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La Luna Me Entrego Dos Alfas
La Luna Me Entrego Dos Alfas
Penulis: Shey33

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Penulis: Shey33
last update Tanggal publikasi: 2026-07-16 13:01:15

CAPITULO 1

PUNTO DE VISTA DE ELOÍSA

La luna llena brillaba con una intensidad cegadora fuera, derramando largas franjas de luz plateada a través de la gran ventana de la habitación. La luz se deslizaba sobre la enorme cama de madera y hacía que las sábanas relucieran en la oscuridad como una invitación abierta a hacer algo malo. No podía apartar la vista de él.

Los labios de Adrián estaban increíblemente cálidos contra mi piel. No se apresuraba. Bajaba despacio por el lado sensible de mi cuello, deteniéndose cada pocos centímetros para dejar besos suaves y pesados justo sobre la clavícula.

Cada vez que sus labios se posaban sobre mí, una descarga aguda me atravesaba el vientre. Bajo la tela del vestido, podía sentir el peso duro de su erección presionando contra el muslo interior. Estaba tan caliente que parecía dispuesto a atravesarme la ropa y derretirme desde dentro.

—Adrián… —gemí su nombre en la habitación vacía, perdiendo completamente la cabeza. Todo mi orgullo se evaporó en un solo segundo. Los dedos se me enredaron en el cabello espeso y suave de su nuca, atrayéndolo más cerca mientras hundía la cabeza en las almohadas.

Levanté un poco las caderas, arqueando la espalda sobre el colchón, porque el vacío entre mis piernas se estaba volviendo insoportable. Su mano grande y tibia subió lentamente por mi pierna, metiéndose justo por debajo del dobladillo del vestido.

El fuerte aroma a limón dulce y flores de lavanda morada llenaba el aire, mezclándose con el olor crudo y animal de nuestra piel encendida. Hacía que la habitación se sintiera pequeña, atrapada, completamente aislada del resto del mundo. Se sentía más real que cualquier otra cosa que hubiera vivido jamás.

—Sí, mi amor —susurró contra mi garganta desnuda, con la respiración profunda y entrecortada acariciándome la piel ardiente. Sus dedos subieron más, colándose por el borde de mi ropa interior para provocar el punto húmedo y palpitante justo entre mis muslos. —Dime lo que quieres, mi amor. Dímelo.

Mis ojos se abrieron de golpe y se clavaron en el hambre oscura e intensa que ardía en su mirada. Él deslizó su cuerpo pesado por la cama, abrió la boca mojada y lamió y chupó con fuerza uno de mis pezones endurecidos a través de la tela rasgada, mientras su pulgar y sus dedos apretaban y trabajaban el otro hasta hacerme temblar.

Cada lugar que tocaba su lengua húmeda parecía fuego puro, sobre todo cuando la brisa fría de la noche entró por la ventana abierta y me erizó la piel con un escalofrío duro.

Me mordí el labio inferior, la lengua asomando para humedecerlos porque la garganta se me había secado de respirar tan rápido. El placer empezaba a sentirse como un peso denso en el pecho.

—Por favor. Tómame ahora mismo. No puedo esperar ni un segundo más —supliqué, casi llorando, derritiéndome por completo bajo el peso de aquel hombre enorme sobre mí.

—Joder… —gruñó Adrián, la maldición arrancándole la garganta como una piedra pesada.

Mi súplica desesperada terminó de desatarlo. El lobo salvaje que llevaba dentro tomó el control por completo, y sus ojos pálidos empezaron a brillar con un oro feroz en la oscuridad de la habitación. No pidió permiso.

Me agarró la mandíbula con la mano grande, me echó la cabeza hacia atrás y aplastó sus labios contra los míos en un beso brusco, casi doloroso. Su lengua se abrió paso en mi boca, reclamándome por completo, con sabor a vino dulce y calor salvaje.

—Mhn… sí, por favor… —gemí dentro de su boca, aferrándome a sus hombros anchos mientras él me hundía dos dedos gruesos en el centro empapado de mi cuerpo.

No se detuvo.

Empezó a rozarme y empujarme a través de la tela fina y húmeda de la ropa interior, buscando exactamente el punto que me hacía encoger los dedos de los pies.

La fricción era absolutamente brutal. El calor seguía creciendo dentro de mí como una tormenta pesada, y cada golpe húmedo me acercaba más y más al borde. Me dejó aplastada contra las sábanas, usando el peso de su pecho para inmovilizarme mientras un gruñido animal vibraba en su garganta, temblando justo contra mis pechos.

Podía sentir a la bestia salvaje escondida bajo su piel, tensándose y queriendo arrancarme cada pieza de ropa para reclamarme como un animal en el barro. La fuerza cruda de aquello me mareaba.

En el fondo más oscuro de mi mente sabía la verdad. Yo no era más que una criada despreciada, una chica de poca monta que jamás debía ser mirada, y mucho menos tocada, por un Alfa real como él.

Saber que aquello estaba completamente prohibido hacía que el fuego ardiera diez veces más dentro de mi sangre. Enganchó los dedos en mi ropa interior y me la bajó, abriéndome las piernas de par en par y dejando mi humedad completamente expuesta. Puso su longitud gruesa y palpitante justo contra mí y, cuando estaba a punto de hundirse en mi cuerpo—

Un chorro enorme de agua helada cayó de golpe sobre mi cara, mi boca y mi pecho.

El choque del líquido helado me arrancó literalmente el aire de los pulmones, sacándome de ese cielo hermoso y sucio y lanzándome de vuelta a la realidad.

Tragué aire a trompicones, tosiendo y ahogándome cuando me incorporé tan rápido que el cuello me crujió. Estaba completamente empapada, mi camisón fino pegado a la piel, y la boca me colgaba abierta mientras agua amarillenta y sucia me escurría del cabello hasta la barbilla.

—Oh, mirad eso. Todos a arrodillarse ante la princesa Eloísa —gritó una voz aguda y burlona desde el lado de la cama.

Madam Withers, la cruel jefa de las criadas, varias décadas mayor que yo, estaba allí con un cubo de madera grande y vacío entre las manos. Me miraba con desprecio absoluto por encima de su nariz torcida, mientras dos criadas más jóvenes se tapaban la boca y se reían como colegialas.

Entonces me golpeó el olor asqueroso. El estómago se me volteó por completo y una oleada de náuseas intensas me subió por la garganta, porque reconocí exactamente aquel hedor.

—¿Te crees dueña de este sitio, verdad? ¿Piensas que puedes dormir hasta tarde y tener sueños cochinos mientras el resto de nosotras se deja los dedos trabajando, eh? —gritó, con la cara arrugada retorciéndose en algo feo. —Espero que ese cubo lleno de orina fresca de caballo te recuerde exactamente dónde perteneces en esta manada.

No esperó a que dijera nada. Lanzó el cubo de madera directamente hacia mi cara. Mi instinto de supervivencia se activó en pleno pánico y, cuando intenté apartarme, la mano se me levantó a ciegas para bloquearlo. Golpeé el cubo con tanta fuerza que salió volando de vuelta hacia ella.

¡PAM!

—¡Aaah! —chilló Madam Withers.

El cubo le dio de lleno en la nariz. Tropezó hacia atrás, los zapatos mojados resbalando sobre el charco del suelo, y cayó de espaldas con un golpe seco y pesado que resonó en las paredes.

—Ay, genial —murmuré por lo bajo, sintiendo el corazón hundírseme en los pies. Abrí mucho los ojos, presa del pánico, y me agaché enseguida para ir hacia ella. Era la jefa de servicio de toda la casa, y yo acababa de tumbarla de culo. Aunque hubiera sido un accidente total, sabía que estaba muerta.

—¿Está bien? ¡Lo siento muchísimo! —exclamé, con la voz espesa de miedo mientras alargaba la mano para ayudarla a levantarse. Pero las otras dos criadas me miraron como si quisieran despedazarme, apartando mi mano para ayudar a la mujer quejumbrosa a ponerse en pie.

—Por favor, perdóname, Madam Withers —dije, bajando tanto la cabeza que la barbilla me tocó el pecho, mirando mis pies desnudos y mojados. —De verdad no quise hacerlo, el cubo simplemente se me resbaló…

¡PÁF!

Madam Withers me golpeó en la cara con toda la fuerza de su mano abierta. La violencia del golpe me giró la cabeza hacia la izquierda y un sabor metálico, caliente y punzante me llenó la boca al instante.

Me llevé la mano temblorosa a la mejilla ardiente y palpitante, y por fin las lágrimas calientes se me escaparon por las esquinas de los ojos, nublándome la vista.

—Lo siento muchísimo… —susurré, con la voz quebrada.

—Guárdate tu basura de disculpa —gritó Madam Withers, con la cara tomando un tono rojo peligroso mientras se sujetaba la parte baja de la espalda con una mano. —Voy a arrancarte la piel del cuerpo primero, y luego quizá piense en tu disculpa. Muévete, pequeña monstruo.

Me agarró de la muñeca con una fuerza brutal, casi de hierro, y empezó a arrastrarme fuera de mi pequeña habitación desordenada hacia el pasillo de piedra y frío. Intenté tirar de la mano porque las uñas me estaban cortando la piel, pero eso solo la enfureció más. Se dio la vuelta, me abofeteó la cara por segunda vez y siguió arrastrándome por el corredor.

Pasamos junto a varias sirvientas que se quedaron mirando y cuchicheando, hasta llegar a la gran cocina.

—¡Tú! —gritó, señalando con el dedo tembloroso a una criada joven que intentaba cargar un saco pesado de harina blanca. —Ve al cajón de abajo y tráeme el cuchillo más afilado que haya ahora mismo.

La muchacha se quedó inmóvil, mirando de un lado a otro entre mi cara ensangrentada y Madam Withers con expresión aterrada.

—¿Estás sorda? ¡Te he dicho que me traigas el cuchillo! —rugió Madam Withers, tan fuerte que los cacharros colgados del techo tintinearon.

La criada dejó caer el saco de harina, levantando una nube blanca enorme sobre el suelo, y salió corriendo a buscar el cuchillo tan deprisa como le permitieron las piernas. Mi corazón latía tan fuerte contra las costillas que parecía a punto de romperse dentro del pecho. Me quedé allí temblando, viendo cómo la joven revolvía con desesperación entre los utensilios de hierro para encontrar la hoja larga que Madam Withers había pedido.

La vieja mantenía mi brazo sujeto con la fuerza de unas manillas de hierro. Sus uñas sucias se me clavaban en la carne, dejando moretones oscuros que durarían días.

Así era mi vida todos los días. Me golpeaban, me abofeteaban, me gritaban y me trataban como basura solo por existir, y porque casualmente yo era hermosa.

Todos en esta manada creían que yo llevaba una sangre maldita y peligrosa. Me llamaban monstruo porque mi madre era una traidora, y afirmaban que mi sangre sucia era la razón exacta por la que mi lobo no podía transformarse ni encontrar pareja. Yo estaba completamente sola.

Mis manos temblaban mientras la criada por fin encontró el cuchillo largo y volvió corriendo para entregárselo a Madam Withers con mano temblorosa. La mujer se lo arrebató y volvió a clavarse en mí con sus ojos enrojecidos y furiosos.

A esas alturas, ya se había reunido una multitud enorme de sirvientes en la entrada de la cocina, mirando todo aquello como si fuera un espectáculo. Algunos incluso sonreían, completamente encantados de verme caer por fin.

—Te crees tan especial solo porque tienes esa cara bonita y ese pelo raro de color violeta, ¿verdad? Te voy a destruir hoy —siseó, con un aliento a tabaco rancio y odio. —No eres más que una chica vulgar intentando usar su belleza para engañar a los buenos hombres de esta ciudad. Y hoy voy a asegurarme de que nadie vuelva a mirarte jamás.

Me agarró un puñado enorme del cabello violeta y tiró hacia atrás con tanta fuerza que solté un grito agudo mientras me arrastraba al suelo de rodillas. El dolor ardiente que cruzó mi cuero cabelludo fue como fuego. Luché por apartarme, pero ella solo gritó a las dos criadas que estaban cerca.

—¡Venid aquí y sujetad a esta puta al suelo!

Las dos criadas de mal genio no dudaron ni un segundo. Corrieron, me agarraron ambas muñecas y me las aplastaron contra el suelo de piedra helado. Las piedras ásperas se me clavaron en la mejilla sangrante.

—No, por favor, parad, no hagáis esto. ¡Os lo suplico! —grité, llorando contra la tierra.

Pero mis lágrimas solo parecían alegrarla más. Se arrodilló justo frente a mí, acercando el cuchillo plateado cada vez más a mis ojos.

—Deja de moverte. Si te quedas quieta, te prometo que será rápido. Solo voy a sacarte los ojos, ¿vale? —susurró con una sonrisa loca y malvada extendiéndose por sus labios.

Mi corazón golpeaba como un pájaro atrapado contra el pecho. Los labios me temblaban de terror mientras la punta fría del metal tocaba la piel suave justo debajo de mi ojo izquierdo. Cerré los ojos con fuerza, sintiendo ya el dolor afilado y la oscuridad absoluta que estaba a punto de apoderarse de mi vida.

—¿Qué demonios está pasando aquí? —rugió de pronto una voz profunda desde la puerta de la cocina.

Madam Withers se puso en pie tan rápido que casi deja caer el cuchillo al suelo. En cuanto sus ojos se posaron en el hombre alto y ancho que ocupaba la entrada, toda la sangre se le fue del rostro y se quedó blanca como un fantasma.

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