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La Deliciosa Amiga De Mi Hija
La Deliciosa Amiga De Mi Hija
Penulis: Mangonel

Capítulo 1

Penulis: Mangonel
Me llamo Sebastián Salazar y soy padre soltero. Llevaba años sin una mujer que me hiciera compañía, y el deseo se me hacía cada vez más insoportable. Cada día pensaba en cómo sería estar con una mujer, y esa soledad me carcomía por dentro.

Más todavía con la llegada de la primavera, cuando las mujeres se vestían más sensuales y a mí se me ponía el cuerpo a hervir. Ese fin de semana mi hija volvió a la casa, y traía atrás a su mejor amiga de la universidad, Mariana Ríos.

Mariana llevaba una blusa blanca, una faldita rosa cortita y unos ojazos brillantes. Parecía salida de las películas para adultos, con la piel finita y blanca, y esos dos pechos enormes que casi reventaban la ropa.

¡Una belleza de primera, lo mejor de lo mejor!

Por respeto a mi hija, no me atrevía a dejar la mirada fija en Mariana. Mi hija agarró a Mariana de la mano y me suplicó.

—¡Papá! Dicen que ya florecieron los campos. Mari y yo tenemos muchas ganas de ir. ¿Nos llevas en el auto?

Mariana también dijo:

—Señor, ¿no es molestia para usted?

Esta Mariana sí que era educada. Se notaba que tenía buena crianza. Yo agité la mano para restarle importancia y le sonreí.

—¡Nada de eso! De todas formas no tengo nada que hacer este fin de semana. Las llevo de paseo y listo.

Las dos chicas se abrazaron de la alegría. Ya en el auto, mi hija y Mariana se sentaron atrás. Iban riendo y hablando todo el camino, muy relajadas. Por el retrovisor pude ver clarito esas piernotas blancas de Mariana. La faldita rosa de cuadros le llegaba apenas a tapar las nalgas.

Cuando estaba sentada, abría las piernas sin darse cuenta, y yo hasta alcanzaba a ver una telita blanquita por debajo.

Por dios, pero…

¡Qué blanca, qué rica!

Sentí que se me iba la sangre a la cabeza. Mi hija se dio cuenta de que estaba mirando por el retrovisor, y frunció un poco el ceño.

—Papá, ¿puedes manejar bien? Mariana es mi mejor amiga, no estés mirando para donde no debes.

Aparté la mirada enseguida. Atrás se escuchó a Mariana reírse.

—¡Ay! Es tu papá, no me va a hacer nada, tranquila.

Con eso ya me dio pena seguir mirando, y me concentré en manejar. Llegamos rápido al destino, una pradera enorme, con un sol tibio que calentaba el cuerpo. Dicen que después de comer, el cuerpo pide otras cosas más, y yo sentí que cierta parte ya empezaba a despertar.

Mi hija y Mariana bajaron del auto y se pusieron a correr y jugar en el pasto. Yo escogí un lugar y me puse a armar la tienda de campaña. Apenas la llevaba a la mitad cuando vi a Mariana acercarse con las piernas apretadas y la cara encendida. Le pregunté:

—¿No estabas jugando con mi hija allá afuera? ¿Cómo es que viniste sola?

Mariana, con la cabeza agachada y voz coqueta, dijo:

—Papacito, ¿no tienes algo largo y duro por ahí? ¿Me lo prestas un ratito...?

Me llevé un susto. ¿No estaría hablando de lo de los hombres…?

Mi hija todavía estaba descalza, caminando por el pasto.

¿Mariana vendría sola porque quería tener algo conmigo?

Por dentro yo me moría de ganas, pero todavía no estaba seguro, así que le pregunté tartamudeando.

—¿Pa-para qué quieres un palito?

De pronto se levantó la falda, y un rastro de su intimidad descubierta, rosado y tierno, se me apareció delante. Se me calentó todo, y la mente se me puso en blanco un instante.

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