LOGINLa puerta se cerró tras Drogo y la habitación permaneció en silencio durante un largo rato. Solo los pequeños sonidos húmedos del bebé llenaban el espacio. Bonita la sostenía contra su pecho, sintiendo cómo el cuerpecito temblaba con cada llanto. Su propio cuerpo aún temblaba. Cada parte de ella dolía. La partera se acercó y extendió los brazos hacia la niña.
—Luna, necesito limpiarla y revisarla bien. Bonita no la soltó al principio. Los brazos se le sentían trabados. La mujer esperó, paciente pero firme, hasta que por fin aflojó el agarre. En el instante en que el peso cálido la abandonó, el vacío la golpeó con fuerza. Observó cómo la partera llevaba al bebé hasta la mesa lateral, la limpiaba con cuidado y la envolvía en un paño limpio. La niña tenía el cabello oscuro, ya espeso, y una pequeña marca roja en el hombro izquierdo que parecía un creciente. Bonita la miró fijamente hasta que los ojos le ardiaron. —Está sana —dijo la partera sin levantar la vista—. Pulmones fuertes. Buen peso. Bonita asintió una sola vez. No encontraba palabras. Otra mujer entró con agua tibia y paños. Le limpiaron la sangre de las piernas y el vientre. El dolor la obligó a morderse el labio hasta saborear el hierro. No emitió ningún sonido. Había aprendido años atrás que gritar solo enfurecía más a Drogo cuando lo oía. Cuando terminaron, una de ellas la ayudó a incorporarse contra las almohadas. La otra le trajo de nuevo al bebé y se lo colocó en los brazos. —Deberías intentar darle de comer —dijo—. Lo necesita. Bonita abrió el frente del camisón con manos temblorosas. El bebé se prendió después de varios intentos. El tirón fue agudo y nuevo, igual que con las otras. Miró el rostrito pequeño y sintió cómo algo se quebraba en silencio dentro de su pecho. Cinco veces había hecho esto. Cinco veces había esperado que la siguiente fuera distinta. Cinco veces la esperanza había muerto en el momento en que Drogo entraba en la habitación. Pensó en las otras cuatro. Mira, la mayor, tenía ya ocho años. Ya comprendía que su padre no la quería. Nunca corría hacia él cuando entraba en una habitación. Se quedaba callada y mantenía cerca a sus hermanas menores. Después estaba Lila, de seis, que todavía preguntaba a veces por qué papá nunca les sonreía. Luego las gemelas, Rosa y Elena, de cuatro años, que habían dejado de preguntar por completo. Vivían en el ala lejana de la casa de la manada, cuidadas por sirvientes que las trataban con distancia cautelosa porque todos conocían los sentimientos del Alfa. Bonita había intentado, en los primeros años, hacerle verlas. Había llevado a Mira hasta él cuando dio sus primeros pasos. Él la miró una sola vez y se alejó. Dejó de intentarlo después de que nacieran las gemelas. Solo hay tanta rechazo que una persona puede soportar antes de que algo dentro se cierre. El bebé terminó de comer y se quedó en un sueño ligero. Bonita acomodó el paño a su alrededor y apoyó la cabeza contra la pared. El cuerpo se le sentía pesado, vaciado de todo. Cerró los ojos un momento y de inmediato volvió a ver el rostro de Drogo: el asco, la risa fría, la forma en que había hablado de ella como si fuera una herramienta rota. La puerta se abrió. Una de las chicas más jóvenes de la manada entró, con los ojos bajos. —El Alfa Drogo envió recado —dijo—. La niña debe ser llevada esta misma noche a la nursery con las demás. Usted debe descansar aquí. No quiere verla hasta que la llame. Los brazos de Bonita se cerraron con más fuerza alrededor del bebé. —¿Ya? —Sí, Luna. Quiso negarse. Quiso quedarse con esta un poco más, solo unas horas. Pero sabía mejor. Discutir nunca cambiaba nada. Besó una vez la suave coronilla del bebé, inhaló el olor a piel nueva y se la tendió. La chica la tomó con cuidado y se fue sin decir otra palabra. La habitación se sintió más grande y más fría una vez que se fueron. Bonita permaneció sentada contra las almohadas, mirando el espacio vacío donde había estado el bebé. La leche aún le rezumaba un poco sobre el camisón. No se molestó en limpiarla. Fuera de la puerta podía oír pasos y voces bajas, miembros de la manada que pasaban, ya hablando, ya decidiendo lo que esta quinta hija significaba para el orgullo del Alfa. Pensó en el mago. Tres meses atrás le había puesto las manos sobre el vientre y había sonreído con tanta seguridad. «Un niño fuerte, Luna. La Diosa por fin ha respondido». Drogo había dado aquel día un breve y raro asentimiento de aprobación. Durante un tiempo el ambiente en la casa de la manada se había suavizado. Los sirvientes le hablaban con más respeto. Drogo incluso había compartido una comida con ella dos veces sin mirarla como si fuera un problema que resolver. Todo eso se había esfumado ahora. Bonita se movió con cuidado, haciendo una mueca cuando el dolor le atravesó la parte baja del cuerpo. Necesitaba dormir, pero la mente no se callaba. Seguía viendo los rostros de sus hijas cuando se enteraran de que había otra hermana en lugar del hermano que su padre quería. Mira lo entendería primero. Siempre lo hacía. Reuniría a las menores y les diría que estuvieran calladas, que se mantuvieran fuera de la vista, que no hicieran preguntas. Bonita odiaba que su hija mayor ya supiera cómo sobrevivir a la decepción de su propio padre. Un golpe suave sonó en la puerta. La partera principal entró de nuevo, llevando una taza de líquido caliente. —Beba esto. Ayudará con el dolor y el sangrado. Bonita la tomó y bebió sin saborearla. La mujer se quedó un momento más y luego habló en voz más baja. —Esta noche está de un humor oscuro. El Beta intentó calmarlo, pero no sirvió. Tenga cuidado cuando la llame. Bonita la miró. —Lo sé. La partera dudó, y añadió: —Las niñas preguntan por usted. Sobre todo Mira. Les dije que necesitaba descansar. —Gracias. Cuando la mujer se fue, Bonita dejó la taza vacía a un lado y se recostó con cuidado de costado. Las sábanas aún olían a sangre y hierbas. Se subió la manta fina hasta el hombro y miró la pared. Le había dado cinco hijos. Había llevado cada embarazo a través de náuseas y agotamiento mientras seguía cumpliendo con sus deberes de Luna. Se había mantenido a su lado en las reuniones de la manada con la espalda recta incluso cuando el cuerpo le dolía. Nunca había hablado en su contra en público. Y aun así nunca era suficiente. El rostro del bebé permanecía en su mente: la boca pequeña, las pestañas oscuras, la marca de creciente en el hombro. Bonita hundió la cara en la almohada y dejó que las lágrimas cayeran sin sonido. Lloró por la niña que crecería sin ser deseada. Lloró por las cuatro que ya lo eran. Lloró porque estaba cansada de ser la mujer que seguía fallando en lo único que su compañero valoraba. El sueño no llegó fácilmente. Cuando por fin llegó, fue superficial y roto por el dolor y el recuerdo de la voz de Drogo repitiendo las mismas palabras que había dicho después de cada parto. Has fallado. Otra vez.Dos días después la ceremonia de luna llena comenzó al anochecer. La manada se reunió en el gran claro detrás de la casa principal. Antorchas rodeaban los bordes y proyectaban una luz desigual sobre los rostros de la gente que se mantenía en filas. Bonita estaba de pie al frente con sus cinco hijas, exactamente donde Drogo había ordenado que estuvieran.Mira sostenía al bebé contra su pecho. Lila se mantenía a la derecha de Bonita, con los dedos enganchados en la tela del vestido de su madre. Las gemelas se apretaban cerca al otro lado. Ninguna de las niñas hablaba. Bonita mantenía una mano en el hombro de Mira y la otra apoyada con suavidad sobre la cabeza de Elena. El cuerpo aún le dolía, pero se obligó a permanecer erguida.Drogo estaba de pie sobre la plataforma de piedra elevada con la joven a su lado. Ella llevaba un vestido formal oscuro y mantenía la mirada al frente. El Beta y los ancianos de la manada se mantenían cerca. El resto de la manada llenaba el claro en silencio. Na
Al día siguiente Drogo envió recado de que Bonita debía presentarse en la cena de la noche. Debía sentarse en el salón principal con el resto de la manada. Sin excusas.Pasó la tarde en la habitación de los niños, moviéndose solo cuando era necesario. El sangrado había disminuido, pero el dolor seguía constante. Mira la ayudó a ponerse un vestido limpio y le arregló el cabello sin que se lo pidieran. La niña no hizo preguntas. Simplemente trabajó en silencio, con las manos pequeñas y cuidadosas.Cuando llegó el momento, Bonita dejó el ala lejana y caminó por el largo pasillo hacia el salón principal. Cada paso tiraba de su cuerpo. Mantuvo la espalda recta porque sabía que Drogo lo notaría si no lo hacía.El salón ya estaba lleno. Los miembros de la manada se sentaban en las largas mesas. La conversación bajó cuando ella entró. Drogo ocupaba la cabecera. A su lado había una mujer a la que Bonita solo había visto unas pocas veces antes: joven, de piel clara, con el cabello oscuro recogi
La tarde siguiente un sirviente vino a buscar a Bonita mientras ella seguía en la cama. Su cuerpo no se había recuperado. Cada paso le enviaba un dolor agudo por el bajo vientre y entre las piernas. Se movía despacio, una mano apoyada en la pared para mantener el equilibrio. El sirviente no ofreció ayuda. Solo esperó junto a la puerta y dijo:—El Alfa Drogo la quiere en su estudio ahora.Bonita se puso un vestido sencillo. Le quedaba holgado. Había perdido peso durante el embarazo y el parto le había quitado aún más. Se recogió el cabello con dedos temblorosos y siguió al sirviente por los largos pasillos de la casa de la manada. Los miembros de la manada se apartaban al verla. Algunos desviaban la mirada. Otros la observaban con abierta curiosidad. Nadie habló.La puerta del estudio ya estaba abierta. Drogo estaba de pie detrás de su escritorio, de espaldas a ella, mirando por la ventana. No se giró cuando ella entró. El sirviente se retiró y cerró la puerta.—Acércate —dijo.Bonita
La puerta se cerró tras Drogo y la habitación permaneció en silencio durante un largo rato. Solo los pequeños sonidos húmedos del bebé llenaban el espacio. Bonita la sostenía contra su pecho, sintiendo cómo el cuerpecito temblaba con cada llanto. Su propio cuerpo aún temblaba. Cada parte de ella dolía. La partera se acercó y extendió los brazos hacia la niña.—Luna, necesito limpiarla y revisarla bien.Bonita no la soltó al principio. Los brazos se le sentían trabados. La mujer esperó, paciente pero firme, hasta que por fin aflojó el agarre. En el instante en que el peso cálido la abandonó, el vacío la golpeó con fuerza. Observó cómo la partera llevaba al bebé hasta la mesa lateral, la limpiaba con cuidado y la envolvía en un paño limpio. La niña tenía el cabello oscuro, ya espeso, y una pequeña marca roja en el hombro izquierdo que parecía un creciente. Bonita la miró fijamente hasta que los ojos le ardiaron.—Está sana —dijo la partera sin levantar la vista—. Pulmones fuertes. Buen
Empuja.Empuja.Empuja.El grito de Bonita rasgó la cámara de parto cuando otra contracción la desgarró por dentro. El sudor empapaba el fino camisón que se le pegaba al cuerpo. Sus dedos se clavaron en los bordes de la cama de madera hasta que las uñas se partieron. El aire olía a sangre, hierbas y miedo.—Otra vez, Luna. ¡Empuja! —ordenó la partera principal, la voz afilada por la urgencia.Bonita empujó con todo lo que le quedaba. La visión se le nubló. En algún lugar más allá del dolor oyó el paso inquieto y pesado de botas frente a la puerta. El Alfa Drogo. Esperando. Exigiendo.El mago de la manada había jurado que este hijo era un varón. La había mirado a los ojos tres lunas atrás y lo había declarado con absoluta certeza. Un hijo. Un heredero. El que llevaría la sangre de los Blackthorn y gobernaría cuando Drogo ya no estuviera.Bonita había rezado para que fuera verdad. No por ella. Hacía mucho que había dejado de esperar bondad de su compañero. Rezaba por el niño. Por las cu







