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Capítulo 3

Author: Bite Man
Kyle no regresó en todo el día.

Al anochecer, fue Freya quien apareció en mi puerta.

No tocó, sino que simplemente entró sin más y se sentó frente a mí, con una mano apoyada sobre su vientre apenas abultado y una dulce sonrisa en el rostro.

—Escuché que le dijiste a Kyle que viniera a hacerme compañía.

No levanté la vista, sino que me limité a seguir ordenando las viejas cartas sobre mi escritorio.

Al ver que la ignoraba, la sonrisa de Freya se desvaneció un poco. Levantó una mano y se apartó el cabello, dejando al descubierto la marca de mordida roja oscuro en la parte posterior de su cuello.

—¿Ves esto?

Asentí.

—Kyle me la hizo.

—Lo sé —afirmé.

—¿No te molesta? —preguntó, inclinándose hacia adelante, ahora con un dejo de desesperación en su voz.

El aroma de su marca temporal me envolvió y, rápidamente, las marcas de sangre de mi muñeca comenzaron a arder.

Un dolor repentino me atravesó el pecho y, en un abrir y cerrar de ojos, las cartas se me escaparon de las manos y se esparcieron por el suelo.

La sonrisa volvió lentamente al rostro de Freya.

—Así que sí te duele.

Liberó deliberadamente aún más del aroma de su vínculo temporal, haciendo que mi loba gimiera en lo más profundo de mi ser.

Sentía como si unas garras estuvieran separándome las costillas. Y, con cada inspiración, casi podía saborear la sangre.

Me aferré al borde de la mesa con tanta fuerza que una de mis uñas se partió de raíz.

—Controla tu aroma.

—¿Por qué? —preguntó Freya, inclinando la cabeza con expresión inocente.

—Kyle dijo que tu loba era fuerte. ¿No soporta un poco de estimulación?

Jadeé.

Y de pronto lo entendí: ella no estaba enferma en lo más mínimo.

Después de todo, nadie tan débil podría controlar sus feromonas con semejante precisión.

—Le mentiste a Kyle —repuse, con seguridad, mirándola fijamente.

Su expresión vaciló por un instante, antes de que una nueva sonrisa curvara sus labios.

—¿Y qué si lo hice? —inquirió con superioridad.

—¿Y el cachorro? —pregunté.

—Es de Kyle, por supuesto.

—No. No lo es —murmuré, negando lentamente con la cabeza, mientras presionaba las marcas ardientes de mi muñeca—. ¿De verdad crees que no me he enterado de nada mientras estaba bajo ese hechizo? —Bufé—. La magia de la bruja selló mis ojos y me inmovilizó, pero, a cambio, agudizó mi oído.

»Escuché al sanador venir a revisarte por el embarazo. Te escuché vomitar en mitad de la noche. Y eso fue mucho antes de que tú y Kyle siquiera se aparearan.

El pánico cruzó los ojos de Freya.

¡Lo sabía! ¡Acababa de dar en el blanco!

—¿De quién es el cachorro que llevas dentro? —pregunté.

—¡Cállate! —exclamó Freya, fuera de sí, antes de lanzarse hacia la campanilla de cobre que descansaba sobre mi escritorio.

Con solo hacerla sonar una vez, los guardias vendrían corriendo, por lo que, rápidamente, la esquivé y la sujeté por la muñeca.

Sin embargo, ella se dejó caer al suelo por voluntad propia y se golpeó la frente contra la esquina de la mesa. La sangre no tardó en correrle por el rostro.

Entonces, la puerta se abrió de golpe y alcé la mirada.

Kyle estaba de pie en la entrada, alternando la mirada entre Freya y yo.

Freya se encogió sobre su vientre, temblando y sollozando sin parar.

—No culpes a Sylvie. Fue mi culpa... No debí venir a decirle... que me abrazaste toda la noche.

Los ojos de Kyle se posaron sobre mi mano, que todavía sujetaba la muñeca de Freya y, de pronto, su rostro se enfrió.

—Suéltala.

Obedecí.

—Kyle, Freya te está mintiendo. Su cachorro...

—¡Ya basta! —vociferó y su expresión se endureció por completo—. Me apareé con Freya para cumplir con su último deseo. Eso es todo. Sylvie, de verdad pensé que habías madurado. Pero mira lo que acabas de hacer. —Frunció aún más el ceño—. Aunque estés molesta, ¡no tienes derecho a inventar mentiras para difamar a Freya!

Intenté hablar de nuevo, pero Freya empezó a gritar:

—¡Kyle... mi estómago! ¡Me duele muchísimo!

Kyle la levantó de inmediato entre sus brazos y se encaminó hacia la puerta. Sin embargo, al pasar junto a mí, se detuvo un segundo, mirándome fijamente, con los ojos cargados de decepción.

—Pensé que un año dormida te habría hecho entrar en razón.

Otro dolor punzante me atravesó el pecho, pero lo ignoré y me reí.

—¿Así que me hiciste dormir durante un año para enseñarme a portarme bien?

Kyle se quedó rígido.

—Eso no fue lo que quise decir.

—Entonces, ¿qué fue lo que quisiste decir?

Abrió la boca, pero, antes de que pudiera articular ni la más mínima palabra, Freya gimió entre sus brazos.

Por lo que, tras dudar un milisegundo, la acomodó mejor en sus brazos y se marchó sin responder.

Una hora más tarde, el sanador acudió para informar de que Freya solo se había llevado un susto y que el cachorro estaba bien y fuera de peligro.

Aun así, Kyle se quedó junto a su cama y no fue a buscarme hasta bien entrada la noche.

Para entonces, ya había quemado la mayoría de las cartas antiguas que guardaba en mi escritorio. Las páginas ennegrecidas por el fuego se curvaban en la chimenea.

Todas eran cartas que Kyle me había escrito a lo largo de los años.

Al ver aquello, se quedó en la puerta observando el fuego durante mucho tiempo.

—¿Por qué las estás quemando? —preguntó, al cabo de un momento.

—Ya no sirven para nada —respondí, quitándole importancia.

—Solo lo dices porque estás molesta.

Kyle se acercó y me quitó de la mano la última carta, la misma que me había escrito a los dieciséis años durante su primera cacería con la manada y cuyos bordes estaban desgastados de tantas veces que la había doblado y desdoblado.

—Después de la Cacería de Invierno, haré que Freya se vaya de la casa principal. Y te devolveré la habitación principal, la insignia de luna y todo lo que tenías antes…

«Te lo devolveré.» Como si yo hubiera sido quien lo había tirado todo durante un berrinche, como si no hubiera sido él quien se lo había entregado a otra loba.

Un par de minutos después, al ver que no respondía, se agachó y recogió un trozo de papel carbonizado junto a su pie, apagando la brasa con los dedos.

—Solo aguanta unos días más. Sé razonable y no causes más problemas. Después de la Cacería de Invierno, todo volverá a la normalidad —dijo, con los ojos empañados por el cansancio.

No sabía si intentaba convencerme a mí o a sí mismo.

Pero ya no importaba.

La noche siguiente, cuando saliera la luna, sonaría el cuerno de la Cacería de Invierno y todos los guardias se dirigirían al Valle de la Luna.

Ese sería entonces el momento en el que me iría.

«Kyle», pensé. «Nos quedan veinticuatro horas».
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