentro.

La piedra le raspaba los codos. El polvo le cubría las manos, pero ella ignoró ambas cosas. El pasaje se extendía más de lo que esperaba antes de abrirse al corredor subterráneo de mantenimiento.

Bajó en silencio hacia el suelo. Ninguna voz, ningún guardia, solo luces parpadeantes y filas de tuberías viejas que se perdían en la oscuridad. Miró en ambas direcciones, luego eligió el camino donde el aire frío se sentía más fuerte.

Los túneles subterráneos se retorcían bajo la fortaleza como venas bajo la piel. El agua goteaba constantemente del techo, y viejos cables eléctricos recorrían las paredes. Cada pocos metros, otro corredor se desviaba.

Esmeralda memorizó cada giro. Izquierda, derecha, recto, luego otra derecha. Se negó a entrar en pánico, el pánico volvía descuidadas a las personas. Cuanto más caminaba, más fuerte se volvía la brisa.

La esperanza se agitó con cautela dentro de ella. Tal vez, solo tal vez, esto realmente podría funcionar; llegó a otra puerta de hierro. A diferencia de las demás, esta estaba ligeramente abierta. Más allá se extendía un estrecho túnel de piedra que ascendía. El aire fresco se colaba por la abertura, y sonrió por primera vez en días. La salida.

Subió los escalones desiguales con cuidado; solo unos metros más, ya podía oler los pinos. Libertad, pensó.

Entonces, una voz resonó por el túnel. “Eres sorprendentemente paciente.” Esmeralda se quedó paralizada.

Conocía esa voz, era Diego.

Estaba de pie en lo alto de la escalera, con las manos descansando con calma dentro de los bolsillos de su abrigo. Dos soldados armados esperaban varios escalones detrás de él, pero ninguno había levantado su arma.

Diego simplemente la observaba. Como si la hubiera estado esperando todo el tiempo. Durante varios segundos, ninguno de los dos se movió. Finalmente, Esmeralda suspiró. “Estuve tan cerca.”

Diego asintió una vez. “Más cerca que la mayoría.”

Ella subió lentamente los escalones restantes hasta quedar a pocos pasos de él.

“Lo sabías,” dijo Esmeralda con firmeza.

“Lo sospechaba,” respondió Diego.

“¿Cómo?”

Diego respondió con calma. “Pasas demasiado tiempo observando.” Su expresión permanecía indescifrable. “Decidí ver cuánto tiempo te tomaría.”

“¿Entonces me dejaste intentarlo?”, preguntó Esmeralda.

“Te di la libertad suficiente para revelar tus intenciones.”

Esmeralda miró más allá de él, hacia la entrada abierta del túnel. La luz de la luna se derramaba a través de la abertura más allá. La libertad estaba a solo unos metros, lo bastante cerca para verla, pero imposible de alcanzar.

Rió suavemente. No porque algo fuera gracioso, sino porque la habían superado en astucia.

Diego hizo un gesto hacia los soldados. “Quédense donde están.” Ninguno de los dos soldados se movió, luego volvió a mirar a Esmeralda. “Me decepcionaste.”

Ella levantó una ceja. “Espera, ¿esperabas que me quedara?”, preguntó Esmeralda, alzando la voz.

“Esperaba que fueras más inteligente.”

“Lo soy,” respondió ella.

“No,” su voz se mantuvo uniforme. “Elegiste la única salida que todo prisionero termina por notar.”

“La dejaste visible a propósito,” dijo Esmeralda.

“Lo hice,” respondió Diego.

Ella lo miró con atención. “Entonces nunca fue una ruta de escape.”

“Lo era,” continuó Diego. “Simplemente no estaba desprotegida.”

El silencio se instaló entre ellos. Finalmente, él hizo la pregunta que realmente le interesaba. “¿Por qué corriste?”

Esmeralda lo miró como si la respuesta debiera haber sido obvia. “Porque soy tu prisionera.”

“No te he hecho daño, todavía no. Te he alimentado…”

“¡Me has encerrado dentro de una celda!”, interrumpió ella con firmeza, cortando a Diego.

“Pero eres la esposa de mi enemigo,” continuó Diego.

“Y yo no elegí venir aquí,” respondió Esmeralda.

Diego sostuvo su mirada. “Aún no has respondido la pregunta.”

Entonces ella inhaló lentamente. Cuando volvió a hablar, su voz era más suave. “No voy a pasar el resto de mi vida dentro de otra jaula.”

Diego permaneció en silencio. Esmeralda continuó antes de que pudiera perder el valor.

“Durante tres años, cada decisión que tomé le pertenecía a Camilo.” Rió con amargura.

“Pedía permiso para salir de la casa.” Tragó saliva. “Pedía permiso para visitar a otras personas, pedía permiso antes de hablar durante las reuniones.”

Miró directamente a los ojos de Diego. “¡No voy a pedirle permiso a otro hombre para respirar!”

El túnel quedó completamente en calma. Ninguno de los soldados dijo una palabra. Diego estudió su rostro; había interrogado a cientos de prisioneros, traidores, espías, mercenarios, mentirosos. Sabía cómo solía verse el miedo.

La mayoría de la gente temía el dolor, la ejecución, el interrogatorio, pero el miedo de Esmeralda era diferente. Ella no temía morir, temía volver a pertenecerle a alguien.

Era sutil, pero indudablemente genuino. Esa comprensión lo inquietó más de lo que estaba dispuesto a admitir. No porque confiara en ella, no lo hacía. Sino porque un miedo genuino no podía ensayarse con tanta perfección. Aun así, la gente mentía, y las personas excepcionales mentían de forma convincente; él no podía permitirse errores.

Su voz permaneció calmada. “Si mi intención fuera hacerte mi prisionera para siempre, no habrías llegado hasta este túnel.”

Ella frunció el ceño. “¿Qué significa eso?”

“Significa que quería ver si lo intentarías.”

“¿Y ahora?”, preguntó Esmeralda.

“Ahora sé que valoras la libertad más que la comodidad,” admitió Diego.

Ella esbozó una sonrisa sin humor. “¿Eso se suponía que era un cumplido?”

“Era una observación,” dijo Diego.

Ella cruzó los brazos. “¿Entonces qué pasa ahora?”, preguntó.

Diego la consideró por un momento. Un soldado dio un paso al frente. “Jefe, ¿la llevamos a confinamiento solitario?”

El otro añadió: “Intentó escapar.”

Diego no miró a ninguno de los dos. “No.”

Ambos soldados parpadearon. “¿No?”

Diego respondió sin apartar la mirada de Esmeralda. “Si hubiera querido dañar la fortaleza, tuvo oportunidades. Si hubiera querido atacar a alguien, tuvo oportunidades. No hizo ninguna de las dos cosas.”

El primer soldado frunció el ceño. “Pero escapó.”

“Intentó irse, son cosas distintas,” corrigió Diego.

Los soldados intercambiaron miradas confundidas. Diego finalmente le habló a Esmeralda. “Regresarás a tu habitación.”

“Quieres decir a mi prisión,” dijo ella con firmeza.

“Tu habitación,” repitió Diego.

Ella casi discutió. En cambio, suspiró. “No hay mucha diferencia,” dijo.

Diego no respondió. Simplemente se volvió hacia la fortaleza. Los soldados le hicieron una seña a Esmeralda para que los siguiera. Ella echó un último vistazo al bosque iluminado por la luna, más allá de la entrada del túnel.

Había estado lo bastante cerca como para tocarla. Sin embargo, más lejos que nunca. Siguió a los soldados de regreso por el pasaje subterráneo sin resistencia.

Más tarde esa noche, Diego estaba solo en su oficina. Un informe yacía abierto sobre su escritorio. Detallaba la fuga fallida de Esmeralda.

Cada movimiento, cada giro a través de los túneles, cada minuto que había pasado bajo tierra. Lo leyó dos veces antes de dejarlo a un lado.

Su jefe de inteligencia entró en silencio.

“Escuché que intentó escapar.”

Diego asintió.

“Lo esperaba.”

“¿Te sorprendió?”

Diego caminó hacia la ventana que daba al oscuro patio.

“Sí.”

El hombre mayor esperó.

“Esperaba desesperación.”

Diego dijo finalmente.

“Encontré determinación.”

Su jefe frunció el ceño.

“¿Crees su historia?”

Diego respondió después de un largo silencio.

“No.”

Miró hacia el ala de la prisión donde habían regresado a Esmeralda.

“Pero…”

La palabra quedó suspendida en la habitación silenciosa.

“…ya no creo que esté mintiendo sobre todo.”

Fue un cambio pequeño. Apenas perceptible, pero para un hombre que confiaba más en la evidencia que en el instinto, fue suficiente para sembrar la duda. Y la duda, Diego lo sabía mejor que nadie, a menudo era el comienzo de la verdad.

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