LOGINBastian guardó silencio, su mente absorta en pensamientos. Sus ojos oscuros, profundos como un pozo sin fondo, continuaron fijos en la silueta pálida que, con pasos vacilantes, cruzaba las puertas del hospital. La figura se desvaneció lentamente en la bruma de la calle, dejando tras de sí una estela de incertidumbre y misterio que envolvía el aire.
—Usted incluso ordenó que le dieran una golpiza a ese desgraciado por ella —continuó el asistente, rompiendo la tensión del pasillo—, pero ni siquiera quiere que ella lo sepa.
—Basta —sentenció Bastian. Su voz fue un chasquido frío que cortó de golpe al subordinado.
Sus pensamientos volaron veinte años atrás. Recordó la tormenta torrencial que amenazaba con ahogarlos, la mirada asustada pero dulce de aquella niña de cabello de nieve y la promesa infantil de protegerse mutuamente para siempre. Sin embargo, el destino lo obligó a marcharse al extranjero de emergencia. Años después, estando a miles de kilómetros, la notificación de la boda de Clarissa con su sobrino le había destruido el alma. Bastian apretó los puños, arrugando la tela de su manga con una rabia contenida que amenazaba con desbordarse.
Esa misma noche, Clarissa cruzó el antiguo portón de hierro forjado de la imponente residencia de la matriarca de la familia. El viento soplaba suavemente, haciendo crujir las hojas de los árboles que bordeaban el camino de entrada. Al llegar al sobrio despacho, decorado con muebles de caoba y retratos familiares enmarcados en oro, miró a la anciana sentada en su sillón de terciopelo verde.
—Bisabuela, he tomado una decisión —dijo Clarissa con firmeza, aunque su corazón latía con fuerza—. Voy a divorciarme de Lucian.
Para su sorpresa, la anciana no mostró enfado ni desaprobación. Al contrario, sus ojos se suavizaron y suspiró con alivio, dejando escapar un aire de comprensión y sabiduría acumulada por los años.
—Ya era hora, niña —respondió la mujer con voz pausada, como si cada palabra estuviera cuidadosamente medida—. Te aconsejé desde el primer día que no te unieras a ese muchacho insustancial, pero tu terquedad no te dejaba ver la realidad.
La luz de la lámpara de escritorio proyectaba sombras danzantes en las paredes, mientras Clarissa sentía el peso de su decisión comenzar a desvanecerse, encontrando en el apoyo silencioso de su bisabuela una inesperada fuente de fortaleza.
Los padres de Lucian siempre la habían despreciado por su condición física, tratándola como una carga indeseable. Desde pequeña, había sentido el peso de sus miradas críticas y los comentarios hirientes que la hacían sentir menos. Solo la anciana, con su cálida sonrisa y palabras reconfortantes, la había acogido con verdadero afecto, convirtiéndose en su refugio y apoyo incondicional.
—También quiero volver a trabajar —añadió Clarissa, con una pequeña sonrisa de determinación que iluminó su rostro y reflejó su renovada confianza—. Buscaré un puesto como editora en una revista. Siempre he amado las palabras y quiero compartir mi pasión con el mundo.
—Me parece maravilloso —apoyó la anciana, con un brillo de orgullo en sus ojos—. Tienes un talento único, no debes desperdiciarlo. Estoy segura de que encontrarás un lugar donde puedas brillar y mostrar al mundo de lo que eres capaz.
Antes de casarse, Clarissa había sido una redactora prometedora en el sector editorial, pero renunció a todo para convertirse en ama de casa por petición de Lucian. Él siempre despreció su profesión, tildándola de “un trabajo humilde e insignificante”. Ahora, la cordura había regresado a ella.
—Es muy tarde y la noche está oscura —dijo la bisabuela con voz suave mientras el viento susurraba a través de las cortinas—. Quédate a dormir aquí hoy, será más seguro.
Clarissa, sintiendo el calor acogedor de la casa y la paz que emanaba de la presencia de su bisabuela, aceptó con un leve asentimiento. Al salir de la habitación, el crujido del suelo de madera acompañó sus pasos por el pasillo en penumbra, donde las sombras danzaban al ritmo de la luz tenue de una lámpara antigua. De repente, su teléfono vibró en su bolsillo, rompiendo el silencio. Era un mensaje de Lucian:
“¿Por qué demonios no has llegado a casa? Deja de actuar como una niña berrinchuda y regresa de una vez”.
Clarissa suspiró, sintiendo una mezcla de frustración y tristeza, mientras miraba por la ventana, donde la luna apenas se asomaba entre las nubes.
A Clarissa se le escapó una risa amarga. Era ridículo. Justo cuando iba a apagar la pantalla para ignorarlo, una mano grande y firme se cruzó en su campo de visión y le arrebató el teléfono de un tirón.
Clarissa ahogó un grito de sorpresa y levantó la mirada.
El hombre frente a ella estaba con el torso desnudo, exhibiendo una musculatura impecable y esculpida, cubierto únicamente por una toalla amarrada a la cintura. El agua aún goteaba por su pecho. Bastian miró la pantalla encendida y descubrió el contacto guardado con el apodo “Querido”. Su rostro se endureció y sus ojos se volvieron tan fríos como la escarcha.
Clarissa se quedó helada. Recordó de inmediato las historias familiares: Lucian tenía un tío sumamente poderoso que llevaba años en el extranjero, un hombre frío, implacable y temido por todos. Sin embargo, al mirarlo a la cara, la sombra de un recuerdo familiar le cruzó la mente.
—Buenas noches, yo… —intentó saludar a Clarissa, pero la voz se le atascó en la garganta, atrapada entre el nerviosismo y la tensión que emanaba del ambiente.
Bastian no esperó formalismos. Su presencia era dominante y abrumadora, llenando cada rincón de la habitación con su energía implacable.
—¿Todavía piensas mantener contacto con él? —preguntó Bastian con frialdad, sus ojos penetrantes fijos en los de Clarissa, como si intentara leer sus pensamientos más ocultos.
La atmósfera se volvió densa, pesada como una losa de concreto.
—Yo… —balbuceó ella, dando un paso atrás.
Antes de que pudiera dar una sola excusa, Bastian se acercó rápidamente, la tomó del brazo y con mucho cuidado, pero con firmeza, le subió la manga de la blusa. La piel enrojecida y cubierta de pomada para quemaduras solares quedó expuesta bajo la luz del pasillo.
—¿Por qué te casaste con él en su momento? —la presionó Bastian paso a paso, acorralándola contra la pared mientras fijaba su mirada en la de ella—. ¿Acaso te trató bien alguna vez?
Se detuvo frente a la majestuosa residencia mientras una lluvia fina comenzaba a empañar los cristales. Clarissa sacó el teléfono móvil para distraerse durante los últimos minutos del trayecto. Al abrir la red social, lo primero que apareció en la parte superior de la pantalla fue una actualización reciente de Lucian.Había publicado una fotografía tomada disimuladamente desde el interior de su automóvil. Al fondo, a través del espejo retrovisor, se distinguía la silueta pálida de Clarissa caminando con su sombrilla bajo el sol atenuado de la tarde.El texto que acompañaba la imagen rezaba: «Las mujeres siempre dicen una cosa, pero quieren decir otra; afirman odiarte, pero no pueden evitar venir a buscarte».Clarissa sintió una punzada de incredulidad. Bajó la mirada ha
El viento helado de la tarde agitaba levemente las hojas de los árboles frente a la residencia. Clarissa permanecía de pie en la acera, sosteniendo la sombrilla sobre su cabeza mientras observaba al hombre frente a ella con una mezcla de desconcierto y repulsión.—¿Te convertiste en el propietario de la casa? —preguntó Clarissa, sintiendo una punzada de frialdad en la voz.Lucian acomodó las solapas de su saco con una vanidad ensayada, manteniendo una sonrisa llena de suficiencia.—Me convertí en el casero de tu madre de manera totalmente intencionada —admitió él, dando un paso al frente con absoluta soltura—. Pensé que valorarías la atención. Al fin y al cabo, lo hice para poder cuidar de ella de cerca mientras estés lejos.Clarissa apretó el mango de la sombrilla con los nudillos blancos.—¿Cuidar de ella? —repitió con una amargura que le rasgó la garganta—. No digas tonterías, Lucian. No estás cuidando a nadie. Lo único que pretendes es mantener un lazo forzado para seguir intentan
La luz dorada de la mañana se filtraba suavemente a través de los cristales especiales del vestíbulo, tiñendo el suelo de mármol con destellos cálidos. Clarissa descendió la escalinata luciendo un traje de corte impecable en tono marfil, con una sombrilla de protección UV plegada bajo el brazo y la mirada cargada de una determinación serena.Bastian, de pie junto a la gran mesa de entrada mientras hojeaba unos informes ejecutivos, levantó los ojos oscuros al escuchar sus pasos. La escudriñó durante un segundo en silencio, advirtiendo la ligera tensión en la postura de la joven.—Tengo que salir esta mañana —dijo Clarissa, deteniéndose a un par de metros de él con la voz firme.Bastian cerró la carpeta de cuero con un chasquido seco. Su intuición afilada no requirió de más pistas.—¿Vas a ver a Lucian? —preguntó él en un registro grave, directo y pausado, fijando sus pupilas en las de ella.Clarissa sostuvo la mirada sin pestañear. No lo negó. No tenía sentido mentirle al hombre que le
Clarissa cruzó el umbral del vestidor intentando con todas sus fuerzas recomponer la compostura. Sopló de forma pausada, sintiendo que sus mejillas aún ardían con la incandescencia del encuentro anterior. Se alisó la falda del conjunto de seda crema y descendió a paso firme por la escalinata principal, buscando un refugio de normalidad que alejara de su mente la mirada devoradora de Bastian.Al aproximarse al amplio salón que antecedía al comedor, la voz grave y severa del magnate la hizo detenerse un instante.—En esta casa la atención debe ser impecable —retumbaba la voz de Bastian, impasible pero cargada de una firmeza helada—. La señorita Clarissa requiere cuidados prioritarios. Dejarla desprovista de lo elemental en el cuarto de baño no es un error que vaya a tolerar nuevamente.La joven criada, con la cabeza gacha y las manos temblorosas entrelazadas sobre el delantal, asentía con torpeza mientras las lágrimas amenazaban con asomarle a los ojos.—Señor… le ruego que me perdone —
El regreso a la majestuosa residencia transcurrió bajo la luz suave del atardecer. La berlina cruzó los portones de hierro forjado y se detuvo frente al pórtico principal. Una vez dentro de la calidez de la mansión, Clarissa ascendió los escalones de mármol hacia su suite privada, buscando un remanso de paz para procesar la tormenta de descubrimientos que la rodeaba.Se acomodó en el amplio sillón junto al ventanal y desbloqueó la pantalla de su dispositivo móvil. Al abrir la aplicación de redes sociales, el algoritmo no tardó en desplegar en la parte superior del muro una actualización reciente publicada por Verónica.La fotografía, encuadrada con calculada astucia, mostraba únicamente el escote frontal y la seda brillante del costoso vestido de alta costura. Verónica había recortado cuidadosamente la parte posterior de la prenda, ocultando el enorme rasgón que ella misma había provocado minutos antes en la boutique. Junto a la imagen, la mujer presumía con descaro: “Un obsequio tan
La madre de Clarissa regresó del pasillo sosteniendo un trapo seco entre las manos, pero al notar la rigidez en la espalda de su hija y el documento arrugado entre sus dedos pálidos, se detuvo a mitad del corredor. Un suspiro pesado y cargado de agotamiento brotó de sus labios.—Son los hombres del nuevo arrendador, Clarissa —explicó la mujer, bajando la cabeza con marcada frustración—. Desde hace un par de meses vienen exigiendo incrementos desmedidos sin previo aviso. Dicen que el costo de la propiedad se ha revalorizado y que, si no pago esa tarifa tan elevada antes de fin de semana, mandarán a sus matones para desalojarme sin contemplaciones.El rostro de Clarissa se volvió una máscara de piedra. La impotencia de su madre le quemó las entrañas con la fiereza de un ácido corrosivo.—No les pagues un solo centavo todavía —sentenció Clarissa con una voz baja, firme, exenta de cualquier duda—. Esta propiedad no vale semejante exabrupto y no voy a permitir que te extorsionen de esa man







