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capítulo 3: No sirvo, estoy rota.

last update publish date: 2026-06-26 01:04:49

El portón de madera maciza de la residencia principal se cerró a espaldas de los líderes, sepultando el murmullo de la plaza. El cambio de ambiente fue instantáneo: el frío cortante de la montaña dio paso al calor de una chimenea encendida y a un aroma profundo a madera, resina y la imponente presencia de los dos alfas.

​Aiden, el alfa que la cargaba, la depositó con extrema delicadeza sobre el diván de cuero frente al fuego. Sus movimientos, usualmente bruscos y letales en el combate, eran ahora de una precisión casi quirúrgica.

​—Su fiebre está bajando, pero el pulso sigue siendo errático —comentó Silas, el segundo líder, mientras se quitaba los guantes de cuero y se acercaba con un ungüento medicinal —Lo que le hicieron en esa nuca no fue un rechazo común, Aiden. Intentaron borrar su rastro a la fuerza.

​—Quien lo haya hecho pagará por ello si alguna vez pisa nuestras tierras —respondió Aiden, con la mandíbula aún tensa. Se arrodilló a un costado del diván, observando las facciones de la joven, ahora más relajadas por el calor —Pero primero, tiene que despertar.

​Como si hubiera escuchado la orden, la chica soltó un suspiro entrecortado. Sus párpados, pesados y heridos por el frío, temblaron antes de abrirse lentamente. Lo primero que captó su vista fue el brillo dorado del fuego, seguido de inmediato por dos siluetas imponentes que recortaban la luz.

​El pánico, un instinto de supervivencia grabado a fuego tras años de abusos, se activó de inmediato.

​Intento incorporarse de golpe, pero un gemido de dolor escapó de su garganta cuando la herida de su nuca palpitó con fuerza. Se hizo bolita en un exteemo del sillon, Una mano firme, pero extrañamente cálida, se posó suavemente sobre su hombro, deteniendo su huida.

​—Tranquila —la voz de Silas era baja, un barítono diseñado para calmar a las fieras —Estás a salvo. Nadie va a tocarte aquí.

​Ella encogió las piernas contra su pecho, temblando, clavando sus ojos desorbitados en los dos hombres. Su aroma la rodeaba: una mezcla de pino silvestre, tormenta y una dominancia tan pura que, en cualquier otra circunstancia, la habría hecho doblegarse de rodillas por el miedo. Sin embargo, no había amenaza en ellos. No había el hambre depredadora a la que estaba acostumbrada.

​—¿Quiénes... quiénes son? —consiguió articular, su voz apenas un hilo ronco y agrietado —¿Por qué me trajeron? No sirvo... no tengo lazo. Soy una...

​—Sabemos lo que eres —la interrumpió Aiden, capturando su mirada con sus ojos oscuros, fijos y posesivos —Eres una superviviente. Y en este refugio, eso vale más que cualquier jerarquía. Mi nombre es Aiden, y él es Silas. Estás en el refugio del Norte.

​La chica parpadeó, asimilando las palabras. El refugio del Norte era un mito entre los desterrados; un lugar donde se decía que los alfas no devoraban a los débiles, sino que construían un imperio.

​—No puedo quedarme —susurró ella, bajando la mirada de la vergüenza, tocándose inconscientemente la cicatriz violácea del cuello —Su gente... no querra a una rechazada, los escuché débilmente en la plaza. Me ven como un desecho, Una omega rota solo trae problemas. Mi antiguo alfa nunca me quiso, y me destruyó, no sirvo.

​Silas soltó una corta carcajada, aunque sus ojos permanecieron serios y protectores. Se acercó al diván y le tendió una taza con un té humeante.

​—Este refugio no se esconde de los problemas, los aplasta. En cuanto a lo que piensa la gente de la plaza... ellos obedecen nuestras leyes, y la primera ley desde hoy es que tú estás bajo nuestra protección directa.

​Ella tomó la taza con manos temblorosas, buscando el calor del recipiente. Al dar el primer sorbo, sintió cómo una oleada de alivio recorría su cuerpo, mitigando el dolor de la nuca. Al mirar de reojo a ambos alfas, que la observaban como si fuera la pieza más valiosa de su territorio, una extraña y desconocida sensación de seguridad comenzó a brotar en su pecho, pero el miedo y pánico seguía ahí palpitante como su marca de rechazo.

​Sin embargo, fuera de la residencia, el peligro no solo venía de los clanes exteriores. En las sombras de la plaza, Elara y Mía ya se reunían con los alfas inconformes, hilando una red de descontento que amenazaba con desestabilizar la paz del refugio desde adentro.

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