LOGINJamás olvidaré el frío despiadado de las aguas del Río Veyra. En mi vida pasada, yo era Darlena Valentino, la futura Donna de la familia Marcus, pero mi prometido, Reed Marcus, y mi prima Alice Bennett se aliaron para traicionarme. Me arrebataron mi lugar y se adueñaron de los recursos de mi familia. Al final, en plena guerra entre familias, me empujaron al borde de la muerte y me usaron como escudo. En el instante en que la bala me atravesó el pecho, vi a Reed protegiendo a Alice con todas sus fuerzas. Y Richard Corleone, mi amigo de la infancia, el hombre que siempre me había acompañado en silencio, perdió la razón y corrió hacia mí, abrazando mi cuerpo inerte mientras rugía de desesperación. Creí que aquello era un amor que había llegado demasiado tarde. Por eso, después de renacer, eché a Reed de mi vida sin dudarlo y me casé con Richard, convirtiéndome en la Donna de la familia Corleone. Pensé que por fin me había salvado, pero nunca imaginé que el destino me guardaba una crueldad aún mayor. Porque esos dos hombres, en el fondo, siempre habían amado a la misma mujer. Si al final todo iba a ser así, entonces yo también me bajaría de esta farsa llamada amor.
View MoreDiez años después.En el patio de la clínica, aquella acacia ya había crecido muchísimo.Kip se graduó de la facultad de medicina y regresó a la aldea, convertido ya en uno de los médicos de la clínica.Llevaba la bata puesta y atendía a sus pacientes con toda la seriedad del mundo, pero en cuanto me vio, volvió a mostrar aquella sonrisa luminosa que tenía de niño.—¡Darlena!—corrió hacia mí con una carta en la mano—. Llegó una carta desde Veyra.Tomé la carta y reconocí al instante la letra de Tony en el sobre.Durante diez años, sus cartas nunca dejaron de llegar, aunque yo nunca respondí ni una sola.Abrí el sobre y empecé a leer, línea por línea."Señorita Valentino:Con profunda tristeza le informo que el señor Corleone falleció hace tres días.Se fue en paz, mientras dormía. El médico dijo que su cuerpo llevaba mucho tiempo agotado, y que haber resistido tantos años ya había sido un milagro.Antes de morir, me pidió que le hiciera llegar una carta.La dejó escrita tiempo atrás y
Un año después.Mi boda con James se celebró en Liora, justo en aquella pequeña cafetería junto al río.El dueño decoró todo el local con flores e incluso invitó a la banda que mejor ponía a bailar a todo el mundo.Musa y Kip viajaron especialmente desde Zambala para acompañarnos.Kip había crecido muchísimo. Llevaba un traje que claramente no lo hacía sentir del todo cómodo, pero sonreía con una felicidad imposible de disimular.Yo llevaba un vestido blanco sencillo, sin velo ni adornos recargados. Solo me había prendido una pequeña margarita en el pelo.James estaba frente a mí, vestido con un traje azul oscuro. Se había peinado con esmero, aunque aun así había un mechón rebelde empeñado en levantarse.—Te ves hermosa—me dijo en voz baja.Sonreí.—Tú tampoco te ves nada mal.El sacerdote recitaba los votos, pero yo me quedé un poco perdida en mis propios pensamientos.Pensé en la Darlena de mi vida pasada, la que murió en el Río Veyra.Seguro que ella jamás habría imaginado que, en e
Medio año después.El proyecto terminó y James y yo regresamos a Liora.Cuando el avión aterrizó, miré la ciudad desde la ventanilla y, por primera vez, sentí que estaba volviendo a casa.—¿A dónde quieres ir primero?—preguntó James, arrastrando la maleta con una sonrisa.Miré aquellas calles conocidas y, después de pensarlo un instante, respondí:—A la cafetería junto al río.La cafetería seguía allí, y el dueño era el mismo anciano de cabello canoso.En cuanto me vio, agitó la mano con entusiasmo.—¡Darlena! ¡Volviste! ¿Qué tal te fue en Zambala?—Muy bien—respondí, sentándome mientras pedía un café americano helado.James tomó asiento frente a mí. La luz del sol caía sobre su rostro y hacía que sus ojos azules brillaran como dos gemas.—Darlena—dijo de pronto.—¿Sí?Vi la seriedad en su expresión y, de pronto, sentí que se me hacía un nudo en el pecho.James respiró hondo.—Durante estos seis meses estuve esperando el momento indicado. Pero después entendí que ese momento perfecto n
Los días en Zambala eran sencillos, pero plenos.Cada mañana, James y yo despertábamos con el canto de los gallos. Después de alistarnos a toda prisa, empezábamos a recibir pacientes.Malaria, fiebre tifoidea, desnutrición… enfermedades que rara vez se veían en otros lugares, allí eran cosa de todos los días.Un mes después, yo ya podía comunicarme con los habitantes del pueblo en lo más básico del idioma local.—Señorita, gracias.Un niño me tomó de la mano y me habló en un inglés entrecortado.Se llamaba Kip Marshall. Fue el primer paciente que atendí desde que llegué a Zambala. Tenía malaria grave y estuvo a punto de no sobrevivir.Me agaché y le acaricié la cabeza.—Tienes que tomarte bien la medicina, ¿entendido?Kip asintió con fuerza y luego sacó del bolsillo una pulsera tejida a mano.—Es para usted.Recibí aquella pulsera, sencilla pero llena de cariño, y sentí que se me humedecían un poco los ojos.Esa noche me la puse en la muñeca. James la vio y soltó una risa.—Ese mocoso
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