LOGINKat apretó los puños con una fuerza que le enterró las uñas en las palmas, pero apretó aún más su corazón para obligarlo a resistir la descabellada idea de Valeria. El pánico por Leo le cerraba la garganta, pero la lucidez de la supervivencia se impuso ante el terror. Tragó duro, clavándole una mirada de acero a su enemiga. —Está bien, lo haré —cedió Kat, con una voz gélida que sonó como una sentencia. —Bien. Suerte, querida, disfruta de la velada —sonrió Valeria, saboreando su triunfo temporal con una altanería enfermiza. Minutos después, Kat volvió al salón principal manteniendo la espalda recta, aunque sus dedos temblorosos eran casi imposibles de controlar. La intuición psicótica de Valeria era certera y fría: solo un beso de Kat bastaría para que Alex cediera a lo que ella quisiera; conocía de sobra a su hermano y sabía que estaba realmente enamorado de Kateryn. Si ella le daba una mínima esperanza, Alexander caería solo en la trampa. Al cruzar el salón, el peso de la culpa y
Sebastián Blackwood volvió a las instalaciones de Black Global, arrastrando la frustración del beso que le había dado a Kat en su oficina. Al caer la tarde, Valeria llegó a la oficina presidencial con Emi e evidente entusiasmo esperó a Sebastián a que concluyera sus deberes. Las minutos avanzaron y su paciencia se agotaba sentada en el lujoso sofá de piel. La ausencia inicial de Kateryn en el radar corporativo le hacía creer a la prometida que todo marcharía sobre ruedas; pensaba, creía y aseguraba que su retorcido plan le daría los resultados esperados para destruir el último lazo entre el magnate y la diseñadora. —Seb, amor —habló Valeria con su habitual voz tiplosa, fingiendo dulzura—. Ya debemos irnos a preparar. Serás la estrella de la noche. Debes estar impecable. —Aún hay tiempo —espetó Sebastián con sequedad, manteniendo los ojos fijos en la pantalla de su ordenador mientras simulaba revisar un render final. —Es extraño que digas eso —reprochó Valeria, disfrazando la rab
El martes por la mañana comenzó con el sonido mecánico y estridente del teléfono móvil. Kat, que con dificultad había pegado el ojo en la noche, deslizó el dedo por la pantalla al ver el número privado. —Veo que eres una chica obediente, Kat —la voz de Valeria Santoro chorreaba una suficiencia insoportable—. He organizado una reunión para la celebración por la triple corona. Se llevará a cabo en el auditorio principal de Black Global. Lo único que tienes que hacer es asistir, sonreír ante los inversionistas y actuar como la mustia que eres. —Está bien, pero antes cumple tu parte, Valeria —espetó Kat, apretando el auricular contra su oreja—. Exijo ver a mi hijo. Antes de esa reunión. Valeria soltó un suspiro de fastidio, pero su tono mantuvo esa superioridad sibilina. —Está bien, querida. No quiero que tu cara de mosca muerta arruine mi evento. Te enviaré un enlace para que puedas ver a tu bastardo a la hora que te plazca. Si no sigues mis órdenes al pie de la letra la transmis
Kat condujo hasta el lugar donde dejó a su amiga. En cuanto detuvo el vehículo, su socia subió apresuradamente al asiento del copiloto; el silencio del habitáculo se llenó al instante con la cruda realidad del terror. —¡¿Qué pasó, Kiki?! ¿Dónde está Leo? —preguntó Sara, con los ojos desorbitados por la angustia. Kat apretó el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Las lágrimas, que había contenido a duras penas frente a los captores, comenzaron a descender como hilos de fuego por sus mejillas. —Es Valeria… —soltó con la voz rota—. Ella tiene a mi hijo. Lo tiene como garantía. No sé qué tiene planeado exactamente. —¡Dios mío! —Sara se llevó las manos a la cabeza, horrorizada—. Kiki, esto es un secuestro. Tenemos que llamar a la policía ahora mismo. O mejor… ¡llama a Sebastián! Él tiene que saberlo, es el padre de Leo, moverá cielo y tierra para… —¡No! —interrumpió Kat con un grito ahogado, deteniendo el impulso de su amiga—. No podemos decírselo a S
—Te diré exactamente lo que sucederá —sentenció Valeria, recostándose en el respaldo de la silla desgastada con una parsimonia maquiavélica—. Tu hijo se quedará como mi garantía. —Pero no en este lugar —espetó Kat con una rabia que apenas lograba contener—. Las condiciones de esta casa son deplorables. Mi hijo no se queda aquí. Valeria enarcó una ceja, midiendo a su rival con la mirada. Una sonrisa diminuta y torcida apareció en sus labios al ver que Kat, a pesar de tener la soga al cuello, demostraba ser digna de su malicia. —No creo que estés en condiciones de negociar, Kat. Pero está bien, soy una mujer razonable —cedió Valeria, cruzando las piernas—. Llevaré a tu hijo a otro lugar más cómodo. En cuanto a la niñera, también se quedará con él. El chofer puede irse. No me sirve de nada. —No lo creo conveniente —interrumpió Kat de inmediato, aguzando su instinto. Sabía que cualquier movimiento en falso provocaría que Valeria le hiciera daño a Leo, y no podía arriesgarse—. Ménd
El timbre estridente del teléfono fijo rasgó el silencio de la madrugada como una navaja. Kat reaccionó al primer segundo. Descolgó el auricular con una fuerza que casi quiebra el plástico, pegándolo a su oído mientras Sara contenía el aliento a su lado. —¿Dónde está mi hijo? —soltó Kat, sin rodeos, con una voz de acero que camuflaba el terror de sus entrañas. Al otro lado de la línea, la voz que respondió fue gruesa, áspera y completamente desconocida. Un tono frío que denotaba que trataba con un profesional del crimen. —Escuche con atención, señora —soltó el hombre—. Tenemos al niño y a la niñera. Si quiere volver a verlos, va a venir sola a la dirección que le daré. Tienes cuarenta minutos. Si vemos una sola patrulla o si se le ocurre la estupidez de traer a alguien más, el trato se deshace. Y no le va a gustar el resultado. La línea se cortó justo después de dictar la ubicación, antes de que Kat pudiera articular palabra. Un segundo después, su móvil vibró en su mano con l







