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Capítulo 5:Un año

ผู้เขียน: L. Alejandra
last update วันที่เผยแพร่: 2026-03-23 13:42:06

La puerta principal de La Bastide Noire se abrió con un quejido que parecía sacado de una película de terror. No me recibió un mayordomo uniformado, sino el silencio opresivo de una casa que había olvidado cómo albergar vida. El vestíbulo era inmenso, decorado con muebles antiguos que acumulaban polvo y cuadros de antepasados con miradas severas que parecían juzgarme desde el lienzo.

Siguiendo las indicaciones de la carpeta que me habían dado Elena y Arturo, caminé hacia el "salón principal". Mis pasos resonaban en el suelo de mármol, un sonido demasiado fuerte en aquella quietud sepulcral.

Al llegar a la doble puerta del salón, me detuve un segundo para recuperar el aliento. Es solo un trabajo, Emma. Solo un año, me repetí, aunque mi corazón martilleaba con una fuerza que desmentía mis palabras. Empujé las puertas.

El salón era oscuro, las pesadas cortinas de terciopelo estaban echadas, bloqueando casi toda la luz de la tarde. En el centro de la habitación, una figura estaba sentada en una silla de ruedas, de espaldas a la puerta, mirando hacia una chimenea apagada.

—¿Quién demonios eres tú y por qué hueles a miedo? —La voz de Noah fue un trueno en la penumbra. Era grave, rasposa y cargada de una hostilidad que me erizó la piel.

—Soy Emma... la nueva cuidadora —dije, tratando de que mi voz sonara firme, aunque un ligero temblor la delataba. Di un paso adelante, hacia la escasa luz que se filtraba por una rendija de las cortinas.

Noah giró su silla con un movimiento brusco y eficiente. Si la voz me había intimidado, su aspecto físico me dejó sin aliento. Antes del accidente, según las fotos que había visto, era un hombre de una apostura casi insultante. Ahora, aunque demacrado y con ojeras profundas, conservaba una belleza feroz y peligrosa. Sus ojos, negros como el carbón, me barrieron de arriba abajo con un desprecio absoluto.

—¿Cuidadora? —soltó una carcajada seca, carente de humor—. Arturo y Elena siguen enviando corderos al matadero. ¿Cuánto tiempo crees que durarás, "Emma"? ¿Dos horas? ¿Un día?

—Vine para quedarme un año —respondí, cruzando los brazos sobre mi pecho en un gesto instintivo de defensa, aunque intenté mantener la barbilla alta.

—Un año —repitió él, saboreando las palabras como si fueran veneno—. Eres ambiciosa. O muy estúpida. —Se impulsó hacia adelante, deteniendo la silla a un metro de mí. Su cercanía me intimidó, pero me obligué a no retroceder—. Mírate. Eres... blanda. No tienes la columna vertebral para lidiar conmigo. Este lugar te comerá viva.

—No soy tan blanda como parezco, Noah —dije, sintiendo cómo mi propia ira, esa que había cultivado contra Stefano, empezaba a burbujear—. Y no me intimidan los hombres que gritan porque no saben cómo lidiar con su propio dolor.

Hubo un silencio tenso. Sus ojos se entrecerraron, estudiándome con una nueva intensidad. Quizás no estaba acostumbrado a que le respondieran.

—¿Terapia? —preguntó, con voz peligrosamente baja—. ¿Vas a intentar hacerme mover las piernas con palabras bonitas y masajes inútiles?

—Vine a hacer muchas cosas. La terapia física es una de ellas, sí. Pero también soy chef. Vine a asegurarme de que no te mueras de hambre por pura terquedad.

Noah soltó otra carcajada, esta vez más sonora.

—¿Chef? ¿Y qué vas a cocinar, "cuidadora"? ¿Pasteles de esperanza y guisos de lástima? No como. No tengo hambre. No quiero nada que venga de esta cocina, y menos de las manos de otra empleada enviada por mis padres.

—Ese es tu problema, Noah. Tienes el alma muerta, y estás dejando que tu cuerpo la siga al abismo. No me importa si no tienes hambre. Comerás porque es parte de mi trabajo asegurarme de que sobrevivas.

—¿Sobrevivir? —Su voz se quebró ligeramente, revelando por un segundo la vulnerabilidad oculta tras su armadura de amargura—. ¿Para qué? ¿Para ver cómo mi vida se reduce a esta silla y a estas cuatro paredes? No sabes nada de mí, Emma. No sabes lo que es perderlo todo.

—Sé lo que es la traición —solté, sin pensar. Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas—. Sé lo que es que te abandonen cuando más lo necesitas.

Noah me miró, sorprendido por mi estallido. Por un instante, la hostilidad desapareció de sus ojos, reemplazada por una curiosidad cautelosa.

—¿Ah, sí? ¿Y quién te traicionó a ti, "Emma"? ¿Tu novio te dejó por otra más delgada? —preguntó, con un sarcasmo que, extrañamente, no se sentía tan afilado como antes.

—Algo así. Me dejó el día de nuestro compromiso. —Me encogí de hombros, restándole importancia, aunque el recuerdo seguía doliendo.

—Bueno —dijo él, volviendo a su tono habitual, aunque con menos intensidad—. Al menos tú puedes caminar para alejarte del dolor. Yo estoy atrapado aquí, con el fantasma de la mujer que amaba rondando cada rincón.

—Ella no te amaba, Noah —dije, con suavidad—. Si te hubiera amado, no se habría ido. Te amaba por lo que podías hacer, por cómo te veías, no por quién eres.

Noah guardó silencio, mirando hacia la chimenea apagada. Sus manos se aferraron a las ruedas de la silla con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos.

—Vete —dijo finalmente, con voz cansada—. Vete antes de que diga algo de lo que me arrepienta. No quiero tu terapia, no quiero tu comida y no te quiero a ti en mi casa.

—Vine para quedarme un año, Noah —repetí, dando un paso más hacia él—. Y no me voy a ir porque me lo pidas por favor. Ni porque me grites.

Él me miró de nuevo, esta vez con una mezcla de frustración y una renuente admiración.

—Eres terca como una mula.

—Y tú eres un dolor de cabeza —respondí, sonriendo ligeramente por primera vez—. Pero supongo que tendremos que aprender a lidiar el uno con el otro.

—No habrá un "nosotros", Emma. Solo tú, intentando inútilmente salvar a un hombre que no quiere ser salvado. Y yo, asegurándome de que te arrepientas de cada día que pases en este lugar.

—Ya veremos —dije, sintiendo un extraño atisbo de esperanza en mi pecho—. Por ahora, voy a ir a la cocina. Y aunque digas que no tienes hambre, te prepararé algo. Porque la supervivencia, Noah, a veces empieza por el estómago.

Me di la vuelta y salí del salón, dejando a Noah solo con sus fantasmas y con el eco de mis palabras. El encuentro había sido caótico, sí, pero también había revelado algo importante: Noah no estaba tan muerto como quería aparentar. Había fuego en él, una chispa de resistencia que yo estaba decidida a avivar.

Mientras caminaba hacia la cocina, sentí que, a pesar del caos y de la hostilidad, había tomado la decisión correcta. No sabía qué me depararía este año en La Bastide Noire, pero estaba lista para la batalla. Y quién sabe, quizás, en el proceso de salvar a Noah, también encontraría la manera de salvarme a mí misma.

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