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CAPÍTULO TRES: LA CEREMONIA

Author: Beky's Write
last update publish date: 2026-10-13 01:27:54

Punto de vista de Alondra

No dormí.

Las palabras de la figura resonaron a través de mi cráneo toda la noche, rebotando contra las paredes de mi mente, negándose a asentarse en algo que pudiera entender.

Conocí a tu madre, estuve allí la noche en que murió y te he estado buscando durante trece años. Yací en mi estrecha cama, mirando el techo, la marca bajo mi clavícula pulsando con un calor bajo y constante que no había disminuido desde que el extraño desapareció en la oscuridad.

"Duerme", me susurré, "solo cierra los ojos y duerme, solo por unas horas, solo hasta la mañana".

Mi cuerpo no escuchó, mi mente no escuchó y la marca no escuchó.

Cuando finalmente amaneció, con una luz pálida filtrándose por la ventana sucia, me rendí a fingir y me arrastré fuera de la cama, cada músculo dolorido por la persecución, cada nervio aún crudo de miedo.

Junia ya estaba en la cocina, sentada a la mesa con dos tazas de té, sus ojos oscuros observándome en el momento en que entré.

"Pareces la muerte", observó, deslizando una taza hacia mí, "¿dormiste algo?".

"Define dormir", murmuré, dejándome caer en la silla frente a ella, "porque si te refieres a quedarme despierta toda la noche imaginando los peores resultados posibles, entonces sí, dormí genial".

La boca de Junia se tensó, pero no insistió, solo envolvió sus manos alrededor de su propia taza y me miró por encima del borde. "¿De verdad vamos a hacer esto? ¿De verdad vamos a una ceremonia llena de lobos del Acuerdo porque un extraño que nunca conocimos nos lo dijo?".

Tomé un sorbo de té, dejé que el calor me estabilizara. "Vamos".

"Esto es una locura, Alondra", dijo Junia, su voz plana, "esto es genuinamente, certificadamente una locura, y necesito que sepas que lo digo como tu mejor amiga que te ha visto tomar decisiones cuestionables durante tres años".

"Tu objeción queda registrada", respondí, "y también ignorada".

Junia se inclinó hacia adelante, sus ojos entrecerrándose. "¿Y si es una trampa? ¿Y si este extraño está trabajando con el Acuerdo? ¿Y si están tratando de atraerte al descubierto donde puedan atraparte sin testigos?".

Dejé mi taza, encontré su mirada. "Entonces supongo que lo averiguaremos".

"Alondra, por favor, solo escucha la razón por una vez en tu vida".

"Junia", la interrumpí, mi voz más firme de lo que me sentía, "he estado corriendo durante trece años. Trece años de esconderme, de mentir, de mirar por encima del hombro cada día. ¿Y qué me ha dado? Nada. Todavía no sé quién mató a mis padres, todavía no sé por qué y todavía no sé nada excepto que estoy cansada, Junia. Estoy tan cansada de tener miedo".

La expresión de Junia se suavizó, algo triste parpadeando detrás de sus ojos. "Sé que estás cansada. Lo sé. Pero caminar hacia una habitación llena de lobos que te matarían al verte si supieran lo que eres, eso no es valiente, Alondra, eso es suicidio".

"Quizás", admití, "pero también es la primera oportunidad que he tenido en trece años de obtener respuestas reales. Y no puedo alejarme de eso. No puedo".

Junia estuvo callada por un largo momento, luego suspiró, un sonido pesado y resignado. "Está bien. Está bien. Pero voy contigo".

"Junia, no tienes que hacer eso".

"No", me interrumpió, levantando una mano, "ni siquiera intentes disuadirme. He estado curándote durante tres años, he estado cubriéndote durante tres años, he estado mintiéndole a todos los que conozco durante tres años, y no pienso dejarte caminar hacia una guarida de lobos sola. Así que o vamos juntas, o te ato a esta silla y nos quedamos las dos en casa".

La miré fijamente, algo cálido y doloroso floreciendo en mi pecho. "Eres imposible".

"Lo sé", estuvo de acuerdo Junia, levantándose y agarrando su chaqueta, "ahora apúrate, tenemos que llegar antes de que empiece la ceremonia, y necesitas hacer algo con ese resplandor".

Miré hacia abajo, vi la tenue luz aún pulsando bajo mi camisa, y presioné mi mano sobre ella, deseando que se atenuara. "Estoy trabajando en eso".

"Trabaja más rápido", dijo Junia, ya en la puerta, "nos vamos en diez minutos".

El salón territorial de Colmillo de Plata se alzaba frente a nosotras como una bestia hecha de piedra y madera, masivo y antiguo y profundamente, profundamente poco acogedor.

Me detuve en el borde del claro, mi marca ya caliente, ya pulsando, ya amenazando con traicionarme.

"Respira", murmuró Junia a mi lado, "solo respira, puedes hacer esto".

"Hay tantos", susurré, viendo lobos entrar por las puertas principales, poderosos, peligrosos, cada uno de ellos una amenaza potencial, "Junia, hay tantos".

"Entonces nos quedamos cerca de las salidas, mantenemos la cabeza baja, nos vamos ante el primer signo de problemas", respondió Junia, su voz firme, "hemos pasado por peores".

"¿Lo hemos hecho?", pregunté, y no estaba segura de creerlo.

Junia no respondió, solo apretó mi brazo y me empujó hacia adelante, hacia la multitud, hacia el ruido, hacia el calor de docenas de lobos apiñados en un solo espacio.

El salón era abrumador, una cacofonía de voces y olores y presencias presionando sobre mí desde todas las direcciones. Mi marca se encendió bajo el asalto, el calor arrastrándose por mi cuello, y presioné mi palma contra ella, deseando que se mantuviera oculta, deseando mantenerme tranquila.

"Quédate en los bordes", susurró Junia, sus labios apenas moviéndose, "quédate cerca de las salidas, ¿recuerdas?".

Asentí, pero mis ojos ya se movían, escaneando rostros, buscando a cualquiera que pudiera ser la persona que el extraño mencionó, cualquiera que pudiera conocer a mi madre.

Vi rostros que no reconocía, rostros que había visto de pasada en el mercado, rostros que no significaban nada para mí. La ceremonia en sí fue un borrón de palabras formales y gestos rituales, delegaciones de Colmillo de Plata y Bosque de Espectros en lados opuestos del salón, tensión lo suficientemente espesa para ahogarse.

Observé a los Alfas, Dorián Lobo de Colmillo de Plata, joven pero ya llevándose a sí mismo como un hombre que había visto demasiado, su mandíbula apretada, sus ojos fríos y calculadores. Silvano Mora de Bosque de Espectros estaba al otro lado, encantador e ilegible, su sonrisa sin llegar del todo a sus ojos.

"Cualquiera de ellos sabe sobre mí", murmuré a Junia, "cualquiera de ellos me protegería o me entregaría al Acuerdo".

"Probablemente te entregaría", murmuró Junia de vuelta, "no parecen exactamente del tipo caritativo".

Estaba a punto de responder cuando las puertas en el extremo opuesto del salón se abrieron de par en par, y llegó la delegación del Acuerdo.

La habitación quedó en silencio y sentí el cambio en el aire antes de verlo, un frío que se asentó sobre el salón como un sudario, una presencia que ordenaba sin esfuerzo, sin palabras, sin nada excepto el puro peso de la autoridad.

El Alfa Casio Grimaldo caminaba en el centro de la delegación, alto, compuesto, de cabello plateado, su rostro una máscara de control calmo.

Me congelé y todo mi cuerpo se puso rígido, alguna parte enterrada de mí reconociéndolo antes de que mi mente pudiera alcanzarlo, antes de que pudiera entender por qué. No conocía su rostro. No conocía su nombre. Pero mi cuerpo recordaba algo que mi mente no, una voz de trece años atrás, fría y calmada, ordenándole a mi padre que se apartara.

"No tienes derecho a estar aquí", había gritado mi padre, "¡esta es mi casa, mi familia, no tienes derecho!".

"Tenemos todo el derecho", respondió la voz fría, "sabes lo que tu hija es, siempre lo has sabido, y la has estado escondiendo, protegiéndola, mintiéndonos durante años, y ahora vas a pagar por eso".

Mi respiración se detuvo. Mi visión se estrechó y la marca bajo mi clavícula se encendió caliente, más caliente de lo que había estado en años, y jadeé, mi mano volando a mi pecho.

"¿Alondra?", susurró Junia, su agarre apretándose en mi brazo, "Alondra, qué pasa, qué está pasando".

No podía responder. No podía moverme. No podía apartar la mirada del hombre que de repente, terriblemente, sabía que estuvo allí la noche en que murieron mis padres.

Los ojos de Grimaldo barrieron la habitación, casuales, evaluando, y por un momento que detuvo mi corazón, se posaron en mí.

La marca ardió.

Un pulso de calor tan intenso que me doblé, una ola de luz tan brillante que podía verla a través de la tela de mi camisa, y Junia me agarró, me tiró hacia atrás, detrás de un pilar, fuera de la vista.

"Tenemos que irnos", siseó Junia, su voz urgente, "Alondra, tenemos que irnos ahora mismo".

"Todavía no", jadeé, obligándome a respirar, obligando a la marca a atenuarse, obligándome a mantenerme tranquila, "necesito saber por qué está aquí".

"No importa por qué está aquí", argumentó Junia, "lo que importa es que él está aquí, y tú estás aquí, y si te ve, si alguien te ve, ambas estamos muertas, ¿me entiendes?".

"Lo sé", la interrumpí, "lo sé, pero Junia, él estuvo allí. Estuvo allí esa noche. Escuché su voz, recuerdo su voz, él es el que mató a mis padres".

No pude terminar la frase. No pude decir las palabras.

El rostro de Junia se puso pálido. "Alondra, eso no cambia nada. Todavía tenemos que irnos".

"Todavía no", repetí, y presioné ambas manos sobre la marca, deseando que se mantuviera oculta, deseando mantenerme tranquila, "necesito saber por qué está aquí. Necesito saber qué quiere".

La ceremonia continuó, la delegación del Acuerdo tomando sus lugares al frente del salón, la presencia de Grimaldo cerniéndose sobre todo como una tormenta esperando a estallar.

Lo observé desde detrás del pilar, mi marca aún ardiendo, aún pulsando, aún amenazando con revelarse. Podía sentir el calor extendiéndose, arrastrándose por mi brazo, subiendo por mi cuello. Presioné más fuerte, clavé mis uñas, intenté anclarme a algo que no fuera el fuego bajo mi piel.

"Alondra", susurró Junia, su voz desesperada ahora, "por favor, tenemos que irnos, tenemos que irnos ahora mismo, por favor".

La ignoré y observé a Grimaldo. Observé la forma en que hablaba con los Alfas, la forma en que le deferían, la forma en que toda la habitación se doblaba alrededor de su voluntad.

Pensé en mi madre, pensé en el fuego y pensé en la voz fría que escuché esa noche, la voz que ordenó a mi padre apartarse, la voz que prometió castigo por esconderme.

La marca se encendió de nuevo pero más brillante esta vez. Lo suficientemente brillante como para que pudiera ver el resplandor a través de la tela de mi camisa.

Jadeé, me doblé, el calor demasiado, demasiado intenso, demasiado imposible de ocultar. Junia me atrapó, me sostuvo, susurró mi nombre, me dijo que respirara.

Lo intenté. Intenté respirar, intenté calmar el fuego, intenté empujarlo hacia abajo.

Pero la marca no se atenuaba, no se ocultaba, no obedecía.

Ardía y ardía y ardía, y supe, con terrible certeza, que me estaba quedando sin tiempo.

Levanté la vista, a través de la multitud, a través de la neblina de calor que nublaba mi visión, y encontré a Grimaldo mirándome directamente.

Sus ojos se entrecerraron. Solo ligeramente. Solo lo suficiente.

La marca ardió una última vez, un pulso de luz tan brillante que era visible a través de mi camisa, y supe, en ese momento, que todo estaba a punto de cambiar.

"Junia", susurré, mi voz apenas audible, "corre".

Pero era demasiado tarde.

El resplandor llamó la atención de todos los cercanos, el calor irradiando de mí en olas, y estaba atrapada, expuesta, de pie en una habitación llena de personas entrenadas para matarme por exactamente esto.

No tenía a dónde correr, y Casio Grimaldo ya se movía hacia mí.

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