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Capítulo 2 — Lo que pedí

Author: Nieves G.D.
last update publish date: 2026-08-22 11:43:52

El edificio era el más imponente de la ciudad, uno que Sofía siempre había visto solo desde la acera al pasar por el centro, pero nunca había pisado adentro.

Con cristal de techo a suelo, un portero con guantes blancos y un vestíbulo más grande que su apartamento entero.

Le habían dicho que tenía que arreglarse bien y eso era algo complicado debido a su situación económica, pero no pensaba rendirse, no cuando el cielo le había mandado una oportunidad tan grande.

Así que uso el único vestido decente que tenía, uno azul oscuro, ajustado en los lugares donde las curvas de su cuerpo no perdonaban y muy favorecedor en los lugares donde quería ocultar algunos kilitos extra.

Ella se miró un instante en el reflejo de la puerta de cristal antes de entrar, suspiró profundo, las manos le sudaban.

La chica que le devolvía la mirada en el reflejo tenía unas curvas que el mundo llevaba toda su vida señalando como un error a corregir, Sofía suspiró.

— No vengo para pedir perdón por cómo me veo… — Murmuró Sofía para su misma y luego se aclaró la garganta. — Vengo para ganarme tres mil dólares.

Ajustó su bolso sobre su hombro tomando convicción y entró.

Todo dentro de ese pulcro edificio era elegancia, desde los ostentosos pisos y los trajes de los ejecutivos que pasaban, hasta los condenados botes de basura que parecían brillar como plata recién pulida.

Sofía tragó grueso y avanzó sin mirar a los lados, aunque podía sentir la mirada de los presentes, ¿Qué hacía una mujer como ella allí? Ella, que rompía con toda la estética del lugar.

Sofía volvió a aclararse la garganta y siguió avanzando ignorando las miradas.

— Buenas tardes, soy Sofía Reyes, me esperan y… — Se anunció con la recepcionista.

— Espere. — La recepcionista la interrumpió en seco, elevando una ceja con arrogancia.

La mujer hizo una pequeña seña al vigilante, quien comenzó a acercarse despacio, con cautela hacía Sofía, ¿Qué estaba pasando? ¿Es que creían que ella era una criminal?

Y mientras Sofía se llenaba de ansiedad, esperando, la mujer comenzó a teclear rápidamente en su computadora, luego de un momento, cuando el vigilante ya estaba demasiado cerca, Sofía vio como la recepcionista antipática arrugó el entrecejo, confundida, y la miró.

— Eh… Si… — Soltó la recepcionista como si le hubieran sacado el aire de un golpe, y de inmediato, el vigilante se detuvo. — La esperan en el último piso, en presidencia.

¿Presidencia? Sofía quedó atónita un segundo y luego sintió como se le subió el orgullo, ¿Presidencia? ¿Era en serio?

Disimuló, volvió a ajustarse la cartera en el hombro, levantando el rostro con orgullo y soltó un seco “Gracias” por decencia antes de avanzar con paso firme hacia los ascensores.

Porque la recepcionista podría ser antipática, pero eso no le quitaba a Sofía lo decente.

El ascensor la dejó en el último piso, frente a una puerta de madera oscura, tocó el timbre, pasaron diez segundos, veinte, cada vez ella se ponía más nerviosa, hasta que la puerta se abrió.

Una hermosa mujer vestida con un pulcro traje ejecutivo la recibió desplegando los ojos de par en par, apenas la vio.

— Bu… Buenas tardes… — Saludó Sofía, algo balbuceante. — Soy Sofía Reyes.

— No puede ser… — Murmuró la mujer que parecía impresionada. — Tienes que… Tienes que irte…

La mujer empujó ligeramente a Sofía hacia atrás, quien estaba estática y confundida, ¿Qué carajos estaba pasando?

— Lorena… — Se escuchó la voz gruesa de un hombre adentro de la oficina y de inmediato la mujer se timbró. — ¿Ya llegó?

— Eh… Eh… Sí, sí, señor, pero…

— ¿Y por qué estás ahí perdiendo el tiempo? Hazla pasar… — Gruñó el hombre desde el interior de la oficina.

— Pasa adelante… — Murmuró la mujer hacia Sofía.

Aun confundida, Sofía seguía como en pausa, así que con la misma mano que la mujer la había empujado hacia afuera, la tomó de un brazo y la jalo hacia adentro de la oficina.

El hombre que estaba dentro de esa oficina era exactamente lo que Sofía esperaba de un apellido como el que Carla había mencionado por teléfono.

Era alto, de espalda ancha, usaba un traje gris que sin duda costaba más que el alquiler de su apartamento, con una mandíbula y nariz perfiladas, groseramente atractivo como ella no lo había visto jamás y eso que se había codeado con actores pretenciosos que no le llegaban ni a los talones a ese hombre y sus ojos.

Ese hombre tenía unos ojos oscuros, intimidantemente oscuros y voraces que la recorrieron de arriba para abajo en menos de dos segundos.

Y en esos dos segundos, Sofía vio exactamente lo que pasó por su cabeza: decepción pura, sin filtrar, ni disimular.

— Tú no eres lo que pedí… — Gruñó el hombre y no era una pregunta.

— ¿Lo que pidió? — Preguntó Sofía confundida. — Eh, mucho gusto, señor, soy Sofía… Me envió la agencia.

Sofía se acercó al escritorio estirando su mano hacia el hombre, él ni se movió, ni contestó, dejándola plantada con la mano estirada.

El sujeto se giró a medias, dirigiéndose a la joven hermosa que seguía ahí, tensa, ignorando a Sofía como si ella no pudiera escuchar lo que estaba a punto de decir.

— Lorena, evidentemente hay un error… La persona que está en mi puerta no es la que contraté, esto no es lo que quiero, ¿Qué pasó ahí?

¿Esto no es lo que quiero? ¿Eso había dicho ese hombre? Sofía volteó ligeramente la mirada hacia uno de los cristales de las paredes, mirando su reflejo en el espejo.

¿Esto no es lo que quiere? Se preguntó a sí misma, observándose.

— Yo… Yo no lo sé, señor, no sé qué pasó… Yo hablé con la agencia y fui muy específica como usted me lo pidió… — Comenzó a balbucear la mujer nerviosa.

— Resuélvelo ya… — Gruñó el hombre con una mirada que parecía una puñalada.

— ¡Sí, ya mismo! — La mujer, Lorena, saltó hacia un teléfono en el que estuvo discutiendo por un minuto.

Sofía comenzó a sentir que la cara le ardía, no solo por la vergüenza, sino también por la rabia pura que ya había sentido en otras ocasiones, cuando alguien da por hecho, sin abrir la boca siquiera, que ella no era suficiente.

— Sí, entiendo, pero el señor Villanueva necesita a alguien para esta noche, no en una semana… — Se escuchó la voz de Lorena hablando por el auricular, con la voz baja pero tensa.

Mientras tanto, Sofía seguía en el mismo lugar, bajo la atenta mirada que Mateo que parecía un puñal, mientras que ella apretaba los puños a los costados y sentía que el nudo comenzaba a quemarle la garganta.

— No, no podemos improvisar esto, es una cena familiar, no una broma… — Seguía discutiendo Lorena por teléfono.

Y en ese momento, Sofía tomó una decisión, no los dejaría verla afectada por esto, así que no esperó a que Lorena terminara la llamada.

Ella recogió el bolso que ni siquiera recordaba haber soltado del hombro y se dio la media vuelta hacia el ascensor.

— No se preocupe, señor… — Murmuró Sofía con la mandíbula apretada, sin mirar atrás. — Ya me voy.

Dejó la enorme puerta de madera abierta, en este punto ya no le interesaba dar una buena impresión, ninguna impresión, ella solo deseaba irse de ese lugar antes de que la indignación le ganara y se le escapara una lágrima.

Pulsó el botón del ascensor, las puertas tardaban una eternidad en abrirse, lo cual le pareció la peor broma del universo en ese momento exacto.

Porque significaba quedarse ahí parada, con la espalda recta y la dignidad sosteniéndose con alfileres, mientras que él terminaba de decidir que ella no servía.

— Espera.

Las puertas se abrieron, cuando de pronto, ella escuchó esa gruesa voz detrás de ella y sintió que alguien la tomaba por una muñeca, jalándola para que se volteara.

Sofía se giró con el tirón, sorprendida, encontrándose con ese imponente e intimidante hombre, que la seguía mirando con esos ojos fríos de cerca, pero que ahora la veía con una expresión llena de determinación.

— Sofía… Así es como te llamas, ¿No? — Preguntó él, y Sofía asintió, tan confundida como aturdida, sintiendo que su nombre sonaba extraño en esa voz fría, como si él la estuviera probando. — ¿Cuánto te dijeron que pagaban por esta noche?

Ella tragó grueso y lo miró a los ojos, intentando controlarse, decidida a no parecer ni desesperada ni dócil, aunque por dentro la cifra de la factura de su madre le latía en el pecho como una alarma.

— Tres mil.

Mateo Villanueva la observó un momento más de arriba para abajo, esta vez de una forma distinta, con intensidad, como si la estuviera estudiando, haciendo sentir a Sofía desnuda por un pequeño instante.

En él, comenzó a relucir un brillo distinto en esos ojos fríos, como si una idea acabara de encajar en su cabeza en ese instante, una idea que claramente no tenía nada que ver con ella como persona, pero sí con todo lo que ella representaba.

— Te ofrezco el doble… — Soltó Mateo sin rechistar ni dudar. — Pero con una condición.

Sofía sintió como el corazón le dio un brinco, ¡¿Seis mil?! ¡¿Ese hombre le estaba ofreciendo seis mil dólares?!

Las puertas del ascensor empezaron a cerrarse, aun Mateo no la soltaba, pero Sofía metió el pie justo a tiempo para detenerlas.

Ella levantó la barbilla haciéndose la fuerte, conteniendo el miedo que ese hombre le producía y el nudo en la garganta que todavía le quemaba.

— ¿Qué condición? — Preguntó Sofía.

Mateo sonrió mostrando una sensual sonrisa ladeada llena de malicia, como si acabara de encontrar la pieza que necesitaba para ganar un oscuro juego.

— Que entres a esa cena exactamente como eres… Sin disculparte por nada.

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