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Penulis: Shey33
last update Tanggal publikasi: 2026-07-16 13:03:09

- CAPITULO 5

PUNTO DE VISTA DE ADRIÁN

El agua hirviendo me golpeó la cara, pero ni de lejos ardía lo suficiente como para quemar el caos absoluto que se pudría en mi cabeza. Apoyé las dos palmas en las baldosas mojadas de la pared de la ducha, dejando la cabeza caer entre los hombros mientras respiraba el vapor espeso y asfixiante.

Mi mente era un campo de batalla violento.

Compañeras. La palabra me daba vueltas una y otra vez en la cabeza hasta convertirse en un dolor físico. Durante diecinueve años, Eloísa no había sido más que la criada silenciosa y hermosa de cabello violeta que se escondía entre las sombras de la casa de mi padre. Yo había pasado una década entera viendo cómo la manada la trataba como una enfermedad ambulante, obligándome a mirar hacia otro lado, a mantener la distancia, mientras el pecho me dolía con una hambre protectora extraña que no sabía explicar. Y entonces ocurrió la noche anterior. El ritual. El momento en que mi lobo olió su rastro en el viento y el vínculo encajó en su sitio con tanta fuerza que casi me rompe las costillas. Era mía.

Pero no solo era mía.

—¡Joder! —gruñí en voz alta, golpeando con el puño la pared de la ducha. La vibración me subió por el brazo, pero apenas la sentí.

Luciano Castellan. El supremo y aterrador amo híbrido del imperio. Una criatura que no debería existir —mitad vampiro, mitad lobo, y con un nivel jerárquico que hacía que mi padre pareciera un cachorro sin dientes. En el instante en que aquel monstruo de ojos carmesí se puso en pie en la sala grande y reclamó a Eloísa como compañera, mi lobo interno se había vuelto completamente rabioso, golpeándose contra las paredes de mi mente con desesperación por arrancarle la garganta al rey.

Dos linajes alfa. Una criada maldita y sin forma. No debería ser biológicamente posible. Lo que los ancianos de la manada nos susurraron después de sacarla de la sala… era demasiado. La cara disgustada de mi madre, las manos temblorosas de mi padre y la verdad oscura y sangrienta sobre la línea de sangre noble caída de Eloísa. Decían que su sangre era una anomalía, un vínculo prohibido capaz de atraer a más de un alma dominante a su órbita.

Y justo ahora, esa misma sangre estaba cantando directamente en mis venas desde el otro lado de la casa.

Cerré el grifo; el silencio súbito del baño hizo que mi corazón latiera todavía más fuerte contra las costillas. Ni siquiera me molesté en coger una toalla. Salí del cubículo de cristal todavía goteando y caminé hasta el espejo empañado, limpiando un círculo con la palma.

Mi reflejo me devolvió la mirada, con los ojos verde pálido brillando con un anillo inestable y peligroso de lobo dorado.

—Es nuestra —rugió mi lobo dentro de la cabeza, arañándome la consciencia. —Ve por ella. Escóndela del chupasangre.

—Cállate —murmuré entre dientes, apoyando las palmas en el borde del lavabo.

Pero el vínculo era un dolor físico entre las piernas, un calor pesado y palpitante que no podía controlar. Haberla apartado durante tres semanas después de besarla por accidente en mis habitaciones ya había sido duro. ¿Y ahora? Saber que estaba en su cuartito diminuto, probablemente aterrada, medio desnuda y completamente vulnerable… me estaba volviendo absolutamente loco.

Mi mente traicionera me llevó de vuelta a la forma en que su cintura se sentía bajo mis manos en la sala principal cuando la levanté. Temblaba, con el uniforme fino sin ocultar en absoluto las curvas suaves y perfectas de su cuerpo. Recordé el aroma dulce e intoxicante de limón y lavanda salvaje que salía de su piel, mezclado con el olor crudo del miedo.

Un latido duro y pesado me golpeó la ingle.

Cerré los ojos, respirando entrecortado y superficialmente mientras bajaba la mano, envolviendo con fuerza mi longitud rígida. Gemí contra el baño vacío, con los nudillos blanqueando mientras empezaba a mover la mano con un ritmo lento y pesado.

Cada desliz de mi mano se sentía como pura fricción, pero en mi cabeza no era mi mano. Era ella. Me la imaginé pegada a mis sábanas bajo la luna llena, con el cabello violeta esparcido por la almohada como seda. Me imaginé bajándole la ropa interior por los muslos y enseñándole el centro húmedo a mi boca, probando su calor dulce hasta que me suplicara que la tomara.

—Adrián… —pronuncié su nombre en el vapor, con las caderas moviéndose hacia delante mientras el ritmo de mi mano se volvía más bruto y desesperado.

Casi podía sentir sus dedos pequeños y delicados enredándose en mi pelo, tirándome hacia su pecho. La idea de hundirme en su cuerpo, de marcarle el hombro con los colmillos hasta que gimiera mi nombre, me empujó directo al borde. El placer se convirtió en un peso sofocante en el pecho. Estaba a segundos de arruinarme contra el lavabo, con la mandíbula apretada mientras el calor me cerraba el estómago—

¡BAM! ¡BAM! ¡BAM!

Golpes violentos y atronadores estallaron contra la puerta de mi habitación, resonando a través de las paredes del baño.

El ruido agresivo y súbito cayó sobre el silencio como un disparo. Me quedé inmóvil al instante, con el aire atascado en la garganta mientras la mano se me caía de la ingle. El oro de mis ojos se encendió con una furia total, pura e indiscutible, por la interrupción.

—¡Señor Adrián! ¡Abra esta puerta ahora mismo!

Era Thomas, mi beta personal. Su voz no sonaba como de costumbre, calmada y calculadora. Estaba aguda, quebrándose con un pánico frenético que puso a mi lobo en alerta inmediata.

Cogí un pantalón de chándal oscuro del suelo, me lo subí por las caderas mojadas en dos segundos y abrí de golpe la puerta del baño. Crucé la habitación con los pies descalzos dejando marcas húmedas sobre las alfombras pesadas y abrí la puerta principal con tanta fuerza que los goznes gimieron.

—¿Qué demonios te pasa, Thomas? —escupí, con la voz cargada de veneno helado. —Más te vale tener una razón de verdad para golpear mi puerta como un loco.

Thomas no se echó atrás. Respiraba a bocanadas cortas y entrecortadas, con el rostro completamente pálido y los ojos desorbitados por el terror. Alzó la vista hacia mí con las manos temblando mientras me agarraba del hombro.

—Es la criada, Adrián —jadeó Thomas, con la voz temblorosa de tal manera que apenas podía formar las palabras. —Es Eloísa. Los hombres del rey híbrido han revisado su cuarto… Ha desaparecido. ¡Eloísa está desaparecida!

El corazón se me cayó por completo al estómago y la sangre de mis venas se convirtió en hielo.

¿Desaparecida?

Antes de que mi cerebro humano pudiera procesarlo, un rugido ensordecedor me salió del pecho mientras mi lobo interior se volvía completamente rabioso. El oro estalló en mis iris, tomando toda mi visión mientras el vínculo dominante y protector dentro del pecho se rompía con violencia.

—¡Encontradla! —rugió mi lobo, dispuesto a destrozar el mundo entero.

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