LOGINPodía sentir que dudaba.
—Deberías hacerme las piernas también —dije—. Ya que estás en ello.
Otra pausa. Luego, sus manos estaban sobre mis pantorrillas, deslizándose hacia arriba. Pasando por mis rodillas. Por mis muslos.
Abrí ligeramente las piernas. Solo un poco. Lo justo.
Sus manos vacilaron.
—¿Está bien así? —preguntó, y nunca había escuchado su voz sonar de esa manera. Tensa. Casi desesperada.
—Está perfecto.
Continuó. Subiendo por mis muslos, más arriba; sus pulgares rozaban el pliegue donde mis piernas se unían a mis glúteos.
Estaba tan húmeda que estaba segura de que él podía verlo. La parte inferior roja del bikini debía de estar empapada.
Sus manos se retiraron. —Listo.
—Espera.
Llevé las manos a la espalda, buscando el lazo de la parte superior del bikini. Desaté una de las tiras.
La prenda se desprendió de mi espalda.
Lo oí contener el aliento.
—Se ha desatado —dije con voz inocente—. ¿Puedes volver a atármelo?
Durante un largo momento, no se movió. No dijo nada.
Luego: —Maya...
—¿Por favor? No llego.
Sus manos temblaban al tocar las tiras. Lo sentí. Sentí cuánto se esforzaba por contenerse.
Juntó las tiras. Sus dedos rozaron mi espalda desnuda, mi columna, y arqueé ligeramente el cuerpo ante aquel contacto.
—Maya, deberías tener más cuidado —dijo, pero su voz sonaba quebrada.
—¿Cuidado con qué?
No respondió. Simplemente hizo el nudo con rapidez y eficacia, y se puso en pie tan deprisa que casi tropezó.
—Tengo que ir a buscar esa junta —dijo—. Volveré más tarde para colocarla. "No tienes que irte..."
—Sí.
Ya se estaba alejando. Ya se dirigía hacia la puerta.
Me incorporé, me sujeté la parte superior del bikini contra el pecho y lo vi marcharse.
Llevaba las manos cerradas en puños a los costados. Tenía los hombros tensos. Y sí, cuando se puso de lado para abrir la puerta, pude verlo.
El bulto en sus vaqueros.
Estaba tan erecto que debía dolerle.
La puerta se cerró de golpe tras él. Arrancó su camioneta. Se marchó.
Me tumbé de nuevo sobre la toalla; el corazón me latía a mil por hora y sentía un fuerte palpitar entre las piernas.
Todo había salido exactamente como yo quería.
---
Esa noche no pude dormir.
No dejaba de revivirlo todo: sus manos sobre mi piel, cómo le había cambiado la voz, la forma en que me miró cuando se me desató la parte de arriba del bikini.
Me deseaba.
Sabía que sí.
Y ya estaba harta de fingir que yo no lo deseaba a él.
Deslicé la mano por mi vientre hasta el interior de mis pantalones cortos de pijama. No llevaba ropa interior. Solo mis dedos encontrando un calor húmedo.
Cerré los ojos y dejé que la fantasía se apoderara de mí.
En mi cabeza, las cosas sucedían de otra manera. En mi cabeza, cuando se me desató el bikini, él no volvió a atármelo.
Me lo quitó por completo.
Me hizo girar para quedar boca arriba, con los pechos al descubierto y los pezones endurecidos bajo la luz del sol.
—Joder —susurró mientras me miraba—. Maya, no podemos...
—Sí podemos —dije. Y, alzando los brazos, tiré de él hacia abajo.
Me besó. Con fuerza, con desesperación; de una forma en que ningún tío debería besar a su sobrina. Su lengua en mi boca, su mano ahuecando mi pecho, su pulgar frotando mi pezón.
Gemí contra su boca. Envolví su cintura con mis piernas. Me restregué contra el bulto de sus vaqueros. —Por favor —supliqué—. Por favor, tío David.
Él gimió, como si le hubiera hecho daño.
—Vas a acabar conmigo.
Pero no se detuvo. Fue besando mi cuello y mi clavícula. Tomó mi pezón con la boca y lo succionó con fuerza.
Solté un gemido y arqueé la espalda contra él.
Su mano se deslizó por mi vientre, bajo la cinturilla de la braguita del bikini, y me encontró húmeda y lista.
—Dios mío —murmuró contra mi pecho—. Estás empapada.
—Por ti. Siempre estoy húmeda por ti.
Volvió a gemir. Introdujo un dedo en mí y casi me corro solo con eso.
—Más —jadeé—. Necesito más.
Añadió otro dedo. Me penetró lentamente con ellos mientras su pulgar encontraba mi clítoris.
—¿Quieres la polla de tu tío? —preguntó con voz grave y sucia—. ¿Quieres que te folle ese coño tan apretado?
—Sí... Dios... sí...
Retiró la mano y se desabrochó los vaqueros. Liberó su miembro; era perfecto: grueso, largo y ya goteando.
Se colocó entre mis piernas. La cabeza de su verga presionó contra mi entrada.
—Dime que quieres esto —exigió.
—Quiero esto. Te quiero a ti. Por favor, fóllame. Por favor...
Empujó hacia adentro. Con una embestida firme, se hundió hasta el fondo.
Grité. No pude evitarlo. Era enorme; me estiraba y me llenaba por completo.
—Eso es —gimió—. Recibe la polla de tu tío. Recíbela toda.
Me folló con fuerza y rapidez, allí mismo, en la tumbona junto a la piscina. El sonido de la piel chocando contra la piel resonaba en el jardín. Mis pechos rebotaban con cada embestida.
—Me voy a correr —jadeé. «Dios, estoy...»
«Hazlo. Córrete sobre mi polla».
Y lo hice.
De vuelta a la realidad, me corrí sobre mis propios dedos con su nombre en los labios.
Me quedé allí tumbada, jadeando y sudando, con los dedos aún hundidos en mi interior.
La culpa estaba ahí. Más pequeña ahora. Más tenue.
Porque sabía la verdad.
Iba a acostarme con mi tío.
Solo era cuestión de cuándo.
Añadió otro dedo más. Me folló lentamente con ellos mientras su pulgar encontraba mi clítoris.—¿Te gusta? —preguntó.—Sí... Dios... sí...—Has estado pensando en esto, ¿verdad? Pensando en los dedos de tu tío dentro de ti.Aquellas palabras sucias hicieron que me humedeciera aún más.—Sí —admití—. He estado pensando en ello. Fantaseando con ello.—¿En qué más has estado pensando?—En tu polla —susurré—. La quiero. La quiero dentro de mí.Él gimió. Retiró los dedos. Se los llevó a la boca y los chupó, saboreándome.Ver aquello casi me hizo correr.Luego, de un solo movimiento, me bajó los pantalones cortos y la ropa interior. Dejándome desnuda contra la pared.Cayó de rodillas.Me abrió las piernas.Y puso su boca sobre mí.El primer contacto de su lengua me hizo ver las estrellas. Tuve que taparme la boca con la mano para ahogar el gemido.Me lamió lentamente. A fondo. Como si se hubiera estado muriendo de hambre por esto y por fin hubiera recibido permiso para comer.Su lengua rodeó
Esperé una hora. Tiempo suficiente para que todos se durmieran. Tiempo suficiente para que la casa quedara en silencio, salvo por el sonido del agua del lago golpeando suavemente el muelle de afuera.Luego bajé las escaleras sigilosamente.Su puerta estaba cerrada. No se veía luz por debajo.Llamé suavemente.Nada.Volví a llamar.—Vete, Maya. —Su voz llegó a través de la puerta, ronca por el sueño. O tal vez no había estado durmiendo en absoluto.—No puedo dormir —dije—. ¿Puedo pasar?—No.—Por favor.Silencio. Un silencio tan largo que pensé que no iba a responder.Entonces, la puerta se abrió.Solo llevaba puestos los pantalones del pijama, bajos sobre las caderas. Tenía el pecho desnudo: bronceado, musculoso y exactamente tan perfecto como lo había imaginado. El pelo lo tenía revuelto, como si se hubiera pasado las manos por él.—Maya, tienes que irte. —Su voz sonaba tensa.—No puedo dormir —repetí—. ¿Puedo... puedo quedarme contigo? ¿Solo para hablar?—No.—David...—No me llames
MAYADos días.Dos días desde aquel beso y no había sabido nada de él.Ni mensajes. Ni llamadas. Nada.El martes por la noche no fue a cenar a casa de mis padres; le dijo a mi madre que había surgido una urgencia en el trabajo. El miércoles no apareció para tomar el café, como solía hacer en su día libre. El jueves, mi madre mencionó que lo había invitado a la inauguración de una galería y él había dicho que no podía asistir.Me estaba evitando.Y yo ya me había cansado de esperar.El viernes por la tarde, mi madre me acorraló en la cocina mientras preparaba el almuerzo.—Bueno, mañana por la mañana nos vamos a la casa del lago —dijo, mientras tachaba cosas de una lista—. A las seis; no llegues tarde. Ya he llamado a David y se reunirá con nosotros allí hacia el mediodía.Me quedé paralizada con el cuchillo a medio camino de cortar el sándwich. —¿Viene el tío David?—Claro. Lo hacemos todos los veranos, cariño. Toda la familia. —Levantó la vista de la lista—. ¿Por qué? ¿Algún problema
Esto estaba mal. Jodidamente mal.Pero se sentía tan bien.Su mano se deslizó hacia mi pecho. Hacia mi cuello. Se enredó en mi pelo.Me estaba ahogando en ella. En su sabor, en su tacto, en el pequeño sonido que emitía cuando le succionaba el labio inferior.Cinco segundos. Me permití cinco segundos de aquello antes de apartarme.Ambos respirábamos con dificultad.—No podemos —dije. Me temblaba la voz—. Eres mi sobrina. Esto es... Dios, Maya, esto está muy mal.—No me importa.—Debería importarte. A ambos debería importarnos.Ella seguía muy cerca. Con la mano aún en mi pelo. Los labios hinchados por mi beso.—Te deseo —susurró.—Maya...—Te deseo tanto que no puedo pensar con claridad. Llevo meses deseándote. Quizás más. Y sé que tú también me deseas.—Eso no importa.—¿Cómo que no importa?—Porque tienes diecinueve años. Porque eres la hija de mi hermana. Porque te vi crecer y se supone que debo protegerte, no... —Ni siquiera fui capaz de decirlo.—¿No qué? ¿No besarme? ¿No querer f
DAVID;Estaba jodido.Completamente, absolutamente jodido.Estaba sentado en mi apartamento a las once de la noche con un whisky que no quería, sin poder dejar de pensar en mi sobrina.Mi sobrina de diecinueve años.La hija de mi hermana.La chica a la que enseñé a montar en bicicleta. La chica a la que llevé en coche a su primer día de instituto. La chica que solía llevar coletas y las rodillas raspadas, y que me llamaba «Tito Dave» porque aún no sabía pronunciar «tío».¿Cuándo demonios se había convertido en... esto?Di un trago. Dejé que el ardor me distrajera durante medio segundo antes de que mi mente volviera directamente a ella.Ese maldito bikini rojo.Supe lo que estaba haciendo en cuanto la vi. Supe que se lo había puesto a propósito, supe que me estaba poniendo a prueba, y aun así fui allí como un idiota. Aun así puse las manos sobre ella.Aun así me puse duro al tocarla.Dios santo.Su piel estaba tan suave. Cálida por el sol. Tersa bajo las palmas de mis manos. Había inte
Podía sentir que dudaba.—Deberías hacerme las piernas también —dije—. Ya que estás en ello.Otra pausa. Luego, sus manos estaban sobre mis pantorrillas, deslizándose hacia arriba. Pasando por mis rodillas. Por mis muslos.Abrí ligeramente las piernas. Solo un poco. Lo justo.Sus manos vacilaron.—¿Está bien así? —preguntó, y nunca había escuchado su voz sonar de esa manera. Tensa. Casi desesperada.—Está perfecto.Continuó. Subiendo por mis muslos, más arriba; sus pulgares rozaban el pliegue donde mis piernas se unían a mis glúteos.Estaba tan húmeda que estaba segura de que él podía verlo. La parte inferior roja del bikini debía de estar empapada.Sus manos se retiraron. —Listo.—Espera.Llevé las manos a la espalda, buscando el lazo de la parte superior del bikini. Desaté una de las tiras.La prenda se desprendió de mi espalda.Lo oí contener el aliento.—Se ha desatado —dije con voz inocente—. ¿Puedes volver a atármelo?Durante un largo momento, no se movió. No dijo nada.Luego: —







