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La Segunda Esposa del Jeque Cruel
La Segunda Esposa del Jeque Cruel
Penulis: S. Lorie

Capítulo 1

Penulis: S. Lorie
last update Tanggal publikasi: 2026-10-14 10:17:54

ZAHARA

La crueldad era una película de terror proyectándose en tiempo real sobre mi vida. Me miré en el espejo de cuerpo entero y observé el atuendo tradicional que me habían obligado a vestir. La seda pesada y el velo intrincado se sentían completamente ajenos sobre mi piel, sofocándome.

Me sentía extraña, sumamente extraña.

Pero la alternativa no existía: si no me casaba hoy con ese hombre tan despiadado, al que todo el mundo temía en Al-Zafir, el país que acababa de pisar, mi padre aparecería muerto. Y jamás me perdonaría permitir que le hicieran daño.

Salí del dormitorio y caminé a paso apresurado por el corredor de la oficina de registros. Las manos me temblaban sin control. Sabía que detrás de esta pesadilla estaba la sombra de ese jeque loco y despiadado. Vivir en este país, o haber pisado su suelo, había sido el error más doloroso de mi vida.

Al llegar al salón principal, me detuve de golpe. Había varias personas reunidas y los murmullos se extendían como fuego en la hierba seca.

—Esa es la nueva esposa…

—¿Será la otra esposa del jeque?

—Él decidió no venir…

Miré para todos lados y sentí un balde de agua fría sobre mi espalda. Era verdad: el hombre con el que me estaba obligando a vincularme ni siquiera se había presentado.

—Señora... señorita, por favor venga y firme —me llamó un funcionario imperial con voz fría.

Tragué saliva, intentando controlar los nervios que amenazaban con destruirme.

Me acerqué a la mesa de caoba y miré el documento expuesto. El contrato matrimonial.

—Deje su huella y firme. Se sabe que el jeque no vendrá; usted irá hacia él —dijo el hombre sin mirarme a los ojos.

Con los nervios a flor de piel y el pulso desbocado, estampé la tinta de mi pulgar sobre el papel y luego firmé con trazo tembloroso.

—Ahora es usted la segunda esposa del jeque Zayn Al-Zafir.

Una lágrima solitaria rodó por mi mejilla. La limpié rápidamente e intenté recomponerme, pero de repente las luces de decenas de flashes comenzaron a cegarme. Periodistas y fotógrafos salidos de la nada empezaron a tomarme fotografías sin descanso. Tapé mi rostro con las manos, abrumada, e intenté salir de allí a toda prisa, pero un hombre alto y uniformado me interceptó en la salida.

—Vamos, la llevaré a su nuevo hogar.

A través del tumulto, alcancé a ver a los hombres que me habían chantajeado en primer lugar. Me sonreían con burla descarada. Bajé la mirada y entré al vehículo blindado. En cuanto la puerta se cerró, un terror visceral recorrió mi cuerpo. Lo sabía perfectamente: me estaba metiendo directo en la boca del lobo.

Apreté el móvil en mis manos. De pronto, la pantalla se iluminó con un mensaje de un número desconocido:

«No te preocupes, tu padre ha sido liberado. Ahora está a salvo con Tariq, tu hermano. Tranquila, pequeña: cumple tu parte, sé una buena esposa y pronto te buscaré para algo importante.»

Quedé mirando la pantalla, completamente consternada. ¿Maldita sea, qué demonios significa esto?, pensé con el pecho oprimido. Respondí de inmediato con los dedos frenéticos:

«¿Qué demonios? ¡No entiendo a qué te refieres! ¡Dime quién eres!»

La respuesta llegó un segundo después:

«Borra el mensaje. Luego lo sabrás. Por ahora, haz como si no existiera. Y si te preguntan si fuiste la elegida, por Rabbit Kain solo di que sí.»

Antes de que pudiera procesar la amenaza, la conversación desapareció. El mensaje había sido borrado remotamente y el número aparecía bloqueado.

—¿Qué demonios...? —murmuré para mí misma.

Mi mano empezó a sudar frío. Al levantar la vista, vi al chofer a través del retrovisor; su mirada era fija, como un fuego silencioso observándome. Mi cabeza era un caos. En ese instante, el teléfono volvió a vibrar. El nombre de mi padre apareció en la pantalla. Acepté la llamada sin dudar un segundo, llevándome el aparato a la oreja.

—¡Papá! ¿Estás bien? —exclamé en un susurro desesperado.

—Sí, mi pequeña... Estoy en casa —su voz sonaba quebrada, cansada—. Mi pequeña, lo siento mucho... todo ha sido mi culpa.

El nudo en mi estómago era insoportable.

—Tranquilo, papá. Escúchame: quédate con Tariq. Dejé comida en casa, no le abras la puerta a nadie, ¿de acuerdo?

—Te amo, hija... Perdóname por permitir que pases por todo esto —sollozó él al otro lado de la línea.

—Te quiero mucho, papá — musite tragándome el llanto.

Colgué antes de que la voz se me cortara del todo y guardé el móvil en la pequeña cartera. Cerré los ojos e intenté respirar.

¿Cómo iba a vivir de ahora en adelante? Me había casado con un hombre que ni siquiera se molestó en aparecer en su propia boda. Además de ser conocido como la "Bestia cruel" de Al-Zafir, resultaba ser de una arrogancia despreciable.

—Hemos llegado —me notificó el chofer, sacándome bruscamente de mis pensamientos.

Al mirar por la ventana, mis ojos se agrandaron ante la magnificencia del lugar. Era una propiedad inmensa, un palacio ostentoso con torres altas y muros de piedra tallada. Un verdadero castillo. Las manos me comenzaron a sudar de nuevo.

El chofer abrió la puerta y bajé con piernas de plomo. Miré a mi alrededor: una fila perfectamente alineada de empleados nos esperaba en la escalinata.

—Bienvenida sea, segunda esposa —escuché que dijeron al unísono, inclinando la cabeza.

—Entre, por favor —me avisó un hombre de traje formal que se acercó a mí.

—Gracias —musité por inercia.

El hombre simplemente negó con la cabeza en silencio: —No me dé las gracias.

Al cruzar el umbral del palacio, el aire frío del mármol me golpeó el rostro. Mi cuerpo se sintió pesado, como si el lugar estuviera cargado de una energía oscura y sofocante. De repente, escuché pasos firmes y rápidos resonar sobre el suelo.

Un hombre alto de presencia imponente se acercó a mí.

—Bienvenida seas, esposa —dijo con voz grave, tomándome de la mano con firmeza.

A su lado apareció de inmediato una mujer rubia, vestida con elegancia impecable, que me miró de pies a cabeza con ojos llenos de veneno y expectativa.

—Bienvenida. Soy la primera esposa, mi nombre es Malika —se presentó la mujer con una sonrisa helada.

—Muchas gracias... —alcancé a decir, cohibida.

—No agradezcas —interrumpió el hombre. Su voz era potente, capaz de llenar todo el vestíbulo—. ¿Cómo te llamas?

—Zahara... —alcancé a articular, dando un paso atrás—. Pero yo no soy de aquí, soy de Oriente…

—No importa de dónde eres —sentenció él sin dejarme terminar—. Eres mi esposa, por lo tanto, ahora eres de este lugar.

—Miró al servicio y ordenó—: Preparen un banquete. Vamos a celebrar mi boda y la llegada de mi segunda esposa.

—Esposo... —escuché protestar a Malika, la rubia, con tono afilado—. Mientras tanto, ¿puedo quedarme en tu habitación? Porque si tenemos que celebrar juntos…

—¿No querías quedarte a mi lado esta noche? —le respondió él con frialdad, cortándole al instante.

Malika entreabrió la boca para hablar, pero se quedó callada al ver la firmeza en el rostro del jeque. Me observó de reojo, visiblemente molesta y llena de rabia contenida. Mis manos no dejaban de temblar.

El hombre, notando mi agitación, me sostuvo de la cintura y me apretó contra su costado, acercándome a él con posesividad.

Extendió la mano, apartó el velo de mi rostro y dejó un beso firme sobre mis labios que me dejó completamente en shock.

—Aunque esta noche tengo que pasarla con mi recién llegada esposa... y contigo no —añadió él dirigiéndose a Malika.

La primera esposa palideció ante la humillación, dio media vuelta y salió corriendo por el pasillo. Sin darle importancia, él me jaloneo con suavidad pero con fuerza, guiándome hacia un gran salón. El lugar era ridículamente enorme, repleto de lujos, columnas esculpidas e incrustaciones de oro.

—Siéntate —ordenó.

Hizo un gesto con la mano y los empleados se acercaron en formación.

—Sirvan el banquete y denle la bienvenida como se debe —mandó el jeque.

Todos los sirvientes hicieron una reverencia coordinada. Yo no entendía muy bien sus costumbres; nunca había aprendido las tradiciones de este lado del mundo, así que solo me limité a actuar con cautela y permanecer quieta. Pero el miedo me comía por dentro.

El hombre frente a mí era innegablemente guapo. Tenía ojos verdes tan intensos como el césped, pero su mirada era penetrante, capaz de atravesarme la piel. Su rostro era de facciones duras y esculpidas, y su cuerpo era ancho y fuerte. Él era Zayn Al-Zafir. La Bestia. El hombre más cruel y peligroso del país, dueño de un imperio automotriz y de un poder desmedido.

Los sirvientes colocaron la comida frente a nosotros. Zayn se sentó a mi lado, tomó una cuchara de plata y la acercó a mi rostro.

—Abre la boca —dijo con orden.

Dudé un segundo, paralizada por la cercanía.

—Abre la boca —repitió, esta vez con un tono más bajo y amenazante.

Tragué saliva y obedecí, comiendo lo que me ofrecía. Luego, sirvió vino en dos copas de cristal y me entregó una.

—Toma todo lo que tengas que tomar para que disfrutes esta noche —dijo mirándome fijamente.

Con el temor dominandome, acepté la copa. El líquido era fuerte y dulce. Una copa llevó a la otra, y para cuando me di cuenta, me había tomado tres copas seguidas. De pronto, la cabeza me empezó a dar vueltas y mi cuerpo se sintió extremadamente pesado.

Perdiéndome el equilibrio, sentí que las piernas me fallaban.

Zayn me sujetó antes de que tocara el suelo. Me levantó en sus brazos con suma facilidad y me guió por los pasillos. A nuestro paso, los sirvientes se inclinaron profundamente, como si estuvieran ante un rey absoluto.

Subió las escaleras hasta un ala privada y se detuvo frente a una enorme puerta de madera tallada.

—La que ves allá es la habitación de mi primera esposa, Malika. Y esta... será tu habitación.

Compartiré contigo esta noche por ser nuestra boda.

—Pero... no te presentaste —le dije con la voz pastosa por el efecto del alcohol, mirándolo a los ojos—. ¿Por qué no fuiste?

—¿Por qué me presentaría? No era necesario —respondió con arrogancia.

De pronto, me acomodó en sus brazos y me cargó con firmeza, sacándome un ahogó de sorpresa. Empujó la puerta de la habitación y antes de que se cerrara por completo, alcancé a ver al final del pasillo los ojos de Malika observándonos desde la oscuridad, con los puños apretados de furia.

Zayn avanzó y me dejó sobre la cama grande y mullida. Mi cuerpo entero comenzó a temblar descontroladamente cuando él se inclinó sobre mí y comenzó a desajustar las tiras de mi ropa.

—Espera... no estoy preparada —susurré asustada, intentando poner mis manos sobre su pecho.

—Pues lamento mucho que no lo estés —contestó él mirándome fijamente a los ojos mientras se quitaba la chaqueta del traje—, porque yo sí lo estoy.

Se desabrochó los primeros botones de la camisa con elegancia peligrosa. Lo miré desde la cama, sintiendo que el corazón amenazaba con salirse por la boca.

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