LOGINUna semana de tortura.
Siete días de cenas familiares en las que me sentaba frente a él y fingía que no estaba pensando en su verga. De encontrármelo en el supermercado y hablar de cosas triviales mientras mi coño palpitaba. De acostarme cada noche y tocarme imaginando que era él quien me tocaba a mí.
Estaba perdiendo la cabeza.
Era martes por la tarde. Mis padres estaban trabajando: mamá en el hospital y papá en su oficina. La casa estaba vacía y en silencio; yo estaba tumbada en el sofá, en pantalones cortos de deporte y camiseta de tirantes, mirando el móvil sin prestar atención, cuando vibró.
Un mensaje del tío David.
**Tu madre ha dicho que el filtro de la piscina está fallando. Voy a pasar a revisarlo.**
El corazón se me paró.
Lo leí otra vez. Y otra más.
Venía aquí. A mi casa. Estando yo sola.
Tenía unos treinta minutos antes de que llegara.
Debería haber respondido algo normal. «Gracias», «Vale» o «Nos vemos luego».
En cambio, me quedé mirando el móvil, con la mente a mil por hora.
Era el momento. Era mi oportunidad.
Podía fingir que no lo era, podía decirme a mí misma que simplemente dejaría que arreglara el filtro y se fuera, pero me estaría mintiendo. Llevaba esperando esto. Deseándolo.
Subí corriendo las escaleras.
Mis bikinis seguían guardados en alguna caja, pero sabía exactamente cuál quería. El rojo. Triángulos diminutos que apenas cubrían los pezones y una braguita que era más cuerda que tela. Lo había comprado el verano anterior y nunca me lo había puesto porque me parecía demasiado atrevido, demasiado exagerado.
Perfecto.
Lo saqué y lo sostuve en alto.
¿Qué estás haciendo?
La voz en mi cabeza sonaba como mi conciencia. O mi cordura. Esa parte de mí que sabía que aquello estaba mal.
Es tu tío. El hermano de tu madre. Es una locura. Estás enferma.
Pero ya me estaba quitando la ropa. Ya me estaba poniendo el bikini. Ya me estaba mirando al espejo y viendo lo que él vería.
Mis tetas se veían bien así. Llenas y redondas, con los pezones apenas ocultos. El culo se me veía aún mejor: la braguita subía lo justo para dejar ver la curva de las nalgas.
Parecía que estaba buscando que me follaran.
Porque lo estaba buscando.
Eres una asquerosa.
Lo sé.
Pero no me cambié.
Cogí una toalla, crema solar y las gafas de sol. Bajé y salí a la piscina.
El jardín estaba tranquilo. Era un lugar privado. Los vecinos no podían ver el patio trasero gracias a la valla. Estaba sola, rodeada solo por el canto de los pájaros y el latido acelerado de mi corazón.
Extendí la toalla sobre una de las tumbonas. Me tumbé boca abajo. Esperé.
Quince minutos después, oí su camioneta entrando por el camino de acceso.
Dios mío. Joder.
La puerta chirrió al abrirse. Pasos sobre el hormigón.
«¿Maya?»
Su voz me recorrió la espalda como un escalofrío.
—Aquí fuera —dije, intentando sonar despreocupada.
Él dobló la esquina y se detuvo.
No necesitaba mirar para saber que me estaba observando. Podía sentir su mirada sobre mí como si fuera un contacto físico.
—Hola —dijo. Su voz sonaba tensa—. ¿Tu madre dijo que el filtro estaba haciendo ruido?
—Sí. Lleva una semana haciendo cosas raras. —Giré la cabeza para mirarlo por encima del hombro—. Gracias por venir a arreglarlo.
Llevaba vaqueros y una camiseta negra. Botas de trabajo. Tenía el pelo revuelto, como si se hubiera pasado las manos por él.
Yo quería pasarle las manos por el pelo.
—No hay problema. —Se aclaró la garganta. Apartó la vista de mí y miró hacia el equipo de la piscina—. Voy a... eh... echarle un vistazo.
Lo observé caminar hacia la carcasa del filtro. Observé cómo se movían sus hombros bajo la camiseta. La tensión de sus brazos cuando se puso en cuclillas para abrir el panel.
Se esforzaba mucho por no mirarme.
Sonreí.
Trabajó en silencio durante unos minutos. Yo me quedé donde estaba, tumbada boca abajo sobre la toalla, dejando que el sol me calentara la piel. Dejando que me echara miradas furtivas cuando creía que no prestaba atención.
Pero sí lo hacía. Prestaba atención a todo.
La forma en que apretaba la mandíbula. La forma en que se limpiaba las manos en los vaqueros una y otra vez, aunque no estuvieran sucias. La forma en que se recolocó rápidamente en un momento dado, creyendo que yo no lo veía.
Estaba empalmado.
Joder, estaba empalmado.
Saberlo provocó una oleada de calor que se concentró justo entre mis piernas. Apreté los muslos, intentando aliviar aquella punzada.
—Maya, creo que he encontrado el problema —dijo él, con la voz demasiado alta. —Solo necesita una junta nueva. Iré a la ferretería y...
—¿Puedes hacerme un favor antes?
Se quedó paralizado. —¿Qué?
Me incorporé despacio y alargué la mano hacia el bote de crema solar que había en la mesa de al lado. —¿Me pones esto en la espalda? No llego.
Silencio.
Podía oírle pensar casi literalmente. Podía imaginar todas las razones por las que debería negarse pasando por su cabeza.
—¿Por favor? —añadí, mirándole por encima del hombro—. Me quemo con mucha facilidad.
Tragó saliva con dificultad. Vi cómo se le movía la nuez.
—Sí. Vale.
Se acercó como un hombre que camina hacia su ejecución.
Me tumbé de nuevo boca abajo y apoyé la cabeza sobre los brazos cruzados. Esperé.
La tumbona se hundió cuando él se arrodilló a mi lado. Oí cómo abría el bote de crema y el sonido de la loción cayendo sobre la palma de su mano.
Entonces, sus manos me tocaron.
Dios mío.
Sus palmas se apoyaron en mis hombros; eran cálidas, ásperas y lo bastante grandes como para cubrir mucha piel. Extendió la crema despacio, con cuidado, como si temiera tocarme demasiado.
Me mordí el labio para no gemir.
Sus manos bajaron. Recorrieron mi columna vertebral y mis costillas. Sus pulgares rozaron los costados de mis pechos, allí donde se aplastaban contra la toalla, y sentí cómo se me endurecían los pezones.
—Ya... ya estás cogiendo color —dijo. Su voz sonaba ronca.
—Mmm.
Sus manos llegaron a la zona lumbar. Se detuvieron en el borde de la braguita del bikini.
Añadió otro dedo más. Me folló lentamente con ellos mientras su pulgar encontraba mi clítoris.—¿Te gusta? —preguntó.—Sí... Dios... sí...—Has estado pensando en esto, ¿verdad? Pensando en los dedos de tu tío dentro de ti.Aquellas palabras sucias hicieron que me humedeciera aún más.—Sí —admití—. He estado pensando en ello. Fantaseando con ello.—¿En qué más has estado pensando?—En tu polla —susurré—. La quiero. La quiero dentro de mí.Él gimió. Retiró los dedos. Se los llevó a la boca y los chupó, saboreándome.Ver aquello casi me hizo correr.Luego, de un solo movimiento, me bajó los pantalones cortos y la ropa interior. Dejándome desnuda contra la pared.Cayó de rodillas.Me abrió las piernas.Y puso su boca sobre mí.El primer contacto de su lengua me hizo ver las estrellas. Tuve que taparme la boca con la mano para ahogar el gemido.Me lamió lentamente. A fondo. Como si se hubiera estado muriendo de hambre por esto y por fin hubiera recibido permiso para comer.Su lengua rodeó
Esperé una hora. Tiempo suficiente para que todos se durmieran. Tiempo suficiente para que la casa quedara en silencio, salvo por el sonido del agua del lago golpeando suavemente el muelle de afuera.Luego bajé las escaleras sigilosamente.Su puerta estaba cerrada. No se veía luz por debajo.Llamé suavemente.Nada.Volví a llamar.—Vete, Maya. —Su voz llegó a través de la puerta, ronca por el sueño. O tal vez no había estado durmiendo en absoluto.—No puedo dormir —dije—. ¿Puedo pasar?—No.—Por favor.Silencio. Un silencio tan largo que pensé que no iba a responder.Entonces, la puerta se abrió.Solo llevaba puestos los pantalones del pijama, bajos sobre las caderas. Tenía el pecho desnudo: bronceado, musculoso y exactamente tan perfecto como lo había imaginado. El pelo lo tenía revuelto, como si se hubiera pasado las manos por él.—Maya, tienes que irte. —Su voz sonaba tensa.—No puedo dormir —repetí—. ¿Puedo... puedo quedarme contigo? ¿Solo para hablar?—No.—David...—No me llames
MAYADos días.Dos días desde aquel beso y no había sabido nada de él.Ni mensajes. Ni llamadas. Nada.El martes por la noche no fue a cenar a casa de mis padres; le dijo a mi madre que había surgido una urgencia en el trabajo. El miércoles no apareció para tomar el café, como solía hacer en su día libre. El jueves, mi madre mencionó que lo había invitado a la inauguración de una galería y él había dicho que no podía asistir.Me estaba evitando.Y yo ya me había cansado de esperar.El viernes por la tarde, mi madre me acorraló en la cocina mientras preparaba el almuerzo.—Bueno, mañana por la mañana nos vamos a la casa del lago —dijo, mientras tachaba cosas de una lista—. A las seis; no llegues tarde. Ya he llamado a David y se reunirá con nosotros allí hacia el mediodía.Me quedé paralizada con el cuchillo a medio camino de cortar el sándwich. —¿Viene el tío David?—Claro. Lo hacemos todos los veranos, cariño. Toda la familia. —Levantó la vista de la lista—. ¿Por qué? ¿Algún problema
Esto estaba mal. Jodidamente mal.Pero se sentía tan bien.Su mano se deslizó hacia mi pecho. Hacia mi cuello. Se enredó en mi pelo.Me estaba ahogando en ella. En su sabor, en su tacto, en el pequeño sonido que emitía cuando le succionaba el labio inferior.Cinco segundos. Me permití cinco segundos de aquello antes de apartarme.Ambos respirábamos con dificultad.—No podemos —dije. Me temblaba la voz—. Eres mi sobrina. Esto es... Dios, Maya, esto está muy mal.—No me importa.—Debería importarte. A ambos debería importarnos.Ella seguía muy cerca. Con la mano aún en mi pelo. Los labios hinchados por mi beso.—Te deseo —susurró.—Maya...—Te deseo tanto que no puedo pensar con claridad. Llevo meses deseándote. Quizás más. Y sé que tú también me deseas.—Eso no importa.—¿Cómo que no importa?—Porque tienes diecinueve años. Porque eres la hija de mi hermana. Porque te vi crecer y se supone que debo protegerte, no... —Ni siquiera fui capaz de decirlo.—¿No qué? ¿No besarme? ¿No querer f
DAVID;Estaba jodido.Completamente, absolutamente jodido.Estaba sentado en mi apartamento a las once de la noche con un whisky que no quería, sin poder dejar de pensar en mi sobrina.Mi sobrina de diecinueve años.La hija de mi hermana.La chica a la que enseñé a montar en bicicleta. La chica a la que llevé en coche a su primer día de instituto. La chica que solía llevar coletas y las rodillas raspadas, y que me llamaba «Tito Dave» porque aún no sabía pronunciar «tío».¿Cuándo demonios se había convertido en... esto?Di un trago. Dejé que el ardor me distrajera durante medio segundo antes de que mi mente volviera directamente a ella.Ese maldito bikini rojo.Supe lo que estaba haciendo en cuanto la vi. Supe que se lo había puesto a propósito, supe que me estaba poniendo a prueba, y aun así fui allí como un idiota. Aun así puse las manos sobre ella.Aun así me puse duro al tocarla.Dios santo.Su piel estaba tan suave. Cálida por el sol. Tersa bajo las palmas de mis manos. Había inte
Podía sentir que dudaba.—Deberías hacerme las piernas también —dije—. Ya que estás en ello.Otra pausa. Luego, sus manos estaban sobre mis pantorrillas, deslizándose hacia arriba. Pasando por mis rodillas. Por mis muslos.Abrí ligeramente las piernas. Solo un poco. Lo justo.Sus manos vacilaron.—¿Está bien así? —preguntó, y nunca había escuchado su voz sonar de esa manera. Tensa. Casi desesperada.—Está perfecto.Continuó. Subiendo por mis muslos, más arriba; sus pulgares rozaban el pliegue donde mis piernas se unían a mis glúteos.Estaba tan húmeda que estaba segura de que él podía verlo. La parte inferior roja del bikini debía de estar empapada.Sus manos se retiraron. —Listo.—Espera.Llevé las manos a la espalda, buscando el lazo de la parte superior del bikini. Desaté una de las tiras.La prenda se desprendió de mi espalda.Lo oí contener el aliento.—Se ha desatado —dije con voz inocente—. ¿Puedes volver a atármelo?Durante un largo momento, no se movió. No dijo nada.Luego: —







