MasukPOV: Elena
Casi al instante, la pesada y oscura atmósfera que Jace irradiaba comenzó a empujar a sus invitados hacia las salidas. Nadie quería estar en la línea de fuego del chico dorado de la Universidad Halden cuando parecía que estaba a punto de arrancar una puerta de sus bisagras. Grupos enteros comenzaron a marcharse entre susurros, apresurándose a recoger sus chaquetas y salir al aire fresco de la noche antes de que la tormenta estallara por completo.
Yo no me quedé a ver las consecuencias. El pánico inundó mi cuerpo y giré sobre mis talones, corriendo hacia la seguridad de las escaleras. Mi mano se aferró a la barandilla de hierro, mis calcetines deslizándose sobre el mármol pulido mientras subía los escalones de dos en dos, desesperada por volver a encerrarme en mi habitación.
Casi había llegado al último rellano cuando una mano grande y áspera rodeó mi antebrazo.
Antes de siquiera poder jadear, fui tirada hacia atrás, y mi cargador se deslizó de mis dedos, golpeando los escalones mientras caía. A Jace no le importó. Me arrastró sin esfuerzo por el pasillo del piso superior; sus largas zancadas me obligaban a tropezar para poder seguirle el ritmo.
—¡Jace! ¡Suéltame! —susurré furiosa mientras retorcía el brazo—. ¿Qué demonios estás haciendo? ¡Déjame ir!
No dijo una sola palabra. Sus anchos hombros estaban tensos bajo la sudadera negra y su respiración era pesada e irregular. Abrió de una patada la pesada puerta de roble que conducía a su ala privada de la casa; un estudio oscuro y masculino lleno de recuerdos deportivos y muebles de cuero. Me empujó dentro y cerró la puerta de golpe detrás de nosotros, asegurando el cerrojo.
El repentino silencio de la habitación fue ensordecedor. Jace comenzó a caminar de un lado a otro como un depredador encerrado en una jaula, pasándose las manos por el cabello oscuro mientras maldecía entre dientes. Estaba entrando en pánico por completo.
—Necesitas callarte y escucharme —espetó, girándose hacia mí. Sus ojos grises estaban inyectados en sangre—. Camille no está mintiendo. Si lleva esas capturas a la junta atlética el lunes, se activará mi cláusula moral. La directiva me quitará la capitanía, destruirá mi beca y me echará del equipo antes del primer partido de la temporada. Además, papá tampoco ayudará mucho porque cree que “debo ganarme las cosas por mí mismo”.
Apoyé la espalda contra la puerta cerrada, sintiendo mi corazón golpear con fuerza.
—¿Y qué tiene eso que ver conmigo? Tu drama tóxico es culpa tuya, Jace. Tú provocaste esto.
—¡Mi padre me desheredará, Elena! —gritó, entrando en mi espacio personal, su enorme cuerpo elevándose sobre mí. El olor a cerveza barata y adrenalina emanaba de él—. A Richard solo le importa una cosa: la imagen de la familia. Si me arrastran a un escándalo público de infidelidad que destruya su imagen corporativa perfecta, me cortará completamente. Mi carrera morirá antes siquiera de empezar.
—¡Bien! —le grité de vuelta, una oleada de ira superando mi miedo. Levanté la mirada hacia su rostro atractivo y lleno de furia—. Tal vez por fin aprendas que no puedes comportarte como un monstruo y salirte siempre con la tuya. ¿Crees que porque tu padre es multimillonario eres intocable? Bienvenido al mundo real, Jace.
Se quedó inmóvil. Su mandíbula se tensó tanto que un músculo tembló violentamente bajo su piel. Una sonrisa oscura y aterradoramente tranquila reemplazó lentamente su expresión de pánico, y mi estómago cayó de golpe.
—¿El mundo real? —repitió Jace, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo grave que envió un escalofrío directo por mi columna—. ¿Quieres hablar del mundo real, hermanita? Hablemos del tuyo.
Caminó hacia su escritorio y abrió el cajón inferior con una pequeña llave que sacó de su bolsillo. Metió la mano y sacó un cuaderno viejo y polvoriento con una portada rosa descolorida.
Todo el aire abandonó mis pulmones. Sentí que la habitación giraba.
No. No, no, no.
—¿Lo reconoces? —preguntó Jace, sosteniéndolo entre dos dedos—. Me lo diste en secundaria cuando me confesaste tu amor eterno.
Dios, no.
¿Por qué demonios aún lo tenía?
Era mi diario privado de secundaria. Aquel en el que había derramado cada gramo de mi patética y vergonzosa alma adolescente. El diario contenía páginas y páginas de fantasías románticas profundamente humillantes que había escrito sobre él años atrás, cuando yo solo era una chica solitaria y torpe que desesperadamente quería que su enamorado la notara.
Y en lugar de eso…
Obtuve a mi acosador.
—No lo harías... —susurré, sintiendo que mi voz se quebraba mientras aquella vieja vergüenza amenazaba con ahogarme.
—Claro que lo haría —dijo Jace, acercándose hasta quedar a centímetros de mí, atrapándome contra la sólida madera de la puerta. Bajó la mirada hacia mí con una sonrisa tóxica y desesperada, mientras sus ojos grises brillaban con una determinación despiadada—. Así es como funcionará esto, Ellie. El lunes iremos juntos al campus. Vas a deslizar un anillo de diamantes en tu dedo y le diremos a todos que nuestros padres nos unieron y que nos enamoramos en privado. Una prometida dulce y devota de mi nueva familia es exactamente la distracción que necesito para demostrar que los rumores de Camille son solo las mentiras amargas de una ex resentida.
—Ahora eres mi hermano, Jace. Además, jamás voy a ayudarte —logré decir con la garganta cerrada mientras lágrimas de rabia absoluta ardían en las esquinas de mis ojos—. Te odio, Jace. Y voy a decírselo a Richard.
—Hazlo —susurró Jace, inclinándose hasta que su aliento rozó mi oído y me hizo estremecer—. Díselo. Pero recuerda algo: si mi carrera se destruye, mi padre pierde inversiones. Y si Richard se enfada lo suficiente como para romper este nuevo matrimonio, tu madre volverá exactamente a donde estaba antes. Se acabaron los vestidos caros. Se acabó el mármol importado. Volverá a ser pobre, Elena. Todo porque no quisiste seguir el juego.
Mis ojos se abrieron de golpe.
Él se apartó un poco, observando mi rostro pálido y tembloroso con una satisfacción aterradora. Golpeó suavemente el cuaderno rosa contra mi pecho.
—Sé una buena chica y conviértete en mi prometida falsa por esta temporada, Elena. Porque si dices que no, mañana por la mañana todo el campus leerá tu pequeño diario y descubrirá qué clase de chica desesperada y fantasiosa eras realmente. No daría una muy buena primera impresión, ¿verdad? La elección es tuya, hermanita.
POV: ElenaEl rostro de Richard me dio la respuesta antes de que pronunciara una sola palabra.Lo sabía.Sabía lo que contenía la carta, de dónde había salido y por qué mi madre había pasado veintiún años manteniéndola oculta.Apreté el papel entre mis dedos.—¿Conocías a mi padre?Los ojos de Richard permanecieron fijos en la carta.—Sabía quién era.—Eso no es lo que te pregunté.Jace estaba de pie a unos pasos de distancia, observando a su padre con una expresión que nunca antes había visto en su rostro. Parecía confundido, pero había algo más debajo de aquella confusión. Decepción, quizá. Tal vez incluso miedo.Richard finalmente me miró.—Daniel Mercer estaba investigando el sistema de financiación deportiva de la universidad.Aiden cruzó los brazos.—Porque se estaban desviando fondos.Richard dirigió su atención hacia él.—Has estado investigando.—Así es.—Eso es peligroso.—También lo es ocultar registros financieros relacionados con un hombre muerto.La mandíbula de Richard
POV: ElenaEl sonido de la puerta principal abriéndose en la planta baja hizo que mi madre se quedara completamente inmóvil.Durante un momento, nadie se movió.Jace estaba de pie a mi lado, con la atención fija en Margot. Aiden sostenía la carta entre las manos, recorriendo con la mirada la escritura descolorida, como si de alguna manera pudiera encontrar una respuesta entre aquellas líneas.Pero la reacción de mi madre me lo dijo todo.Sabía quién acababa de llegar a casa.—¿Quién es? —preguntó Jace.Margot tragó saliva.—Richard.El nombre pareció cambiar la temperatura de la habitación.Miré hacia el pasillo. Desde la planta baja llegaron los sonidos familiares de alguien regresando a casa: la pesada puerta principal cerrándose, unos pasos atravesando el vestíbulo de mármol y el breve intercambio de palabras entre Richard y uno de los empleados de la casa.Mi padrastro había vuelto.Aquel era el hombre cuyo nombre aparecía repetidamente en los registros de Daniel. El hombre del qu
POV: ElenaMi madre abrió la puerta al tercer golpe.Me miró primero a mí, luego a Jace y a Aiden, que estaban detrás de mí, y su expresión cambió.—¿Elena?—Mamá, tenemos que hablar.Sus ojos se desplazaron hacia Jace.—¿Qué ha pasado?—Encontré algo —dije.Las palabras salieron más bajas de lo que pretendía.Se hizo a un lado.—Entren.Entramos en la casa y ella cerró la puerta detrás de nosotros. La calidez familiar de la sala de estar de repente me resultó incómoda. Ahora ya no estaba segura de conocer realmente nada.Mi madre notó la fotografía que sostenía en la mano.Se quedó completamente inmóvil.Vi cómo el color desaparecía de su rostro.—Ya habías visto esta fotografía antes —dije.No respondió.—Mamá.Se dejó caer lentamente en el sofá.—¿Dónde conseguiste eso?—En la habitación de Noah.Sus ojos se clavaron en mí.—¿Noah?—Desapareció —dijo Jace—. Antes de irse, alguien dejó esta fotografía y un mensaje para Elena.Mi madre lo miró.—¿Qué mensaje?Coloqué la nota sobre la
POV: ElenaEl apartamento estaba a oscuras cuando entramos.Jace buscó el interruptor de la luz, pero no pasó nada. Lo intentó de nuevo antes de sacar su teléfono y encender la linterna.El haz de luz recorrió la sala de estar. Todo parecía estar exactamente como lo habíamos dejado, pero había algo en aquel silencio que hizo que se me encogiera el estómago.—Aiden, quédate aquí —dijo Jace.Aiden lo ignoró.—Si alguien ha entrado a la fuerza, quedarnos parados en la puerta no va a servir de nada.Jace le lanzó una mirada de advertencia, pero ninguno de los dos siguió discutiendo.Nos adentramos en el apartamento, revisando cada habitación. La cocina estaba intacta. La sala de estar estaba ordenada.
POV: ElenaDurante el resto del trayecto, nadie habló.Jace había tomado la fotografía de mis manos y la había colocado en la consola central, pero sus ojos seguían desviándose hacia ella.Entendía por qué. Noah no era simplemente otro compañero de equipo. Era amigo de Jace, una de las pocas personas con las que lo había visto relajarse por completo.Recordé cómo bromeaban después de los entrenamientos. Cómo Noah había permanecido a su lado cuando estalló el escándalo del compromiso. Cómo Jace lo había defendido cada vez que alguien cuestionaba su lealtad.Ahora su nombre estaba en la carpeta.Su rostro aparecía en una fotografía con nuestros padres.Y la fecha escrita en el reverso lo vinculaba con la beca de Jace.—¿Adónde vamos? —pregunté finalmente.Jace mantuvo los ojos en la carretera.—A un hotel.Me giré hacia él.—¿Un hotel?—A algún lugar donde no esperen encontrarnos.—¿Crees que nos están siguiendo?—No.La respuesta salió demasiado rápido.Levanté una ceja.—Acabas de ment
POV: JaceNo los llevé a casa.La idea ni siquiera se me pasó por la cabeza.Pasé de largo frente al apartamento sin reducir la velocidad, manteniendo los ojos en la carretera mientras Elena permanecía en silencio a mi lado y Aiden ocupaba el asiento trasero con la carpeta descansando sobre sus piernas.Nadie habló durante los primeros diez minutos.Mis manos estaban firmemente aferradas al volante y, cada vez que miraba por el espejo retrovisor, veía a Aiden contemplando aquellos documentos como si lamentara haberlos tocado alguna vez.Bien.Debería lamentarlo.—¿Quieres decirme por qué estás en mi coche? —pregunté finalmente.Elena se volvió hacia mí.—Jace.—No. Hablo en serio.Aiden levantó la mirada.—Ya te dije por qué.—Me dijiste que Camille te dio una carpeta.—Te dije que estaba investigando la fundación.—Nos dijiste lo suficiente para meternos en un estacionamiento con dos hombres siguiéndonos.La mandíbula de Aiden se tensó.—No sabía que vendrían detrás de nosotros.—¿No







