MasukCAPÍTULO 2: Chispas, secretos y besos robados
PUNTO DE VISTA DE ELOÍSA
Las dos criadas jóvenes se pusieron de pie de inmediato, pálidas y temblorosas de puro miedo. Yo me incorporé también desde el suelo frío, con todo el cuerpo temblándome mientras miraba hacia la puerta de la cocina.
Alpha Thorne estaba allí, su gran cuerpo llenando el umbral. Su rostro parecía tallado en piedra enfurecida mientras miraba directamente a Madam Withers. Pero justo a su lado estaba Adrián. En cuanto sentí que sus ojos verdes claros se movían hacia mí, el estómago me dio un vuelco salvaje. Bajé la mirada al suelo enseguida, con las mejillas ardiéndome por el recuerdo de las cosas indecentes que me había hecho en sueños.
—¿Qué demonios está pasando aquí? —repitió Alpha Thorne, con la voz dura y pesada en el espacio reducido.
—Yo… solo estaba corrigiéndola, Alfa —tartamudeó Madam Withers. Su voz sonaba diminuta ahora, completamente despojada de toda aquella autoridad cruel que acababa de usar conmigo.
—¿Corrigiéndola? —preguntó Alpha Thorne, frunciendo el ceño. —Tienes un cuchillo de cocina en la mano y estabas a punto de sacarle los ojos. ¿En qué universo eso cuenta como corregir a alguien? Su tono era afilado, lleno de desaprobación.
—La chica se portó mal, Alfa. Me tiró al suelo. Solo era una forma pequeña de enseñarle cómo comportarse… La voz de Madam Withers se apagó del todo cuando bajó la mirada.
—¿Cómo qué?
Esta vez habló Adrián. Su voz no era solo furiosa; era de hielo y cortaba el aire de la cocina como una hoja afilada. —Quizá debería coger yo mismo ese cuchillo y sacarte los ojos, vieja. Eso también se consideraría corrección, ¿no?
Todo el cuerpo de Madam Withers se quedó rígido como una tabla. Sin decir una sola palabra más, cayó de rodillas y apoyó la frente contra el suelo sucio.
—Perdóneme, Alfa. Veo ahora que me he pasado demasiado con mi disciplina. No volverá a pasar, se lo juro —suplicó, con la voz temblándole como una hoja.
La cocina entera quedó sumida en un silencio asfixiante. Nadie se atrevía a respirar. Levanté un poco los ojos y vi a Alpha Thorne mirando a los demás sirvientes que seguían amontonados en la puerta.
—Volved al trabajo, el resto de vosotros —ladró. Luego volvió a mirar a la mujer arrodillada. —No quiero volver a ver este tipo de drama en mi casa. Si vuelve a ocurrir, te sustituiré por alguien que sí sepa manejar una cocina.
—Gracias, Alfa —susurró Madam Withers contra el suelo mientras él se daba la vuelta y se iba.
Antes de marcharse, mis ojos se volvieron una vez más hacia Adrián. Durante un solo latido, nuestras miradas se encontraron. Me estaba mirando de verdad, con una intensidad tan pesada que me atravesó el cuerpo de calor líquido. Pero no se quedó. Se dio la vuelta y siguió a su padre, dejándome allí con el corazón desbocado.
En el segundo exacto en que los hombres desaparecieron del todo, Madam Withers alzó la cabeza de golpe. Se levantó, se sacudió la suciedad del delantal y me fulminó con un odio puro e indiscutible.
—Todo esto es culpa tuya, pequeña maldición —siseó entre dientes. —Lárgate de mi vista ahora mismo antes de que cambie de idea.
No necesitaba que me lo repitieran dos veces. Giré sobre los talones y salí corriendo tan rápido como mis pies descalzos me permitieron, alejándome de la cocina.
Cuando por fin llegué a la seguridad de mi cuarto diminuto y destartalado, cerré la puerta de madera de golpe y me apoyé contra ella, soltando un largo suspiro tembloroso.
—Gracias a la diosa de la luna —susurré con los ojos cerrados.
En un día normal, Alpha Thorne habría mirado aquel desastre, se habría reído y se habría ido sin más. Nunca me había ayudado antes, ni cuando su esposa, la Luna, me trataba como basura, ni cuando otros invitados o sirvientes me golpeaban. Era la primera vez en toda mi vida que detenía a alguien para que no me hiciera daño. ¿De verdad era por Adrián?
Quizá Adrián había visto a las criadas arrastrarme y le había pedido a su padre que interviniera.
La cara me ardió al instante en que el nombre de Adrián me atravesó la mente. No podía dejar de pensar en aquel sueño indecente y detallado de esa misma mañana. El peso de su cuerpo, el sabor de su boca caliente y las cosas perversas que sus dedos hacían entre mis piernas…
La verdad era que estaba completamente enamorada de Adrián desde que tenía memoria. Probablemente desde que era una niña de nueve años escondida en los rincones de la casa de la manada. Él era la única persona de todo aquel territorio que me había mostrado una sola pizca de bondad verdadera, mientras todos los demás me trataban como una enfermedad sucia. Como una maldición con forma humana.
Pero no había manera de que una chica rota y sin lobo como yo pudiera estar con el futuro Alfa.
Aun así, mi mente tonta seguía volviendo a aquella noche de hacía tres semanas en su habitación privada. Yo estaba cambiándole las sábanas cuando él entró, agotado después del entrenamiento. Antes de que pudiera apartarme para irme, me arrinconó contra la pared. Su hermoso rostro quedó peligrosamente cerca del mío y, antes de que pudiera pensar, sus labios se estrellaron contra los míos en un beso salvaje y caliente. Me apretó la cintura con tanta fuerza que me pegó a su pecho duro.
Justo cuando creí que iba a arrancarme el vestido y llevar las cosas más lejos, apartó de golpe la boca, me miró con horror y me ordenó salir.
Desde aquella noche me evitaba como si yo fuera veneno. El pecho se me cerró solo de pensarlo, dejándome un dolor sordo y profundo.
Antes de hundirme más en esos pensamientos tristes, sacudí la cabeza y fui a lavarme la orina y la sangre de la piel.
Después de ponerme bien el uniforme limpio de criada, salí de mi habitación y fui a empezar mis tareas diarias. Mi trabajo principal era servir como doncella personal de la futura Luna, Lady Amora, que además era la prometida de Adrián.
Llamé suavemente a las puertas de su gran dormitorio antes de empujarlas y entrar.
La habitación estaba completamente a oscuras, con las pesadas cortinas púrpuras corridas para bloquear la mañana. Crucé la alfombra gruesa y aparté las cortinas de golpe. La luz del sol entró con fuerza, iluminando el mobiliario caro. Lady Amora gimió con fastidio, entrecerrando los ojos y dándose la vuelta al otro lado de la cama para escapar de la luz. Me acerqué al borde del colchón y le toqué el hombro con suavidad.
—Lady Amora, ya es de mañana. Por favor, despiértese —dije en voz baja.
—Quita tus manos sucias de mí, asquerosa —me escupió, agarrando una almohada de seda y tapándose la cara con ella.
Mis labios se torcieron por su actitud despreciable. Por un segundo, luché contra el impulso loco de coger la almohada, presionársela en la cara y ahogarla hasta que dejara de respirar.
Lady Amora era la hija de un duque rico de una ciudad importante a tres horas de allí. La habían traído a nuestra manada un año antes y la habían escogido para ser la futura compañera de Adrián. Su cumpleaños había sido hacía apenas dos días, lo que significaba que por fin había cumplido dieciocho años y Adrián podría marcarla legalmente cualquier día.
La sola idea de verla con la marca de su mordida me retorcía el corazón como si me lo estrujaran unas espinas afiladas.
Ignorando sus quejas, entré en su baño privado para preparar un baño caliente. Me llevó casi una hora entera de súplicas y paciencia conseguir que Lady Amora saliera de la cama y se metiera en el agua templada.
—¿Crees que Adrián me marcará esta noche durante el ritual de la luna roja? —preguntó de pronto, rompiendo el largo silencio mientras yo le pasaba jabón perfumado por su cabello rubio.
Me quedé inmóvil. Los dedos enjabonados se me quedaron quietos sobre su cabeza.
Claro. El ritual de la luna roja.
Había estado tan distraída con mi sueño que casi olvidé la gran ceremonia de apareamiento de aquella noche. Era la única noche del año en la que los hombres lobo corrían salvajes por el bosque bajo la bendición completa de la diosa luna. Nuestra manada era la única de todo el reino de Rivenmoor que conocía las palabras antiguas para iniciar el ritual, por eso lobos de millas a la redonda acudían para asistir.
Y aun así, otro año pasaría de largo y yo me vería obligada a quedarme sola en mi cuarto porque no podía transformarme en loba. No podía unirme a la caza.
Quizá si tuviera una verdadera pareja en algún lugar, no estaría tan obsesionada con Adrián, sufriendo cada día al verlo con otra mujer.
—¿Has perdido de repente la lengua, monstruo? —me cortó la voz afilada de Lady Amora, dándose cuenta de que no había respondido durante diez segundos enteros.
Me aclaré la garganta rápido y volví a frotarle el champú por el cabello. —No lo sé, mi lady. Jamás me han permitido participar en el ritual de apareamiento, así que no sé cómo funciona.
—¿Es que no sabes nada? —suspiró Lady Amora, con un tono lleno de fastidio. —Diosa, eres increíblemente inútil. Lo único que sirves para hacer es limpiar y vestirme. Si no fuera por eso, seguirías encerrada en ese sótano oscuro donde te encontré.
Apreté los labios con fuerza. No se equivocaba. Justo antes de que Lady Amora llegara a la casa de la manada, la Luna me había acusado de robar su collar de oro y me había arrojado al calabozo para pudrirme allí. Fue Lady Amora quien bajó, me encontró temblando en la celda y pidió que me soltaran.
Estaba completamente obsesionada con el raro color violeta de mi pelo; esas fueron sus palabras exactas.
Aunque era una mimada, servirla había hecho mi vida un poco más fácil que ser golpeada en la cocina. —Siempre agradezco su bondad, Lady Amora —murmuré, tragándome el orgullo.
Ella solo chasqueó la lengua. —Lo que sea.
Terminé de enjuagarle el champú del cabello rubio, se lo envolví y empecé a secarlo con una toalla limpia.
—Deja lo que estás haciendo ahora mismo —ordenó Lady Amora sin avisar.
Me quedé rígida al instante, dejando la toalla sobre el borde de la bañera. Giró el cuerpo en el agua caliente y se volvió por completo para mirarme. El agua se desbordó por el lateral, cayendo al suelo junto con unos cuantos pétalos de rosa.
Me observó la cara durante un minuto largo y silencioso, con los ojos azules entrecerrándose con sospecha. Luego alzó despacio una mano mojada hacia mi cabeza, tomó un mechón de mi cabello violeta y lo frotó despacio entre los dedos.
CAPÍTULO 70 Punto de vista de Eloísa La Comandante Isolde no me interrogó como lo había hecho media corte durante aquella primera y agotadora semana. No hubo en ella la falsa amabilidad del Consejero Bastian Rowe ni la curiosidad maliciosa de los nobles que revoloteaban por las galerías del castillo. Se limitó a estudiarme en silencio durante un rato largo y pesado. Estábamos en un despacho pequeño y austero de la torre norte, un espacio apartado donde las paredes de piedra desnuda amortiguaban cualquier sonido y el aire olía a cuero viejo, cera de velas y hierro helado. Era un rincón estratégicamente elegido, completamente a salvo de las orejas furtivas del consejo y de los espías que infestaban cada pasillo de Rivenmoor. Isolde permanecía de pie junto a un alto ventanal sin cortinas. La luz grisácea de la mañana resaltaba las aristas duras de su rostro y los hilos de plata que coronaban su cabello recogido con rigor militar. Cuando al fin rompió el silencio, no preguntó sobre la
Apenas había tenido tiempo de cambiarme y arreglarme frente al tocador cuando un golpe discreto, medido y formal resonó en la madera de mi puerta principal. Petra se acercó a abrir con su habitual cautela. Al otro lado no había guardias armados ni consejeros, sino una joven criada de la casa real que vestía el uniforme gris del servicio del ala de mando. La muchacha avanzó dos pasos dentro de la estancia, manteniendo la cabeza profundamente inclinada en señal de respeto. —Señorita Eloísa —anunció la criada con voz clara pero sumisa—. Traigo un mensaje directo de la Comandante Isolde. Solicita su presencia de manera inmediata en sus dependencias privadas de la torre norte. A solas. Antes de que el consejo de la mañana sea convocado o que los demás lores despierten. Me quedé mirando la puerta mucho después de que la sirvienta hiciera una inclinación final y se retirara en absoluto silencio. El calor de la noche anterior todavía me pesaba en la piel, un contraste doloroso con el aire
CAPÍTULO 69Punto de vista de EloísaUna semana entera en la fortaleza real de Rivenmoor poseía el poder destructivo de desgastar hasta la última reserva de cordura. Cada pasillo de piedra gris y húmeda era un callejón sin salida cargado de evaluaciones silenciosas; cada banquete formal, una prueba minada donde el menor desliz de etiqueta o tono podía ser usado en mi contra; y cada conversación casual, un duelo de dagas invisibles.Estaba física, mental y emocionalmente agotada. Exhausta de la voz suave, pausada y venenosa del Consejero Bastian Rowe, quien no perdonaba oportunidad para sembrar dudas sutiles sobre mi origen y la validez de mi linaje frente a los nobles más influyentes; agotada de la Comandante Isolde, que me observaba desde la distancia militar con la frialdad de un juez a punto de dictar sentencia; y profundamente harta de los cortesanos que susurraban tras sus abanicos y copas de vino, midiéndome como si fuera un cálculo defectuoso en sus ecuaciones de poder en lugar
CAPÍTULO 68NarradorTranscurrida exactamente una semana desde la llegada de Eloísa a la imponente fortaleza de Rivenmoor, la calma aparente que envolvía la corte comenzó a agrietarse. Los pasillos de piedra, antes llenos de murmullos curiosos y miradas cautelosas, se volvieron más fríos y cargados de una tensión palpable.Fue en esa mañana helada cuando el Consejero Bastian Rowe, uno de los hombres más influyentes de la antigua guardia real, solicitó formalmente una audiencia con la joven. La razón oficial emitida desde su despacho era tan pulcra como impecablemente protocolaria: brindarle una bienvenida oficial a la sede del reino, presentar sus respetos institucionales y poner a su entera disposición las atenciones correspondientes a su posición. Sin embargo, nadie en la fortaleza que conociera la densidad política de aquellas paredes creyó del todo una explicación tan simple.Rowe no era ningún advenedizo en los juegos de poder. Había servido codo a codo junto al traidor ahora en
CAPÍTULO 67Punto de vista de AdriánAdrián-Los primeros tres días en Rivenmoor me dejaron absolutamente clara una cosa: en los registros pulcros de esta capital no existía una sola categoría, casillero o título formal para clasificar a alguien como yo.No era consorte ni prometido oficial. Tampoco era un señor de alta cuna, ni un Beta con un nombramiento de estado con sello real registrado en sus archivos de mármol. No era familia. No era, en resumidas cuentas, absolutamente nada que tuviera un nombre limpio y respetable en sus libros de heráldica. Y esa alarmante falta de etiqueta formal me convertía en el blanco más fácil y perfecto para los susurros emvenenados que circulaban por los pasillos del palacio.Los cortesanos me observaban de reojo cada vez que cruzaba las arcadas del ala central. Algunos sonreían demasiado, con una amabilidad plástica y tirante que se desvanecía en cuanto les daba la espalda; otros ni siquiera se molestaban en disimular la mofeta de duda y desprecio q
CAPÍTULO 66Punto de vista de EloísaNada de lo que había visto en las ruinas de la capilla ni en el barro sangriento de Bluehound me preparó para la escala de aquello.Las torres de Rivenmoor no eran simples fortalezas de piedra defensiva; se alzaban imponentes hacia el cielo como garras de mármol y pizarra gris, desafiando la gravedad y la propia niebla del norte. Las banderas de la corte ondeaban en cada almena, de un carmesí y oro tan brillante que me lastimaba los ojos, colores de una linaje que yo apenas empezaba a entender. La ciudad se extendía a los pies del palacio en todas direcciones, una marejada interminable de tejados, gente, ruido sordo y una mezcla abrumadora de olores que se metían por la nariz sin dar tregua: pan caliente de los hornos centrales, estiércol de caballos de la guardia, humo denso de chimeneas y el perfume rancio y costoso que emanaba de los carruajes de los nobles.Cabalgué bajo el imponente arco de las puertas principales con la garganta completamente







