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QUE SE JODA MI SOBRINA

Author: H.Z
last update publish date: 2026-10-14 16:43:39

DAVID;

Estaba jodido.

Completamente, absolutamente jodido.

Estaba sentado en mi apartamento a las once de la noche con un whisky que no quería, sin poder dejar de pensar en mi sobrina.

Mi sobrina de diecinueve años.

La hija de mi hermana.

La chica a la que enseñé a montar en bicicleta. La chica a la que llevé en coche a su primer día de instituto. La chica que solía llevar coletas y las rodillas raspadas, y que me llamaba «Tito Dave» porque aún no sabía pronunciar «tío».

¿Cuándo demonios se había convertido en... esto?

Di un trago. Dejé que el ardor me distrajera durante medio segundo antes de que mi mente volviera directamente a ella.

Ese maldito bikini rojo.

Supe lo que estaba haciendo en cuanto la vi. Supe que se lo había puesto a propósito, supe que me estaba poniendo a prueba, y aun así fui allí como un idiota. Aun así puse las manos sobre ella.

Aun así me puse duro al tocarla.

Dios santo.

Su piel estaba tan suave. Cálida por el sol. Tersa bajo las palmas de mis manos. Había intentado mantener una actitud clínica, profesional, limitándome a ayudarla con la crema solar como ella había pedido. Pero entonces ella abrió ligeramente las piernas y vi... joder, vi lo húmeda que estaba. Vi la mancha oscura en ese trozo de tela roja entre sus muslos.

Estaba excitada. Por el hecho de que yo la tocara.

Y cuando la parte de arriba se le «desató» —porque no había ni puta manera de que aquello hubiera sido un accidente—, miré su espalda desnuda, la curva de su columna, la forma en que sus tetas se aplastaban contra la toalla, y quise darle la vuelta. Quise verlas. Tocarlas. Poner la boca en sus pezones y hacer que gimiera mi nombre.

Quise follarme a mi sobrina junto a la piscina, a plena luz del día.  

Me bebí el whisky de un trago. Me serví otro.

Eres un asco.

Lo era. Sabía que lo era.

Ella tenía diecinueve años. Apenas mayor de edad. Seguía en la universidad. Y era familia.

La hija de mi hermana.

Pero no podía dejar de pensar en cómo me había mirado. En cómo había dicho «por favor» cuando me pidió que le atara el top. En la ligera curvatura de su espalda cuando mis dedos rozaron su piel.

Me deseaba.

Y que Dios me ayude, yo también la deseaba a ella.

Sonó el teléfono.

Miré la pantalla.

Maya.

El corazón se me paró. Luego empezó a latir desbocado.

Era casi medianoche. ¿Por qué diablos me llamaba?

Contesté. «¿Maya? ¿Estás bien?»

Su voz llegó al otro lado, entrecortada y tenue. «¿Tío David? Siento llamar tan tarde. Estoy en una fiesta y... ¿puedes venir a buscarme? No me siento segura».

Todos mis instintos protectores se dispararon de golpe.

«¿Dónde estás?». Ya estaba cogiendo las llaves.

Me dio una dirección. Una casa al otro lado de la ciudad.

«Quédate donde estás. Llegaré en quince minutos».

«Gracias», susurró.

Superé todos los límites de velocidad para llegar allí.

La casa era enorme, retirada de la carretera, con coches aparcados a lo largo de toda la calle. La música retumbaba desde el interior. La gente se desbordaba hacia el césped.

Aparqué delante y busqué su rostro entre la multitud.

Y allí estaba ella.

De pie bajo una farola, con un vestido negro corto que dejaba ver demasiada pierna, abrazándose a sí misma, pareciendo pequeña, vulnerable y tan jodidamente hermosa que dolía.

Bajé de la camioneta. «Maya».

Ella levantó la vista. Sonrió. —Viniste.

—Claro que vine. ¿Estás bien? ¿Alguien te hizo daño?

—No, solo... ¿podemos irnos? ¿Por favor?

—Sí. Vamos.

Le abrí la puerta del copiloto. Ella subió y yo intenté no mirar cuánta pierna dejaba al descubierto aquel vestido. Intenté no fijarme en que no llevaba sujetador debajo.

Fracasé en ambos intentos.

Me senté al volante. Arranqué la camioneta. Me alejé de la acera.

Condujimos en silencio durante un par de minutos, tal vez, antes de darme cuenta de algo.

No estaba borracha.

No arrastraba las palabras. Tenía la mirada despejada. Estaba sentada erguida, sin apoyarse en la ventanilla ni parecer mareada.

—Maya, ¿cuánto has bebido?

—Nada.

La miré de reojo. —¿Nada?

—No he bebido nada. No he estado mucho tiempo en la fiesta.

—Entonces, ¿por qué necesitabas que fuera a buscarte?

No respondió de inmediato. Simplemente miró por la ventanilla.

—Maya.

—Quería verte —dijo en voz baja.

Apreté las manos con fuerza sobre el volante. —¿Qué?

—No había ninguna fiesta. O sea, sí la había, pero no corría ningún peligro. Simplemente... —Se volvió para mirarme—. Quería verte. Y sabía que vendrías si te llamaba.

M****a.

—Maya, eso... no puedes hacer eso. No puedes mentir y decir que estás en apuros solo para...

—Lo siento. —Pero no sonaba arrepentida—. No sabía qué más hacer. Me has estado evitando desde lo de la piscina.

—No te he estado evitando.

—Sí lo has hecho. No volviste a arreglar el filtro. Hiciste que otra persona lo hiciera. —Y anoche te saltaste la cena en casa de mamá.

Porque no podía estar cerca de ella. No podía sentarme frente a ella en la mesa y hablar de cosas triviales mientras lo único en lo que pensaba era en inclinarla sobre esa mesa y...

Basta. Joder. Basta ya.

—He estado ocupado con el trabajo —dije.

—Mientes.

Entré en su entrada y puse la camioneta en posición de aparcamiento, pero no apagué el motor.

—Deberías entrar —dije.

Ella no se movió. —¿Por qué me tienes miedo?

—No te tengo miedo.

—¿Entonces qué? —¿Por qué no me miras?

Cometí el error de mirarla entonces. Estaba vuelta hacia mí en el asiento, con una pierna recogida bajo ella, y el vestido se le había subido tanto que casi podía ver...

Aparté la vista. Apreté el volante con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos.

—Maya, ¿qué estás haciendo?

—¿Qué quieres que esté haciendo?

La pregunta quedó flotando en el aire entre nosotros.

Dile que se baje. Dile que esto está mal. Dile que es tu sobrina y que jamás, bajo ningún concepto, la tocarías de esa manera.

Pero las palabras no salían.

Porque quería tocarla de esa manera. Llevaba días pensando en ello. Semanas. Más tiempo del que quería admitir.

—David. —Nunca me llamaba simplemente David. Siempre era «tío David». Pero en ese momento, en la oscuridad de la camioneta y con ella mirándome así, había prescindido del «tío».— Mírame.

Lo hice.

Ella se inclinó sobre la consola central.

Y me besó.

Sus labios eran suaves. Cálidos. Sabía a brillo labial de cereza y a algo dulce, y yo ya le estaba devolviendo el beso antes de que mi cerebro pudiera procesar lo que ocurría.

Llevé la mano a su rostro. Ahuequé su mejilla. La sostuve allí mientras profundizaba el beso.

Su lengua rozó la mía y gemí contra su boca.

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