LOGINUna leve sonrisa se dibujó en la comisura de los labios de Bastian al leer la pantalla. Su dedo se deslizó con soltura sobre el teclado para responder:
“De acuerdo. Pero antes, ¿necesitas que secuestre a mi sobrino para que firme el acuerdo de divorcio?”
Al leer el mensaje, Clarissa sintió un ligero escalofrío al percibir lo implacable y aterrador que podía llegar a ser ese hombre. Sin embargo, al recordar la traición y la humillación vividas el día anterior, una extraña sensación de calma la envolvió. Sacó las manos del bolso y respondió con rapidez:
“No resultaba tan insólito el concepto del secuestro, pero prefiero hacerlo a mi manera”.
“¿Segura?”, insistió Bastian a través de la pantalla. “No me cuesta nada agilizar el trámite.”
“Muy segura. “Quiero ver la cara que pone cuando entienda lo que está firmando”, tecleó ella con firmeza antes de guardar el teléfono.
Esa misma tarde, Clarissa localizó a Lucian en un bar exclusivo, iluminado por luces tenues que creaban un ambiente íntimo y sofisticado. Lucian estaba sentado en un reservado tapizado con terciopelo rojo, coqueteando abiertamente con Clarissa, la otra mujer, mientras sostenía una copa de champán con delicadeza, como si fuera un accesorio más de su atuendo impecable. Al ver aparecer a su esposa con la piel pálida y el rostro sereno, una mueca de triunfo absoluto se dibujó en el rostro de Lucian, como si hubiera estado esperando ese momento.
—Miren quién volvió arrastrándose —se burló uno de los amigos de la mesa, un hombre de aspecto altanero que vestía un traje caro, desatando las risas despectivas de los presentes, que resonaron en el ambiente como un eco cruel—. Ya se dio cuenta de que no es nadie sin ti, Lucian.
—Te lo dije —le murmuró la mujer al oído a Lucian, sonriendo con arrogancia mientras jugaba con un mechón de cabello—. No tiene a dónde ir.
Lucian la miró desde arriba, cruzándose de brazos, convencido de que ella venía a suplicarle clemencia.
—Supongo que vienes a pedir perdón por el berrinche de esta mañana —dijo Lucian con tono condescendiente—. Si me pides disculpas frente a todos, tal vez olvide lo que pasó.
Clarissa, con total aplomo, ignoró las risas y los comentarios hirientes. Sacó la carpeta con el acuerdo de divorcio de su bolso y la colocó sobre la mesa, justo al lado de su copa.
—Firma esto —ordenó con voz helada.
—¿Qué es esta estupidez? —se mofó Lucian sin tocar la carpeta—. ¿Otra de tus escenas de celos?
—Abre la carpeta y compruébalo tú mismo —replicó ella, manteniendo la vista fija en sus ojos.
Lucian ni siquiera miró el documento. Hizo un gesto con la mano para restarle importancia, pero justo cuando iba a encararla, su teléfono vibró sobre la mesa de cristal. Al ver la pantalla, frunció el ceño y contestó. La voz frenética de su asistente resonó al otro lado de la línea con tanta potencia que Clarissa alcanzó a escuchar el tono de pánico.
—¡Señor! ¡Tenemos un problema gravísimo! —exclamó el asistente de manera precipitada—. La empresa de material médico se enfrenta a un escándalo mediático masivo. Se filtraron acusaciones de discriminación contra pacientes en la red. Los inversores principales han retirado su capital en cuestión de horas.
—¿De qué demonios estás hablando? —gritó Lucian, poniéndose de pie de golpe y apartando a la mujer de su lado—. ¡Tapa esa filtración de inmediato!
—¡No se puede, señor! —respondió el asistente—. La única forma de salvar la compañía es asistir al congreso del sector el próximo mes. El gran inversor misterioso estará allí. Si vas acompañado de tu esposa albina y se muestran como un matrimonio unido y comprometido con la causa, limpiarás tu reputación y conseguirás los fondos. Si no, estamos en la quiebra.
Lucian dejó escapar un largo suspiro de alivio. Miró a Clarissa de arriba abajo, convencido de que ella no tenía opción y que aceptaría sumisa cualquier condición con tal de no perder su lugar a su lado. Agarró el bolígrafo que la mesera había dejado sobre la mesa.
—Siempre tan inoportuna con tus papeles —rezongó Lucian, estampando su firma de manera distraída en la última página del documento que ella le entregaba, sin molestarse en leer el título ni revisar las cláusulas—. Ya tienes lo que querías. Ahora prepárate bien para el congreso del próximo mes. Ni se te ocurra avergonzarme delante de los inversionistas. Tienes que parecer la esposa perfecta.
—¿Eso es todo lo que tienes que decirme? —preguntó Clarissa con una frialdad que lo hizo dudar por un segundo.
—Es todo —sentenció él, volviendo a sentarse al lado de la otra mujer—. Mañana hablamos de tus disculpas. Ahora déjanos en paz.
Ver que solo la utilizaba como un accesorio para salvar su pellejo terminó de romper cualquier rastro de afecto que le quedaba en el corazón. Clarissa no gastó una sola palabra más en discutir. Tomó el acuerdo firmado con firmeza; su objetivo principal estaba cumplido.
—Nos veremos en el congreso, Lucian —dijo en un susurro cargado de significado.
Le dio la espalda al grupo y abandonó el lugar sin mirar atrás.
Apenas cruzó la puerta del bar hacia la penumbra de la calle, un elegante sedán negro se detuvo frente a ella. La puerta trasera se abrió automáticamente. Clarissa subió al vehículo y se encontró con la mirada profunda de Bastian, quien vestía un traje impecable de corte italiano.
El silencio dentro del automóvil era cálido, reconfortante. Bastian la observó detenidamente, notando la carpeta apretada contra su pecho.
—¿Lo consiguió? —preguntó él con voz baja y aterciopelada.
—Firmó sin mirar —respondió Clarissa, dejando escapar un suspiro de alivio—. Pensó que era una autorización para el evento.
—Mi sobrino siempre ha sido un imbécil arrogante —comentó Bastian, con una ligera curva en sus labios.
Sin rodeos, sacó del bolsillo interior de su saco una elegante tarjeta de invitación dorada con el sello en relieve de su gigante farmacéutica y se la extendió.
—¿Te gustaría asistir al congreso del próximo mes conmigo? —preguntó él con tono sereno.
Clarissa tomó la invitación, sintiendo el grosor del papel entre sus dedos.
Se detuvo frente a la majestuosa residencia mientras una lluvia fina comenzaba a empañar los cristales. Clarissa sacó el teléfono móvil para distraerse durante los últimos minutos del trayecto. Al abrir la red social, lo primero que apareció en la parte superior de la pantalla fue una actualización reciente de Lucian.Había publicado una fotografía tomada disimuladamente desde el interior de su automóvil. Al fondo, a través del espejo retrovisor, se distinguía la silueta pálida de Clarissa caminando con su sombrilla bajo el sol atenuado de la tarde.El texto que acompañaba la imagen rezaba: «Las mujeres siempre dicen una cosa, pero quieren decir otra; afirman odiarte, pero no pueden evitar venir a buscarte».Clarissa sintió una punzada de incredulidad. Bajó la mirada ha
El viento helado de la tarde agitaba levemente las hojas de los árboles frente a la residencia. Clarissa permanecía de pie en la acera, sosteniendo la sombrilla sobre su cabeza mientras observaba al hombre frente a ella con una mezcla de desconcierto y repulsión.—¿Te convertiste en el propietario de la casa? —preguntó Clarissa, sintiendo una punzada de frialdad en la voz.Lucian acomodó las solapas de su saco con una vanidad ensayada, manteniendo una sonrisa llena de suficiencia.—Me convertí en el casero de tu madre de manera totalmente intencionada —admitió él, dando un paso al frente con absoluta soltura—. Pensé que valorarías la atención. Al fin y al cabo, lo hice para poder cuidar de ella de cerca mientras estés lejos.Clarissa apretó el mango de la sombrilla con los nudillos blancos.—¿Cuidar de ella? —repitió con una amargura que le rasgó la garganta—. No digas tonterías, Lucian. No estás cuidando a nadie. Lo único que pretendes es mantener un lazo forzado para seguir intentan
La luz dorada de la mañana se filtraba suavemente a través de los cristales especiales del vestíbulo, tiñendo el suelo de mármol con destellos cálidos. Clarissa descendió la escalinata luciendo un traje de corte impecable en tono marfil, con una sombrilla de protección UV plegada bajo el brazo y la mirada cargada de una determinación serena.Bastian, de pie junto a la gran mesa de entrada mientras hojeaba unos informes ejecutivos, levantó los ojos oscuros al escuchar sus pasos. La escudriñó durante un segundo en silencio, advirtiendo la ligera tensión en la postura de la joven.—Tengo que salir esta mañana —dijo Clarissa, deteniéndose a un par de metros de él con la voz firme.Bastian cerró la carpeta de cuero con un chasquido seco. Su intuición afilada no requirió de más pistas.—¿Vas a ver a Lucian? —preguntó él en un registro grave, directo y pausado, fijando sus pupilas en las de ella.Clarissa sostuvo la mirada sin pestañear. No lo negó. No tenía sentido mentirle al hombre que le
Clarissa cruzó el umbral del vestidor intentando con todas sus fuerzas recomponer la compostura. Sopló de forma pausada, sintiendo que sus mejillas aún ardían con la incandescencia del encuentro anterior. Se alisó la falda del conjunto de seda crema y descendió a paso firme por la escalinata principal, buscando un refugio de normalidad que alejara de su mente la mirada devoradora de Bastian.Al aproximarse al amplio salón que antecedía al comedor, la voz grave y severa del magnate la hizo detenerse un instante.—En esta casa la atención debe ser impecable —retumbaba la voz de Bastian, impasible pero cargada de una firmeza helada—. La señorita Clarissa requiere cuidados prioritarios. Dejarla desprovista de lo elemental en el cuarto de baño no es un error que vaya a tolerar nuevamente.La joven criada, con la cabeza gacha y las manos temblorosas entrelazadas sobre el delantal, asentía con torpeza mientras las lágrimas amenazaban con asomarle a los ojos.—Señor… le ruego que me perdone —
El regreso a la majestuosa residencia transcurrió bajo la luz suave del atardecer. La berlina cruzó los portones de hierro forjado y se detuvo frente al pórtico principal. Una vez dentro de la calidez de la mansión, Clarissa ascendió los escalones de mármol hacia su suite privada, buscando un remanso de paz para procesar la tormenta de descubrimientos que la rodeaba.Se acomodó en el amplio sillón junto al ventanal y desbloqueó la pantalla de su dispositivo móvil. Al abrir la aplicación de redes sociales, el algoritmo no tardó en desplegar en la parte superior del muro una actualización reciente publicada por Verónica.La fotografía, encuadrada con calculada astucia, mostraba únicamente el escote frontal y la seda brillante del costoso vestido de alta costura. Verónica había recortado cuidadosamente la parte posterior de la prenda, ocultando el enorme rasgón que ella misma había provocado minutos antes en la boutique. Junto a la imagen, la mujer presumía con descaro: “Un obsequio tan
La madre de Clarissa regresó del pasillo sosteniendo un trapo seco entre las manos, pero al notar la rigidez en la espalda de su hija y el documento arrugado entre sus dedos pálidos, se detuvo a mitad del corredor. Un suspiro pesado y cargado de agotamiento brotó de sus labios.—Son los hombres del nuevo arrendador, Clarissa —explicó la mujer, bajando la cabeza con marcada frustración—. Desde hace un par de meses vienen exigiendo incrementos desmedidos sin previo aviso. Dicen que el costo de la propiedad se ha revalorizado y que, si no pago esa tarifa tan elevada antes de fin de semana, mandarán a sus matones para desalojarme sin contemplaciones.El rostro de Clarissa se volvió una máscara de piedra. La impotencia de su madre le quemó las entrañas con la fiereza de un ácido corrosivo.—No les pagues un solo centavo todavía —sentenció Clarissa con una voz baja, firme, exenta de cualquier duda—. Esta propiedad no vale semejante exabrupto y no voy a permitir que te extorsionen de esa man







