Beranda / Romance / La Chica que Desafió al Demonio / Capítulo 4 Intenciones muy retorcidas

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Capítulo 4 Intenciones muy retorcidas

Penulis: Zero Lux
last update Tanggal publikasi: 2026-09-05 11:53:59

Inna no sabía si reír o llorar. Nikolai había soltado esa frase sin sentido antes de salir de su habitación. Cuando Lucas fue a revisar la ventana, intentó consolarla explicándole que el joven andaba de mal humor porque don Valentín lo había regañado hacía unos días, y que por eso hacía semejantes rabietas.

A ella no le importó demasiado. Sin embargo, como reparar los daños tomaría tiempo, tuvo que pasar la noche en un cuarto de invitados que, para los estándares de la mansión Campero, resultaba tan lujoso como un hotel de cinco estrellas. Acostada en la inmensa y cómoda cama, aprovechó la luz de la luna para mirar el retrato familiar que sostenía en las manos.

—Papá, ya lo viste —deslizó los dedos sobre la imagen, murmurando al aire—. Sigue siendo exactamente el mismo. Pero no te preocupes por mí, sé cómo lidiar con él...Le sonrió a la fotografía, mientras sus ojos se curvaron con ternura.

...

La luz de la mañana se filtraba a través de las cortinas e iluminaba al individuo que dormía profundamente en la cama. Con las pestañas largas, la nariz recta y los labios ligeramente entreabiertos como los de un niño, esa cara parecía una auténtica obra de arte. Apenas una sábana delgada lo cubría de la cintura para abajo, dejando el resto del torso al descubierto bajo los cálidos rayos del sol.

De pronto, el agudo y estridente sonido del despertador interrumpió el silencio. Estiró el brazo con fastidio y, al moverse, los músculos de su atlética anatomía se tensaron. Eran las ocho en punto. Arrojó el aparato a un lado, muy molesto, preguntándose quién diablos había puesto esa cosa junto a su cama; a pesar del golpe, la tranquilidad no duró ni medio minuto. El zumbido intermitente de otra alarma comenzó a sonar, volviéndolo loco.

Nikolai se sentó, buscando el origen del ruido a ciegas, hasta que terminó sacando de debajo de la cama un viejo reloj de doble campana que tenía una nota pegada: “Salimos a las ocho y media. Si te levantas ahora, todavía alcanzas a desayunar”.

—¡Maldita sea, esa entrometida! —masculló con rabia.

Aventó las cobijas y se levantó. Agarró unos pantalones, se los puso de prisa y salió furioso de la habitación sin molestarse en buscar una camisa.

Afuera en el pasillo, Inna estaba con la mano levantada, a punto de tocar. El susto de ver la puerta abrirse de golpe la hizo dar un paso atrás. Su mirada se desvió inevitablemente hacia el torso desnudo de Nikolai, cuya piel bronceada y músculos bien definidos acortaban peligrosamente la distancia entre ambos.

Inna tardó un momento en reaccionar. Cuando lo hizo, un ligero rubor cubrió sus mejillas y apartó la vista. Carraspeó, incómoda, y le tendió el celular.

—Te llama don Valentín.

Nikolai la miró con fastidio y le arrebató el aparato, respondiendo a gritos de inmediato:

—¡Viejo Campero! ¿Qué, de plano quieres que me largue de la casa o qué? ¿Para qué traes a vivir aquí a esta pueblerina?

Mientras reclamaba, sus ojos recorrieron a la joven de arriba abajo con profundo desprecio: llevaba puesta una blusa blanca, pantalones de mezclilla y tenis; prendas viejas, simples y bastante pasadas de moda.

Inna ni se inmutó por el insulto, pero el patriarca estalló al otro lado de la línea.

—¡Muchacho insolente! ¿Qué no te dijo Lucas? Innita es como mi hija ahora. ¡Es más, me importa mucho más que tú! Así que más te vale empezar a tratarla con respeto.

Nikolai escuchó la respuesta de su padre y la furia se apoderó de él al instante. Clavó la mirada en Inna.

—¿Esta pueblerina es tu hija? Entonces, ¿yo qué soy?

—¡A ti te recogí de la calle! —rugió Valentín, furioso—. ¡Fuiste el regalo que me dieron en el súper por comprar la despensa! Voy a poner a alguien a vigilarte. Cada vez que molestes a Innita, te quitaré acciones para dárselas a ella. Si no quieres terminar como un inútil viviendo del dinero de tu esposa, ¡más te vale tratarla mejor!

El muchacho mostró un gesto iracundo al ver cómo la chica apartaba la cara para contener la risa; aquello colmó su paciencia.

—¿Es tu hija ilegítima, verdad? No lo niegues, voy a contratar a un detective privado para investigarte. Si resulta ser tu bastarda, ¡te juro que la tiro desde el yate para que se la coman los tiburones!

Cortó la llamada de golpe. Se acercó amenazante a la joven, apuntándole casi a la nariz, y se inclinó hacia ella.

—Si no quieres morir de la peor manera, ¡empaca tus porquerías y lárgate de una vez!

Inna observó el cabello revuelto y el semblante agresivo del joven, limitándose a mostrarle una sonrisa sutil.

—Ya no hay tiempo. Si nos tardamos en arreglarnos, no alcanzaremos a desayunar.

Nikolai apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos le crujieron.

Ella prefirió ignorarlo, dejando que se desgastara solo con sus provocaciones sin dignarse a devolver el golpe. Tras quedarse un momento rumiando el coraje, al muchacho no le quedó más remedio que azotar la puerta y regresar a la habitación.

...

Ya en el estacionamiento, Lucas se apresuró a abrir la puerta del sedán de lujo mientras un amargado Nikolai subía al asiento trasero; sin embargo, el mayordomo no pudo evitar insistir con un tono de sincera preocupación:

—Joven, por favor, le ruego que no contraríe a la señorita Toledo. Ya escuchó con claridad las advertencias de su padre...

—¡Ya entendí! Ella es la joya perdida de la familia y a mí me consiguieron de regalo en una promoción de supermercado.

Nikolai se acomodó en el asiento y azotó la portezuela con furia. A su lado, Inna se despidió del empleado con un gesto amable:

—Descuide, don Lucas, volveremos a tiempo.

El muchacho apretaba los puños con rabia. ¡Esa mujer tenía un carácter tan dócil que no se inmutaría ni aunque el mundo se estuviera cayendo, o escondía unas intenciones muy retorcidas! Y, por supuesto, ¡él ni loco creería en la primera opción!

El auto salió por el portón principal de la mansión Campero, y el ambiente en el interior no tardó en volverse denso y asfixiante. Tomás, el chofer, echó un vistazo discreto por el retrovisor a la pareja; aunque la tensión entre ellos era evidente, a simple vista formaban una estampa perfecta.

El atractivo del muchacho era innegable, y aunque Inna llevaba ropa sencilla, transmitía una serenidad limpia y natural.

—Oye.

El joven la miró de reojo, dispuesto a soltarle unas cuantas verdades para desahogar su frustración, cuando el auto dio un frenazo abrupto acompañado de un rechinido ensordecedor.

—¡Qué demonios haces!

Nikolai casi se estampa contra el respaldo delantero. Arrugó la frente, molesto; él, que se jactaba de ser un piloto extraordinario, despreciaba profundamente la incompetencia al volante.

Tomás, con la frente perlada de sudor por el susto, bajó la ventanilla y le gritó al hombre que bloqueaba el paso con un niño en brazos:

—¡Fíjate por dónde caminas!

El pequeño rompió en llanto. El sujeto, de tez morena y expresión angustiada, se aferró al borde de la portezuela del sedán y comenzó a suplicar:

—¡Joven Campero! ¡Por favor, ayude a mi familia! No es que no quiera pagarle, pero mi hijo se enfermó y necesito internarlo de urgencia. No tengo dinero ahorita, ¿podría darme un poco más de tiempo?

Acostumbrado a esa clase de dramas, Nikolai se acomodó los puños de la camisa con calculada lentitud, adoptando una postura de soberbia indiferencia y un hermetismo absoluto que cortaba de golpe cualquier intento de compasión.

—¿Ah, sí? Según tu lógica, si el niño se enferma no hay que pagar, y si a tu mujer se le antoja ropa nueva tampoco. ¿Crees que el Grupo Ceuta es una casa de beneficencia?

El individuo estrechó a su hijo contra el pecho; sudaba a mares mientras juntaba las manos en un gesto de desesperada súplica.

—Joven Campero, se lo ruego, tenga piedad. En serio no tengo cómo juntar el dinero... Salve a mi familia, se lo suplico... ¡Si no me ayuda, me tiraré de un puente con mi hijo!

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