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Capítulo 2

Author: TeoRamos26
last update publish date: 2026-09-23 21:50:22

Clarissa observó los billetes arrugados en su mano y luego fijó la mirada en el hombre con el que llevaba tres años de matrimonio, sin poder asimilar su descaro.

—¿Me estás pidiendo que te deje mi sombrilla? —preguntó con la voz sofocada por la incredulidad.

—Ya la has usado bastante tiempo, ¿no? —respondió Lucian, acomodándose la chaqueta con impaciencia—. Se la puedes prestar un momento a ella. Al fin y al cabo, te vas a ir en taxi. Además, Clarissa no se siente muy bien.

—¿Y tú crees que yo sí me siento bien? —murmuró ella, sintiendo cómo el calor le abrasaba la piel descubierta.

El restaurante estaba aislado, a cientos de metros de la avenida principal. Caminar esa distancia bajo el sol inclemente de la tarde, sin la protección adecuada, significaba sufrir quemaduras de segundo grado en cuestión de minutos. Pero Lucian no lo entendía. En el pasado, cada vez que ella terminaba con la piel al rojo vivo y ampollada, iba al hospital en absoluto silencio para no interrumpir sus ocupaciones. Para él, la condición de su esposa era una exageración.

—No te la voy a dar —dijo Clarissa con firmeza, aferrando el mango con fuerza.

Lucian chasqueó la lengua, dio un paso al frente y le arrebató la sombrilla de un tirón seco.

—No seas egoísta.

Clarissa se tambaleó por el impacto. Vio cómo Lucian caminaba hacia la otra mujer, abriendo la sombrilla sobre su cabeza y protegiéndola del sol con una ternura atenta. Durante tres años de matrimonio, él jamás le había sostenido la sombrilla a ella. Ni una sola vez. Una punzada de dolor le atravesó el pecho, tan aguda que sintió que el corazón le sangraba en silencio.

El aire denso y sofocante comenzó a cerrar sus pulmones. La luz blanca del sol le lastimaba las pupilas y la cabeza le daba vueltas en una espiral vertiginosa. Las piernas le fallaron y el suelo de piedra pareció inclinarse. Justo cuando sus párpados se pesaban para rendirse a la oscuridad, una silueta alta irrumpió a lo lejos, corriendo hacia ella a toda prisa mientras desplegaba una sombrilla oscura.

Luego, todo se volvió negro.

Cuando abrió los ojos, la blancura cegadora del sol había sido reemplazada por la luz tenue y fría de una habitación de hospital. El olor a antiséptico le llenó las fosas nasales.

Parpadeó despacio, ajustando la vista. A su lado, una figura masculina trabajaba en silencio, ajustando las mantas con una dedicación minuciosa. Su rostro mantenía un aire de familia con el de Lucian, pero las facciones de este hombre eran más marcadas, más atractivas y poseían una elegancia madura que imponía respeto a primera vista.

Sin decir palabra, el desconocido le acercó con cuidado una taza humeante. El aroma dulce a pomelo y miel —su bebida favorita para calmar la deshidratación— impregnó el aire.

Clarissa estiró la mano temblorosa, tocando los dedos tibios del hombre mientras tomaba la taza.

—¿Quién eres…? —susurró con la voz rasposa.

El hombre la miró fijamente. En sus ojos oscuros se cruzó una sombra de melancolía contenida, un dolor profundo que no llegó a expresar. Soltó suavemente su agarre y, sin pronunciar una sola palabra, dio media vuelta y salió de la habitación.

Clarissa sostuvo la taza entre sus manos. Una extraña agitación le recorrió el pecho, un calor diferente al del sol desértico.

Unos minutos más tarde, el murmullo de la sala de urgencias contigua rompió el silencio. La cortina divisoria no impedía que las voces se escucharan con claridad.

—El paciente presenta múltiples contusiones en el rostro y el torso producto de una agresión —explicaba el médico de turno con tono aburrido—. Un grupo de hombres enmascarados lo emboscó cerca de la playa. Y la señorita… no tiene absolutamente nada. No hay rastros de quemaduras.

Clarissa se asomó sutilmente. A través del cristal de la puerta vio a Lucian sentado en una camilla, con la cara desfigurada por la hinchazón y venda tras venda cubriéndole la cabeza. A su lado, la otra mujer sollozaba de forma exagerada.

En otro tiempo, el pánico la habría obligado a correr hacia él para asistirlo. Ahora, al ver la grotesca imagen de su esposo apaleado por desconocidos, solo pudo pensar que la vida tenía un sentido de la justicia muy peculiar. Se lo merecía.

Lucian, al girar la cabeza con dificultad, descubrió a Clarissa al fondo del pasillo. Ignorando las órdenes de la enfermera, se puso de pie a trompicones y caminó hacia ella, furioso.

—¿Qué haces ahí parada como estatua? —le recriminó con la voz amortiguada por los vendajes que cubrían su rostro y parte de su pecho—. ¿No ves cómo estoy de herido? ¡Ni siquiera te preocupas por preguntarme qué me pasó! —Sus ojos, aunque parcialmente ocultos, reflejaban una mezcla de dolor y frustración mientras intentaba moverse en la cama del hospital.

Al verlo con la cabeza completamente vendada, luciendo exactamente como un cerdo a punto de ser horneado, a Clarissa se le escapó una risa baja.

—Señor —dijo con frialdad, mirándolo desde arriba—, ¿acaso su mujer no es la que está al lado suyo? ¿Por qué me busca a mí?

La otra mujer se acercó rápidamente, tomando con delicadeza el brazo de Lucian. Sus ojos estaban llenos de lágrimas y su voz temblaba ligeramente al hablar.

—Clarissa, por favor, no seas tan dura… Lucian solo quería asegurarse de que estuvieras bien. No tienes por qué tratarlo de esa manera, especialmente cuando está herido y vulnerable.

—Guárdate tus lágrimas de cocodrilo para cuando no haya un espejo cerca —le espetó Clarissa sin pestañear—. Me das lástima.

Sin esperar respuesta, le dio la espalda a la pareja y caminó hacia la salida. Aunque la firmeza guiaba sus pasos, una sombra de tristeza le pesaba en la mirada. Después de todo, acababa de enterrar el amor que había alimentado durante tres años enteros.

En el piso superior, junto al ventanal del pasillo, un hombre observaba su figura distante alejarse hacia la calle. Bastian apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos, conteniendo el impulso de bajar y protegerla.

A su lado, su asistente personal observó la escena en silencio antes de hablar en un susurro:

—Señor… ¿Ella ni siquiera reconoció quién es usted?

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