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Reencuentro

Autor: Spicy Candy
last update Fecha de publicación: 2026-10-04 15:25:14

Raven

En unos minutos volveré a ver a Roman después de tres años separados, y que Dios me ayude, podría perder la cabeza solo de pensarlo.

James conduce con suavidad y sin prisa, como si la urgencia no existiera en el mundo. Se me había olvidado eso de él. Se me habían olvidado muchas cosas de Boston hasta que empezaron a aparecer una a una fuera de la ventanilla, exigiendo ser recordadas.

La ciudad se ve igual. Por supuesto que se ve igual. Tres años se sienten enormes por dentro y no significan nada para un horizonte de rascacielos.

Apoyo la sien contra el cristal frío y miro cómo pasa, y entonces se me corta la respiración porque ahí está él, Roman, de doce metros de alto en una valla publicitaria sobre el cruce, con un traje oscuro, los brazos cruzados y esa expresión controlada que lleva en todas las fotografías profesionales. Como un hombre al que nunca le ha pillado desprevenido nada.

Pero yo lo conozco mejor.

El Roman de esa valla es el que el mundo recibe. Despiadado, sereno y completamente inaccesible. Yo conozco al otro. Al que durmió en la misma cama que yo, compartió una casa conmigo y me cuidó mientras los dos llorábamos cuando murió mamá.

Al que me ha visto desnuda y me ha tocado de todas las formas prohibidas posibles.

Aparto la mirada antes de hacer algo embarazoso.

Dos cruces más adelante está Vivienne. Su cara en un anuncio de perfume, luminosa y enorme, los labios ligeramente entreabiertos, unos ojos que parecen diseñados específicamente para hacer que la gente se sienta ordinaria.

La veía en la pantalla cuando era pequeña y de verdad creía que no era del todo real, que era algo ensamblado con las mejores partes de cada persona hermosa que había existido y vertido en una sola mujer. Solía preguntarle a mi madre si la gente así caminaba realmente por el mundo o si solo existía dentro de los televisores.

Ahora iba a ser mi madrastra.

Casi me río. Me sale como otra cosa.

Roman Bellerie y Vivienne Cole. Su cara en una valla, la de ella en la siguiente, y toda la ciudad ya enamorada de la idea de ellos. Dos personas importantes, intocables, construyendo una vida juntas. Y yo, la chica que él empaquetó en silencio y envió al extranjero hace tres años, montada en su coche hacia su oficina, la de nadie.

El teléfono suena y casi me alegro.

—¡RAVEN BELLERIE ESTÁS EN BOSTON AHORA MISMO!

—Anaya. —Casi me río al oír su voz.

—Estoy gritando. Estoy gritando de verdad. ¿Estás en la casa? Dime que estás en la casa, que me meto en el coche ahora mismo.

A pesar de todo, siento que sonrío.
—No estoy en la casa. Voy de camino a la oficina de Roman.

—¿A su oficina? ¿El primer día que vuelves? Ese hombre trabaja demasiado, de verdad. Vale, escucha: llevo tres años acumulando cotilleos y estoy a reventar de capacidad, necesito verte hoy.

—Te llamo en cuanto llegue a casa, te lo prometo.

—Más te vale. Te he echado tanto de menos. Date prisa y termina con tu padre para que pueda recuperarte.

—Lo haré. Te quiero.

—¡Yo más!

Cuelgo y me quedo con el teléfono en el regazo y la sonrisa se va apagando poco a poco.

El edificio Bellerie aparece ante mí antes de que esté lista. Por supuesto que aparece. Siempre lo hacía. Los edificios de Roman tenían una forma de anunciarse. Cristal y acero y cuarenta plantas de poder callado y seguro. Lo había visitado dos veces de niña y ambas me quedé en el vestíbulo con el cuello echado hacia atrás pensando que mi padrastro había construido algo que tocaba el cielo.

James se detiene en la entrada y me abre la puerta. Bajo con la maleta, me quedo en la acera y miro hacia arriba.

Tres años. Tres años y de alguna forma estoy delante de su edificio con el corazón haciendo algo completamente irracional.

Entro.

El vestíbulo es exactamente como lo recuerdo: fresco, inmenso y silencioso de esa forma que tienen los lugares donde se mueve dinero serio. La recepcionista me da un pase de visitante y me indica los ascensores. Subo hasta la planta treinta y ocho mirando mi propio reflejo en las puertas pulidas y apenas reconozco a la persona que me devuelve la mirada.

He cambiado. Lo sé. Esos años en Londres le hacen algo a una persona. Ya no soy la chica de diecinueve años que lloraba en silencio en un vuelo transatlántico y hundía la cara en la almohada para que los demás pasajeros no la vieran.

El ascensor se abre.

La planta treinta y ocho es toda líneas limpias, voces bajas y esa atmósfera particular de la gente a la que pagan muy bien por ser eficiente. Un mostrador de recepción, una zona de espera y un pasillo que lleva a algún sitio importante.

Y al final de ese pasillo, un puesto de seguridad.

Dos guardias. Los dos grandes. Los dos mirándome como se mira a las cosas que se pretende retirar.

—¿Puedo ayudarla? —No es una pregunta.

—Vengo a ver al señor Bellerie.

—El señor Bellerie no está disponible para visitas no programadas.

—Soy su hija.

El más alto mira al otro. Algo pasa entre ellos que no me gusta.

—Señorita —dice, con la paciencia específica de alguien que ya ha lidiado con esto antes—, la única hija del señor Bellerie de la que tenemos constancia es la señorita Aria Cole. Así que le voy a pedir amablemente, solo esta vez, que se dé la vuelta y vuelva por donde ha venido antes de que esto se convierta en otro tipo de conversación.

Lo miro fijamente.

Aria Cole. La hija de Vivienne. Dieciocho años y ya instalada en mi lugar con tanta completitud que ni siquiera su propia seguridad sabe que existo.

—Voy a llamarlo —digo, y la voz me sale más firme de lo que me siento. Meto la mano en el bolso buscando el teléfono.

—Señorita—

—He dicho que voy a llamar…

—¡Necesito que se aparte!

—¿Y quién demonios eres tú —dice una voz detrás de mí— para impedirle a alguien que me vea?

Todo en mi cuerpo se detiene.

Conozco esa voz. La he oído la mayor parte de mi vida. Baja y pareja, con ese peso específico de un hombre que nunca ha necesitado alzarla para que lo oigan.

Me doy la vuelta despacio.

Está de pie junto al ascensor, la americana abierta, la corbata ligeramente floja —solo lo suficiente, solo esa pequeña concesión a ser humano que la versión de la valla publicitaria nunca muestra—, y sus ojos ya están en mí. Me encuentran y se quedan.

Las piernas me fallan en algún sitio poco fiable.

—Señor Bellerie… —empieza el guardia.

—Es mi hija. —Lo dice en voz baja. Sus ojos no se apartan de mi cara—. Si le vuelve a hablar en ese tono, para el final del día no tendrá trabajo.

—Lo siento mucho, señorita. —Se disculpa el guardia—. Lo siento, señor Bellerie. No volverá a ocurrir.

—Claro que no. —Sale más como una amenaza que como una advertencia.

Roman avanza hacia mí ahora y yo me quedo completamente quieta porque si me muevo no estoy segura de lo que pasará. Tres años de llamadas telefónicas y distancia cuidadosamente mantenida y me había dicho a mí misma que estaba preparada para este momento.

No estaba preparada para este momento.

Se detiene delante de mí. Lo bastante cerca como para que pueda olerlo, esa cosa específica y familiar que ninguna cantidad de océano entre nosotros había conseguido borrar del todo de mi memoria.

Se ve todavía más guapo ahora, con plata salpicándole las sienes, el tiempo sentándole de esa forma en que solo les sienta a ciertos hombres, como un regalo más que como un coste.

No se parece en nada a como lo recordaba.

—Raven —dice.

Solo mi nombre. Solo eso.

Y yo no tengo absolutamente nada.

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