ログインEl crujido de la leña al consumirse en la chimenea era el único sonido que rellenaba el vasto espacio de la residencia principal. Para cualquiera, aquel salón de techos altos, vigas de madera oscura y pesados tapices de pieles habría sido el epítome del confort y la seguridad en medio del crudo invierno de la montaña. Para ella, sin embargo, cada rincón de esa habitación se sentía como una jaula de oro, un territorio de caza del que no tenía escapatoria.
Aiden y Silas la observaban. No la miraban con la lascivia o el desprecio a los que estaba acostumbrada en su antiguo hogar, sino con una fijeza analítica y protectora que resultaba casi más abrumadora. Sus aromas combinados —el de Aiden, denso como la tierra mojada y los pinos tras la tormenta; el de Silas, agudo como el ozono y la resina— llenaban el aire, saturando los sentidos de la omega y activando cada una de sus alertas biológicas de peligro. —Solo... necesito unos días —susurró ella finalmente, rompiendo el silencio con una voz que sonó rota, áspera por el frío y el desuso. Mantuvo la mirada rígidamente fija en el suelo de piedra, consciente de que hacer contacto visual con un alfa dominante se consideraba un desafío o una invitación —Solo hasta que mis piernas puedan sostenerse y la fiebre remita. Después me iré. No quiero ser una molestia para su gente. Aiden dio un paso hacia adelante. Fue un movimiento sutil, pero el eco de sus botas contra el suelo hizo que la chica se encogiera instintivamente sobre el diván, pegando las rodillas contra su pecho en una postura de defensa absoluta. Al notar la reacción, el alfa se detuvo en seco, con las facciones endurecidas por una mezcla de frustración y lástima contenida. —Te quedarás el tiempo que sea necesario para que sanes por completo —declaró Silas desde el otro extremo de la mesa, su tono barítono e incuestionable, dictando la sentencia como si fuera una ley inmutable —Las leyes de este refugio las dictamos nosotros, no los murmullos de la plaza. No estás molestando a nadie porque nadie aquí tiene el derecho de cuestionar a quién decidimos proteger. Aquellas palabras, que en otra boca habrían sonado como un bálsamo de justicia, a ella le helaron la sangre. La idea original que la había empujado a caminar kilómetros a través del fango y la nieve, con la nuca sangrante y las fuerzas al límite, había sido simplemente llegar a las fronteras del mítico territorio del Norte y dejarse ir. Quería que el frío adormeciera su cuerpo, que la nieve borrara su rastro y que la muerte la liberara de una existencia que solo le había traído dolor. No planeaba ser rescatada. No quería que nadie cargara con su miseria, y mucho menos deseaba volver a estar a merced de la jerarquía de los lobos. Ahora, viva, despierta y atrapada entre las paredes de la residencia más custodiada de la región, ese final pacífico se desvanecía por completo. —No lo entienden... —insistió ella, y una lágrima de pura impotencia resbaló por su mejilla sucia de barro —Su gente tiene razón, Soy una omega rota. Una loba sin lazo cuya marca fue arrancada. No sirvo para el clan, no puedo aportar nada. En mi antiguo hogar, el alfa me marcó solo por compromiso, por obligación. Aiden soltó un gruñido bajo, un sonido que vibró en el pecho de la chica como una descarga eléctrica. Sin embargo, cuando habló, su voz era extrañamente suave, aunque cargada de una promesa letal: —Si ese alfa vuelve a acercarse a ti, lo único que encontrará será su propio fin. Silas se acercó despacio, sosteniendo entre sus manos una taza de madera de la que se elevaba un vapor con olor a hierbas medicinales y miel. Se arrodilló a una distancia prudencial del diván, respetando el espacio de la joven, y le tendió el recipiente. —Bebe, Te ayudará con el dolor de la nuca y estabilizará tu temperatura —dijo Silas, su rostro, de líneas severas pero serenas, no mostraba el menor rastro de la brutalidad que ella asociaba con su casta —No te pedimos que nos agradezcas, ni que confíes en nosotros hoy. Solo te pedimos que sobrevivas. Con las manos temblándole de tal manera que el líquido estuvo a punto de derramarse, la protagonista tomó la taza. El calor del objeto le quemó gratamente las palmas congeladas. Dio un sorbo lento, sintiendo cómo el brebaje tibio descendía por su garganta y expandía una oleada de alivio inmediato por su cuerpo, calmando la punzada violácea que le recorría el cuello. Al mirar de reojo a ambos hombres, se dio cuenta de la realidad de su situación: estos alfas no eran como su antiguo maltratador, pero seguían siendo su peor miedo. La sumisión obligada, la fuerza bruta y el control absoluto eran rasgos inherentes a su naturaleza, y ella no podía evitar ver en sus miradas posesivas el preludio de una nueva forma de cautiverio, una donde las cadenas estaban hechas de protección y deudas de gratitud. Una hora más tarde, tras comprobar que la fiebre había cedido de forma definitiva, Silas la guio hacia una habitación contigua. Era un cuarto pequeño pero privado, equipado con una cama mullida cubierta de pieles gruesas y una ventana alta que miraba hacia los picos nevados del bosque. —Descansa aquí. Nadie entrará sin tu permiso —le aseguró Silas antes de cerrar la puerta con suavidad, dejándola finalmente a solas con sus pensamientos. La chica, por impulso puso el cerrojo en la puerta, aunque los Alfas no demostraban que la harían daño, aún no podía confiar del todo. No se acostó en la cama, el colchón se sentía demasiado blando, demasiado extraño para alguien que había pasado las últimos dias durmiendo sobre la tierra y las raíces. En su lugar, se arrastró hacia la esquina más alejada de la habitación, acurrucándose en el suelo contra la pared, buscando la seguridad de tener la espalda protegida. Desde allí, contempló la luna a través del cristal. Mientras ella luchaba contra sus propios fantasmas en el aislamiento de la residencia, el ambiente en el exterior del refugio se volvía cada vez más turbio. En los barracones del sector oeste, lejos de la mirada de los líderes, el descontento sembrado por Elara y Mía comenzaba a echar raíces. Alrededor de una fogata improvisada, un grupo de lobos menores y omegas resentidos escuchaban las palabras de Elara, cuyo rostro reflejaba una indignación ardiente. —¿Es que no lo ven? —decía Elara, cruzándose de brazos mientras la luz del fuego danzaba en sus ojos —Hemos trabajado durante años, demostrando nuestra valía, cazando, manteniendo el orden y respetando las jerarquías para ganarnos un lugar de honor al lado de Aiden y Silas. Y hoy, traen a una paria y la meten en la casa principal como si fuera de la realeza. Es un insulto a nuestro esfuerzo. —Mía dice que su marca está podrida —añadió un alfa joven, frunciendo el ceño —Un lobo con la nuca destrozada de esa manera solo atrae la mala suerte del bosque. Es una carga inútil. Si permitimos que los líderes se debiliten por lástima, el refugio entero caerá. Mía, que observaba desde la penumbra con una sonrisa ladina, dio un paso al frente. Su voz, suave pero cargada de veneno, terminó de sellar el pacto de la disidencia: —Los líderes son fuertes, pero están cegados por la novedad. Si esa omega rota se queda, romperá el equilibrio que nos hace selectos. Debemos recordarle a la comunidad cuál es el verdadero valor de la fuerza. Si Aiden y Silas no la echan, tendremos que encargarnos de que su estancia aquí sea tan insoportable que decida regresar al bosque por donde vino... o morir en él. Ajena a la conspiración que se tejía en las sombras de la plaza, la protagonista cerró los ojos en su rincón oscuro, tocándose con dedos temblorosos la dolorosa cicatriz de su nuca. El dolor físico empezaba a menguar gracias a las medicinas de Silas, pero el tormento psicológico apenas comenzaba. Estaba viva, protegida por los hombres más peligrosos de la montaña, y rodeada de un pueblo que la quería muerta. Su viaje hacia el olvido se había interrumpido, y ahora, quisiera o no, formaba parte de un juego de poder del que no sabía cómo escapar.La tranquilidad de la residencia se rompió cuando un guardia entró apresuradamente en la sala donde Maia se encontraba con Aiden y Silas. Su expresión era seria, y antes de hablar dirigió una mirada inquieta hacia los dos gemelos. —Alfa, hay alguien que exige hablar con usted. Dice que se trata de un asunto relacionado con una omega bajo su protección. Aiden dejó el documento que estaba leyendo sobre la mesa. —¿Quién es? El guardia vaciló un instante antes de responder. —Dice ser El alfa Estefan del imperio crital de la ciudad. El nombre que pronunció después hizo que Maia se quedara completamente inmóvil. Por un momento, el ruido de la habitación pareció desaparecer. Su respiración se volvió irregular y sus dedos se cerraron alrededor de la tela de su ropa, mientras un recuerdo que había intentado mantener enterrado comenzaba a abrirse paso en su mente. Un rostro, una voz cargada de desprecio y la certeza de que, para aquel hombre, ella nunca había sido alguien a quien valiera
Maia apenas había conseguido dormir aquella noche. Cada vez que cerraba los ojos, regresaba a la montaña y escuchaba la voz de su madre llamándola desde el otro lado de la puerta. Sin embargo, ahora había otra imagen que se repetía en su mente: Aiden y Silas de pie a su lado, tan distintos en sus maneras de actuar, pero unidos por una conexión que parecía extenderse también hacia ella. No sabía si la explicación de la curandera era suficiente para comprender lo que estaba sintiendo, aunque había una certeza que no podía ignorar: cuando estaba cerca de los gemelos, su loba se tranquilizaba y aquella sensación de estar incompleta parecía disminuir. A la mañana siguiente, Maia encontró a Aiden en el jardín, sentado junto a uno de los árboles que rodeaban la residencia. Él levantó la mirada cuando la vio acercarse y le hizo un gesto para que se sentara a su lado. —¿Pudiste descansar? —preguntó. —Un poco, Aunque creo que tengo demasiadas cosas en la cabeza para dormir bien. Aiden d
El regreso a la residencia fue más silencioso de lo que Maia esperaba. Aunque había conseguido alejarse de la puerta de piedra, una parte de ella parecía haberse quedado en aquella montaña, junto a la voz que la había llamado desde el otro lado. No podía dejar de pensar en su madre, en la llave que necesitaban para abrir la entrada y en la extraña sensación que había experimentado cuando tocó los símbolos. Sin embargo, había algo más que la inquietaba: desde que habían abandonado el bosque, podía sentir a Aiden y Silas de una manera diferente, como si la distancia entre ellos se hubiera reducido hasta volverse casi inexistente. Cuando Aiden le ofreció su mano para ayudarla a subir los escalones de la residencia, Maia aceptó sin pensarlo. El contacto fue breve, pero una sensación cálida se extendió por su pecho, acompañada de una tranquilidad que no había sentido desde que sus recuerdos comenzaron a despertar. Lo extraño fue que, cuando Silas se acercó para preguntarle si se encontrab
El silencio de la montaña parecía haberse vuelto más profundo después de que Maia escuchara aquella voz. Permanecía frente a la antigua puerta de piedra, con una mano apoyada contra su pecho y los ojos fijos en los símbolos que habían brillado unos segundos antes. No sabía cómo explicarlo, pero aquella voz había despertado algo dentro de ella, un recuerdo que no conseguía alcanzar y que, al mismo tiempo, le provocaba una tristeza que no podía comprender. —Maia, tenemos que regresar —dijo Aiden, acercándose con cautela —No sabemos qué hay detrás de esa puerta ni qué podría ocurrirte si intentas abrirla. Ella negó lentamente con la cabeza, sin apartar la mirada de la piedra. —La escuché Aiden. Era ella, estoy segura. No sé cómo puedo recordarla si apenas tengo recuerdos de mi infancia, pero era la voz de mi madre. Silas observó los símbolos grabados en la entrada y después miró a su hermano. Había algo extraño en aquel lugar, una sensación que no podía atribuir únicamente a la magia
La mañana transcurrió con una tranquilidad poco habitual en la residencia, aunque Maia sabía que aquella calma no duraría demasiado. Después de lo ocurrido la noche anterior, la curandera le había recomendado descansar y evitar cualquier situación que pudiera alterar nuevamente a su loba, pero había algo que no conseguía quitarse de la cabeza: la puerta de piedra.Cada vez que cerraba los ojos, la imagen regresaba con mayor claridad. Podía distinguir los árboles que rodeaban el lugar, la nieve cubriendo el suelo y aquella silueta femenina que parecía esperarla al otro lado. No sabía si se trataba de un recuerdo verdadero o de una visión creada por su loba, pero necesitaba descubrirlo.Cuando Aiden y Silas entraron en su habitación, la encontraron sentada junto a la ventana, con la mirada perdida en la montaña.—Antes de que digas algo, quiero que sepas que me encuentro bien —dijo Maia, anticipándose a cualquier pregunta.Silas arqueó una ceja.—Todavía no hemos dicho nada.—Pero estab
La mañana llegó lentamente a la residencia. Después de una noche que había parecido interminable, finalmente todo había vuelto a la calma. Maia continuaba descansando en su habitación, mientras la curandera había insistido en que nadie la molestara durante varias horas. Aiden y Silas tampoco habían dormido, pero ahora cada uno se encontrban en sus respectivos cuartos. Después de haber permanecido junto a Maia durante tanto tiempo, ambos se encontraban agotados. Habían conseguido estabilizarla, pero la curandera había sido clara: todavía debían observarla durante los próximos días. La noticia no tardó en recorrer la residencia. No todos conocían los detalles de lo ocurrido, pero sí sabían que los dos alfas habían permanecido durante horas junto a una omega que había llegado a la manada completamente debilitada. Y las conversaciones comenzaron. En uno de los corredores, dos omegas hablaban en voz baja. —¿Es verdad que estuvieron toda la noche con ella? —Eso dicen, y yo pude ver







