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Penulis: Shey33
last update Tanggal publikasi: 2026-07-16 13:02:01

- CAPITULO 3

—¿Hay algún chico secreto que estés viendo a mis espaldas? —preguntó de repente, frunciendo la mirada.

Parpadeé, completamente confundida por una pregunta tan aleatoria. —¿Alguien a quien vea?

Rodó los ojos con tanta fuerza que pensé que se le iban a quedar atascados. —Te pregunto si tienes amante, idiota —repitió despacio, como si hablara con una niña pequeña.

—No, mi lady. De verdad no tengo a nadie —dije, apretando la esponja con jabón. —Apenas tengo tiempo de respirar porque solo sirvo a cada uno de sus caprichos y luego vuelvo a mi habitación diminuta.

—Ay, por favor. Ahorra el cuento triste. Seguro que escondes a algún hombre por ahí —se burló, apoyando los brazos mojados en el borde de la bañera y la barbilla sobre las manos. —No puedes tener un aspecto tan ridículamente bonito y estar sola. No es justo. Luego su rostro se volvió completamente serio.

—Escúchame bien. Quiero montar a Adrián esta noche y vas a enseñarme todas y cada una de las maneras de complacer a un hombre en la cama. Es una orden directa. Si te niegas, te echaré, te sacaré de aquí y buscaré una nueva doncella que sí sepa manejar una polla.

Se me cayó la mandíbula hasta el suelo del baño. ¿Lo dice en serio ahora mismo? Soy una virgen sin lobo, y esta loca quiere que le dé clases de sexo para el hombre que yo amo en secreto. Contuve el impulso de decirle que lo único que sabía sobre sexo era lo que pasaba en mis sueños.

Pero antes de que pudiera abrir la boca, se puso de pie de golpe. El agua tibia resbaló por su cuerpo desnudo mientras salía de la bañera, empapando todo el suelo limpio. Tuve que moverme como un rayo para envolverle una toalla enorme alrededor del pecho antes de que volviera a gritarme.

¿Y ahora qué demonios se supone que hago? pensé, con la mente a mil por hora. Esta chica está completamente loca. Es una mimada, una malcriada y un auténtico infierno.

Casi treinta minutos después, los tacones caros de Lady Amora repiqueteaban sobre el suelo de mármol del gran pasillo. Yo caminaba exactamente dos pasos detrás de ella, cargando sus cosas como una buena sirvienta. Mantenía la barbilla alta y el vestido caro le caía por detrás como seda líquida. Las joyas brillaban en su cuello, en las orejas y hasta entre el pelo rubio. Cuando por fin llegó a las grandes puertas del comedor, un guardia se apresuró a abrirle.

En vez de entrar enseguida, se volvió hacia mí y agitó la mano como si espantara una mosca molesta.

—Lárgate —me dijo, descartándome por completo. —No voy a necesitar tus servicios inútiles por el resto del día. Vete a esconderte a tu agujero.

Yo me quedé quieta mientras ella entraba con paso altivo en el comedor. Las grandes puertas se cerraron con fuerza detrás de ella, dejándome sola en el pasillo.

Pasé toda la tarde y la noche trabajando en la cocina caliente, cortando verduras y fregando ollas pesadas. Cuando el sol se puso, el cocinero jefe despidió temprano a todos los sirvientes. Querían dar tiempo suficiente a quienes participaban en el ritual para cambiarse y preparar el cuerpo.

Volví a mi cuarto con un peso enorme en el pecho. Me tumbaron en el colchón finísimo y me giré sobre un lado, ya inquieta y molesta. Fuera de los muros, ya podía oír a los lobos aullar con fuerza. El sonido rebotaba entre los árboles, anunciando el comienzo oficial del ritual salvaje de apareamiento.

De verdad deseaba poder salir y participar, pero sabía que no tendría ninguna oportunidad. O sea, imagínate el desastre absoluto: yo, en mi forma humana débil, corriendo por el bosque oscuro mientras me persiguen un montón de lobos machos enormes y calientes, completamente desquiciados por la energía de la luna llena. Sería básicamente un aperitivo humano.

Suspirando, cogí mi única almohada plana y me la apreté contra los dos oídos para bloquear el ruido, dejándome arrastrar poco a poco hacia un sueño profundo.

Pero entonces las cosas se volvieron extrañas.

Por alguna razón, el aire alrededor de mi cuerpo empezó a sentirse increíblemente fresco, húmedo y limpio. Entrecerré los ojos en la oscuridad mientras me giraba de lado, esperando tocar el colchón duro… pero en su lugar mis dedos rozaron hierba fría y mojada.

Abrí los ojos de golpe.

Miré hacia arriba y mi corazón se detuvo por completo. No estaba en la cama. Estaba tirada justo en medio del bosque oscuro. Me incorporé de un salto, con el corazón golpeándome como un martillo dentro del pecho.

¿Cómo demonios había terminado ahí fuera? ¿Me había vuelto a sonambulear?

Bajé la vista y me di cuenta de lo malísima que era la situación. Estaba completamente descalza y solo llevaba mi camisón blanco, finísimo y transparente. El aire helado de la noche se me colaba en la piel desnuda, haciéndome temblar de forma brutal.

De pronto, un aullido aterrador desgarró el aire, sonando peligrosamente cerca. Todos mis instintos de supervivencia gritaban que corriera. Si un macho salvaje me encontraba ahí fuera vestida así, estaba perdida. Me verían como presa humana débil y se lanzarían sobre mí sin pensarlo un segundo.

Me di la vuelta y empecé a correr entre los árboles oscuros, con la hierba húmeda y las hojas secas clavándose en las plantas desnudas de mis pies.

AWOOOO.

Otro aullido resonó justo detrás de mí. Miré por encima del hombro y el estómago se me cayó. Un lobo negro gigantesco estaba junto a un tronco grueso. Era enorme, y sus ojos rojos, inyectados en sangre, estaban clavados por completo en mí.

El corazón casi se me salió por la boca. Me volví de golpe y corrí todavía más rápido, empujando cada resto de energía en las piernas mientras los pulmones me ardían.

Cuando miré atrás por segunda vez, el lobo negro había desaparecido. Fruncí el ceño, confundida. ¿De verdad me había dejado ir? pensé, sintiendo un pequeño rayo de esperanza.

Pero me equivocaba por completo.

Al segundo siguiente, miré hacia delante y el enorme lobo negro estaba plantado frente a mí como una pared sólida. Antes de poder deslizarme o cambiar de dirección, la bestia saltó en el aire y estampó su cuerpo pesado contra mi pecho, tirándome al suelo de un golpe.

—¡Ah! —grité, quedándome sin aire.

Intenté retorcerme y escapar de debajo del lobo macho enorme, pero era como intentar mover una montaña. Me inmovilizó por completo, presionando sus patas gigantes contra mis hombros y atrapándome contra la tierra.

Se me abrió la boca del terror. Un escalofrío helado me inundó todo el cuerpo. El lobo enseñó los dientes, dejando ver unas colmillos largos y afilados como navajas. La saliva le caía de la boca sobre la mejilla. Cerré los ojos con fuerza, preparándome para el dolor, convencida de que me arrancaría la garganta allí mismo.

Pero la mordida nunca llegó.

En su lugar, sentí una lengua húmeda, gruesa y increíblemente caliente pasarme por la mejilla mojada. Los ojos se me abrieron de golpe. El lobo me estaba… lamiendo la cara.

Su lengua áspera bajó lentamente por el cuello, probando mi piel, y luego siguió más abajo, hasta el pecho. Se detuvo justo sobre mis pechos, lamiéndolos y chupándolos con hambre a través de la tela fina y mojada del camisón blanco. El calor de su aliento salvaje atravesó la tela y me endureció los pezones al instante.

Solté un jadeo agudo y entrecortado, clavando las uñas en la tierra y las hojas bajo mí. Seguía aterrada, pero una traidora calidez empezó a extenderse justo entre mis muslos.

Aquel animal enorme podía romperme el cuello con una sola mordida, y aun así su lengua pesada seguía moviéndose sobre mi piel, insistente, áspera y caliente. Continuó olfateándome con frenesí por el estómago y metió el hocico mojado directamente entre mis piernas.

El lobo soltó un gruñido grave y profundamente satisfecho que me vibró por todo el cuerpo mientras lamía el interior de mis muslos. La lengua subió y subió, presionando con firmeza contra el centro de mis bragas. Empujó con el hocico y lamió más fuerte, intentando apartar la tela fina para llegar directamente a mi centro desnudo.

El calor húmedo y deslizante de su lengua provocó destellos de placer salvaje, lanzando chispas por mi columna incluso mientras el miedo me hacía el corazón latir como loco.

—No, por favor… para —temblé, con la voz débil mientras mis caderas se movían de forma traidora, arqueándose contra su cara pesada. Era tan malo. Era peligrosísimo. Y aun así la presión primitiva de su lengua se sentía tan bien que mi cuerpo no dejaba de quererla.

Entonces vi una piedra grande y pesada a mi lado, hundida en la tierra.

Desesperada por terminar aquella tortura loca, cerré los dedos alrededor de la roca, la levanté y la estampé contra el costado de la cabeza del lobo con toda la fuerza que me quedaba.

CRACK.

El lobo gimió, sacudiendo la cabeza desconcertado. Eso me dio un segundo para arrastrarme fuera de debajo de sus patas. Salté y volví a correr como una loca, pero el lobo se recuperó al instante y fue tras de mí. Esta vez no estaba jugando. Saltó y me mordió con fuerza en el lado del estómago, hundiendo los colmillos en mi carne.

—¡Ah! Un grito doloroso, desgarrador, me salió de la garganta cuando caí pesadamente al suelo.

El lobo negro gruñó con profundidad, caminando en círculos lentos alrededor de mi cuerpo sangrante. Me estaba midiendo como si fuera carne, y estaba completamente segura de que iba a rematarme.

Pero justo entonces otro aullido atronador atravesó el bosque. La cabeza del lobo negro se giró hacia el sonido, distraído, y me dio una pequeña oportunidad para arrastrarme lejos.

Por el rabillo del ojo vi cómo un lobo marrón gigantesco salía disparado entre los arbustos y se lanzaba sobre el lobo negro con furia total. Las dos bestias enormes empezaron una pelea brutal y sangrienta, destrozándose las gargantas. No me quedé para ver quién ganaba. Me obligué a ponerme en pie con las últimas fuerzas y corrí de vuelta a la casa de la manada, llorando por el dolor de la herida en el costado.

—Ay… sss… —siseé a la mañana siguiente, apretando un paño húmedo contra la desagradable mordida del vientre. Ardía como el infierno, como si cien hormigas furiosas me estuvieran mordiendo la carne abierta.

Me puse frente al pequeño espejo agrietado de mi pared, intentando limpiar la sangre seca de la piel. Las marcas de los dientes del lobo se habían hundido muchísimo; de verdad me preocupaba que hubieran perforado algo interno. Después de limpiarlo lo mejor que pude, me até un vendaje blanco y limpio alrededor de la cintura para detener el sangrado y me arrastré de nuevo hasta la cama.

El dolor palpitante del estómago era una tortura absoluta.

¿Cómo diablos había acabado en esos bosques? ¿De verdad andaba sonámbula otra vez? Encima, justo la noche del ritual salvaje. Hice una mueca cuando la herida dio otro latigazo.

No podía dejar de preguntarme qué lobo me había salvado la vida. ¿Lo hizo para ayudarme, o solo atacó al lobo negro porque quería quedarme para él solo?

Estaba demasiado cansada, rota y dolorida para resolver el misterio. De algún modo, conseguí cerrar los ojos y caer en un sueño profundo.

El dulce sonido de los pájaros cantando fuera de mi ventana me despertó a la mañana siguiente. Pero apenas tuve tiempo de incorporarme cuando el pestillo de madera de mi puerta saltó con un golpe seco.

Dos guardias de la manada irrumpieron en mi habitación con caras furiosas. Antes de que pudiera decir una palabra o cubrirme, me agarraron bruscamente de ambos brazos y empezaron a arrastrarme por el pasillo.

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