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Capítulo 6

Author: Ora
Durante los días siguientes, Richard no volvió a dirigirme la palabra, pero tampoco volvió a sacar el tema de que debía disculparme.

Todos los días regresaba a casa a la misma hora y me traía comida que me gustaba, aunque seguía durmiendo en la sala.

Yo sabía que estaba peleando consigo mismo, pero eso ya no era asunto mío.

El 23 de diciembre, faltaban solo dos días para mi partida.

Terminé de preparar el equipaje y salí a tramitar el divorcio.

En mi vida pasada, recordaba perfectamente que, por esas fechas, Richard sufriría un atentado. Aunque al final salvaría la vida, también quedaría gravemente herido.

Dudé durante mucho tiempo, pero al final decidí ir a advertirle.

Después de todo, aunque nunca me hubiera amado, entre nosotros sí había existido un matrimonio, aunque solo fuera de nombre.

Tomé un taxi hasta un callejón cercano a la sede principal de la familia. Ese era el lugar donde ocurriría el atentado.

Desde lejos vi a un hombre con una gabardina negra y el rostro cubierto por una máscara. Llevaba una pistola con silenciador en la mano y avanzaba directo hacia la espalda de Richard.

—¡Richard, cuidado!

Grité y corrí hacia él. Sin pensarlo, me lancé para agarrarle la muñeca al atacante.

El hombre no esperaba que alguien apareciera de la nada y se quedó inmóvil por un instante.

Richard reaccionó de inmediato, se dio la vuelta y redujo al hombre en cuestión de segundos.

Una bala que se disparó en medio del forcejeo me rozó el brazo, y la sangre empezó a brotar enseguida.

—¡Darlena!

Al ver mi herida, el rostro de Richard cambió por completo.

—¿Qué haces aquí?—preguntó, con la voz todavía temblorosa por el susto.

—Yo…

Hice una pausa y al final no dije la verdad.

—Pasaba por aquí.

Cuando regresamos a casa, Richard miró la herida de mi brazo con los ojos enrojecidos.

—¿Por qué tienes que ser tan tonta? ¿Y si te hubiera pasado algo?

—Con que estés bien, me basta—respondí en voz baja.

En mi vida pasada, él había vengado mi muerte. En esta vida, yo ya le había salvado la vida. Ya estábamos a mano.

Richard me sostuvo la mano y dijo con una firmeza casi desesperada:

—Darlena, voy a cuidar de ti toda la vida.

Retiré la mano sin decir nada.

Ya entrada la noche, lo escuché hablar por teléfono en el pasillo con alguien.

—Para mí, ella es más bien como de la familia. Lo que siento es cariño, no amor. El amor no se puede forzar. No voy a enamorarme de ella solo porque me haya salvado.

Me quedé apoyada detrás de la puerta, con el corazón extrañamente en calma. Yo ya conocía esa respuesta. Pero escucharla con mis propios oídos seguía siendo cruel.

A la mañana siguiente, metí el acuerdo de divorcio, que yo ya había firmado, entre un montón de papeles y se lo entregué a Richard.

—Estos son los documentos que se te acumularon estos días. Fírmalos.

Tal vez porque confiaba en mí, Richard ni siquiera los revisó. Los fue firmando uno tras otro sin mirar.

Cuando terminó, me tendió una tarjeta negra.

—Últimamente has adelgazado. Cómprate lo que quieras y come bien.

Lo entendí al instante.

Richard no quería deberme nada.

Yo le había salvado la vida, así que ahora me daba una tarjeta negra sin límite como compensación.

No pensé que, cuando se trataba de saldar cuentas, él y yo fuéramos a entendernos tan bien.

No la rechacé. La tomé y me di la vuelta para irme.

El 25 de diciembre, el día del cumpleaños de Richard.

Escribí una carta y la dejé sobre la mesa de la sala, junto a la tarjeta negra.

"Richard, me voy. Sé que no me amas. La mujer que amas es Alice. En mi vida pasada, después de morir, vi cómo me vengabas y creí que de verdad sentías algo por mí. Por eso, cuando renací, elegí casarme contigo. Ahora veo que todo no fue más que imaginación mía.

Pero no debiste engañarme. Y mucho menos permitir que me metiera en este matrimonio falso. Me das más asco tú que Reed.

Aun así, en mi vida pasada tú recogiste mi cadáver y, en esta, yo te salvé de un atentado. Ya estamos a mano.

A partir de ahora no nos debemos nada. Ojalá no volvamos a vernos nunca."

Después de terminar la carta, tomé mi maleta y salí de la mansión sin volver la vista atrás.
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