LOGINAl cruzar el umbral, el aroma a perfume caro, alcohol de alta gama y un magnetismo cargado de tensión sexual la envolvió. La música electrónica vibraba en el suelo, las luces eran tenues, casi inexistentes, y figuras misteriosas con máscaras doradas y plateadas se movían entre las sombras de los reservados de terciopelo.
Eileen caminó directo a la barra de la zona VIP. Necesitaba anestesiar el dolor. Necesitaba olvidar que era Eileen Miller, la gemela gorda y rechazada.
—Un whisky doble. Puro —le dijo al barman con voz ronca.
Se tomó el primer trago de golpe, sintiendo el líquido quemar su garganta. Justo cuando iba a pedir el segundo, una sombra masiva se proyectó sobre ella. El aire a su alrededor pareció cambiar instantáneamente, volviéndose denso, pesado, casi asfixiante.
Eileen giró la cabeza lentamente y su respiración se detuvo.
Frente a ella se encontraba un hombre que parecía esculpido por los mismos demonios de la noche. Medía casi dos metros de altura, con hombros tan anchos que eclipsaban la luz de la barra, enfundado en un traje de sastre gris oscuro que gritaba un poder adquisitivo ridículo. Pero lo que congeló a Eileen fue su rostro. Llevaba una máscara veneciana de lobo plateado, con colmillos tallados y ojos que revelaban una mirada color tormenta: fría, afilada, peligrosa y... extrañamente hambrienta.
El hombre no la miró como la miraba Ben. Su mirada no bajó por su cuerpo con disgusto ni lástima. El lobo de la máscara fijó sus ojos en el escote pronunciado de su vestido vino, recorrió la línea curva de sus caderas empapadas y regresó a sus labios carnosos con una fijeza que hizo que el vientre de Eileen se contrajera con una fuerza desconocida.
Edward Knight, el hombre detrás de la máscara de lobo, dio un paso adelante, acorralándola por completo contra la barra de mármol. El aroma a madera, tabaco caro y lluvia que desprendía era embriagador.
—Estás empapada, hermosa —dijo el hombre. Su voz era un barítono profundo, un susurro ronco y vibrante que erizó cada vello de la piel de Eileen—. Y estás temblando de una forma que me tienta a hacer cosas muy malas para calentarte.
Eileen tragó saliva, sintiendo que los complejos que la habían encadenado toda su vida se desvanecían ante el calor primitivo que emanaba de ese desconocido. Por primera vez, alguien la miraba como si fuera una presa que deseaba devorar, no un defecto que ocultar.
—¿Y qué pasa si quiero pasar frío? —desafió Eileen, con una valentía nacida del dolor y el alcohol.
El hombre de la máscara de lobo soltó una risa baja, peligrosa, y estiró una mano grande y de dedos largos. Con una lentitud tortuosa, rozó la mejilla húmeda de Eileen, bajando por su cuello hasta enterrar sus dedos con firmeza en la carne de su cadera, apretándola contra su propio cuerpo duro y musculoso.
—En este lugar, yo decido lo que pasa —susurró el lobo en su oído, haciéndola temblar—. Tienes unas curvas maldita sea peligrosas, mujer. Y esta noche, me perteneces.
Eileen cerró los ojos, dejando que el dolor de la traición de Ben se quemara ante el fuego de ese hombre misterioso. No le importaba quién fuera, no le importaba su nombre. Esa noche, ella no quería ser la chica buena. Quería ser el pecado de un lobo.
El lunes por la tarde, el viento del canal de Gowanus traía un olor húmedo a lluvia incipiente y a alquitrán. En la imprenta Vane & Sons, el ritmo de trabajo se mantenía tranquilo, marcado por el chocar rítmico de la guillotina manual y el crujido del papel antiguo.Eileen estaba inclinada sobre la gran mesa de trabajo central. Llevaba puesto un delantal de lino oscuro sobre su vestido cómodo de punto y un pañuelo recogiendo su cabello castaño. Con un pincel fino, aplicaba cuidadosamente cola de conservación sobre el lomo desintegrado de una enciclopedia del siglo XIX. La ligereza en sus movimientos y la paz que se reflejaba en su rostro eran la prueba viva de que los días de tranquilidad en Brooklyn le estaban devolviendo la serenidad que la mansión de Long Island le había arrebatado.A su lado, un hombre joven de unos treinta años, llamado Julian —un restaurador contratado por la biblioteca pública de la zona para supervisar el catálogo antiguo—, le sujetaba la tira de tela de lino
A las seis de la mañana del sábado, el muelle de Gowanus olía a humedad, a café barato cargado y a la niebla espesa que salía del canal.Para Edward Knight, el hombre cuyos activos financieros superaban la nómina de varios países pequeños, el amanecer no comenzó en una suite matrimonial con sábanas de hilo de mil hilos ni con un chef ejecutivo preparándole un omelette de claras con trufas importadas. Comenzó dentro de una camioneta de carga de apariencia desgastada, estacionada exactamente a cuarenta metros de la entrada de la imprenta artesanal donde Eileen dormía plácidamente.El magnate vestía unos pantalones de mezclilla oscuros que jamás habían pisado un evento de gala, un jersey de lana gris un poco holgado y las botas de cuero que aún conservaban vestigios del barro de Shelter Island.Frente a él, sobre una mesita de madera contrachapada instalada improvisadamente en la parte posterior del vehículo de vigilancia, había un pequeño hornillo eléctrico de dos hor
La zona industrial de Gowanus olía a metal húmedo, gasóleo y al estanque de agua estancada del canal. El canal bordeaba antiguos almacenes de fachadas desconchadas, talleres de cerrajería en desuso e imprentas abandonadas desde los años noventa. La tarde se deshilachaba en una luz plomiza, y una neblina espesa comenzaba a arrastrarse sobre las adoquines mojados de la calle novena.El vehículo negro de civil en el que viajaba Edward se detuvo en la esquina de un callejón sin salida, a pocos metros del curso de agua.El magnate no esperó a que la escolta desplegara el perímetro. Abrió la portezuela de un manotazo y saltó a la acera golpeada por la llovizna. Llevaba el abrigo de paño oscuro desabrochado, el jersey húmedo pegado al tórax y el cabello negro desordenado cayéndole sobre la frente encendida por la fiebre. Sus ojos grises, enmarcados por sombras oscuras de más de dos días sin descanso, escanearon la fachada de una antigua imprenta de dos pisos cuya marquesina de
El taxi amarillo frenó de golpe sobre los adoquines húmedos de la calle Van Brunt, en el corazón de Red Hook. El sonido de los frenos chillando contra el asfalto mojado desgarró la calma pesada de la zona portuaria de Brooklyn.Edward no esperó a que el vehículo se detuviera por completo. Arrojó el fajo de billetes sobre el asiento del conductor, abrió la portezuela de un empujón y saltó a la acera bajo la llovizna persistente que continuaba barriendo los muelles.El aire olía a salitre, a óxido de barco y a madera mojada.El magnate echó a andar a pasos agigantados hacia la fachada del pequeño taller de encuadernación artesanal. A tres docenas de metros, dos agentes de civil de Industrias Knight, vestidos con chaquetones oscuros para confundirse con los trabajadores del puerto, permanecían apostados de manera discreta tras el cobertizo de una antigua bodega de pescado.Thomas surgió de entre las sombras del callejón, saliendo al paso de su patrón con el rostro tenso y las manos engua
A las cuatro de la madrugada del viernes, la sala de control del piso cincuenta y cuatro de la Torre Knight en Wall Street parecía el centro de operaciones de un estado en guerra.El humo del café amargo se mezclaba con la humedad del ambiente. En los ventanales de cristal, las gotas de lluvia continuaban resbalando en regueros lentos, refractando las luces rojas y azules de los servidores que parpadeaban en las paredes. Doce analistas de ciberseguridad, tres antiguos mandos de inteligencia naval y los ejecutivos de la firma trabajaban sin descanso frente a mapas digitales de los cinco distritos de Nueva York.En el centro de la estancia, de pie ante la enorme mesa de cristal, Edward Knight era la viva imagen de la ruina y la obsesión.Llevaba más de cuarenta horas sin pegar ojo. Su rostro, surcado por venas oscuras en las cuencas de los ojos grises, lucía una palidez cadavérica que contrastaba con la firmeza salvaje de sus facciones. El cabello negro, desordenado, le caía sobre la fr
El estruendo del helicóptero Sikorsky S-76 devoraba la tormenta a cuatro mil pies sobre el estrecho de Peconic. Las palas cortaban el viento helado con un batir pesado, violento, que hacía temblar la estructura de la aeronave en medio de las turbulencias que azotaban la franja oriental de Long Island. A través de las ventanillas de plexiglás, la noche sobre Shelter Island no era más que una masa de tinieblas donde el mar furioso y la lluvia torrencial se confundían en un mismo lienzo de destrucción.En el interior de la cabina de mando, sumido en una penumbra iluminada apenas por el resplandor verde de los radares de navegación, Edward Knight permanecía erguido en uno de los sillones de cuero.Llevaba el abrigo de paño oscuro calado de agua, la camisa abierta en el cuello y el cabello negro pegado a las sienes por la condensación de la fiebre que no cedía. Tenía los puños cerrados con tal fuerza sobre las rodillas que los nudillos continuaban blancos, sin un rastro de sangre. Sus ojos







