LOGINEs joven, está empapada y está completamente jodida en el momento en que la miran. En LOS QUIERO, PAPIS, una mujer insaciable es reclamada con fuerza y sin piedad por hombres mayores y dominantes que saben exactamente cómo romperla y hacerla suplicar. No son amantes suaves: son daddies rudos y experimentados que gruñen «Mía» mientras la inmovilizan, le estiran los agujeros apretados con pollas gruesas y la llenan hasta que gotea su semen y grita sus nombres. Desde el CEO despiadado que la dobla sobre su escritorio, le pone el culo rojo a nalgadas antes de follarle la garganta sin piedad y llamarla su putita perfecta… hasta los hermanos tatuados que se turnan para empotrarla en todas las posiciones, penetrándola doble hasta dejarla temblando, empapada de semen, sollozando «Sí, Daddy, más fuerte». Cada historia está cargada de kink daddy sucio: manos apretándole la garganta, elogios mezclados con degradación («Qué buena niña tragándote dos pollas como una puta»), fantasías de breeding salvaje, bondage ligero y escenas grupales en las que varios alfas usan su cuerpo como su juguete personal: la llevan al límite, le niegan el orgasmo y luego la arruinan con descargas explosivas. Nada de mierda vainilla. Solo obsesión cruda, empapada de sudor y de folladas brutales a la coño. La marcan, la poseen y la destruyen de las formas más sucias posibles: la dejan abierta, magullada y adicta a ser su fucktoy. Si no aguantas mojarte solo leyendo las advertencias… aléjate ahora. Pero si ansías que te destruyan por completo unos daddies posesivos que no pararán hasta que seas suya para siempre… abre bien, niña. Vienen por cada agujero.
View MoreQuería follarme a mi tío.
Ahí estaba. Esa era la verdad que había estado esquivando durante meses, tal vez años. El pequeño y sucio secreto que ocupaba mi mente sin pagar alquiler, que me enfermaba de culpa y me humedecía entre las piernas a partes iguales.
Se llamaba David. Tenía treinta y ocho años, nunca se había casado y, casualmente, era el hermano menor de mi madre. Lo que lo hacía estar fuera de mi alcance en todos los sentidos importantes.
No me importaba.
Acababa de volver a casa tras mi primer año de universidad: nueve meses fuera en los que había intentado acostarme con otros chicos, intentado borrarlo de mi cabeza con universitarios de fraternidad, grupos de estudio y sexo mediocre en habitaciones de residencia. No funcionó. Cada vez que algún chico de veinte años forcejeaba con mi sujetador, pensaba en las manos del tío David. Ásperas por el trabajo, lo bastante grandes para abarcar todo mi pecho, expertas de una forma que aquellos chicos jamás llegarían a ser.
Así que volví a casa. Me dije que lo había superado. Me dije que estaba siendo ridícula.
Pero al estar de pie en el dormitorio de mi infancia —demasiado pequeño, demasiado rosa, demasiado lleno de recuerdos de cuando yo era alguien que no quería follar con su propio tío— supe que me estaba mintiendo a mí misma.
¿Cuándo había empezado?
Llevaba meses haciéndome esa pregunta. Intentando precisar el momento exacto en que mi cerebro se rompió y decidió que eso era lo que yo quería.
Quizás fue la Navidad pasada. Tenía dieciocho años, había vuelto a casa tras el primer semestre y hubo demasiado vino y pocas sillas durante la cena. Terminé sentada en su regazo, como había hecho cientos de veces cuando era niña, pero esta vez no fue como aquellas ocasiones. Esta vez sentí cómo se movía debajo de mí. Sentí algo duro presionando contra mi culo que hizo que se me revolviera el estómago y se me contrajera el coño. Me levanté deprisa, murmuré algo sobre necesitar el baño y pasé el resto de la noche evitándolo mientras mis bragas seguían húmedas. O tal vez fue en mi decimoctavo cumpleaños, justo antes de irme a estudiar. Me había traído una cámara antigua; meses atrás había mencionado que quería estudiar fotografía, y él se había acordado. El abrazo duró demasiado. Hundí el rostro en su cuello y aspiré su aroma como una maldita pervertida. Colonia, café y algo más; algo que era simplemente él. Se me pusieron los pezones duros. Sentí ese vacío en la parte baja del vientre, esa sensación que indicaba que deseaba algo que no podía tener.
O tal vez —y este era el pensamiento que me hacía querer restregarme el cerebro con lejía—, tal vez siempre había estado ahí. Quizás lo deseaba desde antes de tener palabras para expresarlo, y irme a la universidad simplemente me había dado la distancia necesaria para admitírmelo por fin.
Estaba jodida. Lo sabía.
Pero eso no impedía que lo deseara.
Oí la voz de mi madre desde la planta baja: «¡Maya! ¡Ven a ayudar a preparar la barbacoa!».
Eso es. La barbacoa. La fiesta de «bienvenida a casa» que ella había insistido en organizar, a pesar de que yo le había dicho que solo quería un fin de semana tranquilo. Sabía por qué lo había planeado, claro. Era una excusa para reunir a la familia. Una excusa para verlo a él.
Me puse unos pantalones cortos vaqueros deshilachados y una camiseta blanca de tirantes; hacía calor fuera, esa era la única razón, y definitivamente no porque supiera que él estaría allí y quisiera que se fijara en mí. Quizás los pantalones eran demasiado cortos y dejaban ver demasiada pierna, pero me los dejé puestos de todos modos.
Abajo, mi madre iba de un lado a otro de la cocina, como siempre hacía cuando estaba estresada. Mi padre ya estaba fuera ocupándose de la parrilla, y mi tía Lisa colocaba sillas en el patio.
Todavía no había rastro del tío David.
Sentí un vuelco en el estómago por la expectación. O por los nervios. O por ambas cosas.
—¡Aquí está mi universitaria! —La tía Lisa me envolvió en un abrazo que olía a cigarrillos y a perfume caro—. Mírate. Ya toda una mujer.
—Solo han pasado nueve meses —dije, aunque le devolví el abrazo.
—Nueve meses es mucho tiempo a tu edad. —Me sostuvo a distancia para examinarme el rostro—. Te ves diferente. Más madura.
No me sentía madura. Me sentía como una chica de diecinueve años hecha un lío, colada por alguien en quien jamás, bajo ningún concepto, debería pensar de esa manera.
—¿Vienen todos? —pregunté, intentando sonar despreocupada.
—David está de camino —dijo mi madre desde la cocina, y mi corazón dio un vuelco—. Envió un mensaje hace unos veinte minutos.
Me mantuve ocupada ayudándola a llevar la comida al exterior, tratando de no mirar hacia la entrada ni contar los minutos.
Pero entonces lo oí. Su coche. El motor apagándose. Un portazo. Pasos por el camino de entrada.
Y allí estaba él.
De pie en la entrada del patio trasero, con vaqueros oscuros y una camiseta blanca que le quedaba demasiado bien; sostenía un paquete de seis cervezas y lucía esa sonrisa fácil que me hacía flaquear las rodillas y palpitar el coño.
—Ahí está ella —dijo.
Me faltaba el aire.
Mi madre se apresuró a abrazarlo, le quitó la cerveza y empezó a hablar animadamente sobre lo bien que le sentaba verlo. Luego él caminó hacia mí y yo me quedé paralizada.
—Hola, peque.
Me atrajo hacia un abrazo y me vi envuelta por él. Sus brazos rodeándome, su pecho presionado contra el mío, su aroma llenándome los pulmones y haciéndome dar vueltas la cabeza.
Inhalé profundamente. Intenté memorizarlo todo: el tacto de sus manos en mi espalda, el calor de su cuerpo, la forma en que mis pezones se endurecían al presionar contra él.
Su mano me frotó la espalda una vez —un gesto casual, sin importancia, como el que un tío le dedica a una sobrina— y luego se apartó.
Quise atraerlo de nuevo hacia mí.
—¿Qué tal la universidad? —preguntó.
—Bien. Todo bien. —Soné como una idiota.
—Maya, cariño, ayuda a tu tío con la parrilla —dijo mi madre, mientras regresaba al interior de la casa.
Ay, Dios.
Él caminó hacia donde mi padre removía las brasas. Yo lo seguí, plenamente consciente de cada paso, de cada respiración, de cómo mis pantalones cortos se me subían por los muslos con cada movimiento.
—¿Necesitas ayuda? —le preguntó David a mi padre.
—No, yo me encargo. Vosotros poneos al día.
Y entonces nos quedamos solos. De pie, uno junto al otro, frente a la parrilla; podía sentir el calor que emanaba de él. O tal vez fuera cosa mía. Quizás era yo quien ardía.
Añadió otro dedo más. Me folló lentamente con ellos mientras su pulgar encontraba mi clítoris.—¿Te gusta? —preguntó.—Sí... Dios... sí...—Has estado pensando en esto, ¿verdad? Pensando en los dedos de tu tío dentro de ti.Aquellas palabras sucias hicieron que me humedeciera aún más.—Sí —admití—. He estado pensando en ello. Fantaseando con ello.—¿En qué más has estado pensando?—En tu polla —susurré—. La quiero. La quiero dentro de mí.Él gimió. Retiró los dedos. Se los llevó a la boca y los chupó, saboreándome.Ver aquello casi me hizo correr.Luego, de un solo movimiento, me bajó los pantalones cortos y la ropa interior. Dejándome desnuda contra la pared.Cayó de rodillas.Me abrió las piernas.Y puso su boca sobre mí.El primer contacto de su lengua me hizo ver las estrellas. Tuve que taparme la boca con la mano para ahogar el gemido.Me lamió lentamente. A fondo. Como si se hubiera estado muriendo de hambre por esto y por fin hubiera recibido permiso para comer.Su lengua rodeó
Esperé una hora. Tiempo suficiente para que todos se durmieran. Tiempo suficiente para que la casa quedara en silencio, salvo por el sonido del agua del lago golpeando suavemente el muelle de afuera.Luego bajé las escaleras sigilosamente.Su puerta estaba cerrada. No se veía luz por debajo.Llamé suavemente.Nada.Volví a llamar.—Vete, Maya. —Su voz llegó a través de la puerta, ronca por el sueño. O tal vez no había estado durmiendo en absoluto.—No puedo dormir —dije—. ¿Puedo pasar?—No.—Por favor.Silencio. Un silencio tan largo que pensé que no iba a responder.Entonces, la puerta se abrió.Solo llevaba puestos los pantalones del pijama, bajos sobre las caderas. Tenía el pecho desnudo: bronceado, musculoso y exactamente tan perfecto como lo había imaginado. El pelo lo tenía revuelto, como si se hubiera pasado las manos por él.—Maya, tienes que irte. —Su voz sonaba tensa.—No puedo dormir —repetí—. ¿Puedo... puedo quedarme contigo? ¿Solo para hablar?—No.—David...—No me llames
MAYADos días.Dos días desde aquel beso y no había sabido nada de él.Ni mensajes. Ni llamadas. Nada.El martes por la noche no fue a cenar a casa de mis padres; le dijo a mi madre que había surgido una urgencia en el trabajo. El miércoles no apareció para tomar el café, como solía hacer en su día libre. El jueves, mi madre mencionó que lo había invitado a la inauguración de una galería y él había dicho que no podía asistir.Me estaba evitando.Y yo ya me había cansado de esperar.El viernes por la tarde, mi madre me acorraló en la cocina mientras preparaba el almuerzo.—Bueno, mañana por la mañana nos vamos a la casa del lago —dijo, mientras tachaba cosas de una lista—. A las seis; no llegues tarde. Ya he llamado a David y se reunirá con nosotros allí hacia el mediodía.Me quedé paralizada con el cuchillo a medio camino de cortar el sándwich. —¿Viene el tío David?—Claro. Lo hacemos todos los veranos, cariño. Toda la familia. —Levantó la vista de la lista—. ¿Por qué? ¿Algún problema
Esto estaba mal. Jodidamente mal.Pero se sentía tan bien.Su mano se deslizó hacia mi pecho. Hacia mi cuello. Se enredó en mi pelo.Me estaba ahogando en ella. En su sabor, en su tacto, en el pequeño sonido que emitía cuando le succionaba el labio inferior.Cinco segundos. Me permití cinco segundos de aquello antes de apartarme.Ambos respirábamos con dificultad.—No podemos —dije. Me temblaba la voz—. Eres mi sobrina. Esto es... Dios, Maya, esto está muy mal.—No me importa.—Debería importarte. A ambos debería importarnos.Ella seguía muy cerca. Con la mano aún en mi pelo. Los labios hinchados por mi beso.—Te deseo —susurró.—Maya...—Te deseo tanto que no puedo pensar con claridad. Llevo meses deseándote. Quizás más. Y sé que tú también me deseas.—Eso no importa.—¿Cómo que no importa?—Porque tienes diecinueve años. Porque eres la hija de mi hermana. Porque te vi crecer y se supone que debo protegerte, no... —Ni siquiera fui capaz de decirlo.—¿No qué? ¿No besarme? ¿No querer f
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