INICIAR SESIÓNRaven
«Vivienne está en casa. Sé amable con ella». Eso fue lo que me dijo por teléfono cuando yo me subía al coche. Voy a conocer a mi futura madrastra. La ironía de toda esta situación resulta casi risible. Estoy sentada en el asiento trasero de esta limusina negra mientras James me conduce hasta el ático, repitiendo una y otra vez todo lo que ocurrió en aquella oficina, y cuanto más lo repaso, más me duele. No puedo creer que Roman me tratara como a una niña. Eso es lo que más duele. No la distancia cuidadosa que puso entre nosotros ni la forma en que se quedó de pie junto a aquella ventana de espaldas a mí. Es el hecho de que, incluso después de todo, incluso después de que me plantara frente a él y le dijera la verdad, me mirara como si yo siguiera teniendo diecinueve años y no supiera lo que hacía. Pero incluso a los diecinueve yo sabía perfectamente lo que hacía. Sabía que lo quería a él. Sabía exactamente lo que estaba pidiendo cuando le pedí que me enseñara a tocarme. Entonces me dio mi primer orgasmo de verdad y he pasado tres años tocándome cada mañana con la imagen de él en la mente. James se detiene frente al edificio y yo lo aparto todo y bajo del coche. El ático Bellerie ocupa las dos plantas superiores de uno de los edificios de Roman en el corazón de Boston. Domina toda la ciudad, con suelos de mármol, techos altos y una escalera que se curva hacia el segundo piso, como algo sacado de una película. El tipo de lugar que te deja en silencio al entrar, tanto si has estado cien veces como si es la primera. Yo crecí aquí. El señor Thomas ya está en la puerta cuando llegamos. Está más mayor de lo que recordaba, un poco más lento, pero su rostro se ilumina al verme como siempre lo hacía y algo en mi pecho se afloja un poco mientras le sonrío. —Señor Thomas. —Señorita Bellerie. —Toma mis dos manos entre las suyas como siempre hacía—. Bienvenida a casa. —Gracias. Me alegra verle. —A mí también. —Coge mi maleta de manos de James y la empuja hacia la entrada—. Menos mal que has vuelto, la verdad. La señorita Cole ya está convirtiendo este sitio en algo completamente distinto. Lo sigo dentro. —¿Qué ha hecho? Me mira con esa cara paciente suya. —Ya lo verás. Subimos en el ascensor y miro mi reflejo en las puertas pulidas mientras pienso en cómo voy a sobrevivir a las próximas tres semanas. Verlo todos los días. Sentarme a la misma mesa. Observarlo con ella. Observarlo siendo el marido de alguien. Simplemente no puede volver a casarse. Suena irracional incluso dentro de mi propia cabeza, pero no me importa. Nosotros dos éramos suficientes. Roman y yo. Nos teníamos el uno al otro, hicimos el duelo juntos y construimos algo en la quietud de aquel ático que se sentía como una familia propia. Y ahora va a haber una esposa y una hijastra y toda una vida nueva y se supone que yo debo sonreír a través de todo ello. Las puertas del ascensor se abren. Salgo y me quedo congelada. El retrato ha desaparecido. Es lo primero que se ve al entrar en la casa. Una enorme fotografía enmarcada de mí, mamá y Roman. Estuvo en aquella pared durante doce años y ahora hay una fotografía más grande de Roman y Vivienne en su lugar. La miro un momento y luego me obligo a apartar la vista y encuentro a Aria en la otra pared. Un retrato completo de una chica que no ha pasado ni una sola noche aquí, colgado donde antes estaba el cuadro favorito de mi madre. Miro a mi alrededor. Las flores blancas de mamá. Desaparecidas. El cuenco de cerámica donde Roman dejaba las llaves cada tarde. Desaparecido. La fotografía de mamá y yo en la playa. Desaparecida. Como si nunca hubiéramos estado aquí. Como si ella nunca hubiera estado aquí. Está intentando borrarnos. Eso es lo que siento al estar aquí. Como si Roman hubiera decidido tomar todo lo que era nuestro y hacerlo desaparecer en silencio antes de que su nueva familia se mudara. Las lágrimas me nublan la vista y las contengo a base de parpadear, miro al techo un segundo y respiro hondo para calmarme. Me digo que no voy a llorar. Ni hoy. Ni nunca. Y es entonces cuando la veo. Vivienne Cole está sentada a la mesa del comedor con tablones de diseño de boda extendidos delante de ella. Es aún más hermosa en persona que en cualquier pantalla o valla publicitaria y odio darme cuenta de eso de inmediato. Levanta la vista cuando entro y sus ojos me recorren del modo en que se evalúa algo para saber si está a la altura de tus estándares. No sonríe. —Tú debes de ser Raven. —Sí. —Mantengo la voz agradable. Roman dijo que fuera amable—. Encantada de conocerte. Sostiene mi mirada un momento más de lo necesario y luego vuelve a bajar la vista a sus tablones. Me quedo allí sintiéndome exactamente como lo que sus ojos dijeron que era. Un inconveniente que acaba de cruzar la puerta. Me doy la vuelta para marcharme y entonces ella vuelve a alzar la vista. —Ven aquí. Necesito una segunda opinión. Dudo un momento y luego me acerco. Los tablones están cubiertos de muestras de color, telas y arreglos florales. Es meticulosa, ya se nota. Todo está dispuesto en un orden muy concreto. Señala dos muestras. —Qué color para el día de la boda. Sé sincera conmigo. Las miro. Burdeos, profundo y dramático. Y amarillo y melocotón, cálidos y suaves. —Por favor, no rosa —dice—. Ya he tenido suficiente rosa en casa por culpa de Aria. No puedo soportar más. —Entonces amarillo y melocotón. Es cálido sin resultar demasiado suave y las flores se fotografiarán preciosamente contra él. Vuelve a mirar el tablón y permanece callada un momento. Luego asiente. —Sabes qué, tienes razón. Amarillo y melocotón será. —Levanta la vista y esta vez la frialdad de su expresión se suaviza un poco—. Gracias, Raven. Creo que vas a ser de gran ayuda. Sonrío porque Roman me dijo que fuera amable y porque no soy nada si no obediente cuando hace falta. —Tu padre y yo nos queremos muchísimo —dice Vivienne, sosteniendo mi mirada un rato antes de devolverla al tablón—. Queremos que ese día sea absolutamente memorable. Tu padre. Casi me río. Fuerzo una sonrisa. —Será precioso. —Por supuesto que lo será. Me disculpo antes de que mi cara diga algo que mi boca sabe que es mejor no decir. Roman no es mi padre. Un padre no se follla a su hija. Y él me ha follado y me ha arruinado por completo para cualquier otra persona. Lo sabe y se ha estado castigando por ello desde entonces manteniéndome lejos. Y sin embargo aquí estamos. Aquí estoy, sonriendo a la mujer con la que se va a casar, en la casa que antes era mía, echándolo de menos de una forma que no tengo derecho a sentir y deseándolo de una forma que tengo todas las razones para dejar de sentir. Sigo al señor Thomas hacia el ala de invitados y me digo que tengo que mantenerme en pie. Tengo muchas preguntas para Roman cuando vuelva a casa. Necesito entender por qué me está borrando de su vida.RavenEl ático está en silencio.Anaya se fue hace una hora, después de que termináramos la pizza y habláramos de todo y de nada, y me abrazó en la puerta durante mucho rato sin decir nada, que es como sé que está más preocupada por mí de lo que deja ver.Intento dormir. Me tumbo en la cama de invitados, miro el techo, escucho el silencio y el cerebro no se me para.Me levanto.El despacho de Roman está al final del pasillo, en la planta de arriba. Conozco esta casa mejor que nada. Sé qué tablas del suelo crujen y qué pomos se atascan, y sé que la luz bajo la puerta de su despacho significa que sigue despierto, porque Roman Bellerie no se duerme antes de medianoche ni siquiera en un buen día.La luz está ahí.Me quedo fuera de su puerta con el camisón de seda, el blanco fino que me llega a media muslo, llamo una sola vez y empujo la puerta antes de que pueda decirme que no entre.Está detrás del escritorio con el portátil abierto, las gafas de leer puestas y las mangas de la camisa su
RavenPasé toda la tarde limpiando el dormitorio de invitados y poniendo las cosas en su sitio.Eso debería ser trabajo de las limpiadoras, pero necesitaba algo que me distrajera de pensar demasiado en toda esta situación.Meto la última esquina de la sábana, me aparto para mirar el trabajo que he hecho y asiento satisfecha.Alguien llama a la puerta y digo:—La puerta está abierta.La puerta se abre y Anaya entra sosteniendo una botella de champán por encima de la cabeza.—Una botella para dar la bienvenida a la reina. —La enseña de forma dramática antes de abrazarme.—Anaya —digo su nombre con tanto alivio—. No tienes ni idea de lo feliz que estoy de que estés aquí.Ella echa la cabeza hacia atrás y me mira la cara con atención.—Lo sé, perra. Duh, soy yo. —Se aparta, deja la botella en el escritorio, el pelo rizado salvaje alrededor de la cara, y ya está inspeccionando la habitación con la mirada.—Un momento. —Mira a su alrededor despacio—. ¿Por qué están tus cosas aquí? —No esper
RavenEncuentro pasta sobrante en la nevera, la caliento y me siento en la barra de la cocina con el móvil y una taza de café, intentando sentirme normal. No funciona, pero lo estoy intentando.Estoy desplazando la pantalla sin mirar nada en concreto cuando oigo abrirse el ascensor.Ya sé quién es.Mantengo la mirada en el teléfono.Sus pasos cruzan el salón y entonces está en el umbral de la cocina. Levanto la vista y la imagen de él después de un día entero separados me golpea igual que en su oficina. Como algo para lo que no estaba preparada por mucho que creyera estarlo.Se ha aflojado la corbata. La chaqueta la lleva sobre un brazo y los dos primeros botones de la camisa están abiertos, y mis ojos se dirigen directamente a la franja de pecho que se ve ahí antes de que pueda detenerlos. El cuerpo de este hombre. Es tan sexy. Incluso ahora. Incluso después de todo. El vientre se me contrae con un calor que no tengo derecho a sentir.Vuelvo a mirar el teléfono, eligiendo ignorarlo.
Raven«Vivienne está en casa. Sé amable con ella».Eso fue lo que me dijo por teléfono cuando yo me subía al coche.Voy a conocer a mi futura madrastra. La ironía de toda esta situación resulta casi risible.Estoy sentada en el asiento trasero de esta limusina negra mientras James me conduce hasta el ático, repitiendo una y otra vez todo lo que ocurrió en aquella oficina, y cuanto más lo repaso, más me duele.No puedo creer que Roman me tratara como a una niña.Eso es lo que más duele. No la distancia cuidadosa que puso entre nosotros ni la forma en que se quedó de pie junto a aquella ventana de espaldas a mí. Es el hecho de que, incluso después de todo, incluso después de que me plantara frente a él y le dijera la verdad, me mirara como si yo siguiera teniendo diecinueve años y no supiera lo que hacía.Pero incluso a los diecinueve yo sabía perfectamente lo que hacía. Sabía que lo quería a él.Sabía exactamente lo que estaba pidiendo cuando le pedí que me enseñara a tocarme. Entonces
RomanHe estado en habitaciones con presidentes. He negociado tratos que hicieron sudar a hombres hechos y derechos a través del traje. He enterrado a una mujer a la que amaba y mantuve la compostura junto a su tumba porque mi hija necesitaba que yo fuera firme, y lo fui.Ahora no soy firme.Sabía que venía. Tuve tres semanas para prepararme. Tres semanas desde el momento en que le dije a mi asistente que la llamara porque yo no podía hacerlo yo mismo. Me dije que era cortesía. Me dije que no tenía nada que ver con necesitarla de vuelta aquí. Había ensayado esto. Sabía exactamente quién iba a ser cuando la viera.Y entonces el ascensor se abrió y ella estaba de pie en mi pasillo, siendo tratada como si no fuera nadie, y todo lo que había ensayado se fue a un sitio al que no pude llegar.Siempre fue hermosa. Incluso a los diecinueve tenía esa clase de belleza que te hacía mirar dos veces y luego odiarte a ti mismo por ello. Pero entonces era una chica. Delgada, insegura, mirándome con
RavenEn unos minutos volveré a ver a Roman después de tres años separados, y que Dios me ayude, podría perder la cabeza solo de pensarlo.James conduce con suavidad y sin prisa, como si la urgencia no existiera en el mundo. Se me había olvidado eso de él. Se me habían olvidado muchas cosas de Boston hasta que empezaron a aparecer una a una fuera de la ventanilla, exigiendo ser recordadas.La ciudad se ve igual. Por supuesto que se ve igual. Tres años se sienten enormes por dentro y no significan nada para un horizonte de rascacielos.Apoyo la sien contra el cristal frío y miro cómo pasa, y entonces se me corta la respiración porque ahí está él, Roman, de doce metros de alto en una valla publicitaria sobre el cruce, con un traje oscuro, los brazos cruzados y esa expresión controlada que lleva en todas las fotografías profesionales. Como un hombre al que nunca le ha pillado desprevenido nada.Pero yo lo conozco mejor.El Roman de esa valla es el que el mundo recibe. Despiadado, sereno







