LOGINCuando Alba llegó, Adrián la recibió en el salón. Había pedido que prepararan café y algo de comer, pero no había organizado ninguna escena especial. No quería que la conversación pareciera una ceremonia ni que ella sintiera que debía reaccionar de una manera determinada.—Gracias por venir —dijo.—Empiezas a repetir mucho esa frase.—Estoy intentando no dar las cosas por sentadas.Alba dejó el bolso sobre una silla.—¿Qué querías contarme?Adrián le señaló el asiento frente al suyo.—He firmado un acuerdo para apartarme de Salvatierra Technologies durante seis meses. Mi madre asumirá la dirección y yo me concentraré en recuperarme y en resolver algunas cosas personales.Alba abrió los ojos con sorpresa.—¿Seis meses?—Sí.—Eso es mucho tiempo.—Lo sé.—¿Y estás seguro de que tu madre puede manejarlo?—Tiene experiencia y conoce la empresa. No significa que todo vaya a ser fácil, pero no voy a interferir en cada decisión. Si he decidido apartarme, tengo que permitirle hacer su trabajo
Adrián había tomado la decisión de apartarse de Salvatierra Technologies durante seis meses, pero hasta aquella mañana no había terminado de comprender lo que significaba hacerlo oficial.El documento estaba sobre su escritorio, preparado por el equipo legal. Era breve en comparación con los contratos que había firmado a lo largo de los años, aunque ninguna de aquellas páginas le había exigido tanta reflexión.Su renuncia temporal a las funciones ejecutivas entraría en vigor de inmediato. Doña Reyes asumiría la dirección durante el período acordado, mientras él conservaría las responsabilidades que legalmente le correspondían como propietario y colaboraría en las cuestiones que requirieran su intervención.No estaba abandonando la empresa ni intentando escapar de las consecuencias de sus errores.Estaba decidiendo que, durante seis meses, su vida no giraría alrededor de ella.Mateo estaba sentado frente al escritorio cuando Adrián tomó la pluma.—¿Estás seguro? —preguntó.Adrián levan
No quería llorar delante de ella. No quería que el reconocimiento de su dolor se convirtiera en una escena en la que ambas terminaran consolándose mutuamente.—Me hizo mucho daño —dijo finalmente—. Y no fue solamente por la investigación.Doña Reyes asintió.—Lo sé.—Durante mucho tiempo sentí que tenía que demostrar que merecía estar con Adrián. Que debía ser comprensiva cuando cancelaba nuestros planes, que tenía que aceptar sus ausencias y que no podía quejarme porque él tenía responsabilidades importantes. Después descubrí que usted había participado en algo que me perjudicaba profesionalmente, y sentí que ni siquiera mi trabajo estaba a salvo de las personas que se suponía que debían respetarme.—No debiste sentirte así en tu propio matrimonio.—Pero así me sentí.Doña Reyes cerró los ojos un instante.—Lo lamento, Alba. De verdad.Alba respiró profundamente.—No sé si puedo perdonarla.—No te lo estoy pidiendo.La respuesta la sorprendió.Doña Reyes se secó una lágrima antes de
Alba estaba revisando unos documentos cuando recibió el mensaje de Adrián.¿Tendrías tiempo para venir a casa mañana? Hay algo que me gustaría hablar contigo. Mi madre también quiere verte, pero solo si estás cómoda con la idea. Si prefieres no hacerlo, lo entenderé.Alba leyó el mensaje dos veces.Su primera reacción fue cerrar la conversación y continuar trabajando. No tenía ninguna obligación de volver a entrar en una casa que todavía asociaba con tantos recuerdos difíciles, y mucho menos para encontrarse con Doña Reyes.Sin embargo, el mensaje no contenía ninguna exigencia. Adrián le había dejado una salida clara, sin intentar convencerla de que debía aceptar.Aquello, por sí solo, la hizo detenerse.Tomó el teléfono y llamó a Sophia.—Necesito tu opinión.—Eso suena serio. ¿Qué ha pasado?—Adrián me ha invitado a su casa. Dice que su madre quiere hablar conmigo.Sophia tardó apenas un segundo en responder.—¿Para qué?—No lo sé. Supongo que para disculparse.—¿Supones o te lo ha
Doña Reyes lo esperaba en casa cuando regresó.No había preparado una reunión ni organizado una conversación con asesores. Estaba sentada en el salón, con una taza de té intacta sobre la mesa.—¿Tienes unos minutos? —preguntó al verlo entrar.Adrián dejó las llaves en el recibidor.—Sí.Se sentó frente a ella. Durante un momento, ambos permanecieron en silencio.—He estado pensando en lo que te dije la otra noche —comenzó Doña Reyes—. Y en muchas cosas que ocurrieron antes.Adrián no respondió.—Siempre creí que presionarte era una forma de prepararte. Quería que fueras fuerte, que nadie pudiera aprovecharse de ti y que estuvieras listo para dirigir lo que tu padre construyó.Su voz vaciló.—Nunca me pregunté si estabas cansado de tener que demostrarlo todo.Adrián sintió que se le tensaba la mandíbula.—Estaba cansado, mamá.—Lo sé.—Y muchas veces, cuando intentaba explicártelo, me decías que tenía que ser más fuerte.Doña Reyes cerró los ojos brevemente.—Sí.No intentó defenderse.
La llamada de Adrián sorprendió a Mireia Soler en plena reunión.Cuando vio su nombre en la pantalla, se quedó mirando el teléfono durante varios segundos antes de disculparse con los demás y salir de la sala.Hacía tiempo que no recibía una llamada suya. Desde que el escándalo de la investigación de Alba comenzó a extenderse, su relación se había vuelto tensa y distante. Mireia sabía que Adrián estaba decepcionado con ella, pero una parte de sí misma seguía esperando que, cuando las cosas se calmaran, pudieran recuperar la amistad que habían compartido durante años.—Adrián —respondió, intentando sonar tranquila—. No esperaba que me llamaras.—Necesito hablar contigo.La seriedad de su voz hizo que Mireia dejara de sonreír.—¿Ha ocurrido algo?—No. Quiero que nos reunamos.—¿Para hablar de la investigación?—Para hablar de nosotros.Mireia sintió que se le encogía el estómago.—Está bien. ¿Cuándo?—Mañana por la tarde. En el café de la avenida Beaumont.—Allí estaré.La llamada termi







