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Capítulo 2

Author: Selina Melville
Marcello sostenía con firmeza su Glock personalizada. El cañón frío apuntaba hacia las sombras junto a la puerta de su habitación.

—¿Quién anda ahí? —preguntó entre dientes, con el dedo apoyado sobre el gatillo.

Una figura salió de la oscuridad con las manos en alto para demostrar que no era una amenaza. Era Enzo, uno de sus principales lugartenientes. Aunque el aire acondicionado mantenía fresca la mansión, tenía el rostro cubierto de sudor.

—Jefe, soy yo —balbuceó Enzo mientras miraba el arma con nerviosismo—. Tengo… tengo noticias.

Marcello bajó apenas la Glock, aunque seguía tan furioso como antes.

—¿La encontraste? ¿Encontraste a mi esposa? —exigió saber.

Enzo tragó saliva antes de responder.

—No, jefe. Donna Vittoria… desapareció —le informó—. Nuestros contactos en la policía y la patrulla fronteriza no saben nada. Pero dejó un mensaje para usted.

Metió una mano en el bolsillo, sacó un pequeño teléfono desechable con sistema cifrado y lo dejó sobre el tocador de mármol. Después retrocedió un paso.

Marcello agarró el teléfono y llamó al único número que tenía programado. La línea sonó una vez antes de que una voz respondiera. Era fría y estaba distorsionada, pero él habría reconocido a su esposa en cualquier parte.

—¿Me estás buscando, Marcello? —preguntó Vittoria a través del auricular. Su voz ya no tenía la calidez ni la sumisión a las que él estaba acostumbrado.

—Vittoria —gruñó Marcello mientras caminaba de un lado a otro por la habitación, incapaz de quedarse quieto—. ¿Qué clase de juego absurdo te traes entre manos? Trae a mi hijo de regreso a la mansión ahora mismo. No te lo repetiré.

Vittoria se rio de él al otro lado de la línea.

—¿Tu hijo? Matteo es mi hijo —lo corrigió con tono burlón—. Y nunca regresaremos a ese mausoleo.

—¿Crees que puedes escapar de mí? —espetó Marcello mientras apretaba el teléfono con tanta fuerza que el plástico crujió entre sus dedos—. Esta ciudad me pertenece. Yo controlo la organización Rossi y tengo ojos en cada esquina. Tú no tienes nada.

—Tengo el control del puerto de la bahía —respondió Vittoria con calma.

Marcello se quedó inmóvil.

El puerto de la bahía era la joya de la corona del imperio Rossi. Por allí pasaba el ochenta por ciento del contrabando de la organización: armas, mercancía ilegal y todo lo que financiaba la vida de lujo de Marcello y pagaba los salarios de sus hombres. Según las estrictas condiciones del fideicomiso creado por el padre de Vittoria, tanto el título de propiedad como los códigos de acceso estaban a nombre de ella, aunque Marcello siempre se había encargado de administrarlo.

—No te atreverías —susurró Marcello sin poder ocultar el miedo.

—Ya bloqueé los manifiestos de carga digitales —le informó Vittoria—. Tus buques están detenidos en aguas internacionales y tus compradores comienzan a perder la paciencia. ¿Recuerdas a los rusos con los que decías que ibas a reunirte hoy? He oído que no perdonan cuando su mercancía se retrasa.

Marcello apretó la mandíbula. Los rusos. Había mentido sobre aquella reunión, pero sí esperaba que un enorme cargamento de armas llegara esa semana. Si no conseguía hacerlo pasar por el puerto, los rusos exigirían su cabeza.

—¿Qué quieres, Vittoria? —preguntó, obligándose a hablar con calma.

—Quiero cortar cualquier vínculo contigo. Me iré de la organización y tú renunciarás de forma oficial a todos tus derechos parentales sobre Matteo —exigió ella—. Hazlo y te devolveré el control del puerto.

Marcello comenzó a calcular sus opciones. El niño no le importaba. Nunca le había importado. Matteo solo le servía para conservar la lealtad de la vieja guardia. Pero necesitaba recuperar el puerto.

—Está bien —mintió Marcello—. Envía los documentos de la transferencia a Enzo. Pero, si intentas traicionarme, Vittoria, te juro por Dios que…

—Asegúrate de que tu firma sea legible, Marcello —lo interrumpió ella con frialdad—. La tinta será lo único que te mantenga con vida.

La llamada terminó.

Marcello arrojó el teléfono contra la pared y lo hizo pedazos. Luego miró a Enzo. Ya había decidido lo que haría con Vittoria.

—Tráeme cualquier documento que envíe. Yo mismo lo firmaré —le ordenó—. Recupera el control del puerto y después encuéntrala. No me importa cuántos hombres tengas que usar. Pon la ciudad patas arriba si hace falta. Cuando la encuentres, tráeme al niño y métele una bala en la cabeza a mi querida esposa.

***

A varios kilómetros de allí, en un almacén mal iluminado a las afueras de la ciudad, Vittoria dejó el auricular del teléfono público en su sitio. Se ajustó el abrigo alrededor de los hombros mientras el frío húmedo de la noche le calaba hasta los huesos.

—¿Está hecho, donna? —preguntó Dante al salir de las sombras.

—Mordió el anzuelo —respondió Vittoria—. Firmará los documentos de la transferencia antes de la medianoche. Cree que recuperará su preciada ruta de contrabando.

Dante cruzó sus brazos fuertes sobre el pecho.

—¿De verdad piensa entregarle el puerto? Es el bien más valioso que dejó el don —señaló con incredulidad.

—No le estoy entregando el puerto. Le estoy dando la cuerda para que se ahorque solo —lo corrigió Vittoria en voz baja.

Sacó de su abrigo una carpeta de papel manila y se la entregó a Dante.

—Aquí están los verdaderos manifiestos de embarque de los próximos tres días. Incluyen el cargamento que traerán los rusos —le explicó—. Ya envié las claves de cifrado a la línea anónima de denuncias del FBI.

Dante comprendió la estrategia y levantó las cejas.

—Los federales —murmuró—. Cuando Marcello haga entrar los barcos al puerto…

—El FBI estará esperándolo —completó Vittoria—. Perderá el cargamento, la confianza de los rusos y, además, tendrá que enfrentarse a cargos federales. Quería jugar a ser un subjefe poderoso. Ahora tendrá que pagar las consecuencias.

Por primera vez desde que huyeron de la mansión, Vittoria sonrió de verdad. En su vida pasada, no había visto lo codicioso que era Marcello. Ahora usaría esa debilidad como un arma contra él.

Se volteó y caminó hacia el fondo del almacén, donde habían improvisado un espacio para vivir. Matteo dormía sobre un catre, arropado con varias cobijas gruesas, ajeno a la guerra que su madre estaba librando desde las sombras.

Vittoria se sentó a su lado y apartó con cariño un rizo que había caído sobre su frente.

«Quemaré el mundo entero antes de permitir que vuelvan a hacerte daño», juró en silencio.

Durante las cuarenta y ocho horas siguientes, Vittoria y sus hombres apenas hablaron. Permanecieron ocultos y siguieron las noticias en un televisor pequeño cuya imagen se perdía entre la estática. La espera se hizo cada vez más tensa.

Todo cambió durante la tercera noche.

—Última hora —anunció el reportero a través de la interferencia—. Una operación conjunta del FBI y la Guardia Costera terminó con la incautación de más de cincuenta millones de dólares en armas ilegales en el puerto de la bahía. Varios miembros de alto rango de organizaciones criminales locales han sido arrestados…

Vittoria observó las imágenes de los hombres de Marcello mientras los agentes federales los esposaban y los obligaban a subir a sus vehículos.

—Estás acabado. —murmuró con satisfacción.

Pero su victoria duró poco.

Una hora después, Dante irrumpió en la habitación. Estaba pálido, algo muy extraño en aquel ejecutor endurecido por tantos años de violencia.

—Donna —la llamó con voz tensa—. Tenemos un problema. Uno muy grave.

Vittoria se puso de pie y llevó una mano por instinto hacia la Beretta que tenía en la cintura.

—¿Qué pasó? —preguntó.

—Los rusos —respondió Dante—. No solo están furiosos por las armas incautadas. Durante el caos de la redada del FBI, uno de los sobrinos del jefe ruso murió en un intercambio de disparos con los hombres de Marcello.

La noticia alarmó a Vittoria. La Bratva rusa no seguía las mismas reglas que las organizaciones italianas. Sus integrantes eran despiadados: para ellos, cada muerte debía pagarse con otra.

—Declararon una venganza de sangre contra la organización Rossi —continuó Dante con expresión sombría—. Quieren la cabeza de Marcello o…

—¿O qué? —exigió Vittoria.

—La cabeza de su heredero —concluyó Dante en voz baja.

Nadie dijo nada. Vittoria miró a Matteo, que continuaba dormido en el catre sin sospechar el peligro que se acercaba.

Marcello era un cobarde. Jamás ofrecería su propia vida a los rusos. Necesitaría un chivo expiatorio, un sacrificio para apaciguar a la Bratva y salvar el pellejo. Y Matteo era el único heredero reconocido por la organización.

«No sería capaz», pensó Vittoria. Una parte de ella todavía quería creer que, por monstruoso que fuera, Marcello jamás entregaría a un niño de cuatro años a los lobos.

Pero la experiencia de su vida pasada no le permitía engañarse. Marcello haría lo que fuera necesario para seguir con vida. Sacrificaría a Matteo sin pensarlo dos veces, tal como había sacrificado al padre de ella.

—Vendrá por el niño —afirmó en voz baja. Ya no tenía ninguna duda.

En ese instante, la pesada puerta de hierro del almacén comenzó a sacudirse.

Dante desenfundó su arma e indicó a los otros dos hombres leales que había en la habitación que se pusieran a cubierto.

—Nos encontraron —advirtió.

Vittoria corrió hacia el catre y tomó a Matteo entre sus brazos. El niño despertó con un grito de sorpresa.

—Shh, mi amor, todo está bien —le susurró ella para tranquilizarlo, aunque el corazón le latía a mil.

Las pisadas de varias botas resonaron sobre el concreto del exterior. A través de las ventanas opacas y sucias cercanas al techo, Vittoria vio los haces de luz de varias linternas tácticas que recorrían el interior del almacén.

—¡Donna Vittoria! —retumbó desde afuera la voz de Enzo, amplificada por un megáfono—. ¡El edificio está rodeado! ¡Envíe al niño y Marcello promete que usted saldrá ilesa! ¡Si se resiste, quemaremos el lugar hasta los cimientos!

Vittoria abrazó a su hijo con más fuerza y desenfundó la Beretta con la mano libre. Si los hombres de Enzo entraban, estaba dispuesta a enfrentarlos.

La trampa contra Marcello había funcionado, pero, al desatar la furia de la Bratva, también había puesto a Matteo en peligro. Y ahora los lobos estaban en la puerta.

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