LOGINTodo ese contacto fue demasiado íntimo. Su mano rozó una zona prohibida y ella, abochornada, se giró de inmediato para darle la espalda. Nikolai apoyó la cabeza sobre su brazo mientras intentaba recuperar el aliento. En la oscuridad de la habitación, su mirada brillaba con una intensidad animal. No sabía si la mujer a su lado estaba llorando, pero podía escuchar que su respiración era inestable y temblorosa. Después de un momento, se giró para abrazarla. Con un brazo firme rodeó su cintura y la atrajo hacia sí, pegándola por completo a su pecho mientras hundía la nariz en su nuca. Su voz todavía sonaba ronca. —Te falta valor para andar provocando; casi haces que me pase de la raya contigo. Ella se aferró a la esquina de la almohada, conteniendo el aliento y sin atreverse a decir una sola palabra. Sentía la dureza de él presionando contra su cuerpo y supo que Nikolai todavía estaba lejos de calmarse. Él inhaló el aroma de su cabello y no pudo evitar inclinar la cabeza para besar
Dentro de la habitación, Nikolai estaba recostado boca arriba en el sofá, pasando saliva con lentitud tras darle un trago a una cerveza amarga. Tenía los ojos cerrados. Bajo la tenue luz de la lámpara de pared, las facciones perfectas de su cara parecían esculpidas como una obra de arte. Se movió con fastidio. —Conmigo, los resultados de la auditoría no se promedian, ni hay puntos extra por el esfuerzo diario... Por lo tanto, la apuesta que hicimos, la ganaste tú. La voz suave había flotado hacia él aquella tarde, bajo la luz del sol que se filtraba en destellos. La dueña de esas palabras lo había mirado con una expresión transparente y sincera. Se sentó y se golpeó el pecho con el puño, frustrado. —¡Estás demente! ¡Cómo diablos te pones a pensar en esa mujer! ¡Maldita sea! Se levantó de un salto, se arrancó la camisa y caminó hacia el baño. Se paró bajo la regadera; el agua tibia corrió por cada centímetro de su piel, sintiéndose igual que unas manos suaves acariciándolo... Esa
Inna observó los documentos de las pruebas esparcidos por todo el piso, las sillas volcadas en desorden, al profesor que echaba humo de pura indignación, y a Nikolai, quien mantenía una expresión dura y desafiante. Inhaló y cruzó la puerta de la oficina. Se acercó al asesor y le hizo una inclinación a modo de disculpa, hablando con profunda seriedad. —Le agradezco su integridad y justicia. Estoy segura de que su calificación es exacta. Pero le pido que me crea, él no hizo trampa de ninguna manera. Pasó más de diez días durmiendo apenas un par de horas para estudiar los manuales del corporativo. Tomó esta evaluación con responsabilidad. El asesor la miró con asombro. Nikolai, en cambio, estiró el brazo y le jaló la oreja, perdiendo los estribos. —¡Quién te dio permiso de venir! Y encima te pones a decirle tonterías a este viejo. ¡Lárgate de aquí! Inna lo sujetó de la muñeca y presionó con precisión en un punto clave. La mitad del brazo se le adormeció. Sintió furia al darse cuenta
La oficina del director general estaba sumida en un ambiente de tensión. Muchos empleados querían acercarse para ver el chisme, pero los guardias de seguridad los apartaban en cuanto intentaban asomarse. Dentro del lugar, el director se limpiaba el sudor de la frente mientras observaba a las dos personas que discutían sin parar frente a él. Además de suspirar de vez en cuando, no tenía idea de qué decir para frenarlos. —¡No pienso cambiar la calificación! El evaluador Romero, un señor de cabeza casi calva, se mantenía firme en su postura. —¡Un candidato así no merece aprobar ni aunque obtuviera un millón de puntos en su auditoría técnica! ¡Jamás se ha presentado a mis sesiones de capacitación! ¡Lo he tenido en mi área durante dos años y ni una sola vez se dignó a aparecer cuando pasé el reporte de asistencia! —A ver, escuche por un momento... El subdirector se adelantó para intentar mediar. —Las capacidades de cada participante del Programa de Sucesión Directa son distintas, ¿ve
Inna subió las escaleras. Nikolai iba detrás de ella, furioso. Seguía atascado con el problema del celular. El hecho de que ella no se lo hubiera dicho por iniciativa propia equivalía a ocultarlo. ¡Le molestaba muchísimo que esa mujer tuviera secretos para él! Se dio la vuelta, resignada. —Casi no lo uso. Además, como estoy contigo todos los días, tampoco es que lo necesite. El joven cruzó los brazos y la miró con dureza. Tenía tiempo para dar excusas, pero aun así no le había soltado el número de celular. Aferró la perilla de la puerta. Dudó un instante, pero prefirió guardar silencio. Quería conservar un pedazo de su propio mundo. Solo Iván, sus amistades y algunos vecinos tenían ese número. Ese aparato la conectaba únicamente con las personas que le importaban y que la trataban con afecto. No lograba comprender lo que pasaba por su mente. Lo único que quería era invadir su vida. Su razonamiento era simple: ella le pertenecía. Al ver cómo agachaba la cabeza en señal de resist
Inna observaba la página que él había doblado. El artículo principal hablaba sobre el retiro del campeón de carreras. En la sección de mercancía conmemorativa, alguien había encerrado con pluma la imagen de un llavero de platino. Deslizó la punta del dedo sobre la imagen. —Este... Volvió a recargarse en las almohadas. —Es una edición limitada, no lo consigues ni con todo el dinero del mundo. Varios compañeros de la academia lo andan buscando, pero los dueños no lo quieren soltar. Igual ni sirve para nada, nomás está de adorno. La mujer dejó la revista a un lado y se quedó pensativa. Muy aburrido, Iván cruzó los brazos detrás de la nuca y dirigió la mirada hacia la ventana. Dejó escapar un largo suspiro. —Ojalá no me hubiera enfermado. Iba a acompañar a los oficiales a un caso delicadísimo. ¿Ubicas la Cuesta del Diablo? Volteó. —¿Qué pasa con ese lugar? El cadete le dio un sorbo a la sopa con expresión soñadora. —Pues resulta que muchos juniors forrados de dinero se van para







