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Tres semanas

Autor: Spicy Candy
last update Fecha de publicación: 2026-10-04 15:25:56

Roman

He estado en habitaciones con presidentes. He negociado tratos que hicieron sudar a hombres hechos y derechos a través del traje. He enterrado a una mujer a la que amaba y mantuve la compostura junto a su tumba porque mi hija necesitaba que yo fuera firme, y lo fui.

Ahora no soy firme.

Sabía que venía. Tuve tres semanas para prepararme. Tres semanas desde el momento en que le dije a mi asistente que la llamara porque yo no podía hacerlo yo mismo. Me dije que era cortesía. Me dije que no tenía nada que ver con necesitarla de vuelta aquí. Había ensayado esto. Sabía exactamente quién iba a ser cuando la viera.

Y entonces el ascensor se abrió y ella estaba de pie en mi pasillo, siendo tratada como si no fuera nadie, y todo lo que había ensayado se fue a un sitio al que no pude llegar.

Siempre fue hermosa. Incluso a los diecinueve tenía esa clase de belleza que te hacía mirar dos veces y luego odiarte a ti mismo por ello. Pero entonces era una chica. Delgada, insegura, mirándome con esos ojos que todavía no sabían lo que pedían.

La mujer que está sentada frente a mi escritorio ahora mismo es algo para lo que no estaba preparado.

Tres años han sido generosos con ella de formas que me duelen la mandíbula. Más llena. Curvada en todas las maneras que un hombre con un mínimo de sentido se detendría a sí mismo de notar.

Está sentada con las manos juntas sobre el regazo y la espalda recta, y me mira como siempre lo ha hecho: como si el traje, el título y las cuarenta plantas de cristal y acero no significaran absolutamente nada. Como si pudiera ver a través de todo eso hasta lo que hay debajo.

Siempre he odiado eso. Siempre lo he amado.

—¿Agua? —pregunto.

—Estoy bien.

—No has comido. El vuelo—

—Roman.

Ha dicho mi nombre. No papá. No daddy. Ha dicho mi jodido nombre.

Esa es la primera vez. Casi me río de lo atrevida y feroz que se ha vuelto esta pequeña mía.

Y la forma en que mi nombre salió de su boca, como si ya hubiera decidido en algún punto entre cruzar mi puerta y sentarse que yo ya no era su padre. Como si hubiera archivado esa parte y hubiera terminado con ella.

—No he venido aquí a hablar de agua.

Dejo el vaso y me echo hacia atrás en la silla, la miro y me recuerdo cada una de las razones por las que no voy a ser el hombre que fui hace tres años en aquella habitación. Tengo una lista. Es una buena lista.

—¿Por qué me enviaste lejos?

Ahí está. Una pregunta para la que no estoy preparado.

—Londres era la oportunidad correcta —digo—. El King’s College es uno de los mejores.

—No te he pedido el comunicado de prensa. —Sus ojos están firmes—. Me prometiste que siempre serías honesto conmigo. Lo dijiste cuando yo tenía doce años, sentada en la mesa de la cocina, y te había mentido sobre haber roto tu reloj. ¿Lo recuerdas?

Lo recuerdo todo. Ese es el problema. Siempre ha sido el problema.

Exhalo despacio.
—Raven…

—¿Por qué me enviaste lejos?

La habitación está muy callada.

—Porque te toqué —digo—. Y no debería haberlo hecho. Y la única forma de asegurarme de que no volviera a pasar era poner suficiente distancia entre nosotros.

Ella no se inmuta. Solo me mira.

—¿Y funcionó? —pregunta—. ¿Lo olvidaste?

Me levanto. Voy a la ventana. Le doy la espalda y meto las manos en los bolsillos y miro la ciudad porque no confío en lo que está haciendo mi cara ahora mismo.

Abajo, Boston sigue con sus asuntos. Cuarenta plantas de vida ordinaria. En algún sitio ahí fuera hay vallas publicitarias con mi cara. En tres semanas me caso.

—Me has reemplazado —dice en voz baja, detrás de mí.

—No te he reemplazado.

—Aria está en todas partes. Vivienne está en todas partes. Todo el mundo ha olvidado que yo existí primero.

—No. —La palabra sale más cortante de lo que pretendo.

—¿No qué? ¿Decir la verdad?

Me doy la vuelta y ella está sentada en esa silla con la postura de una mujer que ya no es tímida. Antes lo era. No podía sostenerme la mirada más de dos segundos sin apartarla. Pero ahora mismo me mira directamente y sus ojos—

Dios me ayude, sus ojos.

Uno azul océano, uno gris. Lo más inusual, lo más desarmante que he visto nunca en una cara humana. Nunca he conocido a otra persona que se pareciera a eso. Como si estuviera hecha de dos cielos distintos.

Y esos ojos preciosos me miran a los míos oscuros como si no tuviera miedo de nada de lo que pudiera encontrar ahí.

—Tú eres la primera —digo—. Siempre has sido la primera. Eso no ha cambiado nunca.

—Y sin embargo me enviaste lejos.

—Porque te toqué, Raven —lo digo otra vez porque necesita entender el peso de eso—. Tenías diecinueve años y puse las manos sobre ti y no hay ninguna versión de eso en la que yo no sea el que debería haber sabido más. Enviarte lejos fue lo único decente que hice.

Se queda callada un momento. Luego lo dice tan bajo que casi no lo oigo:
—Tal vez tú lo olvidaste. Pero yo no. Ni un solo día. Ni una sola vez.

Debería decirle que pare. Sé que debería. Abro la boca para decir exactamente eso.

—Ya sé tocarte correctamente —dice—. Te alegrará saberlo. Lo descubrí.

Todo mi cuerpo se queda muy quieto.

—Raven. —Mi voz sale baja. Advertencia.

—Me pediste que siempre fuera honesta.

—Te estoy pidiendo que pares.

—Todas las mañanas. —Sostiene mi mirada y no vacila—. Todas y cada una de las mañanas durante tres años. Me toco y es en ti en quien pienso. Todas y cada una de las veces. He intentado que sea otra persona. Lo he intentado muy duro. Pero mi cuerpo no quiere a nadie más. Solo te quiere a ti.

Lo que ocurre en mi pecho ahora mismo no lo voy a nombrar.

Mi polla se endurece de inmediato y estoy furioso conmigo mismo.

Vuelvo a la ventana. Apoyo una mano plana contra el cristal, me concentro en el frío y respiro y pienso en cada punto de mi lista. Tiene veintidós años. Es mi hija en todas las formas que han importado nunca. Estoy a tres semanas de mi boda. Soy un hombre con más autocontrol que esto.

Soy más que esto.

—Vas a dejar de hablar —digo en voz baja—. Y voy a hacer que James te lleve a casa. Y vamos a ser lo que somos: familia. Eso es todo lo que vamos a ser.

Silencio.

Luego su silla roza suavemente el suelo y la oigo levantarse. Sus tacones son callados sobre la moqueta mientras cruza hacia la puerta.

—¿Sabes qué es lo gracioso? —dice, con la mano en el pomo—. Que sigues diciendo lo que somos como si fuera algo que tienes que recordarte a ti mismo.

No me doy la vuelta.

La puerta se abre. La puerta se cierra.

Me quedo junto a la ventana con la polla dura, intentando calmarme antes de la siguiente reunión. Tarda mucho.

Ninguna mujer me ha hecho esto nunca. Poner me tan duro y tan enfadado conmigo mismo al mismo tiempo. Raven lo lleva haciendo desde que tenía diecinueve años y, al parecer, tres años y un océano entre nosotros no han cambiado absolutamente nada.

Es mía. Siempre ha sido mía. Solo que no de la forma en que sigo teniendo que detenerme a mí mismo de reclamarla.

Tres semanas.

Solo tengo que aguantar tres semanas.

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