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Capítulo 4

Author: Yin U.
last update publish date: 2026-08-27 04:21:54

Solo los ojos de Castian mostraban la rabia que había en su interior. Su expresión de piedra había vuelto desde que la sonrisa, o lo que él consideraba tal, se había desvanecido.

Castian Rhodes…

Repitió el nombre en su mente. La mirada de Castian volvió hacia ella, lentamente, y sus hombros se enderezaron como si de alguna manera hubiera oído su voz mental.

Sus ojos se abrieron de par en par, llenos de sorpresa e incredulidad. ¿Qué? ¿Puede él…? No… pensó, con el pánico amenazando una vez más con desbordarse.

Sus ojos se entrecerraron y sus ojos negros brillaron durante una fracción de segundo, un impulso primitivo de su lobo antes de volver a su color normal, como si el renegado hubiera querido entrar en modo de ataque, para defender algo o a alguien preciado o vital para él, y luego hubiera recuperado el control de su reacción.

En respuesta, Chrystal sintió que su propio lobo salía a la superficie, sus ojos volviéndose negros como si, a un nivel primitivo, abrazara la protección que casi se le había ofrecido, y permaneciendo así, mientras la conexión entre ellos se profundizaba más allá de lo que ella hubiera creído posible.

Abrió la boca, atónita, mientras luchaba por asimilar lo que le estaba sucediendo, incapaz ya de mantener la apariencia majestuosa que se le exigía.

Darius giró bruscamente la cabeza hacia Chrystal al notar el cambio en sus ojos, y luego se volvió hacia Castian, frunciendo el ceño y con la boca torcida hacia abajo en señal de disgusto. Agarró la mano de Chrystal con una posesividad que amenazaba con aplastarle los huesos, sacándola de su estado casi hipnótico.

—¡Capturad al traidor! —gruñó mientras miraba a Castian con profundo odio.

Las espadas brillaron a la luz del fuego cuando los guerreros de la manada se volvieron contra Castian al instante. Chrystal apenas parpadeó antes de que Castian se abalanzara sobre ella; más rápido que cualquier lobo que hubiera visto jamás.

En un instante estaba inmóvil; al siguiente, era un borrón en movimiento que derribó a tres guerreros en un abrir y cerrar de ojos.

No dudó ni vaciló mientras se abalanzaba hacia ella. Darius se lanzó contra Castian, con las garras desenvainadas, la furia llevándole a olvidar su espada, pero Castian no estaba allí.

Esquivó a Darius, giró con fluida elegancia y luego agarró a Chrystal por la cintura. Un escalofrío la recorrió, el vínculo de pareja ardiendo donde él tocaba su piel.

—¡Suéltame! —gruñó Chrystal, furiosa por ser tratada de manera tan brusca, clavando las uñas en el brazo de Castian. Sus uñas, no sus garras; una parte lejana de ella registraba que no podía transformarse.

Comprendió, sin pensarlo, que no podía hacerle daño; incluso su mente luchaba por escapar de su abrasador abrazo. Ese mismo conocimiento le hizo saber que él tampoco podía hacerle daño, ni directamente, ni intencionadamente.

Tal era el poder del vínculo entre compañeros.

Sin embargo, la mente de Chrystal se veía arrastrada hacia otro lugar, atraída por pensamientos y sentimientos que contradecían todo lo que sabía que debía pensar, que debía desear, mientras los tres luchaban entre sí.

No puedo hacerle daño. Mi corazón no me lo permite… Pero más que eso… ¡Quiero… no… necesito sacarlo de aquí! Aunque lo capturen, es un renegado y, más aún, ¡un traidor al propio Reino! Lo torturarán e . Aunque no puedan matarlo, sin duda lo harán sufrir. Darius lo hará sufrir.

Reflexionó mientras empujaba el brazo de Castian con una mano, mientras Darius tiraba de la muñeca de su otra mano e intentaba arañar a Castian con la mano libre, tres personas moviéndose en una danza muy extraña y violenta, hasta que Castian rompió su círculo de fatalidad.

Su voz, grave y letal, susurró al oído de Chrystal: «Te matarán, pequeña Luna». Se le cortó la respiración y se movió sin pensar, liberando su muñeca del agarre de Darius con una fuerza repentina que no sabía que poseía.

No se había asustado por la advertencia; le había sorprendido, pero más que eso, había SENTIDO que él no mentía, que había dicho la verdad sobre un peligro que ella no había reconocido.

¿Qué es esto? ¡Esto no es lo que aprendí sobre los lazos de pareja! Puedo sentirlo… notarlo… yo… LO CONOZCO…, su mente daba vueltas, confusa y asombrada, mientras Castian la levantaba del suelo de un tirón, apretándola contra su costado mientras seguía abriéndose paso entre los guerreros que apenas podían tocarlo.

Ella miró fijamente su rostro impasible mientras sus ojos permanecían fijos en sus enemigos.

¿NUESTROS enemigos? ¡No! Esta es MI gente. ¡Esta es MI manada! Chrystal se reprendió a sí misma mientras se empapaba de las emociones del renegado con una intimidad que debería haber tardado años en desarrollarse.

Los ojos de Chrystal se dirigieron hacia Darius, que se preparaba para lanzarse contra Castian. Estaba a menos de tres metros de ellos, rodeado por guerreros de la manada que intentaban protegerlo de los ataques desordenados de Castian.

El tiempo pareció ralentizarse hasta casi detenerse mientras observaba cómo se desarrollaba la escena. Su mirada se desplazó hacia su padre, y lo que vio en su expresión le hizo detenerse el corazón, la sangre se le heló en las venas al reconocer algo que nunca antes había visto en el hombre que la había criado.

Sus ojos estaban fijos en Castian con una mirada mortal que iba mucho más allá del odio entre los lobos de la manada y los renegados. Nunca había visto a su padre, el Rey Alfa, tan… frío, tan alejado del gobernante cortés, aunque imparcial, que ella sabía que era.

Los lobos errantes eran como roedores para los lobos de manada: demasiados, una molestia y de ninguna utilidad. Ella, como princesa, y no una princesa cualquiera, sino una futura Luna, conocía la política del lugar y el trato que recibían los lobos errantes en Malbarone.

Todos los lobos solitarios eran prescindibles.

Pero eso no era lo que expresaba el rostro del rey. Más bien, su ceño, la expresión de su mandíbula y boca, la tensión en sus anchos hombros y su amplio pecho decían, muy claramente, a los ojos entrenados de Chrystal, que el rey quería matar a ese lobo solitario en particular —a él mismo— a cualquier precio.

Chrystal conocía muy bien la fortaleza mental de su padre, lo estricto que era y lo mucho que se valoraban las reglas en su reino. Eso era lo que hacía que Malbarone fuera a la vez respetado y temido.

El rey quería matar a ese lobo, y lo haría, sin importarle el coste que ello supusiera para ella o para el reino.

El corazón de Chrystal volvió a latir con fuerza, como un tambor de guerra. Agarró el brazo de Castian, de forma refleja, sin querer; haciendo por él, instintivamente, lo que él había hecho por ella segundos antes. Una advertencia, pero un o sin palabras. No habría podido hablar. Nunca se habría atrevido. Algo así sería una traición a su pueblo.

Su ser más íntimo gritó ante el horror que la abrumaba, que aún estaba tratando de asimilar. Los ojos de Castian se clavaron al instante en el rey. Mostró los colmillos en una amplia sonrisa. «¿Me quieres muerto?», gritó burlonamente, casi como si hubiera sacado las palabras de la mente de Chrystal, «¡Ven y lo intentas!».

Con un poderoso salto, arrastró a Chrystal consigo, directamente hacia la oscuridad, hacia la seguridad, hacia lo desconocido, lejos de aquellos que lo matarían, que podrían matarla a ella, lejos de la certeza calculada hacia posibilidades inimaginables.

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