LOS QUIERO, PAPIS

LOS QUIERO, PAPIS

last updateLast Updated : 2026-10-14
By:  H.ZUpdated just now
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Es joven, está empapada y está completamente jodida en el momento en que la miran. En LOS QUIERO, PAPIS, una mujer insaciable es reclamada con fuerza y sin piedad por hombres mayores y dominantes que saben exactamente cómo romperla y hacerla suplicar. No son amantes suaves: son daddies rudos y experimentados que gruñen «Mía» mientras la inmovilizan, le estiran los agujeros apretados con pollas gruesas y la llenan hasta que gotea su semen y grita sus nombres. Desde el CEO despiadado que la dobla sobre su escritorio, le pone el culo rojo a nalgadas antes de follarle la garganta sin piedad y llamarla su putita perfecta… hasta los hermanos tatuados que se turnan para empotrarla en todas las posiciones, penetrándola doble hasta dejarla temblando, empapada de semen, sollozando «Sí, Daddy, más fuerte». Cada historia está cargada de kink daddy sucio: manos apretándole la garganta, elogios mezclados con degradación («Qué buena niña tragándote dos pollas como una puta»), fantasías de breeding salvaje, bondage ligero y escenas grupales en las que varios alfas usan su cuerpo como su juguete personal: la llevan al límite, le niegan el orgasmo y luego la arruinan con descargas explosivas. Nada de mierda vainilla. Solo obsesión cruda, empapada de sudor y de folladas brutales a la coño. La marcan, la poseen y la destruyen de las formas más sucias posibles: la dejan abierta, magullada y adicta a ser su fucktoy. Si no aguantas mojarte solo leyendo las advertencias… aléjate ahora. Pero si ansías que te destruyan por completo unos daddies posesivos que no pararán hasta que seas suya para siempre… abre bien, niña. Vienen por cada agujero.

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Chapter 1

HECHO MIERDA

Quería follarme a mi tío.

Ahí estaba. Esa era la verdad que había estado esquivando durante meses, tal vez años. El pequeño y sucio secreto que ocupaba mi mente sin pagar alquiler, que me enfermaba de culpa y me humedecía entre las piernas a partes iguales.

Se llamaba David. Tenía treinta y ocho años, nunca se había casado y, casualmente, era el hermano menor de mi madre. Lo que lo hacía estar fuera de mi alcance en todos los sentidos importantes.

No me importaba.

Acababa de volver a casa tras mi primer año de universidad: nueve meses fuera en los que había intentado acostarme con otros chicos, intentado borrarlo de mi cabeza con universitarios de fraternidad, grupos de estudio y sexo mediocre en habitaciones de residencia. No funcionó. Cada vez que algún chico de veinte años forcejeaba con mi sujetador, pensaba en las manos del tío David. Ásperas por el trabajo, lo bastante grandes para abarcar todo mi pecho, expertas de una forma que aquellos chicos jamás llegarían a ser.

Así que volví a casa. Me dije que lo había superado. Me dije que estaba siendo ridícula.

Pero al estar de pie en el dormitorio de mi infancia —demasiado pequeño, demasiado rosa, demasiado lleno de recuerdos de cuando yo era alguien que no quería follar con su propio tío— supe que me estaba mintiendo a mí misma.

¿Cuándo había empezado?

Llevaba meses haciéndome esa pregunta. Intentando precisar el momento exacto en que mi cerebro se rompió y decidió que eso era lo que yo quería.

Quizás fue la Navidad pasada. Tenía dieciocho años, había vuelto a casa tras el primer semestre y hubo demasiado vino y pocas sillas durante la cena. Terminé sentada en su regazo, como había hecho cientos de veces cuando era niña, pero esta vez no fue como aquellas ocasiones. Esta vez sentí cómo se movía debajo de mí. Sentí algo duro presionando contra mi culo que hizo que se me revolviera el estómago y se me contrajera el coño. Me levanté deprisa, murmuré algo sobre necesitar el baño y pasé el resto de la noche evitándolo mientras mis bragas seguían húmedas. O tal vez fue en mi decimoctavo cumpleaños, justo antes de irme a estudiar. Me había traído una cámara antigua; meses atrás había mencionado que quería estudiar fotografía, y él se había acordado. El abrazo duró demasiado. Hundí el rostro en su cuello y aspiré su aroma como una maldita pervertida. Colonia, café y algo más; algo que era simplemente él. Se me pusieron los pezones duros. Sentí ese vacío en la parte baja del vientre, esa sensación que indicaba que deseaba algo que no podía tener.

O tal vez —y este era el pensamiento que me hacía querer restregarme el cerebro con lejía—, tal vez siempre había estado ahí. Quizás lo deseaba desde antes de tener palabras para expresarlo, y irme a la universidad simplemente me había dado la distancia necesaria para admitírmelo por fin.

Estaba jodida. Lo sabía.

Pero eso no impedía que lo deseara.

Oí la voz de mi madre desde la planta baja: «¡Maya! ¡Ven a ayudar a preparar la barbacoa!».

Eso es. La barbacoa. La fiesta de «bienvenida a casa» que ella había insistido en organizar, a pesar de que yo le había dicho que solo quería un fin de semana tranquilo. Sabía por qué lo había planeado, claro. Era una excusa para reunir a la familia. Una excusa para verlo a él.

Me puse unos pantalones cortos vaqueros deshilachados y una camiseta blanca de tirantes; hacía calor fuera, esa era la única razón, y definitivamente no porque supiera que él estaría allí y quisiera que se fijara en mí. Quizás los pantalones eran demasiado cortos y dejaban ver demasiada pierna, pero me los dejé puestos de todos modos.

Abajo, mi madre iba de un lado a otro de la cocina, como siempre hacía cuando estaba estresada. Mi padre ya estaba fuera ocupándose de la parrilla, y mi tía Lisa colocaba sillas en el patio.

Todavía no había rastro del tío David.

Sentí un vuelco en el estómago por la expectación. O por los nervios. O por ambas cosas.

—¡Aquí está mi universitaria! —La tía Lisa me envolvió en un abrazo que olía a cigarrillos y a perfume caro—. Mírate. Ya toda una mujer.

—Solo han pasado nueve meses —dije, aunque le devolví el abrazo.

—Nueve meses es mucho tiempo a tu edad. —Me sostuvo a distancia para examinarme el rostro—. Te ves diferente. Más madura.

No me sentía madura. Me sentía como una chica de diecinueve años hecha un lío, colada por alguien en quien jamás, bajo ningún concepto, debería pensar de esa manera.

—¿Vienen todos? —pregunté, intentando sonar despreocupada.

—David está de camino —dijo mi madre desde la cocina, y mi corazón dio un vuelco—. Envió un mensaje hace unos veinte minutos.

Me mantuve ocupada ayudándola a llevar la comida al exterior, tratando de no mirar hacia la entrada ni contar los minutos.

Pero entonces lo oí. Su coche. El motor apagándose. Un portazo. Pasos por el camino de entrada.

Y allí estaba él.

De pie en la entrada del patio trasero, con vaqueros oscuros y una camiseta blanca que le quedaba demasiado bien; sostenía un paquete de seis cervezas y lucía esa sonrisa fácil que me hacía flaquear las rodillas y palpitar el coño.

—Ahí está ella —dijo.

Me faltaba el aire.

Mi madre se apresuró a abrazarlo, le quitó la cerveza y empezó a hablar animadamente sobre lo bien que le sentaba verlo. Luego él caminó hacia mí y yo me quedé paralizada.

—Hola, peque.

Me atrajo hacia un abrazo y me vi envuelta por él. Sus brazos rodeándome, su pecho presionado contra el mío, su aroma llenándome los pulmones y haciéndome dar vueltas la cabeza.

Inhalé profundamente. Intenté memorizarlo todo: el tacto de sus manos en mi espalda, el calor de su cuerpo, la forma en que mis pezones se endurecían al presionar contra él.

Su mano me frotó la espalda una vez —un gesto casual, sin importancia, como el que un tío le dedica a una sobrina— y luego se apartó.

Quise atraerlo de nuevo hacia mí.

—¿Qué tal la universidad? —preguntó.

—Bien. Todo bien. —Soné como una idiota.

—Maya, cariño, ayuda a tu tío con la parrilla —dijo mi madre, mientras regresaba al interior de la casa.

Ay, Dios.

Él caminó hacia donde mi padre removía las brasas. Yo lo seguí, plenamente consciente de cada paso, de cada respiración, de cómo mis pantalones cortos se me subían por los muslos con cada movimiento.

—¿Necesitas ayuda? —le preguntó David a mi padre.

—No, yo me encargo. Vosotros poneos al día.

Y entonces nos quedamos solos. De pie, uno junto al otro, frente a la parrilla; podía sentir el calor que emanaba de él. O tal vez fuera cosa mía. Quizás era yo quien ardía.

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