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CAPÍTULO 4

Author: Blue Ink
last update publish date: 2026-10-02 07:17:01

—Oh, lo siento.

Valerie esbozó una sonrisa forzada. En el fondo, estaba sorprendida y también furiosa.

Esa mocosa…

—Audrey, tu maestra está aquí.

Una voz grave, pero atractiva, llegó desde la sala de estar y Valerie se giró rápidamente. Se quedó boquiabierta de asombro en cuanto puso los ojos en él.

Era el presidente, Ethan Davison. Lo había visto algunas veces en televisión, pero en persona se veía mucho más apuesto.

—Pensé que hoy iba a ser un día libre. ¿Por qué necesito un profesor particular en casa? —Audrey, la pequeña, hizo un puchero.

Valerie miró a la niña inteligente con una sonrisa. ¿Por qué sentía que la pequeña le resultaba tan familiar si nunca antes la había conocido? Ni siquiera podía creer que la niña fuera tan desenvuelta.

—¡Audrey, basta! Tienes que comportarte, jovencita —la reprendió su padre.

Ella suspiró profundamente y bajó la cabeza.

Valerie se volvió hacia la mujer mayor, cuyo gafete mostraba que su nombre era «Vero».

—Señora… ¡Vero! ¿No cree que la pequeña es adorable? ¡Además, habla con mucha fluidez! —Valerie sonrió.

La anciana soltó un resoplido.

—No estás aquí para comprobar si es desenvuelta o no.

Se encogió de hombros y Valerie asintió. ¿Por qué la anciana era tan hostil?

—Eres nueva aquí, ¿verdad, señora?

Audrey se acercó a Valerie y ella asintió.

—Eh… sí.

—Escuché que vas a trabajar como mi niñera. Espero que sepas preparar pasteles de arroz. Son mis favoritos y no quiero una niñera que no sepa hacerlos.

Audrey agitó sus largas pestañas.

—¿En serio? ¿Te gustan los pasteles de arroz? ¡También son mis favoritos! No tienes de qué preocuparte porque sé preparar unos muy deliciosos.

La parlanchina Valerie sonrió, y Audrey arqueó las cejas con aire presumido.

—¡Guau! Por cierto, tu vestido es un poco anticuado. Eso no está bien.

Audrey añadió el comentario con una sonrisa burlona.

Valerie se quedó mirándola con la boca abierta. No podía creer lo que acababa de escuchar. ¿De verdad la niña acababa de decirle eso?

Valerie no pudo evitar soltar una risita. La pequeña Audrey apenas llegaba a su cintura.

Su risa llamó la atención del presidente Ethan, quien dirigió la mirada hacia ella. Valerie le dedicó una sonrisa forzada, pero él la observó durante unos segundos antes de apartar la mirada.

Probablemente le sorprendía que ella hubiera conseguido hacer reír a su pequeña… eso era algo nuevo.

—¿Quién es ella? —preguntó Ethan, con la mirada fija en el portátil que tenía delante.

—Oh… ella es Valerie. Está aquí para la entrevista porque solicitó el puesto de niñera de la señorita Audrey. Ah, y no debo olvidar mencionar que es muy agradable —respondió Dan, el asistente de Ethan.

—Audrey, arriba. Ahora —ordenó Ethan.

Audrey resopló antes de dirigirse hacia las escaleras.

—Definitivamente no soy tu hija. No puedo creer que tú…

Murmuró entre dientes.

—¿Qué dijiste, Audrey? —Ethan arqueó una ceja y se volvió hacia ella.

Audrey se detuvo antes de mirarlo.

—Dije que no soy tu hija. Quizá soy la hija de la señora de la limpieza o probablemente de la cocinera…

La pequeña respiró con dificultad. Valerie estuvo a punto de soltar una carcajada, pero tuvo que contenerse.

Esta niña es toda una reina del drama.

—¿Qué? Eres mi hija y quiero lo mejor para ti, pequeña. Ahora ve y compórtate. No quiero que la maestra se queje de que no le has estado prestando atención.

Ethan habló con firmeza y ella se encogió de hombros.

—Sí, papá.

Corrió escaleras arriba.

—¿No has tenido suficiente con el drama? ¿Crees que estás aquí para andar perdiendo el tiempo? Viniste a una entrevista y aquí estás, tan cómoda como si esta fuera tu casa.

Una joven descarada se acercó a ella. Valerie tragó saliva mientras se alejaba con la mujer.

Había pensado que sería el presidente quien la entrevistaría, pero estaba equivocada. Él jamás perdería su valioso tiempo entrevistando a una simple niñera.

Unos minutos después, Valerie ya estaba en la cocina con la joven descarada, cuyo nombre descubrió que era Anastasia.

Le pidieron que preparara un vaso de batido de leche y luego un postre, y así lo hizo. Aunque no se ajustaban perfectamente a sus gustos, eran aceptables.

—¿Has trabajado alguna vez como niñera?

La anciana Vero se quitó las gafas mientras le hacía la pregunta.

—Ejem… En realidad, nunca he trabajado como niñera, pero me encantan los niños. Así que me llevo bien con ellos cada vez que tengo contacto con alguno —respondió Valerie sencillamente.

—Eso no es suficiente. Pensé que habías sido enviada por una agencia. No puedo creer que seas simplemente una…

Anastasia estaba hablando, pero Lady Vero la interrumpió.

—¡Anastasia, basta! Bien, te pondremos a prueba durante un mes. Si no consigues adaptarte, me temo que tendremos que despedirte.

La anciana Vero habló con firmeza, y Valerie le dedicó una sonrisa forzada.

—Gracias, señora.

Valerie hizo una ligera reverencia.

—Te daré todos los detalles de tu trabajo. Luego volverás a la mansión mañana. Por cierto, conoce a Anastasia; ella es la cocinera.

Lady Vero salió de la cocina y Valerie soltó un resoplido.

¿Anastasia es la cocinera? ¿Por qué se comportaba como si fuera la esposa del presidente?

—Ejem… Barbara, lo que Lady Vero quiso decir es que soy la chef de esta casa de la alta sociedad —dijo Anastasia, tragando saliva nerviosamente.

—¡Corrección! Soy Valerie, no Barbara. Y una chef… ¿quieres decir una cocinera? Claro, entiendo.

Valerie soltó un resoplido antes de salir de la cocina.

Valerie firmó los documentos necesarios y también le explicaron cuándo y cómo debía cumplir con sus funciones. Era un trabajo por turnos, así que no necesitaba estar allí todo el tiempo.

Por primera vez, se sintió muy cómoda con su trabajo.

Entonces recordó su encuentro con la pequeña Audrey Davison. Sus labios se curvaron en una sonrisa.

Tenía seis años.

De repente, pensó en su bebé, al que había dado a luz cuando era muy joven. Su hijo tendría la misma edad que Audrey.

—¡Qué tonta soy! ¿Por qué debería pensar en un niño al que ni siquiera tuve la oportunidad de ver?

Incluso si algún día se encontrara con su hijo, ni siquiera reconocería al pequeño.

Se dijo a sí misma que debía olvidarse de él.

Las palabras del médico de aquel fatídico día seguían resonando en su cabeza. Parpadeó rápidamente para contener las lágrimas.

Ya habían pasado seis años y no debería pensar en ello.

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