LOGINCogió las pinzas y ajustó las rejillas.
Debería haber dicho algo. Cualquier cosa. Actuar con normalidad.
—¿Qué tal el trabajo? —logré decir.
—Mucho trabajo. Pero del bueno. Acabo de terminar una casa en Oakmont. —Su voz sonaba más grave de lo que recordaba. Más áspera. O tal vez era yo quien la percibía de otra manera ahora.
—Qué bien.
Me pasó las pinzas para que las sostuviera mientras ajustaba la temperatura. Su mano rozó la mía.
El contacto fue eléctrico.
Casi se me caen.
Es tu tío —pensé—. El hermano de tu madre. El hombre que te enseñó a montar en bicicleta, que te ayudó con los deberes de álgebra y que jamás, nunca, te ha mirado como algo más que su sobrina.
Esto es enfermizo. Estás enferma. Esto está mal.
Pero Dios, qué aspecto tenían sus antebrazos cuando movía el carbón. La tensión de los músculos bajo la piel bronceada. Las venas de sus manos. Quería esas manos sobre mí. Quería que me bajaran los pantalones cortos, que me abrieran las piernas, que me tocaran allí donde ya me estaba humedeciendo.
Para. Basta.
—¿Estás bien? —preguntó.
—¿Qué?
—Te noto callada.
—Solo cansada. El viaje de vuelta ha sido largo. —La mentira salió sola.
Asintió, no insistió, y nos quedamos allí en un silencio que parecía inmenso. Como si el espacio entre nosotros gritara todo lo que yo no decía.
Necesitaba moverme. Alejarme de él antes de hacer una tontería.
—Voy a ayudar a mamá —dije.
—Claro.
Entré en casa casi corriendo.
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Cuando el sol empezó a ponerse, ya me había tomado dos cervezas y me sentía desinhibida. Peligrosamente desinhibida.
Todos reían y contaban historias. Mi padre estaba haciendo su pésima imitación de su jefe, mi madre lloraba de risa y yo estaba sentada en una silla de jardín observando al tío David al otro lado del patio.
Sonreía ante algo que había dicho la tía Lisa. Tenía la cabeza echada hacia atrás, la garganta expuesta, y yo quería poner la boca ahí. Quería morderle y hacerle gemir.
Dios mío.
Aparté la vista rápidamente, pero no antes de cruzarme con su mirada.
¿Me estaba mirando?
No. Me lo había imaginado. Miraba en mi dirección, no a mí específicamente. No a la forma en que mi vestido de verano —me había puesto uno azul claro antes de cenar, de tirantes finos y con el dobladillo a media altura del muslo— se me subía una y otra vez porque no podía dejar de cruzar y descruzar las piernas.
Me lo estaba inventando. Proyectando mis fantasías enfermizas en él porque lo deseaba con demasiada intensidad.
—Maya, ¿me traes otra cerveza? —gritó mi padre.
Me levanté, agradecida por la excusa para moverme, y me dirigí a la nevera portátil.
El tío David ya estaba allí.
Claro que sí.
—Te he ganado —dijo, levantando su botella vacía.
Estábamos demasiado cerca. La nevera estaba entre nosotros, pero podía volver a olerlo y eso me mareaba. Hacía que se me tensaran los muslos.
Alargué la mano para coger una cerveza. Él hizo lo mismo. Nuestras manos se tocaron sobre la misma botella.
—Lo siento —dije.
—No, cógela tú.
—No pasa nada...
—Maya. —Su voz sonó más grave. Diferente—. Cógela.
Lo hice.
Nuestros dedos se rozaron mientras yo me apartaba y juraría —juro por Dios— que vi algo cruzar su rostro. Algo oscuro. Algo que reflejaba lo que yo sentía.
Pero luego desapareció.
Él agarró otra cerveza y se alejó; yo me quedé allí de pie, con el corazón palpitando con fuerza y las bragas empapadas.
Me iba a ir al infierno.
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Más tarde, cuando todos se hubieron marchado y mis padres se hubieron acostado, me quedé tumbada en mi cama de la infancia —demasiado pequeña para mí— mirando el techo.
No podía dejar de pensar en él.
Sus manos. Su voz. La forma en que me había mirado... o no; todavía no sabía decirlo con certeza.
Mi mano se deslizó por mi vientre, por debajo de la cintura de mis pantalones cortos de dormir.
No debería hacerlo.
Estaba mal.
Era mi tío. El hermano de mi madre.
Pero mis dedos ya estaban allí, deslizándose por la humedad, rodeando mi clítoris.
Pensé en sus manos en lugar de las mías. Manos grandes, ásperas por el trabajo de construcción. Imaginé que me subían el vestido y me abrían las piernas.
Ya estaba a punto de correrme.
Imaginé su voz susurrándome al oído. No un «pequeña». No una voz de tío a sobrina. Algo más. Algo más oscuro.
«¿Quieres esto?»
Sí.
«Has estado pensando en esto, ¿verdad? Pensando en que tu tío te folle».
Sí, Dios, sí.
Me corrí con fuerza, mordiéndome el labio para no hacer ruido, con su nombre a punto de escapárseme.
Después, la culpa cayó sobre mí como siempre.
Me quedé allí tumbada en la oscuridad, con los dedos aún húmedos, odiándome a mí misma.
Pero cinco minutos más tarde, volvía a tocarme.
Volvía a pensar en él.
Volvía a correrme con su nombre en la cabeza. Había pasado de la medianoche cuando mi teléfono se iluminó en la mesita de noche.
Un mensaje.
De él.
Qué bueno tenerte en casa, pequeña.
Me quedé mirando esa palabra.
Pequeña.
Quería lanzar el teléfono al otro lado de la habitación. Quería responder algo que hiciera que me viera de otra manera. Que me viera como una mujer, no como una niña. No como su sobrina.
Pero no lo hice.
Simplemente me quedé allí tumbada, mirando fijamente esa palabra hasta que la vista se me nubló, preguntándome cómo diablos iba a sobrevivir a este verano sin hacer algo de lo que ambos nos arrepintiéramos.
O peor aún... algo de lo que no nos arrepintiéramos en absoluto.
Añadió otro dedo más. Me folló lentamente con ellos mientras su pulgar encontraba mi clítoris.—¿Te gusta? —preguntó.—Sí... Dios... sí...—Has estado pensando en esto, ¿verdad? Pensando en los dedos de tu tío dentro de ti.Aquellas palabras sucias hicieron que me humedeciera aún más.—Sí —admití—. He estado pensando en ello. Fantaseando con ello.—¿En qué más has estado pensando?—En tu polla —susurré—. La quiero. La quiero dentro de mí.Él gimió. Retiró los dedos. Se los llevó a la boca y los chupó, saboreándome.Ver aquello casi me hizo correr.Luego, de un solo movimiento, me bajó los pantalones cortos y la ropa interior. Dejándome desnuda contra la pared.Cayó de rodillas.Me abrió las piernas.Y puso su boca sobre mí.El primer contacto de su lengua me hizo ver las estrellas. Tuve que taparme la boca con la mano para ahogar el gemido.Me lamió lentamente. A fondo. Como si se hubiera estado muriendo de hambre por esto y por fin hubiera recibido permiso para comer.Su lengua rodeó
Esperé una hora. Tiempo suficiente para que todos se durmieran. Tiempo suficiente para que la casa quedara en silencio, salvo por el sonido del agua del lago golpeando suavemente el muelle de afuera.Luego bajé las escaleras sigilosamente.Su puerta estaba cerrada. No se veía luz por debajo.Llamé suavemente.Nada.Volví a llamar.—Vete, Maya. —Su voz llegó a través de la puerta, ronca por el sueño. O tal vez no había estado durmiendo en absoluto.—No puedo dormir —dije—. ¿Puedo pasar?—No.—Por favor.Silencio. Un silencio tan largo que pensé que no iba a responder.Entonces, la puerta se abrió.Solo llevaba puestos los pantalones del pijama, bajos sobre las caderas. Tenía el pecho desnudo: bronceado, musculoso y exactamente tan perfecto como lo había imaginado. El pelo lo tenía revuelto, como si se hubiera pasado las manos por él.—Maya, tienes que irte. —Su voz sonaba tensa.—No puedo dormir —repetí—. ¿Puedo... puedo quedarme contigo? ¿Solo para hablar?—No.—David...—No me llames
MAYADos días.Dos días desde aquel beso y no había sabido nada de él.Ni mensajes. Ni llamadas. Nada.El martes por la noche no fue a cenar a casa de mis padres; le dijo a mi madre que había surgido una urgencia en el trabajo. El miércoles no apareció para tomar el café, como solía hacer en su día libre. El jueves, mi madre mencionó que lo había invitado a la inauguración de una galería y él había dicho que no podía asistir.Me estaba evitando.Y yo ya me había cansado de esperar.El viernes por la tarde, mi madre me acorraló en la cocina mientras preparaba el almuerzo.—Bueno, mañana por la mañana nos vamos a la casa del lago —dijo, mientras tachaba cosas de una lista—. A las seis; no llegues tarde. Ya he llamado a David y se reunirá con nosotros allí hacia el mediodía.Me quedé paralizada con el cuchillo a medio camino de cortar el sándwich. —¿Viene el tío David?—Claro. Lo hacemos todos los veranos, cariño. Toda la familia. —Levantó la vista de la lista—. ¿Por qué? ¿Algún problema
Esto estaba mal. Jodidamente mal.Pero se sentía tan bien.Su mano se deslizó hacia mi pecho. Hacia mi cuello. Se enredó en mi pelo.Me estaba ahogando en ella. En su sabor, en su tacto, en el pequeño sonido que emitía cuando le succionaba el labio inferior.Cinco segundos. Me permití cinco segundos de aquello antes de apartarme.Ambos respirábamos con dificultad.—No podemos —dije. Me temblaba la voz—. Eres mi sobrina. Esto es... Dios, Maya, esto está muy mal.—No me importa.—Debería importarte. A ambos debería importarnos.Ella seguía muy cerca. Con la mano aún en mi pelo. Los labios hinchados por mi beso.—Te deseo —susurró.—Maya...—Te deseo tanto que no puedo pensar con claridad. Llevo meses deseándote. Quizás más. Y sé que tú también me deseas.—Eso no importa.—¿Cómo que no importa?—Porque tienes diecinueve años. Porque eres la hija de mi hermana. Porque te vi crecer y se supone que debo protegerte, no... —Ni siquiera fui capaz de decirlo.—¿No qué? ¿No besarme? ¿No querer f
DAVID;Estaba jodido.Completamente, absolutamente jodido.Estaba sentado en mi apartamento a las once de la noche con un whisky que no quería, sin poder dejar de pensar en mi sobrina.Mi sobrina de diecinueve años.La hija de mi hermana.La chica a la que enseñé a montar en bicicleta. La chica a la que llevé en coche a su primer día de instituto. La chica que solía llevar coletas y las rodillas raspadas, y que me llamaba «Tito Dave» porque aún no sabía pronunciar «tío».¿Cuándo demonios se había convertido en... esto?Di un trago. Dejé que el ardor me distrajera durante medio segundo antes de que mi mente volviera directamente a ella.Ese maldito bikini rojo.Supe lo que estaba haciendo en cuanto la vi. Supe que se lo había puesto a propósito, supe que me estaba poniendo a prueba, y aun así fui allí como un idiota. Aun así puse las manos sobre ella.Aun así me puse duro al tocarla.Dios santo.Su piel estaba tan suave. Cálida por el sol. Tersa bajo las palmas de mis manos. Había inte
Podía sentir que dudaba.—Deberías hacerme las piernas también —dije—. Ya que estás en ello.Otra pausa. Luego, sus manos estaban sobre mis pantorrillas, deslizándose hacia arriba. Pasando por mis rodillas. Por mis muslos.Abrí ligeramente las piernas. Solo un poco. Lo justo.Sus manos vacilaron.—¿Está bien así? —preguntó, y nunca había escuchado su voz sonar de esa manera. Tensa. Casi desesperada.—Está perfecto.Continuó. Subiendo por mis muslos, más arriba; sus pulgares rozaban el pliegue donde mis piernas se unían a mis glúteos.Estaba tan húmeda que estaba segura de que él podía verlo. La parte inferior roja del bikini debía de estar empapada.Sus manos se retiraron. —Listo.—Espera.Llevé las manos a la espalda, buscando el lazo de la parte superior del bikini. Desaté una de las tiras.La prenda se desprendió de mi espalda.Lo oí contener el aliento.—Se ha desatado —dije con voz inocente—. ¿Puedes volver a atármelo?Durante un largo momento, no se movió. No dijo nada.Luego: —







