登入El murmullo del patio de armas se extinguió por completo en cuanto la pesada puerta de roble de la residencia principal se cerró a sus espaldas, sepultando el aire gélido de la montaña y las palabras envenenadas de Elara y Mía. El contraste fue un golpe directo a sus sentidos, pero esta vez, uno extrañamente reconfortante. El aroma a resina de pino dulce, té de hierbas silvestres y el sutil pero constante olor a hogar envolvieron a la omega, obligando a sus pulmones a expandirse después de haber retenido el aire por puro terror.
Aiden la guió con firmeza, manteniendo una mano rozando sutilmente su espalda, no para empujarla, sino como un escudo invisible entre ella y el mundo exterior. Sus pasos resonaron en los tablones de madera pulida hasta que se detuvieron cerca de la monumental chimenea del salón principal, donde el fuego crepitaba con fuerza, tiñendo las paredes de piedra de un tono dorado y acogedor. Al sentir el calor directo en su piel, los hombros de la chica finalmente descendieron. Sin embargo, el temblor en sus manos continuaba. Se frotó los brazos, tratando de borrar la sensación de la mirada gélida de los lobos. Aiden se colocó frente a ella, cruzándose de brazos. La furia alfa que había desplegado en el patio se había disipado, reemplazada por una rigidez preocupada. Su aroma a tierra mojada y pino tras la tormenta comenzó a asentarse, volviéndose más cálido, más protector. —Te lo advertí antes de que cruzaras ese umbral —dijo Aiden, con una voz profunda que reverberaba en el espacio cerrado, aunque desprovista de la dureza de hace unos minutos —El refugio del Norte es un lugar seguro, pero no es un monolito. Mi autoridad no impide que existan lobos en este campamento que estén en total desacuerdo con que te quedes aquí. No entienden de dónde vienes, ni por qué una omega libre camina sin el respaldo de un clan conocido. Para ellos, eres una incógnita. Y en mitad del invierno, las incógnitas generan desconfianza. Ella bajó la mirada hacia sus propios pies descalzos sobre la alfombra de piel. El sentimiento de culpa, espeso y amargo, volvió a instalarse en su pecho. —No quería causar divisiones... —articuló en un susurro, con la voz aún resentida por el frío —Sé lo que cuesta mantener la paz. Si mi presencia va a romper la armonía, es mejor irme, traigo desgracia, estoy rota. —No vas a irte a ninguna parte —la interrumpió Aiden con una rotundidad que no admitía réplica, aunque el tono fue extrañamente suave —Estás bajo mi protección y la de Silas. Pero debes entender las reglas: por ahora, no puedes andar sola por ahí. No porque desconfiemos de ti, sino porque no permitiré que vuelvas a ser el blanco de la frustración de nadie. Antes de que ella pudiera asimilar el peso de sus palabras, la puerta lateral que conectaba con el ala de los despachos se abrió sin hacer ruido. Silas entró primero, con su habitual andar pausado y calculador, portando la eterna seriedad grabada en las arrugas de su rostro. Sin embargo, esta vez no venía solo. Detrás de él apareció una loba de aspecto joven, tal vez de su misma edad. Tenía el cabello oscuro recogido en una trenza práctica y unos ojos castaños que destellaban una chispa de viva curiosidad, completamente desprovista de la malicia que destilaban Elara o Mía. Su postura era relajada y de ella emanaba un aroma sumamente ligero y tranquilizador a lavanda y hojas secas. —Y precisamente para asegurarnos de que no vuelvas a estar sola, hemos tomado medidas —intervino Silas, dando un paso al lado para presentar a la recién llegada. Una sutil inclinación de cabeza hacia la omega sirvió como un gesto de tregua —Ella es Mara. La joven loba dio un paso al frente de inmediato. Al notar que la protagonista retrocedía un milímetro por puro instinto de supervivencia, Mara se detuvo a una distancia prudencial y levantó las manos en un gesto pacífico, mostrando las palmas. Su sonrisa fue instantánea, amplia y genuina. —Hola —dijo Mara, y su voz tenía una cadencia rítmica, casi musical, que contrastaba con la solemnidad del refugio —Es un verdadero placer conocerte. Silas y Aiden me han contado un poco... bueno, solo lo necesario. A partir de hoy, seré tu compañera aquí dentro. La omega la miró, parpadeando con sorpresa. En su antiguo hogar, las jerarquías eran tan estrictas que una omega jamás recibía una asignación de este tipo a menos que fuera para ser vigilada por un guardia. Mara pareció leer sus pensamientos con asombrosa facilidad. —No soy tu carcelera, si es lo que te preocupa —añadió Mara con una risita ligera, dando un paso más, esta vez permitiendo que su aroma a lavanda envolviera el espacio para calmar los latidos acelerados de la otra chica —Considerame una guía de turismo en el lugar más frío del mundo, y una barrera humana si esas sombras del patio vuelven a ponerse pesadas —hizo ademán de contar un secreto —Tampoco me caen bien esas dos, Te ayudaré a aclimatarte, a moverte por la residencia, a conseguir ropa abrigada y a asegurarnos de que nadie vuelva a incomodarte mientras recuperas tus fuerzas. Un nudo de alivio, tan denso que casi la hace llorar, se formó en la garganta de la omega. Miró a Aiden, descubriendo que la expresión del alfa se había suavizado por completo al ver que la presencia de Mara lograba el efecto deseado: apaciguar su instinto de huida. Silas, por su parte, observaba la escena con una aprobación silenciosa, asintiendo levemente antes de retirarse hacia la chimenea. —Mara conoce cada rincón de esta montaña y goza de mi total confianza —añadió Aiden, dando un paso atrás para cederle el espacio a la recién llegada —Confío en que, con ella a tu lado, puedas empezar a ver este refugio como lo que realmente es: un lugar donde finalmente puedes dejar de correr, si así lo deseas. Por primera vez en semanas, el peso constante en el pecho de la protagonista pareció aligerarse un poco. En medio de un campamento fragmentado y de los murmullos de descontento que aún flotaban más allá de los muros de madera, la calidez de la chimenea, la firmeza inquebrantable de los dos alfas y la inesperada sonrisa de Mara le devolvieron algo que creía haber perdido para siempre en su huida: una chispa de verdadera seguridad.La tranquilidad de la residencia se rompió cuando un guardia entró apresuradamente en la sala donde Maia se encontraba con Aiden y Silas. Su expresión era seria, y antes de hablar dirigió una mirada inquieta hacia los dos gemelos. —Alfa, hay alguien que exige hablar con usted. Dice que se trata de un asunto relacionado con una omega bajo su protección. Aiden dejó el documento que estaba leyendo sobre la mesa. —¿Quién es? El guardia vaciló un instante antes de responder. —Dice ser El alfa Estefan del imperio crital de la ciudad. El nombre que pronunció después hizo que Maia se quedara completamente inmóvil. Por un momento, el ruido de la habitación pareció desaparecer. Su respiración se volvió irregular y sus dedos se cerraron alrededor de la tela de su ropa, mientras un recuerdo que había intentado mantener enterrado comenzaba a abrirse paso en su mente. Un rostro, una voz cargada de desprecio y la certeza de que, para aquel hombre, ella nunca había sido alguien a quien valiera
Maia apenas había conseguido dormir aquella noche. Cada vez que cerraba los ojos, regresaba a la montaña y escuchaba la voz de su madre llamándola desde el otro lado de la puerta. Sin embargo, ahora había otra imagen que se repetía en su mente: Aiden y Silas de pie a su lado, tan distintos en sus maneras de actuar, pero unidos por una conexión que parecía extenderse también hacia ella. No sabía si la explicación de la curandera era suficiente para comprender lo que estaba sintiendo, aunque había una certeza que no podía ignorar: cuando estaba cerca de los gemelos, su loba se tranquilizaba y aquella sensación de estar incompleta parecía disminuir. A la mañana siguiente, Maia encontró a Aiden en el jardín, sentado junto a uno de los árboles que rodeaban la residencia. Él levantó la mirada cuando la vio acercarse y le hizo un gesto para que se sentara a su lado. —¿Pudiste descansar? —preguntó. —Un poco, Aunque creo que tengo demasiadas cosas en la cabeza para dormir bien. Aiden d
El regreso a la residencia fue más silencioso de lo que Maia esperaba. Aunque había conseguido alejarse de la puerta de piedra, una parte de ella parecía haberse quedado en aquella montaña, junto a la voz que la había llamado desde el otro lado. No podía dejar de pensar en su madre, en la llave que necesitaban para abrir la entrada y en la extraña sensación que había experimentado cuando tocó los símbolos. Sin embargo, había algo más que la inquietaba: desde que habían abandonado el bosque, podía sentir a Aiden y Silas de una manera diferente, como si la distancia entre ellos se hubiera reducido hasta volverse casi inexistente. Cuando Aiden le ofreció su mano para ayudarla a subir los escalones de la residencia, Maia aceptó sin pensarlo. El contacto fue breve, pero una sensación cálida se extendió por su pecho, acompañada de una tranquilidad que no había sentido desde que sus recuerdos comenzaron a despertar. Lo extraño fue que, cuando Silas se acercó para preguntarle si se encontrab
El silencio de la montaña parecía haberse vuelto más profundo después de que Maia escuchara aquella voz. Permanecía frente a la antigua puerta de piedra, con una mano apoyada contra su pecho y los ojos fijos en los símbolos que habían brillado unos segundos antes. No sabía cómo explicarlo, pero aquella voz había despertado algo dentro de ella, un recuerdo que no conseguía alcanzar y que, al mismo tiempo, le provocaba una tristeza que no podía comprender. —Maia, tenemos que regresar —dijo Aiden, acercándose con cautela —No sabemos qué hay detrás de esa puerta ni qué podría ocurrirte si intentas abrirla. Ella negó lentamente con la cabeza, sin apartar la mirada de la piedra. —La escuché Aiden. Era ella, estoy segura. No sé cómo puedo recordarla si apenas tengo recuerdos de mi infancia, pero era la voz de mi madre. Silas observó los símbolos grabados en la entrada y después miró a su hermano. Había algo extraño en aquel lugar, una sensación que no podía atribuir únicamente a la magia
La mañana transcurrió con una tranquilidad poco habitual en la residencia, aunque Maia sabía que aquella calma no duraría demasiado. Después de lo ocurrido la noche anterior, la curandera le había recomendado descansar y evitar cualquier situación que pudiera alterar nuevamente a su loba, pero había algo que no conseguía quitarse de la cabeza: la puerta de piedra.Cada vez que cerraba los ojos, la imagen regresaba con mayor claridad. Podía distinguir los árboles que rodeaban el lugar, la nieve cubriendo el suelo y aquella silueta femenina que parecía esperarla al otro lado. No sabía si se trataba de un recuerdo verdadero o de una visión creada por su loba, pero necesitaba descubrirlo.Cuando Aiden y Silas entraron en su habitación, la encontraron sentada junto a la ventana, con la mirada perdida en la montaña.—Antes de que digas algo, quiero que sepas que me encuentro bien —dijo Maia, anticipándose a cualquier pregunta.Silas arqueó una ceja.—Todavía no hemos dicho nada.—Pero estab
La mañana llegó lentamente a la residencia. Después de una noche que había parecido interminable, finalmente todo había vuelto a la calma. Maia continuaba descansando en su habitación, mientras la curandera había insistido en que nadie la molestara durante varias horas. Aiden y Silas tampoco habían dormido, pero ahora cada uno se encontrban en sus respectivos cuartos. Después de haber permanecido junto a Maia durante tanto tiempo, ambos se encontraban agotados. Habían conseguido estabilizarla, pero la curandera había sido clara: todavía debían observarla durante los próximos días. La noticia no tardó en recorrer la residencia. No todos conocían los detalles de lo ocurrido, pero sí sabían que los dos alfas habían permanecido durante horas junto a una omega que había llegado a la manada completamente debilitada. Y las conversaciones comenzaron. En uno de los corredores, dos omegas hablaban en voz baja. —¿Es verdad que estuvieron toda la noche con ella? —Eso dicen, y yo pude ver







