MasukAdrian se vistió esa mañana con la rabia metida bajo la piel.No recordaba haber elegido la camisa ni haberse anudado la corbata. Sus manos lo hicieron todo solas, mientras su mente repetía la misma imagen una y otra vez: Alba, de pie junto a una ventana, mirándolo con aquellos ojos serenos que nunca pedían nada, y pensando lo que cualquiera pensaría.*Es un ladrón.*La palabra le dejó un sabor metálico en la boca. Había firmado un contrato con los inversores y había puesto el nombre de la empresa en juego por aquel proyecto. Si todo se derrumbaba, perdería dinero, prestigio y, quizá, la confianza de medio consejo. Y, sin embargo, descubrió con sorpresa que no le importaba. El contrato podía arder en ese mismo instante, y él no movería un dedo para salvarlo.Lo único que no podía soportar era construir sobre un cimiento robado.Condujo bajo una llovizna fina, con las hojas secas pegadas al parabrisas, hasta la casa de Mireia. Subió los escalones de dos en dos y llamó con los nudillos,
Adrian llevaba tres días sin dormir bien, y el champán de la víspera no había ayudado.Las copas ya estaban recogidas, los globos corporativos habían desaparecido del vestíbulo y el edificio entero respiraba la satisfacción tranquila de una empresa que acaba de ganar. Él, en cambio, miraba por el ventanal de su despacho sin ver nada. La lluvia de otoño resbalaba por el cristal en líneas torcidas.Mateo entró sin llamar, como hacía siempre, con dos cafés en la mano.—Tienes cara de funeral —dijo, y dejó uno sobre el escritorio—. Anoche brindaron por ti durante veinte minutos y tú mirabas la puerta.—No es por el brindis.—Entonces dime qué es.Adrian tardó en responder. Se pasó una mano por la nuca, un gesto que repetía cuando algo no encajaba y se negaba a ser ignorado.—Es la propuesta. Hay algo que no me cuadra.Mateo se sentó frente a él y lo observó con atención.—Ya hablamos de esto. Está aprobada, financiada y anunciada. Los inversores están encantados.—Lo sé. Pero te conté que
Alba Montoro leyó el comunicado tres veces antes de permitirse respirar.Era una nota de prensa breve. Dos párrafos, una fotografía corporativa y una cita de Adrian Salvatierra sobre «una nueva era de inteligencia responsable».*Salvatierra Technologies obtiene el respaldo total de los inversores para su innovadora iniciativa de investigación.*Conocía cada línea del proyecto que describía. Lo conocía como conocía su propia letra.Dejó la tableta sobre la mesa de la cocina y se presionó los ojos con las palmas de las manos. El apartamento estaba en silencio. El agua que había puesto a hervir veinte minutos antes se había enfriado hacía rato, y ella ni siquiera lo había notado.Cinco meses. Ese era el tiempo que había dedicado a aquella propuesta. Cinco meses de noches después del trabajo, de café frío y modelos fallidos, de reescribir la misma sección una y otra vez hasta que por fin la lógica se sostuvo.La había empezado cuando el calor del verano era más sofocante. Ahora las primer
El autor original—Ha sido un discurso precioso —dijo Mireia al fin.Su voz sonaba serena, pero la calidez que había mantenido durante toda la cena había desaparecido.—Gracias.—Te acordaste de todos los que trabajaron en la propuesta.Adrian dejó la copa sobre la mesa.—Le di las gracias al equipo.—Sí. Es verdad.El silencio que siguió fue breve, pero incómodo.Doña Reyes intervino antes de que ninguno de los dos pudiera añadir nada más.—Adrian siempre ha sido modesto a la hora de reconocer a quienes tiene más cerca —dijo, dirigiendo una sonrisa intencionada a su hijo—. A veces pienso que se le olvida que logros como este rara vez son fruto del esfuerzo de una sola persona.Adrian sostuvo la mirada de su madre.—Precisamente por eso di las gracias al equipo.Su tono se mantuvo cortés, sin dejar apenas margen para la réplica.Su madre apretó los labios y volvió a su vino.Mateo, percibiendo la tensión, inició una conversación sobre los planes de expansión de la empresa con uno de l
La palabra se le quedó rondando.—¿Adrian?La voz de Mireia lo sacó de sus pensamientos.Levantó la vista.Ella le había estado hablando, al parecer desde hacía rato.—Perdona. ¿Qué decías?Se instaló entre ellos un breve silencio.Mireia dejó el tenedor.—Te preguntaba si ya has decidido cómo vas a usar la financiación adicional. Seguramente ya han hablado de la siguiente fase de la investigación.—Tenemos un plan preliminar.—¿Y?—Ultimaremos los detalles con el equipo la semana que viene.Ella ladeó la cabeza.—Siempre has sido más reservado con tu trabajo de lo necesario.—O quizá prefiero tener algo definitivo que decir antes de hablar de ello.La respuesta sonó más seca de lo que pretendía.Mireia lo estudió un momento antes de ofrecerle una sonrisa contenida.—Por supuesto. Solo pensé que quizá podría ayudar.—Te lo agradezco.Volvió a concentrarse en su plato.Al otro extremo de la mesa, Doña Reyes los observaba con una expresión de leve descontento.Se había pasado buena part
Adrian había esperado una cena tranquila.Unos cuantos miembros de su equipo, una botella de vino decente y comida suficiente para todos los que llevaban semanas trabajando hasta tarde para conseguir la aprobación de los inversores europeos. Ese había sido el plan cuando le mencionó a Mateo la idea de celebrar el logro.De algún modo, Mateo había interpretado «cena tranquila» como una invitación a organizar un evento.De pie en el vestíbulo del comedor privado de Adrian Technologies, Adrian recorrió la sala con una expresión que sugería que se estaba replanteando cada decisión que lo había llevado hasta allí.La mesa se había ampliado para acomodar a más invitados. Flores frescas ocupaban el centro, en arreglos tan altos que estorbaban la conversación entre quienes se sentaban frente a frente. Las copas de cristal atrapaban la luz de las lámparas de araña, mientras los camareros se movían entre los invitados con bandejas de champán y elaborados aperitivos.Un fotógrafo aguardaba cerca







