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La primera batalla

Autor: jiang
last update Fecha de publicación: 2026-10-30 22:02:15

Tres semanas después de la cumbre, me tocó la primera batalla.

La convocatoria de la Secretaría de Cultura para la remodelación del hotel histórico del Centro Histórico. El proyecto más codiciado del año: un inmueble del siglo XIX, una fachada protegida, un barrio entero que dependía de que alguien hiciera bien las cosas. Mi equipo lo había preparado durante meses. Yo había dormido sobre los números.

Y esa mañana, cuando me senté en la sala de juntas del jurado, vi entrar por la puerta al mismo diablo del pasillo.

Ricardo Salvatierra. Con su traje impecable y su sonrisa de tiburón, seguido de un séquito de asesores con carpetas. Ocupó el lugar del otro lado de la mesa, a tres metros de mí, y asintió con la cabeza como si nos hubiéramos visto ayer.

—Señora Duarte —dijo, con una voz hecha para las salas de juntas—. Me alegra verla en persona.

—Señor Salvatierra —respondí, sin mover un músculo—. Ojalá pueda decir lo mismo al final de la mañana.

El jurado carraspeó. Yo abrí mi carpeta y empecé.

La primera hora fue técnica. Proyección de costos, análisis de cargas, estudio de integridad estructural. Todo lo que se puede comparar sin hablar. Cuando llegó mi turno de exponer, no leí un discurso. Hablé de números y de gente: los turistas que no llegaban al barrio porque no había dónde quedarse, los comercios que cerraban porque nadie sabía que existían, el monumento que llevaba décadas esperando a que alguien lo tratara como un tesoro.

Presenté mi plan: un hotel boutique que respetaba la fachada, un fondo para las tiendas locales, un programa de talleres para los jóvenes. El jurado anotaba. Yo veía sus caras.

Ricardo presentó lo suyo después. Era bueno. Su plan era grande, brillante, importaba nombres y cifras que sonaban impresionantes. Pero yo había hecho mi tarea: el suyo dejaba afuera a la mitad del barrio.

—Si me permiten —dije cuando terminó, levantándome—, tengo una observación técnica.

El jurado se giró. Ricardo me miró con una ceja arqueada.

—Adelante.

—El señor Salvatierra propone un aforo de quinientas plazas —dije, señalando su proyección—. El plan de movilidad del distrito permite doscientos cuarenta en esa cuadra. El suyo depende de un túnel de estacionamiento que la Junta de Patrimonio no va a autorizar. Su costo se infla en un quince por ciento el primer año, y su proyección de recuperación no lo refleja.

Me senté. Eran datos. Nada más.

Un asesor suyo se levantó a defenderse, con la voz alta y las manos abiertas. La presidenta del jurado me miró a mí, no a él.

—Señora Duarte, ¿tiene algo que añadir sobre el plan del señor Salvatierra?

—Solo una cosa —dije—. No he propuesto nada que no pueda construirse este año. El barrio no puede esperar a un túnel que no se va a excavar.

Ricardo sonrió, y esa sonrisa me encendió la sangre más que cualquier insulto.

—La señora Duarte tiene razón en una cosa —dijo, dirigiéndose al jurado en lugar de a mí—. El tiempo importa. Acepto su observación y ajusto la propuesta: recorto el aforo a trescientos, y adelanto la apertura del fondo social un trimestre.

Era bueno. Había convertido mi golpe en una concesión elegante, y el jurado lo anotó con una pluma que yo conocía demasiado bien: la pluma que escribe a favor de quien parece ganador.

—Entonces estoy segura de que el señor no tendrá inconveniente —dije, abriendo mi carpeta en la página que había dejado señalada—, en mostrar también el plan B de estacionamiento en superficie que su comité de movilidad tiene que firmar. Porque sin ese documento, el recorte de aforo no sirve de nada. Se lo adjunté a la sala como parte del expediente, por si acaso.

El jurado revisó la página. El asesor de Ricardo se quedó en silencio. El propio Ricardo tardó un segundo entero en recuperar la compostura.

—Tiene razón —dijo al fin, con la voz bajando medio tono—. La señora Duarte viene preparada.

—Vengo con la ciudad en la carpeta —respondí—. El que pierde el tiempo, pierde la ciudad.

El jurado pidió la sala por quince minutos.

Ricardo se acercó mientras el resto se levantaba. Bajo la voz, solo para mí:

—Preparaste bien esto.

—Cierto —dije, doblando mi carpeta—. El que pierde el tiempo, pierde la ciudad.

Quince minutos después, el jurado nos avisó. El fallo fue unánime: el proyecto era el mío. Los asesores de Ricardo guardaron sus carpetas en silencio. Él no se movió de su silla.

—Felicitaciones —dijo, sin rastro de sarcasmo—. Ganó el mejor proyecto.

—Gracias —respondí—. Me alegra que lo reconozcas. Aunque hubiera preferido que lo reconocieras el año pasado, cuando tu gente intentó lo mismo.

Salió de la sala, y dejó el pasillo con olor a victoria.

En el auto, de vuelta a la oficina, me pasé la mano por la nuca. Estaba sudando. No era esfuerzo. Era tensión. Todo el tiempo que estuve frente a él, con el cuerpo helado y la sangre zumbando, lo que menos quería era que notara lo mucho que me afectaba su cercanía.

Y sin embargo, había sido peor de lo que calculé. No el discurso, ni las cifras. Fue el minuto en que se levantó a recoger sus papeles: pasó tan cerca de mi silla que sentí su olor, madera, café y algo animal y limpio, y mi espalda entera se encendió como si me hubieran acercado una brasa. Los dedos me temblaron sobre la carpeta. Bajé la cabeza para que no lo vieran.

—Estás bien —me dije en voz alta—. Terminó. Lo ganaste. Estás bien.

Me metí en la oficina y trabajé hasta las once de la noche. Reuní a mi equipo, cerramos la lista de proveedores, mandamos los correos. A las once y cuarto, con la oficina a oscuras y la ciudad brillando a través de la ventana, me di cuenta de que no tenía hambre.

No tenía sueño. No tenía nada de lo que una persona normal tendría después de un día como este.

Me quedé mirando la luna que asomaba por detrás de la torre de enfrente, blanca y quieta, y por un momento se me ocurrió que el proyecto no era lo único que había ganado hoy. También había ganado algo contra mí misma: tres horas sin pensar en él.

Casi.

Esa noche, no dormí. Me di la vuelta en la cama hasta las tres, y cuando me rendí, me senté en el sillón del balcón a ver la luna. Estaba grande, redonda, extrañamente cerca. Y aunque me dijera a mí misma que no había razón, algo en mi pecho se hinchó como si me estuviera esperando.

Soñé con un bosque. No fue un sueño ordenado. Fue una sensación: unos pasos que se acercaban, una noche quieta y fría, unos cuerpos que se reunían a mi alrededor en la oscuridad, silenciosos, cálidos, como si me protegieran. Y en el centro, una figura que caminaba hacia mí, con un olor dulce y salvaje que me era familiar y desconocido a la vez. Esta vez, el sueño fue más lejos. Los cuerpos se pusieron alrededor de un claro, el viento trajo un olor a tierra mojada, y alguien, del otro lado del círculo, dijo mi nombre. No con el tono del despacho. Con otro, más cerca. Desperté queriendo saber quién había sido.

Me desperté de golpe a las cinco de la mañana. Estaba de pie, delante del espejo, sin recordar haberme levantado.

Tenías las manos frías. El corazón me latía a un ritmo que no era el mío.

—Necesito ver a un médico —dije en voz alta, para que sonara verdad—. Mañana mismo. En serio.

No lo dejé para mañana. Llamé a mi médico esa misma mañana y conseguí una cita para el viernes. Me hicieron los estudios de rutina, me sacaron sangre, me midieron la presión. El doctor, un hombre de canas que me conocía desde la universidad, revisó los resultados y me miró por encima de los lentes.

—Estás perfecta, Camila. Mejor que perfecta. Duerme.

—Duermo —mentí.

—Entonces, ¿por qué estás aquí?

No supe qué responder. No podía decirle: porque anoche desperté de pie frente al espejo. Porque la luna grande me estaba esperando. Porque cuando un hombre me rozó el brazo al pasar, la sangre me corrió por dentro como si me estuviera convidando a volver a casa. Así que dije la única verdad que tenía:

—Quiero estar segura de que no me estoy volviendo loca.

El doctor se rio, me recetó magnesio y me despidió con un apretón de manos.

Pero sabía, en alguna parte muy honda y muy callada, que el médico no iba a encontrar nada. Porque lo que me estaba pasando no se veía en una revisión. Y esa era la parte que me daba más miedo.

En la oficina, la derrota de Ricardo se convirtió en la victoria del barrio. El hotel se anunció en los periódicos, las tiendas firmaron, los talleres arrancaron. Todo el mundo hablaba del plan, del fondo, de la cifra. Todo el mundo, menos él.

No me escribió. No me llamó. No apareció.

Y lo raro fue que, por la noche, cuando revisaba mi correo buscando algo que no llegaba, me decía: "Bien. Así es mejor. Así es como tiene que ser."

Pero no me lo creía. Y le tenía miedo también a esa parte.

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