El olor de la sangre seguía ahogando a Vittoria. Era metálico y tibio, tan intenso que parecía habérsele quedado en los pulmones.
Abrió los ojos y se incorporó en la cama con un jadeo. Se arañó el pecho con desesperación, convencida de que encontraría el agujero donde había recibido el disparo que destrozó su corazón. Todavía esperaba sentir entre los dedos la sangre de su hijo, roja y resbaladiza.
«Matteo», pensó.
Un sollozo la dejó sin aire mientras miraba a su alrededor. La luz dorada del amanecer se filtraba entre las gruesas cortinas de seda e iluminaba la habitación. Ya no estaba sobre el pavimento frío y sucio del puerto ni en aquel callejón donde los disparos habían retumbado como si el infierno se hubiera abierto a su alrededor. Estaba en su dormitorio, en la mansión Romano, la misma jaula de lujo donde había pasado los últimos cinco años como una esposa obediente.
Apartó el edredón de terciopelo y apoyó los pies descalzos sobre el mármol frío. Las piernas le temblaban, pero corrió por el pasillo hasta la habitación contigua. Abrió la puerta de un empujón, entró y la cerró detrás de sí, con el corazón tan acelerado que parecía a punto de salírsele del pecho.
Matteo estaba allí, arropado con una cobija decorada con autos deportivos. Su hijo de cuatro años dormía tranquilo y su pecho subía y bajaba a un ritmo constante. No tenía ninguna herida. Estaba sano y salvo. Estaba entero. No le había pasado nada.
Vittoria cayó de rodillas junto a la cama y hundió el rostro en el borde del colchón para contener el llanto que le sacudía todo el cuerpo. Extendió una mano temblorosa y le acarició los rizos oscuros y suaves. La tibieza de su piel le provocó un estremecimiento.
«Está vivo. Yo también estoy viva», pensó sin dejar de acariciarlo.
Los recuerdos de su vida pasada regresaron con tanta fuerza que le costó respirar. Todo había ocurrido ese mismo día. Marcello, su esposo y actual subjefe de la organización mafiosa, había entrado en su habitación para decirle que necesitaba a sus escoltas personales para una «negociación de alto nivel». Ella, como una ingenua, había creído en su mentira. Después había salido a pasear por la ciudad con Matteo, confiada en que lo que quedaba del imperio de su padre todavía los protegía.
Pero aquella negociación nunca había existido. Marcello se había llevado a los escoltas para acompañar a su amante, Camilla, a comprar un anillo de diamantes en la joyería más prestigiosa de la ciudad. La dulce e inocente Camilla, la mujer que fingía no tener ninguna relación con la mafia, era en realidad una víbora: una asesina de una familia rival que se había infiltrado para destruirlos desde dentro.
Sin sus escoltas, Vittoria y Matteo habían quedado a merced de un organización rival que les tendió una emboscada. Recordó la bala perdida, el grito y el pequeño cuerpo de su hijo mientras perdía las fuerzas entre sus brazos.
El dolor dio paso a la rabia. Vittoria dejó de llorar y apretó la mandíbula. La tristeza que la había paralizado en su vida pasada quedó atrás. En su lugar apareció toda la furia que había reprimido durante años, esa que le recordaba que era hija de un verdadero jefe mafioso. Se había contenido para convertirse en la esposa tranquila y perfecta que Marcello exigía. Se había convencido de que la violencia solo traía más violencia, pero evitarla no había salvado a su hijo. Solo los había convertido en presas fáciles.
Se puso de pie y enderezó la espalda. Su reflejo en el espejo la hizo detenerse. Seguía pálida, llevaba puesto el camisón de seda y se veía aterrada, pero algo había cambiado. Ya no tenía la expresión de una víctima, sino la de una depredadora que acababa de despertar después de un largo sueño.
«Soy Vittoria Rossi, hija del difunto don. Y van a pagar con sangre», se prometió.
Unos golpes en la puerta interrumpieron sus pensamientos.
—¿Vittoria? —la llamó Marcello desde el pasillo.
Era él. La misma voz suave con la que durante años le había hecho creer que a su lado estaría a salvo. Vittoria respiró hondo y relajó el rostro hasta ocultar la rabia tras una expresión serena. Entreabrió la puerta, salió al pasillo y volvió a cerrarla para impedirle ver a Matteo.
Marcello llevaba un traje gris oscuro hecho a la medida. Era guapo e imponente, con toda la presencia de un subjefe poderoso y una sonrisa encantadora que ocultaba la clase de miserable que era.
—Te levantaste temprano —comentó mientras se acomodaba los puños de la camisa.
Ni siquiera se acercó a besarla. Hacía meses que había dejado de hacerlo.
—Matteo tuvo una pesadilla —mintió Vittoria con una calma que hasta a ella le resultaba extraña—. ¿Qué pasa, Marcello?
—Escucha, hoy necesito que me prestes a tus escoltas. A Carlo y a los muchachos —le explicó después de aclararse la garganta, sin mirarla a los ojos—. Tengo una reunión muy delicada con los rusos en los muelles y necesito a todos mis hombres capaces de manejar un arma.
«Una reunión muy delicada. En Tiffany’s», pensó Vittoria mientras contenía las ganas de vomitar. En su vida pasada había discutido con Marcello y le había rogado que no los dejara desprotegidos. Lo único que había conseguido era fastidiarlo.
—Claro, llévatelos —aceptó con un tono despreocupado, sin hacerle ningún reproche—. La mansión es bastante segura. Matteo y yo nos quedaremos en casa hoy.
Marcello parpadeó, sorprendido por lo fácil que había sido convencerla. La miró con desconfianza durante un segundo, pero era demasiado arrogante para tomar en serio aquella sospecha.
—Bien. Así me gusta, buena chica —respondió, satisfecho—. Volveré tarde esta noche. No me esperes despierta.
Marcello se volteó y se alejó por el pasillo. Vittoria escuchó el eco de sus zapatos de cuero sobre el mármol y lo siguió con la mirada hasta que desapareció al doblar una esquina.
«Disfruta de esa víbora, Marcello. Será la última vez», pensó.
Cuando el portón de la mansión se cerró detrás de la comitiva de vehículos, Vittoria se puso en marcha. Tenía poco tiempo. Entre los empleados de la casa había hombres leales a Marcello y espías de Camilla. Debía salir antes de que alguno descubriera lo que estaba haciendo.
Regresó a su habitación y se vistió para salir. Tras ponerse los jeans y las botas, se acercó a la gran chimenea y recorrió con los dedos los relieves de piedra hasta encontrar la ranura oculta. Presionó con fuerza y escuchó un clic. Un compartimento se abrió frente a ella.
Allí estaba lo que quedaba de su verdadero legado: una Beretta plateada de nueve milímetros cargada, varios teléfonos desechables y un grueso libro de cuentas encuadernado en cuero negro. Era el libro de su padre.
Él no había muerto de un infarto repentino, como Marcello le había asegurado. En su vida pasada, poco antes de morir, Vittoria había descubierto la verdad: su esposo lo había envenenado poco a poco como parte de un plan para quedarse con el poder. Pero su padre había desconfiado de todos hasta el final. Por eso había dejado un plan de emergencia, un protocolo de seguridad destinado solo a ella.
Vittoria tomó la Beretta. El contacto con el metal frío la ayudó a concentrarse en lo que tenía que hacer. Revisó el cargador y el clic del mecanismo la tranquilizó. Luego sacó uno de los teléfonos y marcó un número al que no había llamado en cinco años. La línea sonó dos veces antes de que una voz ronca y áspera respondiera.
—¿Quién habla? —preguntó el hombre al otro lado.
—El cielo de Sicilia sangra —dijo Vittoria en voz baja, repitiendo la antigua frase en clave.
Durante varios segundos, el hombre no respondió. Vittoria solo oyó el silencio de la línea hasta que él tomó aire.
—Donna Vittoria —murmuró, sorprendido—. Creíamos… creíamos que nos había olvidado.
—Estaba dormida, Dante. Pero ya desperté —respondió ella con frialdad—. Activa el protocolo Omega. Quiero salir de aquí en veinte minutos, sin ruido, sin complicaciones y sin dejar rastro. Ten lista a la vieja guardia.
—Hecho. Somos sus sombras, donna —le aseguró Dante.
Vittoria colgó, aplastó el teléfono con el tacón de la bota y arrojó los pedazos a la chimenea. Preparó un bolso de viaje pequeño con dinero en efectivo, los pasaportes falsos que su padre había preparado años atrás y unas cuantas mudas de ropa. También guardó el libro de cuentas y los teléfonos que quedaban en el compartimento. No se llevó juguetes ni fotografías. Su pasado había terminado.
Volvió al cuarto de Matteo y lo sacudió con suavidad para despertarlo.
—¿Mami? —murmuró el niño mientras se frotaba los ojos, todavía medio dormido.
—Nos vamos de aventura, mi leoncito —le susurró Vittoria mientras lo vestía con ropa oscura y abrigada—. Es una misión secreta, pero tienes que estar muy, muy calladito. ¿Puedes hacerlo por mí?
Matteo asintió muy serio, aunque sus grandes ojos oscuros mostraban lo emocionado que estaba por aquella aventura. Vittoria se acomodó la Beretta en la cintura del pantalón y se puso un abrigo largo para ocultarla. Luego tomó el bolso y agarró a su hijo de la mano.
No bajaron por la escalera principal. Ella conocía todos los pasadizos secretos y los corredores de servicio de la casa. Avanzaron por ellos sin dejarse ver por las empleadas ni por los guardias leales a Marcello que seguían en la mansión.
Al llegar a la salida de servicio oculta junto a la antigua bodega de vinos, encontraron una camioneta negra que los esperaba en el callejón con el motor encendido. Era un vehículo común, de esos que no llamaban la atención. Dante estaba junto a la puerta corrediza. Era un hombre enorme, lleno de cicatrices, que había sido el ejecutor más leal de su padre.
—Donna —la saludó después de apoyar una rodilla en el suelo e inclinar la cabeza.
—Sácanos de aquí, Dante —le ordenó Vittoria sin dejar de revisar los alrededores—. Antes de que las ratas descubran que la jaula está vacía.
Dante ayudó a Matteo a subir al asiento trasero y cerró bien la puerta. Vittoria se sentó adelante, con la mirada fija en el camino. La camioneta salió del callejón y se mezcló con el tránsito de la mañana sin llamar la atención.
Vittoria no miró atrás mientras se alejaban de la mansión. La mujer que había vivido en aquella jaula de lujo estaba muerta. Solo quedaba la reina Vittoria.
***
Diez horas después
Las pesadas puertas de roble de la mansión Romano se abrieron con un estruendo que retumbó como un disparo en el vestíbulo vacío. Marcello entró a grandes pasos, con la corbata floja y el ceño fruncido. Estaba furioso. Camilla se había pasado el día exigiéndole cosas y el supuesto ataque «sorpresa» de un organización rival en el centro había dejado a sus hombres dispersos y paranoicos.
—¡Vittoria! —la llamó a gritos.
Esperaba verla bajar por las escaleras, preocupada y llena de preguntas sobre cómo le había ido.
Nadie respondió. La falta de respuesta terminó de irritarlo.
—¡Vittoria! —volvió a gritar. Su voz retumbó bajo los techos altos de la casa.
Una de las empleadas salió corriendo de la cocina. Temblaba tanto que le costó hablar.
—S-señor… La señora… no está aquí —le informó—. No la hemos visto a ella ni al niño desde esta mañana.
—¿Cómo que no está aquí? ¿Dónde están sus escoltas? —exigió Marcello, que se había quedado inmóvil.
—Usted… usted se los llevó, señor —respondió la empleada entre tartamudeos.
Marcello comenzó a temer lo peor. Apartó a la empleada de un empujón y subió las escaleras de dos en dos hasta entrar en la habitación de Vittoria. Todo estaba impecable, demasiado ordenado. Abrió las puertas del clóset. Los vestidos caros seguían allí y las joyas continuaban sobre el tocador. Ella no se había llevado nada de eso, pero aun así había una extraña sensación de vacío en el dormitorio.
Corrió al cuarto de Matteo. La cama estaba tendida y el niño no aparecía por ningún lado. Marcello regresó a la habitación principal con la respiración agitada. Entonces vio la chimenea.
El compartimento oculto que había pasado años intentando encontrar estaba abierto de par en par. La portezuela colgaba de las bisagras y no había nada dentro.
—No… —susurró cuando empezó a comprender lo que había ocurrido.
Vittoria no se había limitado a salir de la casa. Había desaparecido y se había llevado al niño, la única carta que Marcello podía usar contra ella.
El rostro de Marcello se contrajo de rabia. Metió una mano bajo la chaqueta y sacó su Glock personalizada. Apretaba tanto la empuñadura que los nudillos se le pusieron blancos.
—¡Encuéntrenla! —rugió con una voz que retumbó por toda la mansión—. ¡Cierren todas las salidas de la ciudad! ¡Encuentren a mi esposa o les meteré una bala en la cabeza a cada uno de ustedes!
El juego había cambiado. Por primera vez en su vida, Marcello comprendió que ya no era él quien movía las piezas.